Eduardo Manet, escritor de cine

Con un discurso rico en lecturas literarias, asociaciones culturales e interpretaciones sorprendentes, el crítico y ensayista Carlos Espinosa propone un acercamiento a la obra del autor franco-cubano.

El crítico de cine franco- cubano, Eduardo Manet.

De Eduardo González Manet Lozano (Santiago de Cuba, 1927) solo había escuchado el nombre. De oídas y revisando unos viejos números de la revista Cine Cubano, supe que escribió para ella en los años sesenta, pero no fue hasta la reciente entrevista que le realizó el amigo Luciano Castillo para La Gaceta de Cuba[1] que se me reveló el hombre curioso y el intelectual inquieto, llamativo, importante.

Ahora, al Eduardo Manet crítico, o mejor: escritor sobre cine, lo he descubierto gracias al acierto compilador del investigador, ensayista, crítico teatral y prologuista (¡valgan los buenos prologuistas!) Carlos Espinosa, quien ha tenido a bien detenerse en una de las facetas ya olvidadas del pensador cultural franco-cubano.

Eduardo Manet dejó una impronta singular como intérprete del séptimo arte cuando colaboró en la revista Cine Cubano. Las críticas de cine, en general, testimonian una particular recepción y varios tonos a la hora de acercarse y apreciar propuestas fílmicas. El ejercicio escritural de Eduardo Manet es una prueba singular de ello. En el inicio de “Carlos Saura, Cuenca, Los Golfos” (n. 10, abril de 1963) la influencia recuerda las Memorias de estío de la prosa mayor de José Ortega y Gasset, quien ensaya una y muchas Españas. Manet, por su parte, generaliza y precisa hasta aterrizar en el joven realizador Saura.

Aun así, resulta revelador que, sin dejar de ser un pensador sobre el cine de su época, pudiera figurar como un crítico del presente. Los clásicos abordados por Manet dan fe de ello. Se advierte siempre, tanto en sus críticas más notorias como en sus repasos históricos por otras cinematografías y géneros, actores…, una actitud y aptitud interpretativa y valorativa, sin subestimar lo informacional.

Pero, ante la tendencia de la mera información o de la valoración sin mucho análisis; ante la presencia de una crítica más postfílmica y teórica que se apoya en otros campos del saber –Historia, sociología, política, sociedad en general–, vinculada además a la sintomática de la escuela del maestro David Bordwell, Manet representa al crítico de cine centrado en lo que la película es. Sin embargo, en no pocos de los textos escritos para la revista Cine Cubano sugiere propuestas de lo que la obra audiovisual pudiera haber sido.

De  Manet vale resaltar la calidad de su escritura, acaso por todas esas lecturas que él tenía a su disposición a la hora de erigir sus críticas cinematográficas. Lector de Proust, sí, como él mismo lo reconociera. Pero también de la Generación del 98 y de la narrativa latinoamericana. De ahí el constante balance que es capaz de hacer con la cinematografía de un mismo director, cuando no establece esas comparaciones agradecidas con otros colegas de profesión.

A nosotros, los críticos más jóvenes, nos falta ver más cine para lograr esas confrontaciones entre filmes y poéticas autorales. Eduardo Manet muestra cómo hacerlo sin declarados ni sugeridos didactismos, incluso cuando opta por ser directo, aunque siempre elegante. En “Juan Quinquín y sus aventuras (Después del estreno)” despliega un criterio harto vigente, incluso hoy: “Ya sabemos que nuestra crítica es inepta en ocasiones, frívola casi siempre, paternalista en más de una oportunidad; ya sabemos que mientras casi nadie escribe críticas o ensayos sobre filosofía, literatura, artes decorativas, todo el mundo piensa poseer las condiciones necesarias en un crítico cinematográfico”. Luego le acompaña una afirmación de tono más irónico que positivista: “Eso no es negativo, indica más bien la fuerza enorme, la importancia capital del cine en nuestro tiempo” (n. 48, julio de 1968).

Como crítico, Manet gusta y busca la belleza de una frase, pero no es dado a desperdiciar una buena idea. No por gusto tiende a conceptualizar algunos recursos cinematográficos sin evidenciar el uso de la norma más corriente, o sea, un diccionario de terminología a propósito del código en cuestión. Y eso es muy meritorio ante las críticas ávidas de recordarnos la sinopsis de una película y de ir revelándonos datos que el espectador merece descubrir por apreciación propia. La crítica puede, de vez en cuando, tomar de la narración cuando tiene la oportunidad, pero no conviene que obstaculice el factor sorpresa. Ella (la crítica) debe intentar por sí misma el asombro y hasta el suspense. Y Manet es capaz de ello cuando narra a fin de conceptualizar un código cinematográfico o detenerse en un detalle. Y, para colmo, sabe proceder con fino humor y hasta ironía de la mejor.

¿Cuál es su método?, pudiera uno preguntarse. Léase “El corazón de una madre” (n.39, febrero de 1967), donde  Manet sugiere su proyección premarxista, pero ya en “Rencor al pasado” (n.12, julio de 1963), de Tony Richardson, había declarado: “El marxismo-leninismo es una filosofía y un método científico que debe ser empleado por todo aquel que se llame marxista a la hora de realizar una labor artística… o de escribir una crítica”. Pero, a decir verdad, no parece Manet pertenecer como crítico a un enfoque que aquí en Cuba destacó a pensadores no pocas veces atentos, primero, a un entusiasmo y tributo ideológicos que a las apreciaciones centradas en los valores específicos de determinadas películas. Pensemos en Mirta Aguirre y en el maestro Mario Rodríguez Alemán.

Carlos Espinosa ha propuesto la antología de críticas y artículos de Manet para Ediciones ICAIC. Es un libro aún en preparación, que tal vez lleve por título Con ojos de espectador. Siendo Manet dramaturgo y cineasta, el título es muy afortunado. Cuando aparezca esta obra, constituirá una indiscutible deuda con un discurso rico en lecturas literarias, asociaciones culturales e interpretaciones sorprendentes. ¿Cómo hemos olvidado a un crítico de cine como Eduardo Manet? Ya era hora de agrupar lo que escribiera para la revista Cine Cubano.

Algunos objetivos primordiales y de considerar se manifiestan. En primer lugar: salvar la obra de un crítico de estimación por lenguaje y conocimiento multicultural. Y desde sus primeras páginas, se promocionan unas cinematografías que ya van siendo, por desgracia, solo del conocimiento de investigadores, algunos críticos y especialistas de cine.

Leer las críticas de Eduardo Manet motivará la búsqueda y la recepción de muchos clásicos del cine internacional y cubano, al paso que recordará o presentará no solo a un crítico de cine, sino a un pensador cultural de valía. En fin, el lector se sorprenderá con uno de los mejores críticos cubanos de cine de todos los tiempos. (2017)

Notas:

[1] Luciano Castillo: “Eduardo Manet, el hombre de los retornos”, en La Gaceta de Cuba, n. 2, marzo/abril, 2016, pp. 40-47.

 

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