Zama: Al infierno y sin Virgilio

A solo días del inicio de la edición 40 del Festival Internacional de Cine de La Habana, nos aproximamos a la película más reconocida de la pasada edición del certamen, que es además la producción más interesante de 2017 en América Latina: Zama, de Lucrecia Martel.

Fotograma de Zama, de Lucrecia Martel.

Foto: Tomado de la película

Dante y Kafka, cantores ambos del Infierno, conspiran a hurtadillas contra el corregidor español que la directora argentina Lucrecia Martel escogió para protagonizar su más reciente propuesta de largometraje, intitulada Zama (2017). En esta cinta, la interacción de ese sujeto europeo del setecientos y el correspondiente contexto colonial sudamericano sirven para desarrollar una tenebrosa fábula —con tintes sobrenaturales, mucho de absurdo y hasta de humor negrísimo— sobre la alienación, el desmoronamiento y la consunción del ser humano bajo los efluvios malsanos de la siempre más virulenta fiebre moral.

Y todo el relato es desarrollado, precisamente, desde una percepción enfebrecida, ideal para prefigurar un incómodo estado de extrañeza, de perenne rechazo a cualquier intento de identificación o involucramiento sentimental del espectador con el descolocado personaje.

Diego de Zama, interpretado por el siempre diestro Daniel Giménez-Cacho, permanece y nos hace permanecer en un estado de exaltación de los sentidos, donde los límites entre su-nuestra realidad, el sueño y el desvarío se diluyen, macabramente, en una muy personal versión de la Martel del traído y llevado “realismo mágico” latinoamericano, enaltecido por García Márquez y reformulado por Juan Rulfo.

Pudiera considerarse esta película un exponente del “realismo intoxicado” o de la “toxicidad mágica”, donde los tintes góticos de Hawthorne emergen en no pocas escenas. En tal orbe, los personajes no se maravillan o asustan, sino que enferman a la primera inhalación de la atmósfera, embriagándose con un veneno que les garantiza una agonía tautológica.

Plano a plano, el personaje de Zama aparece en una postura de solitario desfase con el entorno, de tenso aturdimiento. Casi como una figurilla de papel mal recortado, pegada arbitrariamente a un paisaje lunar. Secuencia a secuencia, el héroe trágico que es Zama se va descomponiendo, diluyendo, pulverizando en el Infierno que lo engulle, sobrepoblado por una galería de entidades alucinantes —¿alucinógenas?—, más cercanas a las emanaciones del delirio y el sopor que a personas de carne y hueso. El corregidor quizás los sueña y se sueña a sí mismo como un aventurero de la pesadilla que aún delira en algún lecho español, sin poder despertar nunca a su tranquila realidad.

Diego de Zama, personaje interpretado por el siempre diestro Daniel Giménez-Cacho.

Zama es un miembro injertado, trasplantado a un mundo que lo rechaza y le niega la simbiosis. Un cosmos más terrible que las especulaciones prístinas de los primeros libros sobre el “Nuevo Mundo”, plagados de entes acéfalos con ojos en el pecho y de seres con los pies invertidos. Pues resulta una esfera emponzoñada, casi irrespirable, donde el horror está en la expectativa de la criatura que nunca aparece: el continente entero es un gran monstruo, intolerante con los monstruos que lo invaden, con sus pelucas, tafetanes y esclavos negros.

La Martel presenta un inadaptado protagonista-sombra-de-sí-mismo, cuya historia es desarrollada a fuerza de elipsis temerarias, que también sacan al espectador en todo momento de su zona de confort, provocando a su perceptiva y a su lógica.

La fotografía vadea las tentaciones de captar el paisaje con planos abiertos y espectaculares, a cambio de construir encuadres claustrofóbicos, fantasmagóricos: emanaciones de las sombras que atenazan el medio derretido cerebro de Diego de Zama al borde del abismo.

Tales elipsis bruscas con que es sajado el relato, en suerte de capítulos o etapas —¿o quizás círculos infernales?—, sugieren los momentos de colapso e inconsciencia que aquejan a una víctima poseída por las fiebres tropicales y que despierta de cada intervalo sin percepción alguna del paso del tiempo.

La nada que señorea entre los períodos de conciencia invita a reconstruir libremente los acontecimientos. El estado y la suerte de Zama vienen a negar hasta la optimista moraleja que Hemingway lanza con El viejo y la mar, que desde su épica humanista plantea que “un hombre puede ser destruido, pero nunca vencido”.

Diego de Zama no solo es destruido y vencido, sino que es aniquilado y absorbido por la marisma de su propia incomprensión.(2018)

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