Hornada GES: Hombres y mujeres de(en) transición

“Hay un grupo que dice” es una reliquia museable, salvadora de la memoria vital de la cultura cubana.

Tomado de La Jiribilla

Integrantes del GES con Haideé Santamaría.

El 15 de enero vi, en medio de un pertinaz invierno, el documental de Lourdes Prieto y comprendí por qué había sido seleccionado para la clausura del 35 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y, entre todos los cubanos de su tipo exhibidos en el 2013, elegido como el mejor. Hay un grupo que dice (coproducción ICAIC/ Centro Pablo de la Torriente Brau) es una reliquia museable, salvadora de la memoria vital y de una utilidad práctica plena sobre zonas –entenebrecidas y luminosas- de la cultura cubana. Así pudiéramos plasmar nuestro criterio como espectador y el ejercicio en buena medida responderá a que no es un material de la contemplación sonora. Es, ante todo, un producto reflexivo y para el aprendizaje de una época que fue, a la vez, prolífica e ideológicamente discutida.

Lourdes se percata –intuyo- de las contradicciones que amenazaron la sociedad cubana de los setenta del pasado siglo y, sobre todo, de su inescrutable presencia en el archivo fílmico nacional. El emprendimiento fue legítimo. Su pulsación no solo fue capaz de honrar al Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC (GES), sino de advertir de flaquezas humanas que, sin un acto temprano de justicia poética, pueden desterrar la creación y sus cultores más genuinos de la palestra pública. En atención al comportamiento histórico del arte y su relación con el contexto de producción: “si a mayores niveles de tensión social, mayor correlato artístico”, entonces el teorema cumplió su acción y la fecundidad no se hizo esperar.

Así nace el GES, bajo el clarín de una mediocracia humana y pseudocultural asentada en los epicentros de la cultura, que fue responsable de prejuiciar el talento epocal, al contaminar los prismas de análisis del arte. La miopía de aquellos iniciadores del –al decir de Fornet– “quinquenio gris” se abalanzó sobre grupos que no tenían otro encargo que el de defender el proyecto tejido en esos años de refundación nacional desde las letras de sus canciones. Las mismas que, manipuladas en contenido y forma por los detentores de las políticas culturales, ponían en revisión la conducta social y el producto artístico de leyendas como Silvio Rodríguez, Eduardo Ramos, Emiliano Salvador, Pablo Milanés, Noel Nicola, Sara González y una lista abultada de trovadores y trovadoras, músicos en general, que sufrieron los flagelos de la segregación y marginación sociales.

El documental adopta el nombre de un tema de Silvio Rodríguez (Hay un grupo que dice) que denunciaba precisamente la actitud discriminante de las instituciones de la cultura respecto a algunos cubanos marcados por la moral de indoctos extremistas, que casi consigue abortar una generación encumbrada de talento. La realizadora fue hábil en cuanto a la contextualización de los fenómenos que discute en su creación y comienza a narrar a partir de imágenes y sonidos tematizadores del sistema de escuelas al campo y del proyecto del Cordón de La Habana. Y desde ese minuto los que no vivimos la epicidad de los setenta constatamos ipso facto que el GES no solo había construido un ambiente musical momentáneo –llegado a nosotros por tradición oral y mediática-, sino el ambiente de un período revolucionario en grado superlativo. Por ello no huelga afirmar que aquella pléyade se había inscrito en la Historia como la Banda Sonora de la Revolución, su pegamento espiritual y bálsamo más prodigioso.

Movilizadora por antonomasia de millones de cubanos, la Canción Protesta miraba a Cuba a partir de una poética musical rebelde y sensible, capaz de estimular en sus pobladores sentimientos nacionales de profunda vocación humanista. Desde este filón analítico se mostraron solidarios los cubanos ante los sucesos acaecidos en Viet Nam, las revoluciones sociales en el mundo entero, el golpe fascista pertrechado contra el presidente Allende en el santiaguino Palacio de La Moneda y agendas nacionales como la materialización de la consigna estudio-trabajo, el movimiento de las microbrigadas sociales, los trabajos voluntarios y la propia Zafra de los 10 millones. Las temáticas eran oscilatorias entre la exaltación de la autoctonía, pero sus letras –amen de compulsivas- no eran rayanas en el paternalismo acrítico, ni en el triunfalismo olimpista, y además de surgir canciones como “El rey de las flores”, también se escriben otras para reconocer errores no imputables a los yanquis, ni a causas externas de tibia incidencia en la realidad nacional.

Aquella época encantada por la romanza de un grupo que, además de decir, sonó, fue oficiada por el entrañable Alfredo Guevara en 1969 y bien que lo registra el audiovisual en las palabras del director del GES, Leo Brouwer. Con el mismo denuedo creyó el maestro en el sueño guevariano hasta la psiquiatría que, jocosamente, suscribe haber contraído a causa de tan heterogénea matrícula. El asilo brindado por la Casa de las Américas y el ICAIC, únicas instituciones con autonomía cultural e intelectual suficientes, fue el que a la postre permitió nuclear a esos jóvenes rebosantes de energía y virtuosismo. Y subrayo el último porque en los profesores de sonido que intervienen en la formidable escuela de trovadores, siempre estuvo reconocida la asimetría existente entre los instrumentos y técnicas musicales –primitivos- de los que Cuba se servía en ese momento y los modernos que ya empleaba el otrora contemporáneo mundo de las grabaciones. De ahí se desprende el ejemplo que colocaba el ingeniero de sonido, Gerónimo Labrada, cuando hacía saber que la percusión era resuelta a través de un manojo de llaves de su propiedad.

El modo de trabajar del GES se caracterizó por insertar, uno dentro de otro, varios elementos aparentemente contradictorios, tales como los llamados elementos de la música moderna con los llamados cubanos; no solo se mezclaron timbres, sino también células rítmicas. Así, trabajaron en la línea del rock, el jazz, la música brasileña y hasta el happening. Sergio Vitier y Eduardo Ramos laboraron en la simbiosis de tambores auténticos, el tres y la bandurria, para asimilarlos y actualizarlos, haciendo con esos elementos sonoros música electrónica como la del documental “Girón” y el Noticiero Latinoamericano del ICAIC.

Hay un grupo que dice cuenta entre sus tantísimos testimonios de valioso atesoramiento, el concedido por Sara González, la Gorda, tres años antes de su deceso y cargado de un coloquialismo sin par. Trovadoresco, desafiante en clave cubana de las amenazadoras fuerzas que pueden nuevamente organizarse en derredor de la cultura cubana y atentarla, sabotearla, suma a la ya conocida proverbialidad de Sara la frase muy ovacionada en la premier: “mientras existan metas superiores, habrán mierdas superiores”. Imborrable comentario a propósito de venideros rebrotes de oportunismo en el sector.

El documental, en su vida técnica, logra ensamblar mundos digitalmente opuestos. Imágenes de archivo coexisten sin contratiempos con otras generadas por estos tiempos. Sin embargo, noto una cierta prominencia de las más antiguas sobre las actuales que consigue un increpado desbalance. Asimismo, me parece por momentos vulnerable, en la cronología que muestra lo narrado, quizás dependiente del imposible manejo de los manifiestos reunidos. En una tercera línea de perfectibilidad, siento someros percances en la estabilización de planos y la superposición de otros que en el montaje resienten el enhebramiento. Estos aspectos, en su sumatoria, no perfilan rasguños en el bien cosechado fruto que refrenda el trabajo de Lourdes, con sus apropiaciones del pasado-presente y las luces que por ende arroja al futuro.

Al GES debemos temas inscritos en el ADN de la nación cubana como el mismo “¡Cuba va!”, “La era está pariendo un corazón”, “Hay un grupo que dice”, “Yolanda” (considerado por Haydeé Santamaría como: -…la “Longina de estos tiempos.”) y otros himnos épicos y amatorios que se incrustan molecularmente al tejido antillano. Reconocer la eficacia musical y cívica de un grupo que permitió, además, acrisolar la identidad cubana en el contexto de la transición socialista, al evitar la confrontación, desmesura y desidia entre cubanos, es, sin juicios de sobrevalor, nuestro estricto tributo a hombres y mujeres imprescindibles en su generación.

En la calidez y espontaneidad que disfrutaron sus canciones y rostros, encontramos la piedra angular del escrito que revolucionó el panorama musical cubano y a nosotros mismos: “las alas no eran tan cortas, ni las nubes resultaron tan altas”.

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