Fenomenología del paquete (primera parte)

El paquete semanal encarna la mutación inevitable en la era digital de viejos modos de funcionamiento de la economía sumergida cubana.

El paquete semanal de contenidos se ha convertido a lo largo de 2014 en uno de los recursos preferidos para impugnar la programación de los medios de difusión nacionales. De la televisión, sobre todo. Pero ese es solo un aspecto, definitivamente menor, de un fenómeno mucho más interesante y abarcador.

Primeramente, y desde el punto de vista meramente comercial, el paquete semanal encarna la mutación inevitable en la era digital de viejos modos de funcionamiento de la economía sumergida cubana. Si bien durante la pasada década del noventa la economía informal permitió a los cubanos adquirir casi de todo lo ausente en los mercados estatales, en ese tiempo surgieron además los primeros emprendedores cuya función era el alquiler de contenidos audiovisuales, sobre todo de películas y programas de televisión extranjera, en casetes Betamax y luego VHS. El incremento de la cantidad de propietarios de caseteras reproductoras de video analógico hizo viable esta clase de negocio.

Al mismo tiempo, la extensión del servicio de televisión satelital a residentes extranjeros y a cubanos privilegiados fue convirtiendo el alquiler de la señal por cuenta propia en otra una fuente de ingresos para algunos sectores. Surge así ese fenómeno de barrio, de intercambio vecinal de la señal de televisoras foráneas, conocido popularmente como “el cable”. Ambos han sido perseguidos y penalizados regularmente por las autoridades policiales, como mismo lo fueran desde hace décadas los contenidos culturales no acordes con la moralidad y el proyecto ideológico vigente en Cuba. Pero nada consiguió extinguirlos hasta la fecha.

Esto, en un contexto especial como el cubano, donde no existen servicios profesionales de alquiler o venta de películas y el acceso a la televisión por satélite es autorizado solamente a extranjeros residentes y algunas instituciones, además de ciertos reducidos sectores del poder político y empresarial. Fuera del sistema de alquiler de películas del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), de membrecía limitada, restringido a los títulos que estrena esa entidad, reducido a la capital y algunas cabeceras provinciales, cuando cualquier hijo de vecino requería de una película equis para su disfrute, no tenía a dónde dirigirse para conseguirla. Por demás, cuando un crítico de cine deseaba, digamos, presenciar en vivo la ceremonia de entrega de los premios Oscar o un aficionado al fútbol el match semanal de su club favorito, debía recurrir a hoteles, a instituciones o a hogares de celebridades.

La entronización de los dispositivos digitales lo cambió todo. Un paso inicial fue el inicio de la comercialización en Cuba de reproductores de DVD configurados para la lectura de archivos mpg y avi. Ello resultó trascendental en un país que no vivió una situación parecida ante el advenimiento de la tecnología del video analógico. En cambio, en el Censo de Población y Vivienda de 2012 consta que los tres millones 788.695 hogares cubanos censados contaban con dos millones 298.337 reproductores de video, de ellos, dos millones 207.314 en funcionamiento. Se ubica así esta clase de electrodoméstico detrás del ventilador (casi seis millones y medio), la olla arrocera (más de tres millones y medio), el refrigerador (poco más de tres millones), el televisor en colores (dos millones 922.099), la cocina u hornilla eléctrica (menos de tres millones), la lavadora y la batidora. Y por delante de la radio, los equipos reproductores de audio y la plancha eléctrica.

Estas cifras son sintomáticas de una condición propia del contexto socioeconómico cubano, a partir de la década final del siglo XX, cuando la crisis del transporte público y la depresión económica de la familia provocó el incremento de los hábitos sedentarios. Hacia fines de los noventa, una encuesta del Centro Juan Marinello reveló que alrededor del 90 por ciento de las personas decía satisfacer sus necesidades de consumo cultural viendo televisión.

Lo anterior coincide con la mutación subsiguiente del negocio privado, en lo que a oferta audiovisual corresponde. Los gestores de bancos de películas en cinta de video evolucionaron hacia el alquiler de archivos en CD, VCD y DVD. La autorización del vendedor de discos de contenidos audiovisuales y de música en formatos digitales –dentro de la ampliación del trabajo por cuenta propia bajo un cuerpo legal–, supuso el completamiento de una cadena de consumo regida por la oferta y la demanda. Nació así un nuevo hábito muy extendido hoy: los hogares obreros suelen comprar o alquilar un combo (o disco con varias películas) para disfrutarlo durante los fines de semana o en sus días de asueto. Asimismo, familias de un mismo barrio acostumbran a coordinar sus ritmos de vida para intercambiar entre sí los discos con los capítulos consecutivos de una telenovela.

Durante la primera década del siglo XXI, en Cuba se produjo además el curioso fenómeno de la aparición de los distribuidores mayoristas de contenidos audiovisuales, quienes suministraban la variedad y cantidad suficiente de material con que sustentar la avidez del consumidor. Muchos de ellos llegaron a constituirse incluso en “sellos” o marcas reconocibles por los logos ubicados al inicio de las películas o en los bordes del cuadro. Algunos, como M&M, pueden detectarse aun en contenidos que exhiben algunos programas de la televisión cubana.

El origen de tales contenidos es el principal enigma en esta cadena. ¿Cómo pueden obtenerse centenares de gigabytes de información en video, a menudo a pocas horas de producirse la transmisión original (en el caso de los programas de televisión)? Teniendo la mayoría de las conexiones a Internet en Cuba una velocidad limitada, ¿cómo se produce semejante tráfico de archivos?

Lo que sí resulta indiscutible es el olfato y la capacidad de adaptación a nuevas circunstancias que faciliten formas de explotación inéditas de un catálogo de contenidos ingente. A raíz de la expansión del uso de los discos duros externos de gran capacidad (500 GB, 1 TB, 1,5 TB, 2 TB y más), los distribuidores de películas dieron el siguiente salto hacia delante. Así surge el paquete: un archivo masivo (de hasta 1 TB), a un precio irrisorio (en La Habana, alrededor de 50 pesos o dos CUC; en provincia, bastante más), con fechas de actualización semanales, que permite a consumidores individuales o a distribuidores, comercializadores minoristas y expendedores de ramos específicos, como música o series y telenovelas, la reposición permanente de su surtido.

Semejante fenómeno, observado desde fuera de Cuba, debe resultar curioso como manifestación propia de una cultura de consumo muy poco común. Dentro, ha sido motivo de toda clase de temores y cuestionamientos.

Para ciertas autoridades del gobierno que se han pronunciado en torno a su existencia, el paquete es una fuente de subcultura y banalidad. Para otros, un reto de cara a los esquemas de programación institucionales; léase la televisión nacional y los canales locales, así como las estaciones de radio, la programación de las cada vez más exiguas salas de cine e, incluso, la política editorial. Esto último porque, como se verá, algunas versiones del paquete contienen bibliotecas enteras en formato pdf.

Tales reacciones, contrastadas con el entusiasmo mayoritario del consumidor ante la posibilidad de tener acceso a un vademécum de ofertas incomparables a aquel que le brindan los medios de difusión tradicionales, fundamenta la incapacidad del sistema institucional de la cultura en Cuba para comprender el nuevo ecosistema de circulación, distribución y consumo cultural que abre el período pos-analógico.

Los contenidos culturales migran de formato, se transforman en archivos comprimidos (.wav, .mp3, .avi, .mp4, .mkv, .pdf) y circulan libremente, son subidos y bajados de repositorios virtuales y, asimismo, se domestican, pasan de un soporte a otro, se vuelven accesibles casi sin mediación espacial o temporal (de PC a laptop, de teléfonos móviles a ipads, ipods, iphones y, algo decisivo en el caso cubano, a través de memorias USB portátiles).

Esta soberbia mutación ha descolocado la tarea de las instituciones tradicionales, cuyo trabajo ha sido por regla administrar el uso de y el acceso a los bienes culturales. Llámese Cinemateca, Biblioteca, Hemeroteca, Museo, Discoteca, tales repositorios son hoy apenas el archivo original de los contenidos que ahora circulan libremente, van de aquí para allá y obran según los intereses muy específicos de cada consumidor. En el océano del intercambio cultural cubano del presente cohabitan desde la discografía completa de Irakere y los Van Van, hasta la poesía de José Ángel Buesa, pasando por la filmografía de Tomás Gutiérrez Alea, una selección de nueve horas de muñequitos rusos o la colección de la revista Lunes de Revolución que alguien se encargó de fotografiar página por página.

Este panorama, más que implicar un reto para el sistema institucional de la cultura en Cuba, ¿no supone acaso la consumación de aquel proyecto de masificación cultural enarbolado como aspiración utópica a inicios de los 2000, y que diera lugar a iniciativas educativas y de desarrollo de la creatividad, así como de acceso a los bienes culturales, para la mayor cantidad posible del pueblo? ¿No cumple, asimismo, el sueño humanista de acceso pleno y universal a los productos de la creación humana? Apenas iniciativas sectoriales, como el catálogo de cine cubano distribuido a través de archivos digitales por la Asociación Hermanos Saiz, o la mediateca que ofrece la Casa del ALBA capitalina, han avanzado una comprensión más amplia de las posibilidades de expansión del intercambio cultural que ofrecen los nuevos medios.

Pero todos ellos se quedan en la superficie. Pues ninguno atiende –como lo hace el paquete– los agujeros negros de la difusión pública de contenidos audiovisuales. Esos agujeros negros comprenden, aparte de los antes mencionados (la ausencia de servicios de alquiler y venta de películas y de acceso a la televisión satelital), la inexistencia de un servicio barato y abierto a Internet. Nada de lo anterior desestimula la avidez de los cubanos por estar al día en las tendencias universales. Rasgo que históricamente sustenta la evolución de las naciones; ninguna época de ostracismo y cerrazón ha prohijado el desarrollo de civilización alguna. Solo el roce, la curiosidad y el deseo por el otro permiten el crecimiento y la evolución de un pueblo.

Como se ha visto hasta aquí, el paquete es mucho más complejo que la impresión que arroja una primera mirada. Examinado en profundidad y con calma, ocupa varias horas de excavación. Los resultados de semejante arqueología son sorprendentes y denotan una identidad poliédrica que requiere, asimismo, un informe detallado.

(Continuará)

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