Dany y el Club de los Berracos #4 (La noche del chino): Cienfuegos-Babilonia

La serie animada Dany y el Club de los Berracos, de Víctor Alfonso Cedeño, va ganando en matices.

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A la par del desarrollo de la serie animada Dany y el Club de los Berracos, buque insignia de su ofensiva creativa en las áreas más alternativas del audiovisual cubano actual, el historietista y realizador cienfueguero Víctor (Vito) Alfonso Cedeño (Incontrolable, Invertebrados, Lavando Calzoncillos) delata una maduración dramatúrgica-conceptual de sus obras, donde la perenne comicidad comparte cada vez más espacio con la complejización minuciosa e intensa de sus personajes. En la cuarta entrega del referido serial, intitulada La noche del Chino (2013), opta por romper con el protagónico trío de Dany, Mauricio y El Chino y deconstruir un personaje por vez.

Comienza a ahondar así en el desarrollo de cada rica individualidad, imprimiendo un significativo giro dramático a la trama, sacándola de una vez y por todas del carril de más ligero y chispeante divertimiento por donde se desplazaba hasta este momento con los capítulos previos Dany ¡qué tempranito! (2009), El plan de Calisto (2010) y …esto es jugando (2011); para sumergirla en oscuridades psico-sociales de las juventudes cubanas, apenas rosadas en la fílmica nacional y mucho menos en la animación, sobre la cual perviven los reduccionistas estigmas locales de ser patrimonio de los públicos infanto-juveniles y/o material didáctico. Aparejado a esto, sucede en la propuesta una apreciable radicalización del propio humor, ganando en mordacidad, sarcasmo, abocado por momentos a la más abierta provocación.

Desde una inicial ruptura con el que se pudiera llamar “ciclo escolar” de la serie, hasta ahora desarrollada principalmente en los predios del centro de estudios de los protagonistas, Vito propone seguir los avatares del adolescente de marras. Este, desde las originarias páginas gráficas de Los chicos, donde surgió la historia y los tres primeros capítulos animados, demuestra mayores deseos por dialogar y encontrar cierto espacio en esferas tan ajenas a su ser como las ocupadas por los llamados “mangotes”, galanes que, de habitar en los Estados Unidos, no se despojarían un segundo de sus chaquetas del equipo de fútbol americano o baloncesto del centro de estudios, al estilo de tantísimas peliculillas dedicadas al entretenimiento de los adolescentes
En un definitivo intento por tentar la fortuna, el Chino toma una desesperada oportunidad y se zambulle en el jolgorio nocturnal del main stream juvenil cubano (como particular guiño, los espacios exteriores son reconociblemente cienfuegueros, para variar tanta nocturnidad habanera), donde la discoteca, la moda coyuntural de banderas británicas, el alcohol, el cigarrillo, el ocio y la vacuidad discursiva aderezan dinámicas de conducta, legitimación e imposición en un sistema de valores satánicamente ajeno a este muchacho y por mediación de este, al propio autor. Ganan en acritud, en cruda madurez, sus ya previamente nefandas relaciones con un contexto exótico que, para aceptarlos en su seno, les exige renunciar, a él y sus amigos, a sus individualidades, ergo a su inalienable derecho a ser.

Consecuente con esta supra tesis de toda la serie: se tú mismo, cueste lo que te cueste; para nada evita el autor demostrar, desde una explícita parcialización, su postura crítica y hasta de sincera repulsión hacia estos cosmos, donde no tardan en irrumpir otros elementos más aciagos que, por ya usuales en Cuba, su literatura, cine, plástica, teatro, no resultan menos novedosos en la animación criolla. Tales son los casos de la prostitución y el proxenetismo explícitos, provocadores de una valientemente memorable y decisiva escena de contenido sexual, concomitante con el “realismo sucio”. Tales aportes son los finales detonantes de la espiral de desgracias en que se sumerge el Chino, pececito fuera del agua que paga su lección de “vida real” casi con la propia vida, apta para otra realidad: la de sus amigos “berracos”.

Desafiantemente realista y de tonos sombríos, que aguzan el prisma patético desde el cual Vito enfoca a sus personajes, La noche del Chino resulta, irónicamente, el capítulo más aleccionador y moralista del seriado hasta ahora, con su correspondiente sentencia final y todo, que termina iluminando al héroe-víctima…Pero las finales palabras sabias no son emitidas precisamente por un sujeto estereotipadamente “correcto”, sino que el autor, trascendiendo sus propios ascos hacia estos mundos, da un brusco timonazo hacia el más puro género noir, en ingenioso homenaje a la femme fatale (con la inolvidable Jessica Rabbit en la memoria): de la propia miasma en que se ahoga el Chino, surge su salvación. Suavizado queda el enjuiciamiento palmario que el corto trasunta hasta el momento, elevado el contexto de marras, más allá de sus especificidades, a metáfora de lo ajeno, del infierno dantesco que hay que atravesar y trascender vivo para encontrarse uno mismo, consolidar su autoestima, vislumbrar su lugar en la vida, ser un feliz y auténtico “berraco”.

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