La crítica del cine de animación: una geografía por inventar

Aunque ha sido considerada como un subproducto desde los orígenes del cine, la animación precisa ser más atendida por especialistas.

Archivo IPS Cuba

La serie

No es común encontrar en Cuba espacios de discusión teórica dedicados al cine de animación. Tampoco fuera de nuestras fronteras lo es. Los estudios de cine y las tradiciones críticas han hecho poco en esta dirección, a diferencia de lo que puede decirse de las aproximaciones analíticas al cine de ficción y al documental. En nuestro ámbito, fuera de conferencias y talleres en general impartidos por practicantes-teóricos, o algunos cursos cuyo propósito es difundir metodologías de creación y, junto a ello, hacer resúmenes de vocación historiográfica, no existe una tradición de pensamiento sobre el particular.

 

Desde los orígenes del cine, la animación fue considerada como un subproducto. Téngase en cuenta que su inclusión entre los programas fílmicos del proto-cine siempre respondió al tratamiento como material de relleno. Incluso el término con que hoy la tratamos no aparece hasta fines de la pasada década del veinte, pues durante los primeros años del cinematógrafo los animados eran incluidos en la imprecisa categoría de trick film o películas de truco, aplicando el término de origen alemán, y que designaba no solamente a esta clase de filmes, sino también a los efectos especiales y a subproductos que apenas tenían como propósito servir de introducción al centro del espectáculo: el filme de ficción.

Buen parte del trabajo legitimador de Walt Disney consistió justo en elevar de categoría al dibujo animado, para conseguir equipararlo en factura y atractivo al largo de ficción narrativa clásico. Esto, si bien tuvo un altísimo valor, provocó un segundo apartheid: el rechazo u olvido de todo aquello que no reprodujese el paradigma expresivo de Disney; es decir, la animación reducida solamente al dibujo animado sobre acetatos, mayormente orientado a los niños y contentivo de relatos morales y fábulas alegres.

Tradiciones con vasto desarrollo, como la de animación frame-to-frame (o cuadro a cuadro), desarrollada por innovadores del proto-cine como George Méliès, Segundo de Chomón o James Stuart Blackton; técnicas como el stop motion; la animación de sombras (con ejemplos tan delicados como Los cuentos del Príncipe Achmed, de Lotte Reiniger); o experiencias mucho más excéntricas, como la pantalla de alfileres de Alexander Alexeieff; o la animación de recortes, que dio lugar a los primeros largos de animación del cine (El Apóstol (1917) y Peludópolis, realizados en Argentina por Quirino Cristiani), fueron olvidados o deslegitimados.

En febrero pasado, la Semana de la Crítica Cinematográfica, organizada por la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica, insertó una mesa teórica dedicada al tema. En ella nos reunimos un grupo de críticos y un realizador para dialogar desde una perspectiva disímil acerca de un medio ubicuo en el cine actual, que tras la imposición del paradigma pos-fotográfico ha hecho de la intervención y manipulación de imágenes uno de sus procedimientos más extendidos y reiterados.

En esa mesa propusimos un enfoque que observara la animación como un complejo expresivo y un conjunto de técnicas que implican la creación de la ilusión de movimiento a partir de procedimientos que no descansan en el registro mecánico a través de la lente de la cámara de cine.

Quiso la causalidad que en la primera semana de junio volviéramos a vernos las caras en Holguín. Quizás colocando el vacío antedicho en perspectiva, los organizadores del concurso audiovisual anual “Por primera vez”, que se organiza en esa ciudad, decidieron dedicar su apartado teórico a este asunto. Reynaldo Lastres, crítico joven, tuvo el olfato de proponer dos jornadas de encuentros entre realizadores jóvenes del cine de animación cubano de hoy y un puñado de críticos que dedican parte de su trabajo a esa expresión.

A pesar del tufo a convocatoria eventual de gente que viene a compartir su aburrimiento lejos de casa, la reunión acabó siendo movidita. El primer día, Ernesto Piña y Alien Ma (realizadores de la nómina de los Estudios de Animación Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos / ICAIC), Karel Ducasse (con un periodo de vinculación a la producción de animados del Instituto Cubano de Radio y Televisión/ ICRT), Víctor Alfonso Cedeño (realizador independiente cienfueguero) y Harold Díaz-Guzmán “El Muke” (también independiente, pero de Santa Clara) comentaron sus experiencias abriéndose camino en la producción de dibujos animados.

Lo primero a destacar de tan ecléctica tertulia es que dibuja a la perfección el panorama de la animación cubana del presente, ejecutada a partir de saberes, vocaciones y contextos diferentes. Ergo, la causa esencial de su vitalidad. No es lo mismo crear bajo el paraguas institucional de una productora establecida que agenciándose los recursos como se puede.

Sin embargo, tanto Piña como Ma comparten la sensación de que trabajar con la presión de plazos de entrega muy exigentes afecta el resultado final. Así mismo, junto a Ducasse, han sufrido la dificultad para colocar en ventaja su particular visión de algún proyecto, cuando los criterios editoriales prefieren acogerse a fórmulas sobadas. Es decir, les cuesta innovar bajo la mirada ceñuda de decisores poco dados al riesgo.

No asomó en este intercambio la fácil y socorrida contradicción entre la supuesta libertad de los independientes y la presunta sujeción de los realizadores de las instituciones estatales. Aquí pudo verse que la realidad es más compleja que una fórmula categórica. En cambio, es curioso que este grupo demuestre más concordancia que diferencia. Así, la mayoría tiene formación profesional dura, con currículos habilitados en la Facultad de Medios Audiovisuales (FAMCA), el Instituto Superior de Arte (ISA), el Instituto Superior de Diseño Industrial (ISDI), la especialidad de Matemática, las ciencias informáticas.

A todos les duele lo mismo: la ausencia de una política de promoción constante y coherente de la animación cubana. La propia televisión nacional prefiere programar cualquier clase de producto extranjero que dedicar un espacio jerarquizado a la creación local actual. Incluso los realizadores del ICAIC reconocen que las parrillas televisivas incluyen poca animación nacional. Mientras que, para los independientes, la Muestra Joven es casi la única ventana.

Piña resaltó, por cierto, la inexistencia de mecanismos para que los realizadores cobren los naturales derechos de autor que les corresponderían por pase de sus obras en los medios masivos. Algo tan normal para los realizadores de largometrajes, no funciona igual en el medio del cortometraje. Qué decir entonces de los directores de animación, cuyas piezas sufren en las parrillas televisivas idénticas condiciones que las adjudicadas al medio durante el periodo de institucionalización de los programas fílmicos en las primeras dos décadas del siglo XX: la de material de relleno.

La reunión de críticos fue la segunda jornada. Los allí reunidos tuvimos una inevitable sensación de deja vu. Pero Justo Planas y Antonio Enrique González Rojas, habanero el primero, cienfueguero el segundo, más quien firma este texto, pudimos no repetirnos. Discursar en Cuba acerca de la animación como fenómeno complejo, conceptualizar y ofrecer análisis de valor teórico, podrá considerarse un acto inaugural, pero desde nuestra perspectiva es, sobre todo, un placer inmenso.

De ahí que resultase este un panel poliédrico, donde Planas ofreció un resumen de investigación docto y ameno acerca de las maneras en que la animación explora los bordes de lo expresable; Rojas hizo un análisis del uso del stop motion en la animación cubana; y yo propuse un examen de los conflictos de la crítica de cine para construir herramientas de estudio del medio. Sumado al trío, al igual que en febrero, Miguel Coyula presentó su experiencia de trabajo fabricando la realidad imposible de su largo en producción Corazón azul.

Al final, este panel hizo un giro más allá de la abstracción. Confirmando que no hay cosa más práctica que una buena construcción teórica y tomando en cuenta las preocupaciones abiertas el día anterior por el panel de realizadores, la discusión cerró con un intercambio en torno al crowfunding y otras formas de financiación de la producción que faciliten la ramificación del intercambio de contenidos más allá de los marcos tradicionales.

Yaima Leyva, moderadora de la mesa y especialista del Portal del Cine Latinoamericano y Caribeño, ubicado en cinelatinoamericano.org (la única y bienvenida novedad en este nuevo panel), comentó junto a Coyula (quien recurre al crowfunding para la financiación de su nuevo largometraje) las características de esta opción. El acceso constante a Internet parece el impedimento central de semejante iniciativa para los cubanos, aunque el problema mayor es la gestión de los recursos monetarios que se obtengan en la colecta de fondos. El creador audiovisual local no cuenta con estatura legal suficiente para gestionar financiamiento duro ni para manifestarse con la identidad jurídica necesaria.

Precisamente, la necesidad de manejar la información útil acerca de festivales de animación latinoamericanos, accesibles y con estructuras de promoción valiosas para los cortometrajistas, fue el tema de la presentación que la propia Leyva hizo al día siguiente, donde ofreció los recursos alojados en el Portal y comentó las características de algunos certámenes regionales con convocatoria abierta.

Todo lo anterior, más una conferencia sobre la evolución del discurso estético de la animación desde los orígenes del cine hasta la era posfotográfica, impartida por mí, y una charla sobre la creación del proyecto de los holguineros Estudios Anima, a cargo de su director, Adrián López Morín, completaron el panorama.

La sensación, finalizado todo, es de enjundia y utilidad. Si esta reunión ha dejado a la gente con deseos de crear, habrá sido un éxito. A sus protagonistas, en todo caso, ya les puso tarea para la casa. Por lo pronto, seguimos trabajando en el aislamiento calmo de cada cual, dibujando una cartografía nueva para el cine cubano.

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