De la galería a la sala oscura: el video arte cubano y su relación con el cine

El video arte no se concibió en relación directa con la creación cinematográfica pero hacía sí subvertía a la televisión.

Archivo IPS Cuba

La vaca, Video Arte de Yamil Garrote Palau, realizado en 2009

La potencialidad discursiva del video arte se traslada de la galería a la sala oscura y regresa de manera intermitente, pasando por toda una serie de matices que van desde la mono banda hasta la instalación. La esencia del cine, su condición de movimiento, está presente en este lenguaje, pero su surgimiento ocurrió alejado del mismo y más relacionado con el performance, la instalación y otras prácticas transgresoras en su contexto histórico.

Si damos una ojeada a los comienzos del video arte hallaremos sus raíces en Fluxus, aquella tendencia de los años 60 que propugnaba la integración entre el arte y la vida. Formaron parte de este movimiento Joseph Beuys y otros importantes artistas como Wolf Vostell y Nam June Paik. Vostell fue el primero en utilizar aparatos televisivos en su obra. Consumó acciones agresivas contra los mismos como dispararles, destruirlos o atarles con alambre.

Se trata entonces, desde sus inicios, de una experiencia devenida de las Artes Plásticas y no del Cine. Más relación tuvo con otras manifestaciones como la música, pues el mismo Paik fue alumno del innovador y trascendental compositor e intérprete John Cage. Creó además un concierto de música aleatoria utilizando 13 televisores, una experiencia muy parecida, en esencia, a lo que hizo Cage con aparatos de radio.

El video arte no se concibió en relación directa con la creación cinematográfica pero a lo que sí hacía referencia, aunque para subvertirlo, era a la televisión. Se desgajaba de su consabida narrativa al reordenar las imágenes o al aprovechar estéticamente los efectos visuales de las trasmisiones y se utilizaba el televisor con un sentido objetual dentro de la obra. En aquellos tiempos la televisión y el cine no andaban tan interrelacionados, las exploraciones de los video artistas con la imagen televisiva tenían como intención independizarla de su sentido comercial, es decir, redefinirla como instrumento de otro tipo de comunicación.

En Cuba, sin embargo, sí existe una estrecha relación entre el comienzo del video arte y el cine, es en el campo de este ultimo y no en las artes plásticas donde encontramos los primeros indicios de lo que se ha dado en llamar el video arte cubano, género todavía por estudiarse pues adolece, por su naturaleza joven, de análisis más sistémicos e integradores.

El primer síntoma de lo que sería luego esta vertiente en Cuba lo hallamos, como ya es sabido, en la obra Cosmorama realizada en 1964 por el cineasta Enrique Pineda Barnet, basada en la obra del artista plástico Sandú Darié. Se discurre que este filme es el precursor del videoarte en Cuba, pero esta película no fue ampliamente conocida y por lo tanto no puede haber ejercido gran influencia en las experiencias posteriores. De modo que sin haber existido Cosmorama el resto de la historia sería exactamente la misma.

Más acreditado como arquetipo del que sí se ha bebido mucho tanto en el terreno del video clip como en el terreno del video arte es Now de Santiago Álvarez. Si prestamos atención a obras como las de Regina Aguilar (Honduras) o Brooke Alfaro (Panamá) nos daremos cuenta de que aunque el video arte no es narrativo por naturaleza, en Latinoamérica sí hay muchos ejemplos en los que se acude a cierto tipo de relato cinematográfico. Este modo de contar está marcado por un carácter documental como el de la escuela de Santiago, que a su vez tiene sus raíces en Eisenstein. Se trata de una narración cinematográfica menos aristotélica que escapa a lo estrictamente literal y está cargada de intenciones comunicativas.

Más tarde, todavía en el terreno del cine, continuaron emergiendo en Cuba obras precursoras al actual video arte cubano, como las de Manuel Marcell y las de Enrique Álvarez. El boom de las artes plásticas de los años 80 estaba influenciando otras áreas de la creación, como el teatro y el cine. Influyó en este fenómeno un inconveniente de índole material: los artistas plásticos no tenían con qué trabajar la imagen en movimiento y los cineastas sí. A través de La Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, del CINED o del Taller de Creación de la AHS germinaban obras cinematográficas muy marcadas por el espíritu renovador que estaban protagonizando las artes plásticas en la sociedad cubana.

 Mar y nubes, Video Arte de Yanes Llanez Carmenaty, realizado en 2007

Pero si reseñamos a los predecesores del video arte cubano es imprescindible tener en cuenta a Félix González Torres, nacido en Cuba y radicado en Estados Unidos, quien falleció en 1996. Exploró diversos lenguajes como la instalación, la escultura y también el video. Es quizás el primer video artista cubano que realmente ha trascendido a nivel mundial, considerado por algunos estudiosos entre los 200 artistas visuales más importantes del siglo XX.

Un paso trascendente, tanto para la fluencia de información como para el surgimiento de un video arte cubano, ya con toda una conciencia de este como género, fue la creación de la Fundación Ludwig de Cuba. Esta ONG desde mediados de los años 90 ha organizado diferentes programas de promoción relacionados con el desarrollo de la video creación y en ella se impartieron importantes talleres. A través de su Primer Festival Internacional de Video Arte en el año 2000 conocimos las obras de los principales exponentes de esta modalidad en el mundo.

En este tiempo ya artistas como Raúl Cordero, Felipe Dulzaides, los fotógrafos René Peña y Juan Carlos Alom, entre otros, se expresaban a través del video, es de destacar también el trabajo de otros más jóvenes como Abel Milanés, joven maestro de la imagen en 3D (Primer premio del III Salón de Arte Digital) y Yanes Llanes, con una obra menos difundida pero igualmente interesante, presentada en la exposición Conexión Interna, efectuada en el Centro Hispanoamericano de la Cultura en el año 2007.

Artistas provenientes de la Facultad de Comunicaciones, Cine, Radio y Televisión del ISA han aportado sus experiencias a esta tendencia del audiovisual. Siendo los estudiantes de esta escuela quienes nutren en lo fundamental La Muestra de Jóvenes Realizadores, resulta por ello paradójico que la categoría video arte permanezca ausente en ese concurso, sin embargo existe en otros eventos cinematográficos como el Festival Internacional de Cine Pobre Humberto Solàs. La Cátedra Arte de Conducta, fundada por Tania Bruguera, también generó una serie de propuestas en las que el video tuvo un espacio protagónico; algunos de los artistas más activos de este género en nuestro contexto provienen de esta importante y abierta experiencia.

Es con la popularización de las nuevas tecnologías que los artistas plásticos comienzan a introducirse más intensamente en el mundo del video-arte. Un síntoma de esto es que en la X Bienal de la Habana parte de los exponentes cubanos (y no cubanos) utilizaron la imagen del video como parte integral y a veces protagónica de sus obras.

Actualmente el video arte es un lenguaje habitual en las exposiciones de artes plásticas y cada vez más en eventos cinematográficos. Están trabajando para la difusión de esta expresión artística diversas instituciones que lo amparan y lo promocionan. Entre ellas se encuentra el Festival Internacional de Videoarte de Camagüey, y el Salón de Arte Digital organizado por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, que posee una categoría llamada audiovisual donde se ha reconocido con premios o menciones a importantes artistas cubanos y a talentosos jóvenes que emergen con propuestas interesantes en este lenguaje.

La experiencia cubana del video arte es tan plural como la internacional, es difícil localizar una tendencia o un modo de hacer que identifique o caracterice con propiedad las producciones nacionales. No obstante, en muchos de los casos, las obras se emparentan con el video arte latinoamericano en cuanto a su preocupación por el contexto social. El uso de ciertos recursos narrativos heredados del cine y la presencia (no siempre saludable) de la palabra, así como el deseo de incidir en la sociedad también es algo que distancia la experiencia cubana, en este terreno, de las experimentaciones puramente lúdicas de muchos video artistas europeos y norteamericanos.

Aunque lejos de pretender una conclusión irrevocable sobre este tema, que necesitaría mucho más estudio, podemos afirmar que en el caso cubano existe una especial inter relación entre cine y video arte que borra muchas veces la frontera entre ambos lenguajes. El vínculo llega al punto en que algunos cineastas jóvenes como Pavel Giroud han explorado el terreno del videoarte y a su vez muchos de los video artistas cubanos, como Juan Carlos Alom, trabajan dentro de un lenguaje visual típico del documental. Un caso paradigmático de este híbrido entre ambos lenguajes es Reflexiones de Yimít Ramírez y Laura Tariche. Esta obra lo mismo se ha adecuado a una muestra de video arte que a una muestra puramente cinematográfica y ha sido bien recibida y hasta laureada en ambos contextos. El vínculo con el cine ha sido para el video arte cubano un proceso enteramente natural.

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