Esbozo esquivo de una no-presencia

Cortometraje de animación que es una alegoría melancólica y sorda a la tristeza, la descolocación, el no pertenecer…

Si en alguna creación audiovisual cubana reciente la animación resulta (y resalta) óptima pauta expresiva-narrativa y lenguaje en sentido general para prefigurar un estado mental, es en Acto de presencia (Bryan Romero/Asbel Paz, 2013), cortometraje urdido desde una técnica como la rotoscopía, que por esta época ha venido casi a sustituir al stop-motion en la preferencia de los realizadores independientes que se decantan por técnicas analógicas.

Si bien el stop-motion, con su entrecortado cinetismo, viene a “extrañar” el movimiento fluido de las formas —asumido como ideal natural por la percepción humana—, la rotoscopía establece un diálogo engañoso con los públicos, un incómodo entrampe perceptual a partir, precisamente, de apropiarse, suplantar, pervertir y corromper hasta la abstracción la biomecánica humana; y por extensión, el resto de las dinámicas de la realidad sobre las que trabaja. Quedan así reducidas a simples y manipulables armazones. Son revestidas, literalmente, por nuevas capas de sentidos simbólicos y simbióticos. Las obras adquieren —absorben— su vitalidad “natural” de las personas/cosas prexistentes en la realidad extradiegética que engloba a los autores.cuba-animacion-acto-de-presencia-2016-03

La rotoscopía, de sencillo y hasta oportunista método mimético (como todas las técnicas de la animación en sus orígenes, y el arte todo por extensión) ha devenido monstruoso modo de absorción y suplantación de la “realidad” externa y consensuada que, para más pavor perceptual, continúa latente en cada pieza rotoscopiada. Se le puede adivinar en la elasticidad, aún inimitable por métodos artificiales, que delatan los engendros más desmedidamente fantasiosos concebidos por la mente humana —durante el sueño más profundo de la razón.

El dueto Romero-Paz opta, pues, por abordar desde la rotoscopía con lápiz de color, las frágiles y a la vez espinosas interacciones de un joven con un contexto familiar inmerso en convencionales rutinas domésticas, que le es ajeno hasta la más sorda incomunicación. Demasiado rutinarios y domésticos son tales “parientes y arientes” para un espíritu triste, misantrópico, en plena y muda tormenta existencial, evidenciada constantemente en las violentas y extremas fluctuaciones de los trazos. Maremágnum de formas, líneas y colores que apenas permite a las formas realistas concretarse y a la diégesis, al menos unos segundos coherentes de reposo. Se narra desde la sustracción y desde los substratos, engarzando, a partir de tales concepciones, con cintas cubanas y jóvenes como La piscina (Carlos M. Quintela, 2012).

En Acto… se establece así un alto y agresivo contraste entre este aburrido ritual y el hervor o escozor mental en que se debate el protagonista, para quien la familia y el hogar —en sentido físico y metafórico— resultan caos, laberinto sin hilo y sin Minotauro. Romero y Paz expanden hasta las dimensiones de lo terrible, lo confuso y lo insano, procederes tan anodinos como una comida familiar de cualquier día: retablo, escenario donde se ejecuta la pantomima de la estabilidad a fuer de no oír, de ensordecerse ante las necesidades del otro.cuba-animacion-acto-de-presencia-2016-02

Acto… se zambulle en los recovecos de la perceptiva, de la apropiación sensorial (reconstrucción, negación, reordenamiento) que hace cada ser humano de la realidad y sus significantes. Va mucho más allá de la identificación taxonómica objetivista de sujetos y cosas en su empaque “real”, por lo que deviene constructo altamente emocional. Y esa, a la larga, es una de las esencias del arte que motivó hace siglo y medio la ruptura definitiva y consciente con las concepciones miméticas; y abrazó un diálogo activo (impresionista, expresionista, simbolista, cubista, futurista, abstracto) hacia la disolución de toda representación realista y, por ende, sumisa. Siempre en pos de refrendar la individualidad creadora, libre de socavar y redimensionar (¡conquistar!) la realidad externa profusamente canónica hasta el mono cromatismo inmaculado de un cuadro de Klein.

Curioso es que los momentos de mayor resguardo personal, coherencia y calma del atormentado protagonista sean representados con simples siluetas negras, en las cuales la forma ni cimbra ni se quiebra, contra un fondo azul que propone sosiego. Son el segmento introductorio y la secuencia conclusiva: el joven se halla a salvo de la realidad familiar en su habitación, su esfera vital infranqueable. Y justamente aquí la representación se apega más al realismo, pese a toda la indefinición que implica sustraer los rasgos físicos.

Acto de presencia, con sus rasgueos de guitarra desafinada y parca, es una alegoría melancólica y sorda a la tristeza, la descolocación, el no pertenecer. Al derecho de no personarse en rediles ajenos por pura convención social, tradicional. El artista prefiere no estar presente… (2016)

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