3-D y las audiencias cubanas

En la actualidad, la tecnología 3D se ha convertido más que en una innovación tecnológica, en algo poco más o menos cotidiano.

Jorge Luis Baños-IPS/jlbimagenes@yahoo.es

La producción y exhibición de películas hechas en tercera dimensión (3-D) no es algo nuevo en la Historia del Cine. El invento surgió a mediados de la década de cincuenta del pasado siglo, como una de las respuestas que el séptimo arte daba al auge amenazador de la televisión en el mundo.

Aquel 3-D no sobrepasó su fase experimental. Apenas se hicieron unos pocos filmes, la mayoría en los Estados Unidos de América, y una vez que los productores cinematográficos comprendieron que la televisión no era un enemigo, sino un aliado, desecharon este método de producción de forma mayoritaria, por lo costoso que resultaba, tanto en la creación del filme como por los cambios tecnológicos necesarios para modificar las salas.

Solo quedó como una experiencia curiosa que daba cabida, principalmente, a documentales, los cuales se podían disfrutar en cines muy específicos, preparados para este fenómeno, como resultó ser la cadena Imax, la cual se ha convertido en una de las distribuidoras en el mundo de la tecnología cinematográfica en 3D de máxima proyección, al emplear película de 70 mms, hoy extendida también a la producción de filmes de ficción.

Pero con el desarrollo de las tecnologías digitales, en la actualidad, la tecnología 3D se ha convertido más que en una innovación tecnológica, en algo poco más o menos cotidiano.

Hoy día su evolución implica la televisión, al punto de transformarse en una nueva posibilidad doméstica de disfrutar programas, películas, series, mediante el efecto estereoscópico, sin salir de casa.

La democratización de las tecnologías digitales y, en especial, las de tercera dimensión con alcance hogareño, están provocando un efecto muy interesante en las audiencias cubanas.

Es sabido lo deprimido que está el porcentaje de asistencia del público a las salas. Prácticamente no existe un estreno que logre una asistencia significativa, ya sea cubano o extranjero. Aquellas largas colas en los exteriores de los cines, la permanencia en cartelera por más de una semana para satisfacer la voracidad de los cinéfilos, han quedado en la memoria cinematográfica nacional.

A este desgano de los espectadores ha contribuido, en primer lugar, una pésima política de estreno que no puede contra la piratería y los corsarios cuentapropistas, vendedores de todo tipo de audiovisual, contra quienes no existe una legislación que proteja, mínimamente, la exclusividad de un título en manos del único distribuidor autorizado en Cuba: el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficas (ICAIC).

Desprotección en la que participa nuestra televisión, la cual, en su afán por llenar el tiempo de los televidentes con programas ya elaborados, y a sabiendas de la fascinación del público cubano por el séptimo arte, exhibe cintas atrayentes, con anterioridad o simultáneamente que los cines, incluso pirateadas sin vergüenza de alguna sala del mundo, con baja calidad visual- sonora y, por ende, sin los ajustes necesarios para su transmisión televisiva.

Se suma a lo escrito arriba el deterioro progresivo de los cines. Quedan muy pocos en toda la Capital, y en todo el territorio nacional, que inviten a la audiencia a considerar la asistencia a ellos como un acto social predilecto, para la satisfacción de su tiempo de ocio. Y esto incluye no solo las condiciones materiales del inmueble, sino también su razón de ser: la visualización de los filmes, lo cual se hace por medio de equipos casi domésticos colocados en esas salas cuya calidad de proyección nunca logra satisfacer las expectativas del público. Todo lo contrario, han lacerado una educación audiovisual y traído como consecuencia el olvido de cómo puede ser una exhibición cinematográfica, en tanto verdadero espectáculo de sonido e imágenes en movimiento.

En este panorama, cercano a lo apocalíptico, ha llegado el 3D a Cuba. En esta ocasión, no de la mano del Estado –como ya nos habíamos acostumbrado en los últimos 50 años-, sino desde la iniciativa particular. Y en contra de toda lógica aparente, las salas que proyectan, apoyadas en esta tecnología, van prosperando a lo largo de la isla, con un énfasis especial – por supuesto- en La Habana.

Las pequeñas empresas personales que se están arriesgando con este proyecto de inversión están demostrando muchos de los puntos débiles que el ICAIC, como organización mastodonte, no ha podido solucionar y, por ende, evolucionar.

Primero, la pertinencia de mantener el negocio audiovisual en pequeños espacios con comodidades suficientes e incluso ofertas paralelas, que inviten al espectador a asistir a ellas con agrado y como reconocimiento o auto reconocimiento de un cierto estatus social. Aunque, en su generalidad – y hasta donde conozco-, ninguna está brindando una exhibición que iguale el placer de enfrentarse al mundo sobredimensionado al que nos habituó el séptimo arte y que, gracias a la tecnología 3D, permite la sensación de sentirnos mucho más inmiscuidos y partícipes de lo que ocurre en la pantalla.

Por otra parte, las nuevas salas han quebrado la defensa de un cine subsidiado como uno de los logros de la política cultural cubana, pues están cobrando la entrada a precios que oscilan entre 25 pesos (el equivalente de un CUC, que equivale a un dólar estadounidense) y hasta tres CUC, y están obteniendo resultados lucrativos.

Vale señalar que los primeros intentos hechos por el ICAIC, como entidad estatal, de incursionar en este terreno, los está concibiendo con precios similares: La pequeña sala que existe en el 2do. piso de la institución ha estado ofertando películas en este formato, al costo de 25 pesos.

Y lo peor es que, hasta ahora, el instituto u otro organismo estatal no han hecho oficial información alguna sobre cómo van a remontar la distancia que ya les llevan los particulares, o comunicado algo acerca de cómo se puede mejorar el estado crítico de la proyección audiovisual en el país.

Si bien –desde mi punto de vista- es loable la llegada del nuevo medio tecnológico de manos de la iniciativa privada, también es cierto que resurgen nuevas y viejas preocupaciones: ¿triunfará definitivamente el gusto masivo por una filmografía convencional, etiquetada principalmente en Hollywood, acompañada por productos televisivos que entronizan la banalidad y el entretenimiento más ramplón? ¿Podrá disfrutar alguna vez el espectador medio cubano de una proyección fílmica, con todas las ventajas técnicas que ha logrado esa industria en la actualidad, sentado en una sala de su país? Y quiero aclarar, para esta última interrogante, que no me preocupa quién sea el dueño.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.