Cine cubano en las penumbras del teatro

¿Demasiado teatro en la producción cinematográfica nacional del nuevo siglo?

Cortesía de Roberto Otero

Penumbras, de Charlie Medina, se basa en la pieza dramatúrgica Penumbra en el noveno cuarto, de Amado del Pino.

El estreno más reciente del cine cubano Penumbras, dirigido por Charlie Medina y basado en la pieza dramatúrgica Penumbra en el noveno cuarto, de Amado del Pino; más el anuncio de dos proyectos en vías de producción: Tomás Piard que beberá en la fuente de José Milián y su obra teatral Si vas a comer espera por Virgilio; y Juan Carlos Cremata que retorna al dramaturgo Héctor Quintero, ahora para versionar Contigo pan y cebolla, dan que pensar en si no habrá ya demasiado teatro en la producción nacional del nuevo siglo.

¿Qué pensará alguien que revise dentro de 20 o 50 años el cine cubano de los albores del XXI, al toparse con un pase de lista donde Cremata ya abordó a Quintero en El premio flaco y a Abel González Melo en Chamaco; Léster Hamlet a Abelardo Estorino en La casa vieja; Jorge Luis Sánchez a Alexis Vázquez y su puesta Pogolotti-Miramar en Irremediablemente juntos; y Ernesto Daranas revisitó de algún modo a Réquiem por Yarini, de Carlos Felipe, en Los dioses rotos?

Alguien podrá argumentar a favor de esta tendencia que existía una deuda pendiente en el cine cubano con la rica dramaturgia criolla. Otros, con su razón, especularán si esta avalancha no es el resultado de una crisis en la concepción del guión de cine nacional y que, a falta de buenos textos para filmar, se acude al refugio en la obra probada ante un público, concisa y bien facturada dentro de los cánones del entramado dramatúrgico. También saltarán los que argumenten sobre las facilidades que ofrece un texto de partida donde la acción se concentra en escasas locaciones y unos pocos personajes, cuando es el momento de ajustarse los cinturones para encarar los costos de producción de las películas.

Mas, aunque fueran válidas todas estas razones, cabe poner un cartelito de alerta. ¿Acaso no son el cine y el teatro artes afines, pero distintas, cada una con sus códigos bien particulares? Piensen en si no estará cayendo el cine cubano en excesos de teatralidad, cuando observen hasta películas sin libreto teatral detrás, como La pared de Alejandro Gil, el cine de Kike Álvarez desde La ola hasta Marina, las últimas cintas de Pineda Barnet (La anunciación y Verde verde), incluso las de algunos realizadores más jóvenes como Larga distancia de Esteban Insausti y Omerta de Pavel Giroud.

Con sus diferencias, por supuesto, pero en ellas puede percibirse la importación de rasgos del teatro en su dimensionamiento de lo discursivo por sobre otros modos de la acción en el devenir dramático, esa jerarquía del récit (parlamento) de los personajes, que trae una sobrecarga sobre los hombros de la cuestión actoral (potenciada por el uso de los close up, este sí un tipo de plano exclusivo del cine), junto al peso de la frontalidad en el encuadre fotográfico y la visualidad del plano medio, esa mirada a ras de ojo del espectador tan consustancial al enfoque teatral. Adiciónele a esto el valor reconcentrado de lo “atmosférico”, del ambiente recreado en la locación escénica.

En la historia del cine ha sido el teatro una fuente muy socorrida para obtener libretos cinematográficos. Está el ejemplo de Shakespeare y sus argumentos de Hamlet, Romeo y Julieta, Macbeth, versionados más que ningún otro, con resultados, sin embargo, que además de bien desiguales, tampoco han aportado al cine muchos clásicos a la altura de las expectativas, porque no han logrado dar, en la mayoría de los casos, un salto suficiente desde el precedente teatral hacia el tipo de “lenguaje” asentado por el cine como su rasgo distintivo. Se habla, no por gusto, de un encorsetamiento del teatro llevado a la pantalla.

En cambio, la adaptación cinematográfica de otros géneros literarios, como la novela y el cuento (a pesar de la sempiterna inconformidad del lector de la obra original con su conversión al audiovisual), ha engendrado películas más abiertas, más liberadas de su jaula literaria y hasta muchas de ellas superiores en valor artístico a la obra de partida. No faltan ejemplos de esto en la filmografía cubana, desde Titón y su Memorias del subdesarrollo (basada en el libro de Desnoes) o Fresa y chocolate (con la mira en un cuento de Senel Paz), hasta las versiones cinematográficas de Humberto Solás de los grandes clásicos de la novelística nacional (Cecilia y El Siglo de las Luces), mejor justipreciadas cada vez con el paso del tiempo.

No pretende este comentario marcar un estigma sobre las películas mencionadas como parte de esta “corriente teatral”, pues muchos valores parciales se acumulan en varias de ellas. Pero sí vale como llamado a la reflexión, orientado particularmente a tener en cuenta a un público que, al abandonar la sala oscura, se dice que ha visto “más de lo mismo” (si bien no alcancen todos a concientizar en qué ha consistido exactamente la repetición).  En mi opinión, el influjo de aquellos maravillosos Papeles secundarios de Orlando Rojas, película de un lejano 1989, ha durado ya demasiado tiempo.

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