Cuando el cinéfilo se hace crítico

Meses atrás publicamos la reseña de un libro de próxima aparición, que reúne las críticas de cine publicadas por Eduardo Manet en la revista Cine Cubano. Pero, simultáneamente, la Editorial Oriente preparaba un volumen con las reseñas del autor aparecidas en el diario Granma. He aquí una valoración de este texto.

Cubierta del libro

Foto: Cortesía del autor

Ante un comentario, una reseña o crítica de cine, el público lector suele tomar dos caminos anticipados. Si ha visto la película, su posición inmediata será la de confrontar sus criterios mientras va leyendo los del enjuiciador. Por una suma de argumentos, más que de valoración del otro, podrá obtener un cómplice, cuando no una alarma por conformidad o desacuerdo, respectivamente. Se admitiría haberse cumplido, además, el estimular al cinéfilo con postura crítica, quien pudo imaginarse coescribiendo el texto. Ahora, por leer el juicio intimidante y exagerado; tal vez parco y provocador por más luces que sombras o viceversa, queda el espectador frente a la incertidumbre de si vale de veras aventurarse a apreciar un filme.

El espectador astuto no evita la obra por el examen ajeno. Quiere él, por su cuenta, prestar atención. Allá va entonces a encontrar y a encontrarse en y por el cine. Pero, ¡mucho ojo!: esto comenzó por el compromiso escritural de quien mira cine para prolongarlo. Admitámoslo cuando entra en escena una figura amena y exigente como el dramaturgo, cineasta y novelista Eduardo Manet, ahora en su condición de crítico recién rescatado.

Rescatar algo o a alguien implica responsabilidad, pero antes supone un acto de consideración que, de ser más justo que oportuno, vincula épocas. He aquí la importancia de Carlos Espinosa Domínguez[1] como compilador de las críticas reunidas en Eduardo Manet: El espejo pintado (Editorial Oriente, 2017). Cine, recepción y escritura pueden limitarse a un momento histórico. Mas cuando una cinematografía resiste por sus valores artísticos y extra-estéticos, se debe a una revelación que pudo ser manifiesta desde hace tiempo por una acogida y escritura aún de provecho. Desvincularse de un discurso crítico que esclarece y, sobre todo, provoca volver o readaptarse al cine del pasado es imperdonable. Atemoriza cuanto no hemos visto por ser esclavos de la avalancha de reiteraciones audiovisuales de la contemporaneidad. Ello encarna la yuxtaposición privada de análisis.

¿Qué nos hemos perdido como espectadores? ¿De dónde proceden determinados guiños e influencias? ¿Qué preferencias tiene quien escribe sobre cine y en cuáles códigos del este se centra cuando comparte su visión de la obra apreciada? Estas son algunas de las preguntas que el lector espera queden respondidas cuando acude a un repertorio textual de valía. El espejo pintado viene a sorprendernos por cuanto desconocemos. Sin embargo, el discurso elegante e ilustrativo de Manet intermedia cual invitación vigente para recorrer filmografías y autores que dialogan, sin dudarlo, con clásicos y otras obras de interés.

Al colaborar para un periódico como Granma, Manet tuvo bien claro para quién tenía que escribir: una suerte de lectores diversos, los cuales precisaban (precisan) siempre estar al tanto de los datos sobre el acontecimiento fílmico, más el estímulo que prevé toda efectiva promoción. Pero, intelectual respetable, no se limita a promocionar mientras tenga la oportunidad de un espacio para reflexionar. Con menos cuartillas que las escritas para la revista Cine Cubano, el principal diario del país le exigía sintetizar apreciaciones aunque no emociones. Sin embargo, el crítico prefiere provocar a incomodar; así como el respeto a la burla, esto último como bien lo reconoce Carlos Espinosa en la introducción de El espejo pintado.

Repasamos estos textos y el cómo están elaborados reaparece cual escuela para los críticos de ayer y de hoy. Manet vierte el contenido justo de una generalidad (la Historia, lo consabido entre la frase popular y lo verificable… hasta la apreciación personal) en aras de configurar ese continente estético y artístico que constituye una película. Adviértanse los inicios de estas críticas y, como de vez en cuando, se arriesga su autor con la afirmación que pronto argumenta. En “Un disparo en la niebla” defiende lo que aún es meritorio reconocer:

No es ninguna paradoja: la importancia de una cinematografía se puede medir por la factura de sus cintas secundarias. Una película comercial clase B, bien hecha, significa que el país cuenta con un amplio equipo de técnicos, actores y directores capaces de producir obras de entretenimiento que no desdeñen la inteligencia y el buen gusto del amplio público[2].

Manet se muestra partidario de que la película que se basa en una obra literaria debe rendirle al máximo a esta última. Tal vez y por fortuna desde hace tiempo su criterio al respecto haya variado, pues los directores pueden tener sus licencias creativas. Pues sus propuestas cinematográficas no son mejores porque reproduzcan con fidelidad extrema o servilismo (siempre limitado) el referente literario. Valdría entonces la pregunta a propósito de lo anterior: ¿puede una buena adaptación ser por otras razones una película regular por evidentes desbalances dramatúrgicos? Por supuesto. Ocurre cuando el texto literario no se integra al cuerpo fílmico, como disputándole una supremacía que el cine no pretende, sino todo lo contrario: quiere complementarse integrando hasta donde puede: técnica y arte, discurso literario y audiovisual mediante la visión del director. ¿Qué hizo Stanley Kubrick al dirigir Barry Lyndon (1975) y El resplandor (1980)? Hacer cine de primera a partir de las novelas de William Makepeace Thackeray y Stephen King, respectivamente. El propio Manet es muy atento al respecto: “Toda comparación, en arte, es algo injusta. Las obras se crean en determinadas circunstancias obedeciendo impulsos que, de ser sinceros, no se manifiestan de la misma manera en un artista que en otro”[3].

Por la inconstancia y divorcio de ritmos, tonos y estilos, cuando no de fragmentos técnicos y artísticos dispersos durante el avance de una historia; por actores mal dirigidos; suma superflua de detalles; el no aprovechamiento de los códigos cinematográficos en las películas analizadas, se nos presentan, por ausencia, las atenciones plurales del cinéfilo Eduardo Manet como crítico de cine, quien aspira en todo momento a exponer o sugerir qué significa la nueva realización en el cine del autor comentado y cómo esta se integra en su época.

Pudiera uno cuestionar la publicación de un libro sobre cine que parece rescatar solo la faceta de un intelectual reconocido. Sin embargo, apreciando El espejo pintado en sus pormenores como compilación, afloran sus constantes ganancias, que benefician tanto al especialista como al espectador de cine actuales. La excelencia y amenidad de la escritura que implica el dominio del lenguaje y la cultura cinematográfica integradora son algunas de ellas. La vida humana ha sido otra desde que la testimonia el séptimo arte. Lugar común, menosprecio, olvido seguro para algunos. ¿Conviene desatender a quien remedia tal situación?

Hay que ver mucho cine. Pero conviene también conocerlo gracias a lo publicado. Siendo así, puede contarse desde ahora con Eduardo Manet. (2017)

Notas:

[1] De Carlos Espinosa es también Con ojos de espectador, la compilación que prepara Ediciones ICAIC sobre las críticas de cine de Eduardo Manet publicadas en la revista Cine Cubano.
[2] Eduardo Manet: ob.cit, p.68.
[3] Ibídem, p.84.

 

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