Esteban: un melodrama de la Cuba de hoy

Vista recientemente en la pequeña pantalla, la película sobresale por la banda sonora y la dirección de actores.

Foto: Tomada de www.cubacine.cult.cu

A mediados de agosto, el popular programa Arte Siete de la televisión cubana sorprendió a su audiencia con la presentación de un filme de producción nacional: Esteban, ópera prima del joven director Jonal Cosculluela, ya exhibida con relativo éxito en los cines de la isla y ahora visibilizada para millones de espectadores, muchos de los cuales prefieren la comodidad de su casa para acceder al Séptimo Arte.

Película realizada por jóvenes y cuyo financiamiento proviene de Producciones Colibrí, RTV Comercial y Mediapro, Esteban es un melodrama de giros predecibles, pero sus notables actuaciones, la fotografía esmerada y el contexto social muy bien armonizado dentro de la trama principal contribuyen a la identificación con cierto tipo de espectador capaz de conmoverse, aun cuando este filme recurra a caminos trillados.

La historia de un niño excelentemente interpretado por Reynaldo Guanche —que proviene de esos estratos poco favorecidos de la sociedad cubana, como el de los vendedores ilegales y ambulantes— y su sueño de convertirse en pianista, es el pretexto del guionista Amílcar Salatti para la configuración de un melodrama efectivo, pero debilitado por giros que pudieran resultar lugares comunes para aquellos que piden más imaginación y complejidades.

No obstante, la película tiene sus méritos, entre ellos, la excelente dirección actoral con el protagonismo de una Yuliet Cruz impecable y un Manuel Porto en uno de los mejores desempeños de su larga y exitosa carrera profesional.

Yuliet Cruz y Manuel Porto, junto al pequeño Reynaldo Guanche, destacan en los papeles protagónicos.

Yuliet Cruz y Manuel Porto, destacan en los papeles protagónicos.

A ello debe añadirse la excelencia de la banda sonora, especialmente apoyada en la música de un Chucho Valdés que ha sabido adecuarse a las exigencias dramatúrgicas y emocionales de una trama dirigida a hacer llorar y a conmover como lo logran ciertas películas de Hollywood.

Sin embargo, la Cuba que se nos muestra en el filme es real en sus sutiles alusiones a las desigualdades sociales entre los niños que comparten la enseñanza gratuita proporcionada por el Estado, pero que comienzan a estratificarse en actos tan sencillos como la diferencia de las meriendas que traen de sus casas.

Yuliet Cruz, como Miriam, la madre de Esteban, es la “luchadora” que, por falta de estudios o fatalidades existenciales, se ve obligada a vender sin licencia en los alrededores de los agromercados y a convertir a su hijo en “merolico” para poder sostener un hogar disfuncional debido, tal vez, al alcoholismo y desinterés de un padre que los ha abandonado a su suerte.

La sordidez con que pudiera haber sido expresada esta dura realidad tiene su contrapeso en la tierna relación entre Esteban y su madre, quien tras la resistencia inicial es capaz de comprender la vocación de su hijo por la música y apoyarlo para que llegue a ser “un gran pianista”.

Manuel Porto, en el papel del profesor de piano, está bien delineado sicológicamente, aunque su drama personal está muy cerca de lo ya visto, fundamentalmente en películas estadounidenses. El hombre aparentemente endurecido por una tragedia del  pasado que, sin embargo, es capaz de mostrarse generoso en extremo, es un personaje ya visto y solo rescatable en Esteban por la brillantez con que lo asume Porto.

Espectacular el desempeño del jovencito Raynaldo Guanche en su primera incursión en el cine de la mano de Jonal Cosculluela.

Espectacular el desempeño del jovencito Raynaldo Guanche en su primera incursión en el cine de la mano de Jonal Cosculluela.

De todas maneras es el niño Reynaldo Guanche quien mejor seduce a los espectadores. Expresividad, carisma y una fotogenia admirable lo harían acreedor de cualquier galardón en el más exigente certamen cinematográfico.

Se agradece asimismo a Esteban el mostrar los problemas sociales solo como telón de fondo, a la vez que reconoce las facilidades que puede tener el talento en una Cuba donde la enseñanza artística se pone en función suya y se ofrece gratuitamente a aquellos que quieren desarrollarlo.

Quizás uno de los aspectos que queda como “colgado” en la película es la relación de Esteban con el resto de sus compañeros de escuela. El guionista abre una subtrama que no tiene un desenlace en la historia. Abandona lo secundario en aras de la historia principal y se resiente la película por este hilo suelto que no tiene continuidad en el happy end predecible, con su correspondiente carga melodramática.

No obstante estos señalamientos, el filme funciona y enaltece. Cumple con los propósitos para los que fuera realizado y se aparta, eso sí, de las líneas temáticas reiteradas una y otra vez en el cine cubano institucional.

Jonal Cosculluela ha dado muestras de un saber hacer que no es frecuente en las “óperas primas”. Los planos cinematográficos están excelentemente puestos en función de la historia y su retrato de La Habana es realista sin tendenciosidades.

Ha sido una excelente idea del programa Arte Siete visibilizar una obra que representa las inquietudes de las más jóvenes generaciones de cineastas cubanos.

Ojalá que otras producciones cubanas, ya sean de cine independiente como institucional, se vieran en los espacios cinematográficos más populares de la televisión cubana, aun cuando ello conspire con la aspiración de llevar a los cines a una gran cantidad de personas que han abandonado la sala oscura para cambiarla por las nuevas tecnologías o por la pequeña pantalla.

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