Sergio & Serguéi o 1991: Una odisea “especial”

Acercamiento crítico al más reciente estreno del cine cubano y tercer largometraje de Ernesto Daranas.

Fragmento del cartel oficial del tercer largometraje de Ernesto Daranas.

Foto: Tomada de www.sergioandsergeifilm.com

A raíz del visionaje de Sergio & Serguéi (Ernesto Daranas, 2017) en el Festival de La Habana, se suscitó entre varios amigos críticos, camino a una próxima proyección, un debate sobre la escasez de personajes en el cine cubano, a favor de una sobreabundancia de símbolos disfrazados de individuos, embozados como sujetos con un nombre, un pasado, una vida. Pues desde la intensa intención —así, con cacofonía y todo— de muchos realizadores de todas las generaciones por dialogar activa y críticamente con las realidades conflictuales del país, la persona intuida termina siendo engullida por una dimensión simbólica explayada.

Los personajes son felizmente inmolados como marionetas pretextuales en el altar del manifiesto, la moraleja o la tesis —casi lo mismo, pero casi no es igual— de alto contenido sociopolítico, propugnados por autores más o menos, mejor o peor, preocupados por los destinos inmediatos de la nación donde (con)viven, y en la que pretenden expresarse desde posturas más o menos, mejor o peor, críticas, analíticas, deconstructivas.

Ni siquiera la indiscutiblemente grande Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, 1968) escapa completamente a tal circunstancia, si se analiza desde esta arista. Pues Sergio, con todas sus fobias y reticencias, termina resultando bien una palmaria encarnación del sujeto lúcido pero incapaz de quebrar los condicionamientos clasistas en pos de abrazar las “nuevas” circunstancias; o bien un Guignol fosco donde Titón (y Desnoes también) enguanta sus manos para desplegar una disección zhivaguiana urgente a las circunstancias problémicas contemporáneas. Elpidio Valdés, otro ícono poco menos que sagrado, a lo largo de sus avatares gráficos —muy inexplorados aún— y animados, igualmente fue derivando de personaje mordaz, satírico y pícaro, a símbolo impoluto y modélico del patriotismo.

Para ir cayendo en el tema, solo citar finalmente a Fresa y chocolate (Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, 1993) y Santa y Andrés (Carlos Lechuga, 2016), (dis)parejas contrastantes-dialogantes que, respectivamente, terminan encarnando polaridades extremas y bien definidas de la sociedad cubana contemporánea; engendradas y perfiladas por intransigencias, renuencias e intolerancias que exigen adscripciones absolutas a credos irresolublemente antagónicos… a pesar de los irregularmente indistintos períodos y etapas de suavización y flexibilización.

La tercera propuesta de largometraje de Ernesto Daranas viene a completar un inconsciente tríptico con estos (dicho sea de paso) multipremiados antecesores, pues viene a desplegar nuevamente una trama sobre el diálogo y el entendimiento entre personajes, que no ocultan para nada ser encarnaciones nítidas de naciones tan cardinales como Cuba y la extinta Unión Soviética. Para completar el juego, y no dejar nada fuera, a la relación entre el criollo Sergio (Tomás Cao) y el ruso Serguéi (Héctor Noas) se suma un tercer vértice con el estadounidense Peter (Ron Perlman), representante de este otro país integrante de este turbulento e histórico triángulo de amor-odio.

La identificación entre los públicos efectivos y potenciales con Sergio & Serguéi está garantizada.

Foto: Tomada de www.sergioandsergeifilm.com

Sí, de un primer vistazo, la cinta —como Fresa… y como Santa…— va de la trascendencia de la comunicación solidaria humana (individual, pero también nacional), a contrapelo de los conflictos globales coyunturales que eclipsan las voluntades auténticas de las personas naturales. Pero al final, los tres personajes se revelan como apenas los opuestos complementarios de lo criticado abiertamente. Son encarnaciones del “pueblo” que, sobre todo con el cubano Sergio, buscan resumir las esferas conflictuales y éticas de este, de “reflejar” y “exponer”, casi periodísticamente, los avatares del cubano de a pie en los aciagos y perturbadoramente presentes años noventa. Está garantizada la identificación entre los públicos efectivos y potenciales, que aguardan por el estreno en salas de la cinta, o su oportuno pirateo en el paquete semanal, no importa ya cual suceda primero.

Diego y Andrés son los intelectuales cubanos todos, proscriptos por su desalineamiento con los postulados político-morales oficiales, así como el arte de estos. David y Santa son los héroes “proletarios” y Sanchos que experimentan la anagnórisis final del entendimiento, en la humanidad y la nacionalidad, con sus respectivos Quijotes condenados. Sergio es un “término medio” entrambas zonas simbólicas, como Hombre Nuevo cultivado pero confiado en los presupuestos y paradigmas venturosos, más “sovietistas” que socialistas, en los que fue instruido. Es el representante de la generación de la frustración, que ha venido a convertirse en un distópico Hombre Adolescente, padre a su vez de la generación del desencanto, y abuelo de la, más nueva aún, generación de la indiferencia y el desentendimiento (nuestros milennials). Esto y todo a la vez.

Serguéi es el homólogo soviético, cosmonauta varado en la baja órbita. Extrañado, azorado, desapercibido de las turbulencias que derrumbaron el último y enquistado baluarte de la Modernidad, la CCCP. Resulta entonces símbolo del pueblo soviético-ruso, debatido entre el susto y el aturdimiento ante la disolución del multicolor Futuro Prometido, sustituido de sopetón por el Futuro Desconocido al que irremisiblemente se avanza, pero no necesariamente se progresa.

Serguéi es el homólogo soviético, cosmonauta varado en la baja órbita.

Foto: Tomada de www.sergioandsergeifilm.com

El simbolismo no se limita a los respectivos náufragos cubano y ruso, mutuamente aferrados a la esperanza intangible de su diálogo extraterreno, pues el personaje de Ramiro (Mario Guerra) rebosa el vaso, tanto en el excesivo sentido semiótico que sucumbe a la caricatura más rala, como precisamente en el tonal. Su concepción totalmente farsesca casi viene a consolidar al delator cubano o “chivato” como más reciente agrego vernacular al elenco-tipo del bufo criollo, junto a los añejos gallego, mulata, negrito y el guajiro, reforzando un primer abordaje televisivo del propio Daranas en su teleplay ¿La vida en rosa? (2004), donde hace una primera aparición de la mano de Jorge Alí: enmascarado aquí como inspector afectado por una compulsiva necesidad de hacer daño. El caso es que el Ramiro de marras contrasta inorgánicamente con el registro histriónico del resto del elenco, incluso con su contraparte más directa, la castrense agente Lía (Yuliet Cruz) de un servicio secreto no precisado, confiado total y cautelosamente el guionista y director a los “buenos entendedores” de las audiencias.

El final surrealista, y bastante elegante visualmente, de Ramiro, justifica un tanto su naturaleza particular, pero sucede tan de sopetón que se reduce a un mero golpe de ingenio en busca de una risotada. A diferencia del inefable personaje de la ácida belga Ex Drummer (Koen Mortier, 2007), que camina por el techo de su hogar en total y natural interacción-integración con el resto de los caracteres más realista. En detrimento de un análisis más a profundidad de este personaje tan representacionalmente esquivo de la fauna social cubana. Una oportunidad perdida, a pesar del decisivo énfasis dramático que tiene en la diégesis de la cinta, donde alcanza prácticamente una categoría co-protagónica. Sigue en pie la deuda.

Así las cosas, Sergio & Serguéi viene a resultar la película de Ernesto Daranas donde más a flor de piel los personajes revelan las intenciones taxonómicas del autor-puppet master. Quizás por una necesidad mucho más imperiosa de lanzar a la plaza pública su manifiesto sobre la resistencia de la sociedad civil cubana ante los vapuleos del ajedrez político, en medio de una circunstancia (muy) pasada ya, de promisoria naturalización de las relaciones Cuba-Estados Unidos, fomentada por Barack Obama en las postrimerías de su mandato, y por ende de atenuación del síndrome de plaza sitiada y el eternizado estado de excepción. El optimismo de Fresa y chocolate redivivo. Amén de la muy alta cuenta pendiente con los noventa, magramente abordados en la fílmica nacional de toda guisa, sin hendija catártica estable por donde aliviar tantas y tantas presiones.

En obras previas como Los dioses rotos (2009) y Conducta (2014), Daranas apela más diestramente a los códigos melodramáticos para desarrollar unas historias sobre (en) la marginalidad y el margen social, donde los personajes aparecen mucho más aliviados de la referida carga simbólica. Entonces el director se concentró más, sobre todo en su ópera prima, en el desarrollo caracterológico de sus caracteres, atribulados de conflictos y carencias, hasta donde se lo permitieron los códigos genéricos, muy rayanos hasta en el cine de rumberas y el noir de guisa criolla. En Conducta, el personaje de Chala es (afortunadamente) solo eso: un niño marginalizado, cuya naturaleza de antihéroe bondadoso le ayuda a lidiar con su agreste contexto social, para al final resaltar una moraleja sobre el bien intrínseco de la raza humana con trasfondo nacionalista y martiano.

Pero en esta tercera aventura cósmico-habanera busca ensayar y proclamar palmariamente, más que desarrollar personalidades con voluntad de orfebre, timoneando de manera más insegura en las aguas de una comedia, cuya ligereza se revela heredada del suave criticismo —más bien choteo— social del cine cubano de los ochenta y noventa. Con una voluntad panorámica que se aprecia en otras cintas contemporáneas como Vestido de novia (Marilyn Solaya, 2014), donde se evidencia cierta ambición por peinar la mayor cantidad de problemáticas sociales cubanas de los noventa, a riesgo del abigarramiento y la superficialidad del abordaje.

Elenco principal de la película.

Foto: Tomada de www.sergioandsergeifilm.com

Así, toda la subtrama transcurrida en el ISA, donde labora Sergio como profesor de marxismo —colega y heredero del protagónico de Páginas del diario de Mauricio (Manuel Pérez, 2006), otro docente sorprendido por los noventa—, revela más parasitismo narrativo que orgánica connivencia con el conflicto principal. Y el personaje de recalcado nombre de Ulises (Armando Miguel Gómez) no trasciende el chiste de construir balsas para la migración ilegal ultramarina, sin un rol significativo en el esquema de acciones. La hija de Sergio, Mariana (Ailín de la Caridad Rodríguez), más que añadir otra responsabilidad al atormentado radioaficionado en misión de rescate y en plena crisis económica, justifica una narración en off, ya en etapa adulta, que la sitúa en el presente inmediato (o en el pasado inmediato del momento Obama) pero que resulta tanto o más prescindible para el desencadenamiento y resolución de las conflictualidades. Entretanto, el Peter de Perlman merma un tanto en importancia, a pesar de merecer un protagonismo y una interpretación un más enérgica por parte de este actor poco menos que de culto.

Unos efectos visuales nada desdeñables, adecuados a los propósitos estético-discursivos fijados, determinan casi por completo la atipicidad de esta película en la fílmica nacional, logrando cierto digno contrapeso respecto a los gags y jocosidades sobreabundantes. Entre las idas y venidas espacio-Tierra y Tierra-espacio de la cámara virtual, resulta significativo mostrar a Cuba como proporcionada parte de un planeta, de un mundo en movimiento, de una dialéctica, allende sus costas, allende el agua que asedia por todas partes, allende el ombligo que tanto nos atrae a veces, demasiadas…

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