15 años de Lucas: con espíritu de época

Si el video clip puede ser asumido ahora sin complejos en Cuba, se debe en suficiente medida a este proyecto televisivo.

Tomado del sitio web oficial de los Premios Lucas

Asumir hoy al video clip como escenario bastardo donde conviven mercado y cultura, arte y mercancía, pareciera dejar saldadas las viejas discusiones.

Durante los años finales de la pasada década de ochenta y los primeros tiempos de los noventa, abundaron en Cuba las discusiones en torno a las demandas que para los discursos artísticos imperantes suponía la comercialización. Más que la cuestión de pérdida de autonomía expresiva o la indeseada irrupción del lucro como criterio determinante para el producto artístico, al fondo de estas controversias se agazapaba cierto miedo a la disolución final de las divisiones dicotómicas entre lo culto y lo popular, lo elevado y lo bajo, lo catedralicio y lo vulgar.

En las páginas de la revista El Caimán Barbudo se reprodujeron varias mesas redondas o coloquios que replicaban una obsesión de la publicación por esos años: ¿es admisible la producción de una cultura del espectáculo en un ambiente cultural como el del socialismo, cuyo objetivo ideológico más alto en Cuba vendría a ser la des-enajenación del consumidor cultural, empezando por hacer del arte un área protegida sin mendacidad y usura? En uno de tales encuentros, el periodista Camilo Egaña oficiaba de abogado del Diablo al defender un cierto tipo de espectáculo televisivo que no evadiera la ciencia del deseo, el erotismo del producto comercial y las reglas de la seducción a nombre de la responsabilidad social.

Por esos mismos años, se tejían en Cuba los orígenes del género postelevisivo por excelencia: el video clip. Diferentes realizadores jóvenes, sobre todo vinculados a la renovación de la televisión cubana en la segunda mitad de los ochenta, aprovecharon las tecnologías ligeras del video analógico para explorar un escenario nuevo, que en nuestro caso dio lugar a obras atrapadas entre el cine narrativo clásico y distintas tonalidades de la experimentación formal.

Resultó curioso entonces que el modelo MTV, si bien resultara un paradigma reconocible, no fuera clonado ni siquiera imitado en Cuba, debido a la ausencia total de un mercado discográfico y a la vigencia entre nosotros de una poderosa tradición de cine de autor.

La mismísima constitución mestiza del video clip cargaba consigo el germen de discusiones semejantes a las arriba mencionadas. En un principio, la negociación de su legitimidad se vio salpicada por los temas de la época, mientras que la institucionalidad televisiva fue timorata y ambigua al asumirlo. El territorio de tales querellas fue mutando, a su vez: bajo los títulos de “El patio de mi casa es”, “Hecho en casa” y más tarde “Lucas”, se produjeron metamorfosis de un mismo proyecto de difusión televisiva que a su manera se transformó, escalonadamente, en dispositivo de actualización de lenguajes y formas, espacio de debate, escuela y, finalmente, en instrumento de autenticación y legitimación definitiva. Dicho sea de paso, no puede perderse de vista que la influencia de la cultura cinematográfica digital se tramitó en buena medida en Cuba a través de este escenario de creación.

Si el video clip puede ser asumido ahora sin complejos en Cuba como territorio de entrenamiento y experimentación, difusor de tendencias de opinión, modulador del gusto, influencia determinante en el establecimiento de las jerarquías estéticas de una zona amplia de la cultura visual, pujante industria y fuente de empleo, espejo cóncavo del imaginario nacional (con ángeles y demonios, todo mezclado); ello se ha debido en suficiente medida a un proyecto televisivo sin el cual la cultura nacional fuera menos rica.

Cuando digo rica pienso incluso en aquellas expresiones ociosas u oportunistas que suponen el comercialismo grosero y la difusión de modas carentes de fuelle humanista; hasta la chusma debe ser parte de la convivencia. “Lucas” ha sido un intermediario singular en la circulación de tendencias de todo tipo y muchas de las discusiones de fondo ideológico que han suscitado productos allí difundidos han servido como catalizadores de discusiones sociales más complejas y vastas.

Por ejemplo, la segunda semana de octubre de 2012, el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC) dedicó un homenaje al proyecto (Orlando Cruzata, director fundador, es la cabeza visible de un entramado de productores y creadores más amplio). Resulta curioso que  la institución cinematográfica se adelante a la entidad televisiva en reconocer que los más de 15 años de video clip en Cuba y el periodo encabezado por el proyecto “Lucas” sean de altísima importancia para la evolución de nuestra cultura audiovisual.

En el homenaje del ICAIC se reconocía el destacado papel jugado por el video clip en la formación de los realizadores del cine narrativo cubano de hoy (nombres como los de Pavel Giroud, Lester Hamlet o Ian Padrón, autores de largometrajes, están entre los realizadores de video clips más importantes del país). Pero, más allá de tales realidades, útiles para la institución arte, cabe reconocer además la sinérgica evolución del mercado musical cubano (sobre todo hacia el exterior, pues en lo doméstico su impacto es mínimo) y de su contraparte promocional audiovisual (los productos del video clip y derivados, como conciertos en vivo grabados en video, DVD de orquestas e intérpretes y otros conexos, han conseguido entrar a mercados de consumo global e, incluso, uno de los fundadores locales, Carlos Fundora, es hoy un realizador paradigmático dentro del mercado musical latino).

Asumir hoy al video clip como escenario bastardo donde conviven mercado y cultura, arte y mercancía, pareciera dejar saldadas las viejas discusiones. Gracias a él puede hablarse de la construcción de una cultura del espectáculo espesa y compleja, que tributa a la imaginación visual cubana cuando somete a discusión tácticas de representación de raza, género y clase social; culturas locales enfrentadas a modelos nacionales; estereotipos de “lo cubano” frente a sus contrapartes globales;  expresiones de reclamos sociales; políticas de la diferencia; criterios de valor en torno a cómo se administra la legitimidad social; aspiraciones, temores y flaquezas del proyecto nacional. En resumen, aspectos que tributan a la manera en que una sociedad se interroga a sí misma y sus individuos buscan responder o comentar.

En el panorama actual del video clip cubano ya no imperan las políticas de autor ni los reclamos de una discursividad de ambiciones intelectuales. Impera un hedonismo más o menos franco, un juego con la forma “sucia” del video y una transferencia del rol expresivo regente del director hacia el del productor-producto (dígase la figura a promover) y las ansiedades fetichistas del consumidor. No hay obras maestras consumatorias, sino síntomas. Muchas caras bonitas y planos repujados, más efectismo que imaginación. Un poco como el país.

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