Dieciocho años sin Santiago Álvarez

Maestro del cine cubano, la obra de este artista se apoya en recursos sencillos y en una inventiva intensa, auténtica y sin disfraces.

El 20 de mayo de 1998 nos dejó uno de los más grandes cineastas cubanos: Santiago Álvarez. Aunque se ha hablado mucho sobre su obra, no se ha profundizado lo suficiente en cuanto a sus aportes al lenguaje cinematográfico; no solo fue un excelente documentalista, el insigne realizador también ensanchó las posibilidades expresivas y estéticas de este género.

Santiago utilizaba elementos provenientes del lenguaje de la gráfica, del cine de ficción, de la animación o metrajes de archivos históricos y noticiarios para realizar lo que llamaría “documentalurgia”, esa mezcla rítmica de imágenes y sonidos que tan bien logra comunicar con el espectador.

Puede que su comprometimiento político haya impedido una mirada desprejuiciada que nos permita considerar su obra más allá de su contenido ideológico.

Es cierto que el artista está ligado a su concepción del mundo y a sus ideas, pero los valores artísticos que nos pueda dejar trascienden cualquier filosofía. A nadie le preocupa hoy día que Jaques-Louis David haya sido el pintor de la corte de Napoleón, lo que seguimos apreciando es lo bien que pintaba; también podemos admirar la entrega religiosa que subyace en los íconos de Andrei Rubliov, sin ser en absoluto cristianos.

Las ideologías crecen, se transforman, pasan, se desmitifican, pertenecen a este o a aquel período histórico, mientras que lo que trasciende es algo mucho más duradero: el arte. Por eso es que propongo una mirada a la obra de Santiago Álvarez que va más allá de simpatías o antipatías por sus ideas, por sus pasiones, a las que además pienso que tenía pleno derecho, pues se respira en su obra la sinceridad con que las expresaba, no viviendo de ellas sino para ellas.IlustrarSANTIAGO-2016

Una vez trascendido este escollo y adentrándonos en los valores que nos dejó, lo primero que apreciamos es una asociación visual y expresiva con las películas de Sergei Eisenstein. Aunque la herencia del ruso es absorbida por todo el cine que le sucedió, esta influencia se hace obvia en la temprana obra de Santiago. En documentales como Ciclón (1963) o incluso en 79 Primaveras (1967), que trata sobre el líder vietnamita Ho Chi Min, los verdaderos protagonistas son los pueblos. Esta actitud se emparenta con una constante del cine de Eisenstein: evidenciar la presencia de las masas en los hechos históricos.

Priorizar a la gente por encima de los caudillos no fue una cualidad bien vista por Stalin, quien lo consideraba una amenaza, pues sabía el poderoso alcance que tiene el cine y lo que puede influir psicológicamente en el modo de pensar de las personas. El hecho de que Eisenstein trabajase a menudo sin actores profesionales —para distanciarse de la teatralidad que, lógicamente, había heredado el cine— matizaba sus obras con un carácter documental. Es esa misma credibilidad la que encontramos luego en la “escuela”, podemos llamarle así, de Santiago. Su cine es pionero de lo que hoy llamamos el cine latinoamericano; un concepto cambiante, asimilador de influencias de todas partes pero poseedor de algunos factores comunes identificables, sobre todo el que concierne al compromiso con la realidad social del continente.

Sin embargo el espíritu de una obra como Now, por ejemplo, va más allá de su contenido representacional y aporta, en cuanto a lenguaje, la anunciación de lo que hoy se define como video clip; su influencia abarca también el carácter de muchas obras que hoy definimos con el término de vídeo arte. Este cortometraje está conformado con fotos fijas más que con imágenes en movimiento; la manipulación gráfica de los materiales de archivo, el ejercicio de edición y la coherencia de lo que vemos con la banda sonora son los elementos que narran los hechos. El horror está expuesto, se llama a nuestra conciencia y ello determina una credibilidad que no deja espacio a las dudas. Now convence a todo el que lo ve de la veracidad de los crímenes que denuncia. El tratamiento artístico está al servicio de la indignación que sentimos ante los maltratos racistas allí reflejados. No ocurre, como con otros autores, que la denuncia sirve de pretexto para la estilización, para la realización hedonista del ego, sino todo lo contrario, hay una renuncia al ego y el artista se convierte en un humilde servidor.

Por supuesto, estamos hablando de lo que Carlos Castaneda llamaba “la humildad del guerrero” que es contraria a “la humildad del pordiosero”. La austeridad de Santiago, lejos de quitarle gallardía a sus obras, la aumenta, porque se trata de la elegancia sin poses de quien no tiene nada postizo. Con dinamismo, sin discursos panfletarios y llevado por una canción al mismo tiempo hermosa, comprometida y fuerte, hasta el espectador más indiferente no podrá apartar su atención de la pantalla. El trabajo ha sido, fundamentalmente, de selección y enfoque. Se ve un rostro contraído en un close-up y luego resulta que este close-up era el fragmento de una fotografía. Luego la cámara recorre otras instantáneas, también con un sentido narrativo; ya no es una imagen inmóvil, es una foto escudriñada, animada por el recorrido que hace el ojo sobre ella. El corto termina con las letras del título dibujadas sobre una pared con una ametralladora; la palabra hace gala de su fuerza fonética en inglés y de su dimensión semántica, en el fondo no totalmente traducible al español —decir “ahora”— resultaría demasiado amable.

Now se fundó a partir de una vivencia que sacudió a su autor cuando, mientras viajaba en un ómnibus de Miami a New York, se atrevió a ofrecerle su asiento a una negra con un niño en brazos. Lo llamaron son of a bich, expresión que, a diferencia de now, sí encuentra un equivalente igual de fuerte en español. En realidad los ciudadanos blancos tenían la ley de su lado porque a los negros solo se les permitía sentarse en los dos últimos asientos al fondo.

Pero esta sorpresa no fue la única que conmovió al cineasta. También trabajó como minero en los Estados Unidos y vio, con sus propios ojos, que la acumulación de carbón en los pulmones minaba a los trabajadores hasta arrancarles la vida. Entre estas vivencias, y también por su condición de periodista, era bastante lógico que su obra cinematográfica no se concentrase en la belleza de las flores, sino en el ser humano, en su padecimiento y en la necesidad de superar ese sufrimiento.

La sencillez de Santiago se traduce en su obra y esto lo constata el carácter austero de las imágenes. No le interesan las búsquedas preciosistas, de ahí que algunos estudiosos han catalogado como intencionalmente “feas” a sus imágenes, pero esto no es cierto, se trata de otro tipo de belleza, más profunda y dolorosa. Los argumentos que hacen dudar de los valores estéticos de sus imágenes nos recuerdan las palabras de John Lennon cuando respondió, en una entrevista, que Yoko no era fea, que feas eran aquellas muchachas que salían en las portadas de ciertas revistas. Y tenía razón. La obra de este cineasta se apoya en recursos sencillos y en una inventiva intensa, auténtica y sin disfraces. El placer estético al que nos conduce se asemeja a la satisfacción que José Martí encontraba en “el arrollo de la sierra”, por encima de la inmensidad azul del mar.

2 comentarios

  1. Luisa Hernandez

    Buen artículo sobre una figura que merece pleno reconocimiento.

  2. Tomás Tablada grave de peralta

    De él aprendí muchas cosas. Es verdad fue austero consigo mismo, nunca lo vi obstentar, al contrario siempre muy sencillo, siempre decía la verdad a cualquier costo. Fue admirable. Me dijo algo: cuando digas la verdad siempre arguméntala para que nadie pueda arrebatártela y fue verdad. Gracias por siempre.

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