Ya no es antes, presente y memoria de un mito

La realidad cubana hoy mismo es bastante más complicada que un loco fin de semana en cualquier suburbio habanero.

Lester Hamlet, al centro, junto a los actores Isabel Santos y Luis Alberto García.

Foto: Tomada de habanafilmfestival.com

Divertida y nostálgica al mismo tiempo, Ya no es antes sirve sobre todo como homenaje de y a sus protagonistas, dos grandes actores, dos símbolos de la cultura cubana, dos mitos vivientes que devoran sus personajes en un acto irrepetible y fugaz.

Probablemente, la mayor motivación para correr al cine a ver Ya no es antes, sea el dúo que, a capela, protagoniza la más reciente película de Lester Hamlet (Tres veces dos [Lila], 2004; Casa Vieja, 2010; Fábula, 2011).

Mayra (Isabel Santos) está de visita en Cuba después de 40 años de ausencia, buscando un amor que jamás olvidó. Ese amor la ha mantenido anclada a los recuerdos de su adolescencia, que intenta recuperar también en ese retorno imposible, para quien ya no se reconoce como cubana y dice “mi país” al referirse a Estados Unidos.

Su contraparte (Luis Alberto García) no puede comprenderla porque él no tuvo que atrincherarse emocionalmente para sobrevivir y adaptarse a una cultura nueva. Ella no puede comprenderlo porque sufre el síndrome Penélope: congeló su imagen como copia y ya no reconoce el original. Para colmo, están en ese punto muerto donde la ecuación dice que A pondera y sobrevalora lo que tiene B y, a su vez, B pondera y sobrevalora lo que tiene A. Pero esta película, que merecemos los cubanos más allá de límites y fronteras, no se plantea juicios demoledores; deja espacio para una rica y amplia diversidad de posiciones y puntos de vista posibles, al evitar juzgar la historia reciente de este país.

La cinta de Lester Hamlet cobra interés en la medida en que no se pierde en elucubraciones directamente políticas, que habrían empañado la sincera espontaneidad de los personajes y su sentido conciliador. Prefiere hablar de la solidez de los valores de antaño, mediante un refrigerador antiguo que todavía funciona al kilo.

Lo efímero del presente en contraposición con la perdurabilidad del pasado también se revela en la antigua radio-casetera en la que se escucha, por unos minutos, una vieja canción de un grupo emblemático de la música popular cubana: Van Van. Así, el viejo sofá, que aún cumple su función. La vieja cafetera que sigue “colando”… Obligados a ser austeros, hemos logrado preservar algunas cosas.

A la fotografía del maestro Raúl Pérez Ureta se une la cuidadosa ambientación del espacio, la forma en que recrean los signos del deterioro y se fabrica la experiencia de la precariedad, para que el espectador comprenda la naturaleza de este hombre que está solo, triste, hundido en el fracaso. Una llave extraviada, un candado que sella una ventana percudida, una canción de Bola de Nieve, una barba de varios días. Los espejos, en general, siempre nos devuelven imágenes parciales o distorsionadas, rostros inconclusos o desbordados. La superficie lisa del cristal está sucia o manchada, “carcomida”, totalmente incapaz de ofrecernos un reflejo confiable.

Inspirado en la obra del dramaturgo cubano Alberto Pedro, Weekend en Bahía, Hamlet actualiza el escenario y crea una coreografía espacial, cuyas diversas connotaciones enriquecen el drama. Como pretexto se asume un conflicto aparentemente físico: Esteban y Mayra no pueden hacer el amor porque están sumergidos en un sueño traicionero, del que despiertan cada vez que sus cuerpos emprenden una aproximación erótica. El combate que precede la consumación del acto está atravesado por un mar de subjetividades y sentimientos que no pueden diferirse, que exigen que se les confronte uno tras otro, con la proclividad caótica con que se manifiestan. El conflicto verdadero ocurre entre memoria y presente: pretenden ser los mismos de hace 40 años, cuando en verdad estos dos no se conocen para nada. La memoria, la lealtad, el perdón, orbitando en el reencuentro, son una prueba feroz para quienes han vivido historias diferentes y no saben cómo inventarse un proyecto de vida futura.

La secuencia que cita a Retrato de Teresa (Pastor Vega, 1979), filme que excedió la pantalla para insertarse en el debate público de la sociedad cubana muchos años atrás, es un punto clave en ese extenso ritual de la memoria que propone Ya no es antes. El fragmento elegido representa lo que la vida de Mayra y Esteban, como pareja, habría sido en Cuba. Ella lo sabe y se regocija de haber sorteado ese capítulo.

Sin dudas, Daysi Granados y Adolfo Llauradó fueron una pareja inolvidable en el cine cubano. En Retrato de Teresa se tatuaron sobre la piel al matrimonio proletario, que despunta hacia la crisis de los paradigmas de la familia en una sociedad socialista, a tenor de nuestra idiosincrasia. Luego repitieron en un filme también de inspiración teatral, Amor en campo minado (Pastor Vega, 1987), escrita por el dramaturgo brasileño Dias Gomes. Y, finalmente, en otra película del propio Vega, Las profecías de Amanda, donde el invencible dueto vuelve a cruzar espadas. La correlación sugerida por Hamlet entre ambas parejas de actores se inspira en el catecismo mitológico del cine cubano; dígase binomios como Diego y David (Fresa y Chocolate), Alberto Delgado y Cheíto León (El hombre de Maisinicú), el propio Llauradó y Adela Legrá en el último cuento de Lucía.

Como los fabulosos actores que siempre han sido, Isabel Santos y Luis Alberto García se involucran en sus respectivos roles, acercándose a una especie de grado cero de la actuación. En ese punto, Lester Hamlet consigue a plenitud lo que parecía imposible, impensable e inapropiado: fundir en un solo corpus actor, persona y personaje.

En filmes donde el realismo reverbera en la inmediatez y verosimilitud de los hechos narrados, actor y personaje tienden a confundirse. Tomando como referente la noción de persona, la tríada coexiste sin dudas en Ya no es antes, especialmente en el contexto cubano, para aquellos que hayan visto a la pareja de actores amarse en Clandestinos, en Adorables mentiras y en La vida es silbar. De ello se aprovecha Hamlet, para establecer identificación y complicidad entre ambos como personas y como personajes, frente a un público nacional que los reconoce con afecto.

Cuando se dice persona ello supone una noción amplia en la que repercuten campos como la psicología, la sociología, la antropología, la jurisprudencia o el sicoanálisis. Como entidad, la persona es inconmensurable, mientras el personaje es un fragmento de lo que la persona implica como totalidad. El personaje se construye sobre la base de una idea, de un estereotipo flexible, que tiene límites dramatúrgicos (principio y fin) y límites en cualquiera de las otras áreas que el texto no motiva ni presenta.

Tomemos por caso a Mayra, que es un personaje mucho más rico y explosivo que Esteban. Jamás sabremos qué piensa del aborto, si sabe nadar o montar bicicleta, si es alérgica a los mariscos, etc. Todo lo cual, y más, formaría parte de la historia de vida de una persona hipotética que no es, obviamente, Mayra. Porque Mayra empieza y termina donde empieza y termina el filme de Lester Hamlet. Pero de la misma manera que Daysi Granados fue, y para mucha gente sigue siendo Teresa, Isabel-Mayra podría estar sujeta a la tendencia del espectador a reconstruir esa historia de vida, con los fragmentos que la obra ofrece y con todo el andamiaje que el contexto propicia. Pues, así como el mundo posible de un relato fílmico se extiende más allá del campo visual de la pantalla, la “vida real” de esos personajes, bajo ciertas circunstancias, se prolonga también más allá de lo representado. De un contexto tan real, emergen personajes de similar condición. Sin embargo, los tiempos han cambiado y ya nadie sale corriendo cuando ve el tren en pantalla llegando a la estación.

Por otra parte, todo personaje es portador de rasgos particulares que definen directamente sus características físicas y psicológicas, es decir, que lo hacen ver como encarnación de una persona real. Por ejemplo, Mayra casi no duerme, fuma marihuana, vive en NewYork (no en Miami); es periodista, demócrata, mitómana y emocionalmente inestable. De igual modo sería inocente ignorar otros elementos codificados de su caracterización, a partir de su apariencia como persona: su aspecto físico en general, incluyendo su metal de voz grave, el grosor desmesurado de sus labios y su corte de cabello, atributos de visible fuerza narrativa. El acercamiento excesivo de la cámara a su rostro convierte lo natural en desmesurado, con el riesgo de distraer la atención en lugar de apoyar la historia: pocos actores en esas edades soportan grandes primeros planos que no resulten grotescos. No creo que fuera intención del director ponderar semejante efecto expresivo.

Dado el carácter icónico-analógico del cine, todo personaje se sustenta allí en el verosímil. Ello lo convierte en modelo de imitación o de comparación, en tanto encarna rasgos generales que lo definen en su faceta simbólica. Para algunos, Mayra será “la turista”, para otros “la gusana”, o simplemente una cubana residente en el exterior. Incluso puede que encaje en el mito del triunfador, que sufre en silencio su amargo destino de emigrante y que, gracias a su solvencia económica, sobrevive a la nostalgia de ya no estar en su tierra, mientras suspira recorriendo las calles de La Habana, disimulando su mirada turística entre condescendiente, anonadada y crítica.

Esteban, por su parte, tiene una larga cola de sosías. Puede ser el vecino, el pariente, el amigo, uno mismo. Es un sujeto cansado, indeciso, pusilánime, derrotista, a diferencia de Mayra, que propone acciones en todo momento: un test, un juego, un brindis, un café, un lance erótico, un negocio.

Mayra es, en su configuración, una “persona” contradictoria, en perfecta coherencia con la situación contradictoria narrada, en un contexto social que ella misma percibe como paradójico e incoherente. Primero dice: La Mayra de antes nunca se fue. Poco después, explota refiriéndose a una foto de su lejana juventud: Esa no soy yo: me quitas… Amenaza con irse, pero no se va; inicia un juego, para luego abandonarlo irritada. Sus contradicciones parecen interminables. Irritan a Esteban y lo hacen dudar: ¿qué te hicieron? Y ella le contesta con la misma pregunta.

Filme conciliador, decía al principio, en ello mismo radica su agotamiento, porque la realidad cubana hoy mismo es bastante más complicada que un loco fin de semana en cualquier suburbio habanero. De hecho, se parece más al enervamiento cíclico que dentro del propio filme nos lleva del llanto a la catarsis y de la risa al llanto. Las virtudes interpretativas de Isabel y Luis Alberto no alcanzan para trascender el ahora en que se congela el filme. Divertida y nostálgica al mismo tiempo, Ya no es antes sirve, sobre todo, como homenaje de y a sus protagonistas, dos grandes actores, dos símbolos de la cultura cubana, dos mitos vivientes que devoran sus personajes en un acto irrepetible y fugaz. (2017)

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