De cómo nos volvimos japoneses (o casi)

Después de más de 30 años, el mundo cultural nipón vinculado al manga y el anime se erige en una de las subculturas cubanas.

Habitación de un otaku cubano de hoy.

Foto: Cortesía del autor

Alguna gente con más edad que yo, señalan a El imperio submarino, El Superman de las galaxias y El pequeño príncipe del sol (no puedo asegurar que fueran esos los títulos con que se exhibieron en nuestras salas) como los primeros ejemplos de animación moderna japonesa que se vieron en Cuba.

Vale, pero para mí todo empezó un día de fin de semana en el cine Conrado Benítez de Sancti Spiritus. Corría la primera mitad de la década de 1980 y una novedad para niños nos arrastraba a la sala de proyección. Era la historia de cinco adolescentes que, en vez de disfrutar de las atracciones propias de la edad, recibían entrenamiento de superhéroes para tripular un robot gigantesco nombrado Voltus V.

En la película, la Tierra padece una sangrienta invasión a manos de las fuerzas tecnológicamente superiores del planeta Balzán. Un grupo de científicos, advertidos de antemano de la amenaza latente, había desarrollado en secreto el ingenio robótico, arma temible que, en cada escaramuza, obligaba al invasor a preparar cada vez mejor  sus acciones.

Pero los muchachos acababan saliéndose con la suya siempre. A la voz de “Vamos a… ¡unirnos!”, las cinco naves se integraban en un proceso que venía acompañado en pantalla por una melodía rítmica que nos ponía frenéticos. Mientras Voltus V iba adquiriendo volumen, por sobre la música atronadora reinaba el sonido acompasado de nuestros zapatos siguiendo el ritmo sobre el cemento del piso.

Voltus V nos acompañó como relato encantado durante muchos años. Mientras cavábamos refugios y rellenábamos sacos de arena, en preparación para la inminente agresión estadunidense instigada por la administración Reagan, su trama de sacrificio por una causa trascendente, y de glorificación de la entrega de la vida por la patria, nos aguijoneaba.

Ni siquiera cuando pocos años después se estrenara el más sofisticado Mazinger, se rindió nuestra devoción. Pese a que la temporada de estrenos japoneses de los ochenta incluyó títulos extraordinarios como El pájaro de fuego o Taro, el niño dragón, y dio entrada a nuestro imaginario a un personaje duradero como Doraemon, Voltus V siguió siendo insustituible en nuestra imaginación. Enrique Colina fue nuestro héroe cuando anunció desde su programa televisivo “24 x seg.” que pronto se estrenaría una continuación de la saga, y el ICAIC el villano cuando esa promesa quedó definitivamente incumplida.

Por entonces no podíamos saber que la versión estrenada en Cuba era una compilación de varios capítulos de la serie televisiva homónima exhibida entre 1977 y 1978. Nuestro Voltus había hecho énfasis en la cuestión de la causa justa, del trabajo en colectivo y de la lucha por ideales superiores, rebajando el peso del tema de fondo: la familia. Curiosamente, fue ese último el rasgo que convirtió a Voltus V en la elección de la Christian Braodcast Network estadounidense para, con su difusión en los Estados Unidos de América, contrarrestar la ideología new age de Star Wars, usando un relato de ciencia ficción semejante al que gobernaba la cinefilia popular de entonces.

Celebración de Freak Zone en el cine Riviera.

Celebración de Freak Zone en el cine Riviera.

Foto: Cortesía del autor

Porque, en Japón, Voltus V es una más de tantas series y películas de género mecha (por mechanic), cuyo auge atravesó los setenta hasta inicios de la pasada década del noventa y que es hoy una corriente menor. En Cuba pasó algo inesperado, raro, con él. Por años he querido explicarme dónde, en qué sitio de nuestra imaginación pulsó Voltus V para provocar tan duradero impacto. Para que generaciones posteriores den cuenta de su influencia, como cuando Ernesto Piña le rinde irónico homenaje en su corto EME-5 (2004). Para que, por ejemplo, el cineasta Miguel Coyula asegure que otro robot gigante, Yaltus –un estreno de muy de finales de los ochenta-, le afectó de manera profunda con su trama apocalíptica, hasta el punto de marcar en parte las neurosis de sus propias películas.

Esa devoción persistió incluso a través de la pasada década del noventa y sus apagones. En esa década, La princesa caballero frecuentaba las tardes en horario para niños –a pesar de su personaje travestido y sus subtramas sexualmente atrevidas. En los 2000, la televisión cubana comenzó a programar regularmente series y películas de animación japonesa. Como si se tratara de oldies rescatados del olvido, pudimos ver finalmente la serie íntegra de Voltus V, Mazinger y Mazinger Z, entre otras.

Los títulos clásicos del periodo de auge autoral de estas producciones –Akira, Ghost in the Shell, las películas de Hayao Miyazaki y Satoshi Kon, por mencionar los nombres más célebres- acabaron siendo frecuentes en algunas muestras en el Festival de Cine Latinoamericano de La Habana, las salas de video y hasta en alguna sesión de la Cinemateca. Finalmente, Canal Habana creó casi en su mismo instante fundacional un programa esencial en la difusión de ese universo cultural: Xdistante.

Después de más de 30 años de aquel instante encantado que arriba evoco, el mundo cultural nipón vinculado al manga y el anime es ahora mismo una de las subculturas cubanas. Si mi generación tuvo en el anime un resorte de placer y entusiasmo cinéfilo, nuestros hijos y nietos lo acogen como materia tangible y multifacética. El verano de 2016, por ejemplo, se celebró en La Habana el denominado III Festival Otaku, con acciones tan específicas como karaokes con temas musicales de esas producciones y exhibiciones de AMV (Anime Music Video), concursos de conocimientos y eventos de cosplay.

Surfear la web cubana entrega un puñado de sitios nacionales donde se organizan e intercambian impresiones y se organizan encuentros. MangaKubano se autodefine como “un sitio dedicado al Manga aficionado en Cuba”. Pokecuba (pokecuba.cubava.cu) es un foro para los amantes de Pokemon, que ahora mismo organiza un Torneo Nacional de Pokemon.

Escenarios de La Habana como La Madriguera, el Maxim Rock y los cines Riviera y Yara han prestado su espacio a Freak Zone, el encuentro mensual de los seguidores de estas corrientes. Pero no se trata de un fenómeno exclusivamente capitalino: en abril tuvo lugar en Camaguey la V Jornada de la Cultura Japonesa Hanami 2016, del proyecto MangaQ´Ba. En Villa Clara se reporta el grupo Hi No Tsunami, en Matanzas el Animat, en Las Tunas el Animatsuri, en Arroyo Naranjo el Kyuba-jin no samurai, por mencionar los que conozco. Anime no kenkyuu, uno de los grupos pioneros, tiene una década de creado y hoy destacan además Habana Cosplay e Hikari Guild.

En los últimos seis años ha ocurrido de todo: la visita de un crítico japonés que repletó el cine 23 y 12 con su conferencia sobre la estética del cine de animación nipón y la exposición Japón: reino de personajes, que en 2014 ocupó un recinto del Centro Hispanoamericano de Cultura habanero. La carpeta intitulada Manga, del Paquete Semanal, es una de las más promiscuas y selectas del compendio. Este mes de octubre, la Cinemateca de Cuba inaugura un nuevo espacio: Cinemanime. Los últimos sábados de cada mes, a las 3 y 30 pm, se exhibirán allí títulos de animación nipona.

Ahora que el Primer Ministro de Japón, Shinzo Abe, acaba de pasar por Cuba, alguien debería haberle contado sobre esta fiebre. Porque el anime y el manga son dos de los instrumentos más exitosos en la construcción de la diplomacia japonesa actual, calificada por la politología como la forma más acabada de un soft power, por lo que el periodista estadunidense Douglas McGray calificó al País del Sol Naciente como un “superpoder cultural”.

Luego, en Cuba, cuando uno entra a alguno de esos sitios donde los muchachos se disfrazan de su personaje favorito o intercambian carteles y postales, lo que se percibe es una ansiedad por lo social, por compartir un credo, que en este caso se desdobla como una fuente de placer inentendible por aquellos que observan desde fuera. Quizás sea ese mismo sentimiento el que mi generación sintió aquel día feliz en que un robot animado lanzó su grito de batalla.

 

 

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