Trastornos. Ficciones en (con)curso…

Una revisión de las piezas de ficción reunidas dentro del concurso oficial de la recién celebrada Muestra Joven ICAIC 2018.

Durante las últimas dos décadas, la experiencia cinematográfica ha experimentado en Cuba notables desbordamientos y perturbaciones. Sin llegar a constituir una certidumbre o una convención, esa intensidad que refiero emerge del espíritu dominante de nuestra época. Un ámbito histórico-social donde las tensiones entre zonas de inmovilidad y zonas de sucesión condicionan todavía, desde luego, cuerpos disfuncionales.

Sin embargo, el curso expresivo de la materia fílmica insular, aunque dispar, proyecta perspectivas de avanzada: eslabona miradas que localizan una extensión diferente en el espacio ubicuo de lo nacional. Entre los modelos de formalización, coexisten componentes de un pensamiento sobre cine en desarrollo, lo cual es ya, de entrada, una ganancia significativa. Aunque las contadas perturbaciones a ese canon que persiste en una escritura fenecida se mueven aun en terreno marginal, la cohesión de un nuevo estado de cosas cobra, favorablemente, una densa concentración.

Ese escenario teatral es un tormento (…) No obstante, todo sucede en ese escenario de forma natural.

Thomas Bernhard

La Muestra Joven continúa ofreciendo un horizonte que hace posible ordenar, en una mirada de conjunto, las opciones estéticas en que se manifiestan los nuevos realizadores —siempre que anden en la búsqueda de algún registro estilístico que todavía no se establece como su imagen definitiva. Esta plataforma acoge, lo cual es inobjetable, el propósito de aglutinar ejercicios/gestos que alcanzan a orquestar un corpus de vanguardia en el campo del audiovisual. Constituye una primaria estructura capaz de visibilizar determinadas estrategias de representación y conocimiento de la realidad (hasta donde ello es posible). Luego, dos preguntas: ¿qué hay detrás del imaginario vertebrado por el audiovisual cubano más reciente? y ¿qué atributos promueven un avance del cine en términos estéticos?

Fotograma de La sed humana.

Foto: Cortesía del autor

El formato corto es privilegiado por quienes se inician en el cine, no es de extrañar entonces su superioridad cuantitativa en un evento enfocado en explorar y servir de canal a las creaciones noveles. Fuera de concursos y festivales, el cortometraje tiene dificultades para colocarse en los circuitos de exhibición. Por tal razón, resulta altamente valorable la coyuntura tramada por la Muestra, donde dicho formato no se reserva solo el privilegio de constituir un campo propicio para la experimentación, sino que cuaja como una unidad autoral legítima y de fuerte competencia comunicativa.

El concurso de ficción, este 2018, se nutrió de 14 piezas breves que, por sobre sus particularidades (eficacias o deficiencias), arreglan un índice posible en torno a los dilemas estéticos, las inquietudes lingüísticas y las variaciones temáticas que ocupan a los jóvenes autores y perfilan sus obras. Si bien no todos los “ejemplares” comparten igualdad de créditos —ciertos casos detentan una dudosa creatividad y una empobrecida representación—, estas “escrituras” no se deben tomar como un paisaje conclusivo, sino como síntoma, tránsito, devenir de un sistema irresoluto, pero que discurre, se prolonga, hacia alguna otra fisiología.

Como en ediciones anteriores, llama la atención ese viraje que experimenta la creación hacia un programa narrativo libre de la política de la identidad existencial del cubano. Quiero decir, un cine que sorprende, como mínimo, por su capacidad para encauzar historias en las que destaca la identidad del personaje antes que la arqueología de las circunstancias. Historias que se sostienen de intervenir en el mundo interior de los protagonistas y el clima de su realidad personal. Y por este camino se tiende a movilizar fábulas donde el costumbrismo cede ante una inmersión profunda en los sujetos. Por otra parte, se disemina la construcción de los relatos y accedemos a un cine transgénero.

Fotograma de Campeonato nacional de ajedrez.

Foto: Cortesía del autor

La realidad empieza a ser esbozada por una sintaxis próxima a modulaciones que la tradición cinematográfica ha hecho propias del catastrofismo, la distopía, la ciencia ficción o el cine bélico. Esta última figura como ejemplo de un mayor compromiso con la identidad estética de la obra, inclinación que venía siendo necesaria para la cinematografía cubana, presa como estuvo de un repertorio de símbolos que a la fecha ha devenido epidérmico y reiterativo. Con todo, nada de lo anterior implica una supresión de ese tipo de obra interesada en mirar al individuo desde la posición que ocupa al interior del tejido social, incluso, en una mirada intencional a situaciones o problemáticas específicas.

Veamos las obras en concurso:

La especie dominante (Carolina Charadán) nos habla de la suspensión existencial en que vive la juventud cubana. Con una narración en paralelo que alterna la conversación entre dos hombres y dos mujeres, se revela el mundo de expectativas, ilusiones y perspectivas de futuro de quienes ahora no exceden los veintitantos años; a través de una jerga que es ejemplo elocuente del cosmos subconsciente de este sector etario y de los códigos comunicativos que manejan.

El cortometraje expone una región característica del imaginario de las “nuevas generaciones” desde un punto de vista bastante cáustico. Precisamente, los personajes se desplazan por un parque zoológico en una clara metáfora que la ironía misma del título acentúa. Pero, así como resulta de interesante su tesis, el tono contemplativo y la mirada cuasi-documental no alcanzan el nervio necesario para disparar su tratamiento formal.

También empeñado en comentar las mutaciones sufridas por la ética en la contemporaneidad insular, Rocaman (Marcos Díaz Sosa) sigue las relaciones entre un padre y su hijo. El primero, desempleado, proveniente de un medio marginal, con un mínimo de educación y proclive a la violencia, pretende ganarse el cariño del pequeño mediante los métodos menos indicados para la formación de este último. Se configura aquí un retrato de las posiciones clasistas que comienzan a marcar el medio social cubano y el modo en que afecta la personalidad y las relaciones entre los individuos. Esa localización de los puntos críticos que dañan a la sociedad merece destacarse. No obstante, el esquematismo del guion y la falta de relieve en las actuaciones afectan la finalidad empática de una anécdota atendible.

Fotograma de Gloria eterna.

Foto: Cortesía del autor

Por su parte, Paco y Lucía (Francisco Castro) vuelve a revisar, desde una perspectiva menos evidente y con una fotografía y una puesta en escena más personal, el modo en que los obstáculos sociales atentan contra los vínculos afectivos. Acodada sobre un uso consciente de determinados estereotipos, la película pone en pantalla las diferencias entre dos amigos al conocer que han heredado, luego de la muerte de su dueña, el apartamento que tienen alquilado. Aunque el trazado dramatúrgico prioriza el tema de la amistad y su persistencia por sobre las imposiciones de una realidad tenaz, se vuelve al referente social para exponer su amenazante violentación del mundo emocional de los cubanos.

Sin huellas de condicionamiento sexual alguno, Campeonato nacional de ajedrez (f) (Enmanuel Martín) tiene el mérito de afrontar una historia abiertamente femenina, libre de los prejuicios de la sociedad patriarcal. Digo esto, por supuesto, a propósito de que su director es un hombre. Osdalgia discute el partido que la coronará como campeona nacional. Algunas analepsis informan de las contrariedades a las que se ve expuesta en su cotidianidad, para describirnos cómo su medio violenta la posibilidad de alcanzar sus metas profesionales. Resentida en varios rubros de la realización, hay que reconocer el certero montaje entre el cumplimiento del rol genérico y el enfoque de la realidad social.

En Fotogenia (Fernando Cruz), el entorno doméstico a que se ve confinado el personaje principal atenta contra su realización personal y sus sueños. Maité tiene que cuidar sola a su abuelo postrado, es rechazada por su novio y las circunstancias la obligan a prostituirse. El diseño del personaje protagónico y la exposición de la corrosividad del espacio contribuyen aquí a la efectividad del tratamiento temático.

Esto mismo sucede con Reencuentro (Raúl Capote Braña), a lo que debe sumarse la efectividad con que se despliega el mundo interior del personaje principal. Con una excelente caracterización por parte del interprete, Jorge Molina, esta cinta plantea en la anécdota el posible reencuentro entre un CVP (custodio), que otrora fuera músico, y su compañera, quien vuelve al pueblo luego de haber conquistado el éxito. Sin embargo, vale subrayar el modo sutil en que esta obra utiliza la anécdota para, con eficacia dramática, discursar sobre el desmoronamiento existencial del hombre a consecuencia de su incapacidad para el emprendimiento propio.

Fotograma de La especie dominante.

Foto: Cortesía del autor

I love Papuchi (Rosa María Rodríguez) expone con sinceridad la legitimidad de un amor diferente. Los realizadores articulan el relato tensando las expectativas de recepción, al concebir el plano narrativo como documental, lo cual, además, tensa las relaciones entre ficción y realidad. Podríamos decir que esta es una ficción argumentativa o un documental performático. De cualquier forma, tiene la agudeza de mostrarnos una entrevista donde la protagonista, una joven delgada y esperpéntica, habla acerca de su noviazgo con Papuchi, un hombre obeso. No obstante, una lectura más detenida arrojaría interpretaciones disidentes en torno a la autenticidad de una relación animada en los códigos de cierto machismo tradicional.

Nitrox (Carlos Alberto Méndez) cuenta una historia de amor. Este es el caso de una película muy bien puntuada, donde la puesta en escena metaforiza el conflicto emotivo experimentado por los personajes, en quienes se sustenta el sentido de toda la narración. Con interpretaciones precisas y una certera fotografía, la particularidad del lazo amoroso se ve marcado por un trasfondo social que trasciende sus conflictos internos.

En Summertime (José Luis Aparicio Ferrera), la enunciación focaliza la miseria emocional que late detrás de una pareja de amantes. Adriana y Carlos cuidan la casa de unos amigos que están de viaje. Él está obsesionado con la idea de tener un hijo. Ella prefiere lo contrario, pero escoge ocultárselo. Encerrados en un espacio dramático de intercambios emocionales, emerge la traición de una parte y otra. Lo más trascendental es la gradualidad con que se desnuda la existencia de cada uno de ellos. Ambas historias funcionan, pero la linealidad de sus respectivas concepciones las deja cortas.

Aun cuando no alcanza una espesura estilística relevante, Orilla (Luis Ernesto Doñas) comparte un conflicto que se prolonga en el tiempo. Un filme amargo, que nos enfrenta a la imposibilidad de una joven para rebasar los obstáculos que la agobian y le impiden su realización. La precariedad en que vive esta mujer no le da sitio para la felicidad. Vale destacar que, junto con La memoria de la piel (Indira Díaz Caraballo), Fotogenia, Campeonato nacional de ajedrez (f) y I love Papuchi —más o menos frontal el tratamiento, dependiendo del caso—, esta pieza corporeiza una serie de resonancias que afectan directamente al universo emocional, físico e intelectual de las mujeres.

La memoria de la piel toca un tema bastante sensible: la vejez, recortada sobre un fondo de soledad cercenado por el recuerdo de los hijos. Tal vez un poco redundante en su exposición, el cortometraje cuenta con una puesta en escena que contribuye a su efectividad comunicativa. Ajena a cualquier consigna, este relato deja una impresión de relieve en torno a ciertos conflictos que asisten a la tercera edad.

Estructurado en tres bloques expositivos, La sed humana (Danilo C. París y Gabriel Alemán) emprende una aventura diferente respecto al tratamiento estético con que se había enfocado el cine bélico en Cuba. Además de la solidez del guion y la puesta en escena, la funcionalidad del estilo fotográfico y la precisión de las actuaciones, dos motivos hacen particularmente efectiva a esta obra: el inteligente manejo de la clave dramática al interior de las modulaciones del género y la composición de una reflexión que prioriza al individuo en el contexto, no lo contrario.

Sangre (Giselle Lominchar) asume códigos de la ciencia ficción y el steampunk para construir un interesante texto futurista en torno al sacrificio y la muerte como concepción de la vida, con un criterio de puesta en escena muy bien sostenido, apoyado en la dirección de arte y la escenografía. Texto notable por la coherencia con que apela a una experiencia cinematográfica diversa: un teatral técnico de laboratorio, próximo a los mejores personajes de Tim Burton e interpretado por una óptima Lola Amores, hace niños por encargo. Para ello, el paciente debe ceder su cuerpo, en tanto su alma tomará lugar en el nuevo infante. Aquí se acomete un irónico relato sobre la deshumanización.

Concebido como una auténtica distopía, perfectamente resuelta en términos de realización, Gloria eterna (Yimit Ramírez) se concentra en exponer cómo el poder dispone de la vida de las personas, al trazar un estado social totalitario que anula toda posibilidad de expresión o realización individual. En un lúbrico cruce de referentes, que van de Aldous Huxley y George Orwell a La muerte de un burócrata, esta pieza efectúa, en consonancia, una fuerte crítica a algunos parámetros que afectan la realidad cubana actual. Respecto a esto último, es formidable el modo en que se entrelaza con la experiencia cultural del género. (2018)

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