Haciendo zapping (en redondo por la televisión cubana)

La televisión cubana tiene graves problemas para convertirse en un flujo de contenidos realmente imprescindible para el televidente.

Tomado de La Chiringa de Cuba

En los primeros meses de 2013, la televisión cubana experimentó un cambio significativo. Los dos antiguos canales, Cubavisión (para los más viejos telespectadores, el Canal 6) y Tele Rebelde (el tradicional Canal 2), hicieron un giro enfático en la dirección de sus perfiles definitorios. El primero, subrayó su carácter de eje maestro, de señal patrón de la televisión nacional, al adoptar el eslogan de “El canal de la familia cubana” y abarcar los programas sustanciales de la parrilla local de tipo informativa, de entretenimiento y de construcción de la imagen colectiva.

Mientras, Tele Rebelde consagró su especialización definitiva como señal de contenido deportivo. Aparte de algunas franjas horarias matutinas en los días de entresemana, toda su programación se consagra a la transmisión de eventos atléticos o de contenidos vinculados al deporte, con la consiguiente apertura hacia disciplinas desconocidas o apenas vistas en Cuba, o a la emisión en vivo de eventos en horarios especiales, incluyendo encuentros de las ligas europeas de fútbol. Esto último, respondiendo a apetencias de segmentos muy específicos de televidentes que siguen tales acontecimientos y operan como grupos de presión que instituyen prácticas no comunes hasta la fecha en nuestra TV.

De los tres canales restantes, el Canal Educativo 2 mereció una reforma vasta. Habiéndose demostrado lo redundante de contar con dos señales dedicadas a la emisión de contenidos de carácter didáctico, este último cedió la mayor parte de su parrilla (que ahora se extiende ininterrumpida desde las 8 am hasta pasada la medianoche) a la programación de Telesur, que hasta 2013 era apenas un arbitrario resumen nocturno de apenas dos horas. Fuera de eso, mantuvo un puñado de programas (la mayoría imprescindibles) que, por lo general, complementan con eficacia la labor divulgativa y didáctica con la función de entretener.

Por su lado, el Canal Educativo 1 se mantuvo más o menos inalterado en su parrilla de entresemana, mientras que los fines de semana, días festivos y vacaciones se decanta como señal musical. Es lamentable la paulatina decadencia de los cursos de Universidad para Todos, iniciativa de enorme valor pedagógico que, fuera de algunos exiguos momentos, casi nunca se tradujo en una puesta televisiva cautivadora, sino en visualmente desagradables y tediosas lecciones. Teniendo en cuenta el valor que la televisión educativa tiene hoy y los incontables ejemplos de audacia expresiva e invención de formas de comunicación que permite la tele-clase, ojalá no se trate esta de una extinción irreversible.

Y está el quinto canal, Multivisión. Surgido hace media década, su única razón de ser es responder a la ausencia de acceso en Cuba a servicios televisivos satelitales. Desde la pasada década del ochenta, la televisión cubana ha administrado de mil maneras su función de filtro de contenidos foráneos, diseñando incluso programas destinados a dirigir la atención del espectador hacia una interpretación determinada de los temas y tratamientos a que se expone a continuación (tal es el caso de la aparición de espacios como “Pasaje a lo desconocido” o del extinto “Fotogramas”).

Multivisión es una suerte de vademécum de contenidos extranjeros. El eje de su parrilla procede, no obstante, de canales que emiten programación en español y de señales anglosajonas. En su selección imperan los programas transmitidos a través de las diferentes encarnaciones del multimedios Discovery Communications, con énfasis en contenidos de no ficción, así como series y telenovelas, más una alta dosis de películas. En su particular giro de 2013, Multivisión instauró un “Domingo de cine” donde imperan producciones de género (un mérito total es olfatear el persistente gusto por un género presuntamente en extinción, como es el western, en su apartado “Horizontes del oeste”) que incluyen, además, melodramas, comedias románticas, animación, aventuras, ciencia ficción, fantasía y thrillers.

La transformación que reseño implica la mutación de la televisión nacional de canales generalistas a canales temáticos. Algo que ha estado sucediendo en todo el mundo, sobre todo a partir de la década de ochenta, se produce ahora entre nosotros. Más que con una voz única –que hacía de la transmisión en cadena del discurso político el momento televisivo supremo de una televisión dirigista e hipercentralizada, movida por resortes ideológicos demasiado evidentes–, ahora los canales hablan con voces distinguibles.

De hecho, se vuelve normal la “intromisión” de la “voz del canal” mediante el uso de logos omnipresentes en el borde de la pantalla o de infografías que anuncian, durante la emisión de un programa, el contenido que le sigue. Esta manifestación del principio autoral, que remarca al tiempo que fragmenta el flujo televisivo (para usar el término clásico de Raymond Williams, quien aseguraba que la televisión debe leerse como un texto ininterrumpido que explica y manifiesta una voz y un discurso ideológico específico), dota a cada señal de entidad propia, de un dialecto individual, reconocible más allá del logo de identificación entre programas, como manifiesto de autoría omnipresente.

Pero ningún flujo televisivo es analizable sin detenerse en sus unidades esenciales: los programas. La televisión cubana tiene ante sí dos graves problemas para convertirse en un flujo de contenidos realmente imprescindible para el televidente. Uno es de índole productiva.

El declive en la cantidad de programas de factura nacional que rebase la barrera de producción de supervivencia hace que la mayoría de los formatos de la televisión cubana ahora dependa de la grabación en estudio o del modelo de enlatados con presentador. La telenovela nacional no ha dejado de perder fuelle en los últimos tiempos, así como aceptación, mientras que la producción de unitarios de ficción logra un nivel destacado, pero de poco impacto en la generación de hábitos productivos. Hablamos de una televisión pública, con fuentes de financiamiento exógenas y dependientes de los vaivenes de la economía nacional, pero cuyo valor cultural y social es irrenunciable.

De esto se deriva el segundo problema, este de orden estético. Tras caer en la trampa de pretender competir con los formatos internacionales que acoge en su propia parrilla de programación, la producción cubana ha padecido un mimetismo lamentable. Un espacio como “Día y noche” sucumbió al impacto del fenómeno conocido como “televisión forense” y, en vez de reinventarse, mimetizó en su encarnación actual, denominada “Tras la huella”, rasgos de formatos como “CSI” o “Bones”.

Asimismo, una producción en apariencia tan compleja y osada como “SOS Academia” resultó un fracaso, no solamente por su frecuencia y horario de transmisión, sino también por buscar emular erróneamente características propias de los formatos de concurso y de tele-realidad dirigidos a adolescentes y jóvenes.

Algo semejante podría decirse del esfuerzo de creación que supuso “Duaba: la Odisea del honor”, serie que recicla el formato reinante de la televisión factual contemporánea: la docuficción. Se trata de un proyecto deseable: devolver la historia nacional como narrativa de entretenimiento, sin violar su valor moral. No obstante, a pesar del énfasis de programación que supuso su ubicación en un segmento privilegiado de la noche del sábado, así como de la divulgación extra que supuso su inclusión como objeto de estudio dentro de varios niveles de enseñanza, problemas de guión y dramaturgia lesionaron su impacto.

Incluso en entornos como la programación informativa, este verano Cubavisión emprende con “Ya amaneció” un curioso ensayo de breakfast TV que es incapaz de desprenderse de su parecido con “Good Morning America” (ABC). La pérdida de la cultura de la transmisión en vivo y los graves problemas tecnológicos de la televisión cubana hacen que a la puesta le cueste hallar alguna fluidez, mientras abunda la improvisación y una irresuelta competencia entre el plano televisivo (presentadora agradable e invitados y/o entremeses musicales) y el paisaje exterior de la intersección de 23 y L, al fondo.

El establecimiento de la programación de Telesur como uno de los contenidos más consumidos por los televidentes cubanos es la aparente puesta en evidencia de un fracaso. En cambio, la televisión de factura nacional no puede ni debe emular con la factura final de otros entornos productivos. Su mérito debería ser, con menos dinero y parafernalia tecnológica, trabajar sobre historias que toquen el centro de los dilemas locales. A menudo pareciera que la vergüenza ajena empujara la innovación televisiva a repetir aquello que vemos hacer en otros sitios, como si con esto se evitara el choteo del público.

Por poner un ejemplo, se trata de producir, en el caso de los programas de ficción, unitarios como “Una calle, mil caminos”, cuyo valor didáctico no obsta para que se logre un atractivo y un impacto comunicativo a menudo altos. Pienso en una emisión de inicios de julio, escrita por Hugo Rivalta, que representaba el despertar sexual de la adolescencia con humor y complejidad. O en las series “de autor” de Rudy Mora, quien transformó el manoseo formal en un valor más del tejido de intereses que provocaba en el televidente interrogantes y deseos de ver el siguiente capítulo.

El problema de la televisión cubana en general es de mojigatería. Ello es la expresión de una crisis de perspectiva cultural de mayor alcance que la hoy vigente. Se persigue lo trillado más a menudo que lo desafiante. En el caso de la programación de enlatados foráneos, es curiosa una curaduría que evita las propuestas más provocadoras y repite formatos predecibles, por no decir pueriles. El espectador apenas recibe cuestionamientos a su estado vital, sino, en todo caso, una melodía cansina y conservadora que apenas lo invita a descubrir.

Multivisión mismo arrancó con una programación más atrevida, con la emisión de Twin Peaks (la serie de David Lynch que cambió la ficción televisiva estadounidense a partir de la década del noventa) y la inclusión de eventos de curaduría fílmica que sugerían revisar, de sábado en sábado, la obra de un director. Si se exceptúa la actual programación de verano, donde se han programado clásicos como Los 400 golpes o Derzu Usala (en un nuevo espacio denominado “Cineclub”), su oferta fílmica sigue apelando a un espectador frívolo. No hay descubrimiento o revelación. Nadie se atreve a programar a Eisenstein, Murnau, Welles, Vigo, Tarkovski (por mencionar apellidos que a todos suenan), por no hablar del horror que significa que los adolescentes y niños cubanos de hoy desconozcan a Chaplin. Mucho menos saben quién fue Buster Keaton.

Esto me lleva al que, probablemente, sea el vacío más grande que padece la propuesta televisiva cubana actual: la programación para los niños. Como en otros ámbitos de la parrilla actual, en este también se han impuesto los enlatados, la mayoría de procedencia foránea. Sin detenerme en el examen de uno u otro contenido, llama la atención la ausencia de un modelo coherente para la construcción de un mensaje humanista en la curaduría de la mayor parte de los programas. Hay una inclinación alarmante por hablarles a los niños como sujetos de consumo (Barbies, Bratz, entre otras franquicias, obedecen a valores perversos que, sobre todo, invitan a reproducir modelos de vida aparenciales y superfluos) o como subnormales (una corriente de la animación televisiva actual sugiere una interactividad forzada y un modelo de comunicación ramplón: “Dora la exploradora” y un gran etcétera parece el nuevo paradigma de televisión para niños). No parece considerarse al niño como sujeto inteligente, sino como mascota en proceso de amaestramiento.

Todo lo anterior parece indicar que la televisión en Cuba ha ido perdiendo la intención de producir sujetos complejos. Le basta con entretener e informar, sin ir más allá en la dirección de provocar la transformación ética –lo cual es siempre una labor estética- de la audiencia. Llama la atención que eso ocurra después de un período de especialización de la programación que debería haber dado lugar al modelado de franjas de contenidos de diverso carácter y propósito, no a más de lo mismo.

Este panorama, por cierto, impera nada menos que en el umbral del advenimiento de la televisión digital. Para entonces, ¿seguiremos haciendo zapping sin pausa o habremos terminado rendidos a la abulia?

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