Encontrar a Martí

El símbolo será siempre él, por lo que representa: el héroe mayor, el alma de la nación.

La foto del niño que rescata el busto de Martí de entre los escombros dejados por el huracán Irma, de Yander Zamora.

Foto: Yander Zamora

Las cuantiosas connotaciones a partir de las fotografías de Yander Zamora tomadas al niño avileño José Daniel de la Torre Sampier, luego del paso del huracán Irma, han venido a respaldar las resonancias anímicas que nos presenta el audiovisual Héroe de culto (2015), con guion y dirección de Ernesto Sánchez Valdés, el cual resultó ganador del premio al Mejor Documental en la 15ta. Muestra Joven del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

Se me podrá echar en cara que la espontaneidad de la acción del menor vale más que una imagen y las mil palabras aseguradas por la frase popular. Es cierto: ante la espontaneidad oportuna, aceptamos casi todo, sin olvidar que los invariables vínculos del Martí de los bustos a los sitios habituales (escuelas, centros laborales, hospitales y todos los barrios de país) están más avalados por la repetición de un nombre que ha disminuido al hombre; de una figura más recordada en frases que en obra. ¿Qué motivó al niño? La sorpresa de lo inhabitual condicionó el gesto que enseguida se generalizó. Un busto de plástico “que representa a José Martí” estaba fuera de lugar y descontextualizado por los efectos meteorológicos. Hallado, se rescató por una iniciativa tierna que no dudó en mostrarlo cual trofeo nacional.

No es que los hombres hacen los pueblos, sino que los pueblos, con su hora de génesis, suelen ponerse, vibrantes y triunfantes, en un hombre. A veces está el hombre listo y no lo está su pueblo. A veces está listo el pueblo y no aparece el hombre.

José Martí (Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, t.8, 1991, p. 251)

 

El gesto puede ser tan simbólico como el llegar al Martí colocado en el Pico Turquino. Pero el busto, como la estatua ecuestre más llamativa, no son símbolos, ni siquiera, de una época o un momento histórico. Ninguna creación puede serlo. Sucede que la época no desea prescindir de aquella como testificación histórica. Un busto cualquiera, sea de mármol, bronce, granito o plástico no funciona como símbolo, sino como alegoría porque reproduce una imagen del referente, un algo reiterado del personaje real, que pudiera ir desde su representación convencional —debido al parecido a una fotografía, por ejemplo, o a la imposiciones del canon dominante—, hasta por cuanto sugiere la cabeza o el busto seriados de José Martí, como sustituto de un concepto o en relación con este. El símbolo será siempre él, por lo que representa: el héroe mayor, el alma de la nación. “¡Encontré a Martí!”, dijo literal y con toda seguridad José Daniel a la altura de lo que puede permitirse a sus seis años. Encontró a Martí, por su cuenta. Ni más ni menos.

Más allá del recorrido formativo que puede avalar y condicionar los acontecimientos en torno a una figura destacable, continuarán repercutiendo las etapas posteriores en la posible configuración del individuo manifiesto y singular, del héroe aceptado por ser estímulo y hasta por constituir paradigma inalcanzable. Son etapas donde la mirada y el decir del otro recuerdan cómo un héroe se ha ganado el derecho de que se le suba a un pedestal y se le intente rendir culto post mortem. No basta el acto de depositarle flores cuando el héroe ha sido no solo hombre de acción, sino de pensamiento. Mas no de pensamiento fugaz y recordado, sino asentado y locuaz. Su obra escrita se reedita por sus propuestas conceptuales, con el añadido de la validez escritural.

Fotograma del documental Héroe de culto de Ernesto Sánchez Valdés.

La atención hacia el héroe reclama postura de culto o una suerte de religiosidad que emana desde adentro hacia afuera, si bien es preciso observar, o al menos saber, que la figura, en efecto, tiene algo que decir, sobrepasando el hecho obsesivo o reiterado de que otros lo hagan saber. Así el héroe le rinde culto a la eficacia siendo, al mismo tiempo, eficaz él mismo. Vigente.

¿Cómo se refuerza la imagen de un héroe moderno tan contextual y, a la vez, salido de sus páginas, como José Martí? En el Prólogo a El poema del Niágara y Cuentos de hoy y mañana (este último texto también prologal), presenta, comenta y analiza el libro de Rafael de Castro Palomino. En ambos artículos muestra su interés por la confrontación entre hombre masa e individuo y examina la época moderna, mientras comparte y defiende más de una declaración ética y estética en provecho del lector. Ahora, es en su escrito dedicado al general Grant donde, anticipándose al Ortega y Gasset de La rebelión de las masas, alude al hombre congregado, mientras se centra en repasar cómo se erige un héroe moderno. Martí deja en claro uno de los caminos que distingue al hombre sobresaliente de la modernidad, al paso que un consejo para sus posibles partidarios: El conocimiento de los detalles es indispensable para la preservación de la grandeza; el impulso necesita ser sostenido por el conocimiento.

¿Desde cuándo viene el icono martiano ensanchando su función mítico/inspiradora hacia un pueblo que lo nombra, se ampara en sus pensamientos y no pocas veces lo repele por cuenta de presenciarlo ante todo y por todo? La insistencia del héroe nacional como programa pedagógico ha conllevado una renuncia que, con frecuencia, impide encontrarlo en lo íntimo. Del Martí generalizado hay que intentar llegar al personal, ese que uno encuentra y reconoce por cabeza propia en la lectura. Mas, ¿funciona solo así la condición de héroe nacional en el plano de lo naturalmente estimulador por considerado y por tanto sentido?

Héroe de culto remite a los inicios de la veneración de José Martí en el período republicano, pasando por su continuidad durante la Revolución en marcha y la puesta en entredicho de su significación en la actualidad, a consecuencia de reproducirse y recolocarse su imagen una y otra vez. En el documental de Sánchez Valdés, no puede ser más cruda, por simbólicamente efectiva, la analogía que, a través del montaje de Beatriz Candelaria, se establece entre lo que sucede en una peluquería y el acto repetitivo de que un obrero raspe los bustos de plástico referentes al héroe nacional cubano.

Este audiovisual resultó ganador del premio al Mejor Documental en la 15ta. Muestra Joven.

¿Héroe de masa? ¿Culto ligero? El nombre sobrepasando al hombre y, lo que es peor, la obra. Más allá de sus estudiosos y de los textos que parecen “decretar” cómo leerlo en las escuelas, ¿para quién va quedando una figura tan nombrada como poco conocida? ¿Es suficiente la condición de héroe nacional cubano para que José Martí merezca la única “admiración trascendental en la que no hay establecido límite, ni medida”, como escribiera Thomas Carlyle en El culto a los héroes? No, no cuando nos quedamos con el pedestal más encumbrado o el busto más repetido. Ni absortos en un culto ni homogenizados por el presente.

Acerca a los espíritus originales, una incontestable simpatía. Mirando bien se observan dos especies de hombres en perpetua lucha: los que arrancan de la Naturaleza, pujantes y genuinos, activos y solitarios, reconocidos y aclamados solo en las grandes crisis, que necesitan de ellos; y los hombres amoldados a la convención, que ocultan su espíritu como un pecado, que defienden y contribuyen a lo establecido, que viven acomodados y dichosos, y en el movimiento social solo son útiles como fuerza saludable de resistencia, en los casos en que un carácter natural, embriagado con el triunfo, se desvanece y afirma en demasía.[1]

¿Alma de la nación José Martí? No se dude. Ahí está su proyecto de nación en favor de proposiciones valederas que en todo tiempo aseguren la patria, a sus protagonistas y a sus seguidores: el niño José Daniel, tú, yo, casi todos. (2017)

Nota:
[1] José Martí. Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales,  t.13, 1975, p. 86.

 

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