Talco para lo negro o La agonía de un burócrata sin memorias

Del cine de Titón al de Arturo Sotto, un personaje pervive a pesar de los tiempos.

Este año La muerte de un burócrata (Tomás Gutiérrez Alea, 1966) llega al medio siglo sin perder el filo y, a tenor con el aniversario 30 de la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, vale rememorar creaciones epigonales del clásico cubano como Talco para lo negro (Arturo Sotto, 1992) —a punto de cumplir 25 años en el ya próximo 2017—, gestado como tesis de graduación de la EICTV para el entonces novel director. En los aciagos noventa, el redil de San Tranquilino fue un remanso para la creación audiovisual que perpetuó importantes zonas socioculturales y artísticas de entonces.

A un cuarto de siglo de distancia de la negrísima sátira de Titón, Sotto estableció entonces una suerte de díptico discursivo y conceptual con Oscuros rinocerontes (muy a la moda), dirigido previamente por su condiscípulo Juan Carlos Cremata (1990), también como tesis. El eje común de las tres obras mencionadas lo constituye, pues, la figura del funcionario, del burócrata cubano retrógrado, enquistado, inerte; suerte de antimateria residual segregada por las dinámicas sociopolíticas nacionales convergentes en los aciagos años noventa.vts_03_1-vob_snapshot_06-52_2016-04-11_15-54

La comedia típica cubana (costumbrista) de la década del ochenta representó un remanso de reformista suavidad para el ícono del “burócrata”, en medio de un utópico bienestar, antes de avocarse a los desesperados noventa, en cuyo hervor más grave se fraguaron las obras de Sotto y Cremata.

Concomitando con Titón en tono y postura, Talco… también bebe de las aguas infinitas de Memorias del subdesarrollo (1967); y termina suscitándose una brusca y decisiva reversión de los respectivos roles: el Alexander (Luis Alberto García-padre) de Sotto, funcionario ejecutivo de cualquiera que sea su entidad empoderada, sustituye al antológico burgués Sergio en la descolocación e inadaptación respecto al “nuevo” orden de cosas que lo embarga. La crisis revolucionaria de los sesenta es sustituida por la crisis de paradigmas y de fe de los noventa.

No es que las diferencias contextuales sean excesivas entre 1968 y 1993 —ambos directores filman una Cuba rutinaria, trillada, autómata—, sino que la “clase” entronada a la que se adscribe Alexander remonta ineluctablemente un callejón sin salida posible, donde la duda no puede ser obliterada más a fuerza de extrañamiento y desidia, acomodados (atrincherados en su extrañamiento) tras chistes “rojos” y banquetes opíparos con los camaradas del CAME, cuyos días estaban contados. Tales circunstancias delata la “última cena”, donde la mendacidad explota en cada broma y cada risa, en desesperada resistencia. Aquí otro diálogo orgánico con el Alea más sólido —a la vez que más amargo—, a cuya cinta homónima de 1976 se equipara la atmósfera de doblez y farsa ergo decadencia. Aunque el protagonista aparece mucho más víctima de unas circunstancias que lo engendraron congénitamente discapacitado de la facultad de adaptación/evolución dialéctica a una mutación contextual, al fin y al cabo inevitable por más que se aspirara tozudamente a la perennidad.vts_03_1-vob_snapshot_07-07_2016-04-11_15-54

Alexander no entiende, no comprende; no porque no desee hacerlo, sino porque es una creatura desechable, forjada a posta de mala hojalata, sin la pronta fecha de caducidad impresa en alguna parte, como es rigor.

Aun así, Alexander, presa del más básico instinto de supervivencia, intenta dilucidar qué hay más allá de los hilos, qué y quién lo puso en medio de tal desbarajuste. Pero es incapaz de evocar, de hilvanar conscientemente la historia gloriosa —roja de tanta sangre de hermanos masacrados por hermanos bajo el mando de titiriteros foráneos—, que lo llevó al instante diegético. Alexander solo consigue colisionar con ellos. Por obra de un montaje brusco, “einseinsteiniano”, muy contrastante, las remembranzas parecen bombardearlo, asaetearlo como calambres, como capirotazos dados en la oscuridad por un contrincante desconocido y por ende temible. No es el moribundo protagonista de Un día de noviembre (Humberto Solás, 1971) comparando sus muy frescos recuerdos con el conclusivo jolgorio estudiantil, que también resulta en un cotejo tan ambiguo como provocador.

Alexander está atrapado en un limbo enmarcado claramente entre dos épocas intensas e imperiosas, que se derrumban sobre él sin que este homo burocraticus apenas entienda qué rayos le sucede entre tanto sonido y furia incomprensibles. Casi sobra mencionar su incapacidad para desarrollar aunque sea un pensamiento ontológico rudimentario, un amago de perspectiva trascendente. ¿Quién soy? ¿Qué sucede? ¿De dónde vengo? Son interrogantes muy lejanas y en extremo ajenas a su natural acrítico, de funcional alienación.

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