El caso Telesur

La proyección en Cuba de parte de la parrilla informativa del canal Telesur plantea nuevos retos al periodismo televisivo cubano.

Tomado de Telesur

En poco tiempo la señal de Telesur ocupa uno de los primeros puestos de teleaudiencia en Cuba.

Me gusta Telesur. La sigo casi desde su nacimiento, cuando era apenas un experimento para generar un espacio de resistencia informativa ante el monopolio de una voz y una mirada sola. Su surgimiento vino a configurar un panorama de intercambio de representaciones mucho más diverso y abierto que el que teníamos hace casi una década.

En buena medida, la denominada “nueva televisión del sur” venía a redondear el antiguo proyecto del documental latinoamericano de izquierda desde la pasada década del sesenta, cuyo objetivo político podría resumirse en una frase: otorgar voz a quienes no tienen voz. De ahí que, en su agenda informativa, fuera un elemento central aproximarse a los problemas y reivindicaciones de los sectores sociales menos visibles en las coberturas mediáticas globales. Las mujeres, los trabajadores, el campesinado, los emigrantes, los pequeños comerciantes, los segmentos de sexualidad no hegemónica, los negros y mestizos, el denominado Cuarto Mundo (los pueblos originarios, que son una fuerza demográfica mundial en sí misma, para nada una minoría) aparecieron reflejados de manera menos parcial que la habitual en sus informativos.

Telesur ha remado contra la corriente en el universo mediático actual y ha marcado la diferencia. Un ejemplo patente es su cobertura de la crisis institucional de Honduras, posterior al golpe de estado contra el presidente Manuel Zelaya. Durante los meses de confrontaciones, no faltaron carteles espontáneamente llevados en andas por las manifestaciones, donde podía leerse “Gracias, Telesur”. Frente a la manipulación de los acontecimientos a favor de la deslegitimación de la protesta, la perspectiva informativa de Telesur permitía tener las razones justas para permanecer en la calle.

La gestión de un periodismo de postura diferente al vigente en las grandes gestoras de noticias globales ha sido un factor crucial en esta tarea de crear un perfil informativo diferente. Antiguos referentes como CNN, cada vez más ajustados a los intereses del neo-imperialismo colonial del siglo XXI, han evidenciado que su construcción simbólica de un otro cultural y étnico, al cual dominar por la fuerza o la seducción, para borrarlo como entidad diversa y ajena, es parte de una tarea etnocéntrica de exclusión y control.

No obstante, tampoco puede obviarse que Telesur debe mucho al paradigma de construcción noticiosa de tales referentes. CNN es un modelo inevitable en la constitución de una clase de periodismo noticioso televisivo válido, incluso en la era de Internet. Ante el agotamiento de los modelos periodísticos tradicionales, convertir el informativo televisivo en espectáculo ha sido una opción destacable.

Si, por un lado, este cambio de modelo responde a intereses comerciales –vender noticias para construir parrillas de programación viables dentro de la segmentación de públicos de la televisión contemporánea, cada día más ajena a los modelos del periodismo clásico-, también despierta cuestionamientos éticos legítimos: ¿puede seguir el trabajo de reportero de guerra un modelo semejante al del entertainer de un show nocturno con celebridades y cotilleo, sin consecuencias? ¿Puede ser la cobertura de las condiciones sociales precarias de cierto grupo social una coartada para hacer etno-tragedia, o para estetizar la pobreza a favor del consumo acrítrico de los públicos metropolitanos?

Hacer de la representación del dolor y la inequidad social una cuestión de compromiso moral y político no es cuestión de fórmulas o tecnicismos. Se trata de una propuesta que se evidencia cada día, ante cada situación concreta, desde el rasero humano y profesional de cada informador singular. Telesur ha demostrado, en su práctica diaria, que no siempre querer hablar a nombre del subalterno basta para respetarlo. O que buscar dar cuenta de reivindicaciones sociales legítimas no impide que en su reflejo acaben siendo traicionadas. Dejar hablar a la gente implica ya un paso enorme en dirección de la justicia. Pero hacer un periodismo responsable, políticamente implicado y atractivo depende más que nada del profesional y de su postura ética.

Estas reflexiones nacen de una coyuntura feliz. Después de años teniendo a Telesur apenas como un resumen compacto de unas dos horas nocturnas, entre lunes y viernes, en un canal televisivo cubano, a apreciarlo en vivo más de doce horas diarias, otorga una perspectiva del todo distinta. Desde el 14 de enero de 2013 los cubanos tienen acceso a una señal informativa de la que somos parte financiera e institucional decisiva desde su fundación. Y más de tres meses de exposición a esta forma de hacer periodismo ha cosechado una respuesta que invita a pensar.

Por estos días, la señal de Telesur ocupa uno de los primeros puestos de teleaudiencia en Cuba. Los programas de la tele-emisora con sede central en Caracas captan el interés de buena parte de los cubanos. Las razones son muchas. Una de ellas formó parte de un diálogo oído al vuelo en la sede habanera del Instituto Cubano de Radio y Televisión. Un técnico con muchos años de experiencia en los canales nacionales locales indicaba que, aunque no te interesara el contenido del programa, solo su empaque y calidad visual bastaba para capturar tu interés.

Como se verá, el primer juicio en este caso es de índole comparativa. Los cubanos colegian lo que ven con aquello a lo que han sido expuestos a través de los años. El valor de nuestra televisión como espectáculo no ha sido una prioridad en las políticas de programación, como tampoco lo ha sido del periodismo. El atractivo del diseño general de la propuesta informativa, si bien ha evolucionado para bien, es todavía pobre. Lo más débil es su provincianismo despreocupado y su bajo nivel en la proposición de criterios, más allá de lo puramente informativo.

Para colegas del medio, la competencia amable de Telesur debe hacer evolucionar la mentalidad enclaustrada de los editores de informativos y, en general, de diseñadores de políticas de programación. Por mi experiencia personal sé que el problema no son siempre los periodistas cubanos, sino quienes toman decisiones. Si no hay una vocación seria por atraer el interés del espectador, hablándole de cuestiones de interés mutuo con solidez, sentido común y una didáctica no forzada, poco podrá aprenderse de las escuelas del buen periodismo.

Además, podrá verse que, si bien Telesur responde en buena medida a una red de corresponsales global, a un vasto repertorio de servicios de agencias de noticias poderosas y bien estructuradas, además de un uso intenso de la posproducción y de la infografía, ello es menos importante en su modelo que el tender hacia un perfil de información comentada y tratada a fondo, complementada por programas temáticos que, sin renunciar a lo informativo, incluyen el análisis, la crónica, el reportaje en profundidad y la entrevista. O sea, importa más la creatividad y el punto de vista implicado que los recursos que se tenga a mano. El programa de Walter Martínez, Dossier, importado de otra señal televisiva, debe su éxito y sincronía con la parrilla de Telesur. justo al respeto por esa lógica.

Los acontecimientos del último mes y medio (el fallecimiento de Hugo Chávez y la convocatoria y realización de elecciones adelantadas en Venezuela) prueban que obedecer a un modelo no está reñido con el experimento. La transmisión en vivo y directo, la instantaneidad y la simultaneidad han sido valores apreciables del periodismo urgente de las recientes semanas.
Pero también en Cuba hay actualmente un juicio acerca de Telesur que responde a un criterio de acceso a la información. En más de medio siglo de conflicto entre Cuba y los Estados Unidos, nunca habíamos tenido a ninguno de sus presidentes con discursos en vivo. En menos de un mes, ya hemos visto dos de Obama (el de asunción de su segundo mandato y su reporte del “Estado de la Unión”, de febrero de 2013), además de varios de Rafael Correa, alguno de Sebastián Piñera y Evo Morales, intervenciones públicas de Nicolás Maduro, entre otros líderes políticos. Por vez primera el cubano se enfrenta a la opción de escuchar la palabra de estadistas con los que acaso no comparta algunos puntos, pero puede al fin hacerse una opinión sin mediaciones.

Pero el impacto no queda ahí. Tras décadas de silencio informativo sobre el tema, los cubanos tenemos noticias de la liga profesional de béisbol estadounidense, más actualizaciones diarias de certámenes deportivos de los que poco se sabe acá. Podemos seguir casi de forma instantánea acontecimientos lejanos, que encuentran poco reflejo en nuestros medios. Vemos funcionar las redes sociales como complemento de los procesos de contra-información y de combate a la hegemonía capitalista, no bajo la ceñuda sospecha con que suelen ser tratadas acá. Sabemos de la actualidad del cine latinoamericano, cuando para la televisión cubana apenas existe el de Hollywood.

Una anciana de mi barrio comentaba hace unos días que ya no se molestaba en caminar hasta el estanquillo para comprar el periódico: “En Telesur dicen lo que no ponen aquí.” Y hablamos de un tratamiento de la información bajo los criterios del progresismo, socialista o no, que en su centro coloca el interés por construir un destinatario interesado en lo público (como germen de lo político) y solidario. Se trata de una apuesta que ojalá sepamos aprovechar en los medios masivos locales.

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