El reino de las sombras (en 3D)

El cine en 3D regresa a la visión del cinematógrafo como atracción de feria.

Jorge Luis Baños

Avatar, una de las películas en 3D más solicitadas.

La noche pasada estuve en el Reino de las Sombras.

Si supiesen lo extraño que es sentirse en él: la pantalla cuelga enfrente, como en cualquiera de los cines que conozco, pero sus dimensiones son ridículas comparadas con las de los cines de mi infancia. Como advierte un texto al inicio, la mejor manera de disfrutar el espectáculo que sigue es colocándose a dos metros de distancia, siempre enfrente. Antes de irse las luces, te entregan un par de gafas livianas y grises. Son ellas la llave al mundo que comienza a reptar encima.

En este mundo todo cuelga del aire. El familiar reflector de la 20th Century Fox pasa a toda velocidad por fuera del marco de la pantalla, rozándote el mentón, y los créditos iniciales desfilan despegados de la superficie del paisaje que sobrevuela la cámara. Experimento una leve sensación de vértigo.

Más que ante una pantalla, me siento dentro de una pecera. Desde mi posición, soy capaz de adivinar cada uno de los detalles al fondo del cuadro fílmico. Su perpendicularidad refuerza la noción de hallarme colocado de cara a un perímetro vivo y activo. La alta definición de estas imágenes dota al conjunto de un aire cristalino y de una nitidez sobrecogedora. Experimento esa sensación inmersiva que comentan los tecnólogos y teóricos de la nueva atracción de las salas de proyección del mundo desde hace unos años. Llego tarde y llego como puedo, pero llego.

Por ejemplo, al fondo de la nave espacial “Prometeo” hay un paisaje de arcilla y colinas pizarrosas. El universo del planeta visitado por la tripulación es rico y majestuoso, bien iluminado la mayor parte del tiempo. Nada que ver con la aterradora bruma y nocturnidad del planetoide de la primera de la serie Alien (Ridley Scott, 1979), de la que esta quiere ser, décadas después, una especie de precuela.

Es la tercera vez que veo Prometeo (Ridley Scott, 2012) y no me había percatado de ciertos detalles: el científico contaminado en la exploración del recinto extraterrestre descubre lo comprometido de su estado físico cuando, al revisar de cerca, en un espejo, la irritación de un ojo, un gusanillo bailotea de súbito en el centro de su pupila. Aviso que, cuando la vi por vez primera, tratábase de una copia “fusilada” en un sala de cine del sureste asiático, con todo y subtítulos de caracteres ideográficos; la segunda, cuando la puso la televisión cubana en una copia mejor dispuesta. Hasta esta ocasión, no me percaté de semejante detalle.

Confieso ser un espectador incauto. No me interesa del cine, únicamente, su trasunto intelectual o formal, sino también su fenomenología. La práctica de la ciencia estética supone un cosmos más vasto que los prejuicios de la alta cultura. A lo largo de mi vida he disfrutado tanto las cosas que hace la gente en respuesta a los sucesos que recorren la pantalla como las provocadoras relecturas de un metraje cuando a un proyeccionista se le ha antojado saltarse el orden lógico de los rollos durante una función. Pero el 3D me tomó desprevenido; despertó en mí al espectador voraz de microscopio: en vez de seguir los ejes de la acción o la lógica expositiva del relato central, me he descubierto escrutando con rabia los rincones de la imagen y las zonas más lejanas de la profundidad de campo.

De esa manera, he hecho un descubrimiento: lo más interesante de Prometeo esta tercera vez han sido las marcas de saliva y grasa corporal en el lado interior de las escafandras de los exploradores. He tenido la curiosidad, incluso, de sacarme las gafas para estudiar tales detalles sin la prótesis: nada, solo una imagen borrosa queda de la diáfana presencia de los fluidos corporales cuando remuevo el dispositivo. La imagen pierde su tersura, los bordes de cada objeto se disipan y hacen neblinosos. Mis pupilas tienen un hambre de detalle que acaba causándome un ligero ardor en los ojos. Pecata minuta.

Mientras evoco esta impresión inaugural, admito mi incapacidad para referirla en toda su riqueza. Como siempre ocurre, el espectador reconstruye su propia idea de lo visto. Hace su película de lo presenciado. El cineasta argentino Fernando Birri, que ha tenido más suerte que yo, contaba que cuando vio Avatar (James Cameron, 2008), en Roma, sintió que, durante la escena en que la pareja protagonista se conoce en la peligrosa selva de Pandora y las esporas luminosas del árbol sagrado rodean el cuerpo del héroe, él sintió que “una de esas cosas me tocó la nariz”.

Por eso regresé al día siguiente: anunciaban Avatar. Quería saber cómo me afectaría una película que la historiografía coloca como el parteaguas entre la vieja forma de ver cine y el nuevo espectáculo de la película estereográfica; una obra que enseño a mis alumnos en clase como ejemplo de consumación momentánea del ansia de efecto-realidad que siempre ha movido al cine como suceso óptico. Pero debo serles honesto: quería que una de aquellas cosas me tocara la nariz.

Nada de eso. La obsolescencia programada de las imágenes del cine estereográfico, su voracidad por entregar año tras año nuevas dimensiones para la exploración del espectador, hizo su trabajo. Tanto a mi hijo adolescente como a mí, Avatar nos acabó resultando un mundo demasiado cartoon, de muñequitos, incluso en su pretendida postura progre y como presunta fábula crítica del colonialismo y el militarismo. La ideología del espectáculo de Avatar es perfecta como merchandising de una atracción destinada a modificar los hábitos de consumo audiovisual de su época. No más. Su olorcillo a producto situacional es alto. Su obsesión con la cámara virtual, las pronunciadas panorámicas aéreas, las simulaciones de vuelo, el auge de una estética de diseño de escenarios excesivos, su foto-realismo ya caduco (son cuatro años entre esta y Prometeo) me causaron más bien aburrimiento.

Esta nueva vida que sale de la pantalla, el efecto de presencia de las imágenes estereoscópicas, la sensación que recibe el espectador de estar delante de una ventana abierta a dimensiones imaginarias pero casi tangibles (la tempestad nocturna que azota el planeta en Prometeo consiste en un enjambre de partículas de cuarzo que salen de la pantalla y amenazan despeinarte) devuelve al cine, no obstante, su sensación de aventura, de ilusión verosímil, de espejismo palpable.

A mi edad, el 3D ha venido a desempolvar algo de una vieja ansiedad por las imágenes cinematográficas como reino de las delicias. Eso que se va perdiendo con los años, la práctica, los libros de teoría y los maestros con sus dogmatismos. El cine como acto intelectual ha sido siempre una invitación a la exploración más allá de la superficie de la pantalla. El placer del espectador entregado y abierto a la experiencia del filme, el encanto de esos universos oníricos e imposibles que hizo del cine un espectáculo adictivo, fue la frontera prohibida de los artistas modernos, de los ideólogos del cine como arma de combate, de la obra difícil como reto al espectador adocenado.

Todo eso ha sido aprendido. Por eso me considero listo para entregarme sin miedo ni prejuicios a esos universos abiertos al curioseo, a la fruición de ser impactado por un acto de prestidigitación de los efectos visuales de imágenes de síntesis, a las criaturas salidas del capricho de un dibujante, a los arrestos sensoriales que me tomen desprevenido.

Como Máximo Gorki, aquel día de 1896 en que visitó el cinematógrafo del mercado de Nizhni-Novgorod para luego escribir un texto clásico que en este gloso, estoy dispuesto a reaccionar infantilmente protegiéndome del chorro de agua o de la locomotora que amenazan con salir de la pantalla. Me pondré las gafas y dejaré llevar por la fruslería risueña de los que me rodean. No quiero saber dónde estoy, como no me va a importar qué formas imaginarias invadan mi mente, mientras mi conciencia se obnubila y debilita. Me comeré las rositas de maíz y el bebestible que acaso no sea siempre de cualquier vulgar refresco instantáneo. Como quiera, todo va incluido en el precio de la entrada.

Doy gracias al espectáculo del cine en 3D, porque me ha permitido experimentar la segunda infancia del cinematógrafo como atracción de feria.

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