Un diario lleno de sonido y niebla

Una nueva hendija a un mundo de absurdo y lancinante terror.

Foto: Archivo IPS Cuba

“Abramos esta puerta con la llave de la imaginación. Tras ella encontraremos otra dimensión, una dimensión de sonido, una dimensión de visión, la dimensión de la mente. Estamos entrando en un mundo distinto de sueños e ideas. Estamos entrando en la dimensión desconocida”.
(Locución de apertura de la serie televisiva The Twilight Zone en 1964)

Confesamente inspirado en el enigmático e inquietante relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Jorge Luis Borges, con el cortometraje Diario de la niebla (2015), el realizador cubano Rafael de Jesús Ramírez propone un puzzle igualmente fragmentado y brumoso —para ser consecuente con el propio título—, con el que viene además a sublimar su singular estética audiovisual, ya establecida en previas obras como Filmar Pedro Páramo (2007), Tractatus (2008) y el aún inconcluso largo Year of Meteors.

Sin abandonar su casi sempiterna plataforma del falso documental[1], Ramírez diversifica ahora el espectro discursivo, anclando sus perspectivas autorales en zonas numerosas y diversas —tal es su propia cinefilia—, como el puro horror filo-lovecraftiano, el suspense, el cine silente, la fílmica soviética y el audiovisual experimental de autores revivalistas como Guy Maddin, la ciencia ficción post-apocalíptica, la ucronía y hasta el espionaje. Empero, viene a reformular y demarcar su propia praxis “falsodocumentalística” en los terrenos del mundialmente consolidado (a veces hasta el abuso y la frivolidad) subgénero del found footage[2], que hasta ahora mismo viene siendo la máxima disolución posible de las bardas entre los otrora nítidos grandes campos de la ficción y el documental.diario-de-la-niebla_cine-cuban01o

El protagonista, desconocido hasta para él mismo (padece una suerte de amnesia postraumática), filma retazos de una realidad alucinantemente decadente, que le es por demás ajena, sobre todo por su claro status de extranjero, de recién llegado o recién “aterrizado”, como él mismo revela. A través de su lente, se van escudriñando los recovecos de una civilización astrosa, atrincherada en la ciudad de Dzershinski, bajo el sitio de una niebla monstruosa que desde hace media docena de siglos engulle toda forma de vida, y poblada por seres casi tan fantasmagóricos como el propio enemigo, que resisten con métodos bizarros.

Ramírez marca el enrarecimiento extremo de su relato fílmico con una fotografía blanquinegra, azarosa, “sucia”, desenfocada a posta por su artífice Laura Sanz, cuya resolución remite a los granulosos 16 mm de mediados del siglo XX, dada la portabilidad evidente del dispositivo. Trasciende, eso sí, desde el primer fotograma, la convencionalidad visual de los found footage “clásicos”, empeñados en insuflar un naturalismo de aficionado a sus imágenes de alta tecnología “casera”.

La ciudad de Dzershinski y sus alrededores se presentan como un mundo sin sol, grisáceo, sempiternamente penumbroso, opresivo. Tan asfixiante como el propio estado mental del protagonista-sujeto lírico (sí, aquí es lícito hablar en términos poéticos), quien prioriza los primeros planos, los big close-ups inquisitivos, transgresores y casi clandestinos a individuos, documentos y objetos, en pos de echar ciertas luces sobre las dinámicas de unas vidas en eterna resistencia. La propia confusión y azoramiento del protagonista encuentran igualmente idóneo eco en estas imágenes torcidas, que bien pudieran tomarse como efluvios del delirio, como emanaciones alucinógenas, frutos del desdoblamiento de la mente en una realidad alterna, virtual, como el eXistenZ (1999) de Cronenberg, o interdimensional como muchas veces en The Twilight Zone. Los bordes de la psicodelia son levemente frisados.

La naturaleza fragmentaria y confusa del relato y su diégesis es igualmente enfatizada orgánicamente con un montaje irregularmente violento (a cargo de Matteo Faccenda), cuyo ritmo caprichoso, más que a la inexperticia del investigador circunstancial común del found footage, remite una vez más al extravío frenético de un ente trasvasado bruscamente a un estado de la existencia anómalo para sus convenciones. Empero, la narración no sufre. Avanza con una agilidad óptima hacia el perturbador clímax de puro terror, donde irrumpe una estentórea banda sonora (urdida por el propio Ramírez y Jesús Bermúdez), que parece haber aguardado como agazapada durante todo el metraje, disimulada entre sus sombras y fantasmas. Una estampida de cornos tibetanos parece esparcirse por los remanentes de Dzershinski con la misma inhumana brutalidad  que la niebla, de la que resulta voz y vocero.

Ahora, la anécdota de base de Diario… viene a constituir una mera brizna de un Hilo de Ariadna que, en la forma de discretos signos esparcidos durante todo el relato, invita a remontar este núcleo inicial hacia laberínticas esferas mucho más amplias, que giran concéntricamente, embozadas. O de las cuales la historia de marras apenas sea una escaramuza tangencial. Infinitesimal su trama filtrada que sugiere una cosmogonía infinitamente más compleja, donde la Bahamut Limited Corporation y el Dr. James Cracker Fishbourne —mencionados como los dueños y editores del material— pulsen hilos y mundos otros.

Enunciación desde la sustracción, proposición desde la insinuación, son los métodos con que el singular (no solo para el audiovisual cubano) Rafael de Jesús Ramírez entreteje sus senderos de niebla y sonido, donde la sensorialidad, ya refrendada en su obra previa, alcanza cimeras cúspides dramáticas. Este diario se propone como una nueva hendija a ese mundo de absurdo y lancinante terror, plagado de dioses idiotas, crueles y oscuros, del que tanto previno Lovecraft en sus narraciones del ciclo de Ctulhu.


Notas:

[1] También conocido como fake o mockumentary, el falso documental se apropia de métodos y estéticas del documental convencional para ofrecer una historia ficticia como registro real. La primera obra significativa de este género es F for Fake (Orson Welles, 1973).
[2] El found footage, literalmente “pietaje hallado”, es un subgénero del falso documental que plantea sus historias como grabaciones aficionadas realizadas por los propios personajes involucrados. Hitos de este sub género son Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1979) y The Blair Witch Project (Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, 1999)

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