La encrucijada de Alicia o el crepúsculo de la virtud

El cortometraje de ficción Crepúsculo (Juan Pablo Daranas, 2015) obtuvo en la 14ta. Muestra Joven del ICAIC los premios a la Mejor producción para Liz Sandra Falcón y Juan Pablo Daranas; Mejor actuación masculina para Kevin Serra; Mejor sonido directo para Irina Carballosa y Mención para la fotografía de Alejandro Menéndez.

Fotograma

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Foto: Tomado de AHS

En su corto casi mediometraje, Crepúsculo (2015), ganador de varios premios en la recién concluida 14ta. Muestra Joven del ICAIC, el joven realizador cubano Juan Pablo Daranas vuelve a colocar a su protagonista (¿alter ego, summa generacional?), esta vez la bisoña actriz Alicia (Mónica Molinet), en una nueva encrucijada ética; donde la senda humanista y de martiana entrega a una “patria” que cabe toda en la resignación misantrópica de un niño fotosensible colisiona con un promisorio sendero de superación profesional-personal que, para ella y los creadores cubanos todos, está fuera de las estrechas fronteras de un territorio no habanero. Mucho más lejos aún de las zonas rurales, como el anónimo poblado donde transcurre la trama, todavía carente de servicios tan elementales como la electricidad, y una mucha mayor escasez de esperanza. Espacios como este, para ser justos, han sido reflejados con frecuencia en muchos audiovisuales de realizadores jóvenes criollos, dada la casi unísona tendencia de registrar la otra Cuba, la real y no mediáticamente oficializada.   

La Alicia contemporánea que nos ocupa, joven no habanera recién egresada de la academia de actuación tras un período de estudios en la capital del país —donde las oportunidades están al alcance de la mano, aunque no siempre se dejan asir—, se ve retornada y re-absorbida por su tierra natal, donde debe cumplir el “servicio social”, eufemístico método a través del cual el país cobra la educación a sus jóvenes, bajo un manto de aparente gratuidad.

Nada más y nada menos que es enrolada en un circo ambulante, a la pura usanza pueblerina de un pasado que retorna al presente del receptor con no pocos tintes de extrañeza. Se suscita un desdibujamiento temporal y la diégesis de la obra revierte casi por completo el sentido de sincronía con la actualidad del receptor. Hasta el punto que resulta extemporáneo, casi invasivo, el teléfono celular al cual se aferra constantemente Alicia, como único asidero a su realidad metropolitana. Como impar prueba de que el presente tránsito por la tierra baldía solo es un mal sueño; un vórtice onírico adonde fue lanzada involuntariamente, o la ignota dimensión que yace tras un espejo que atravesó por accidente o fatalidad. El móvil, más bien la llamada decisiva sobre el otorgamiento de un papel en una película u obra teatral (?), que aguarda desesperadamente la protagonista, bien pudiera ser la encarnación electrónica del conejo blanco tras el que corre, desesperada por hallar la salida de este mundo “absurdo”.

Daranas subraya a conciencia la sensación de extrañamiento con la articulación de un sistema de “rarezas”: el circo casi misérrimo, más cercano a un freak show o càrnivale del medio oeste estadounidense que a la noble imagen que transmiten las funciones de Circuba y la disciplina escénica toda; el propio co-protagónico Abelito (Kevin Serra), niño triste que necesita de las tinieblas para vivir en una piel fotofóbica; el silencio opresivo y denso del contexto; la oscuridad y el transicional (confuso, equívoco, híbrido) crepúsculo, o más bien estado crepuscular en que se desarrollan las acciones, las relaciones y conflictos.

El crepúsculo resulta entonces espacio neutro donde se diluyen los dos espacios-niveles de existencia de los personajes principales: la oscuridad ctónica, infernal, de Abelito (¿melancólico vampiro no hemodependiente?), y la luminosa “realización”, representada por el día que nunca se muestra, a la cual aspira Alicia, deseosa de escapar de toda la miseria y el subdesarrollo de la Cuba profunda y tan dolorosamente real como La Habana. En tal dimensión ambigua, neutral, se comunican los personajes, igualados en sus respectivas fatalidades: ninguno de los dos puede alcanzar la luz, el hado sustrae a ambos la posibilidad de realizarse según su voluntad. El crepúsculo también equivaldría a la encrucijada, al punto de indecisión y suspenso en que se halla Alicia, a partir del cual se definirá ¿toda su existencia posterior? Este estado del día, como preámbulo del reino de la oscuridad, sugiere declinación, acto de descenso al reino de las sombras.

¿Declinan las aspiraciones de realización de Alicia, acorde los raseros actuales de triunfo en Cuba: desarrollar una carrera en una Habana que, a su vez, deviene pista de despegue para perspectivas foráneas? Sí, y a medida que se aferra con más desesperación a este propósito, desprecia y desecha por completo la posibilidad de apaciguar o matizar la existencia de Abelito y el resto de los niños, junto a todos los habitantes de la comunidad de marras. Por la nebulosa posibilidad de éxito, obvia (¡tantos lo hacemos en la cotidianidad sin siquiera percatarnos!) la posibilidad de hacer el bien, puesta en sus manos por la vida. Una vez más: deber contra deseo, entrega contra ambición. No más que varios de las contraposiciones más comunes a los seres humanos. No solo en Cuba existen niños tristes, despreciados por la luz, ni jóvenes actrices o artistas de todo tipo, con el infinito poder de paliar en algo su estado.

Daranas trasciende cualquier riesgo de limitación epocal-contextual que restrinja la comprensión de su discurso a un público cubano, mucho menos a una generación específica. Alcanza la singular universalidad de quien habla desde esencias básicas, desde el humanismo orgánico…claro que sin edulcoramientos moralistas, ni cantilenas de spot de bien social, o pretensiones activistas a favor del “rescate de valores”.

A salvo de las excesivas ambiciones ontológicas de quien “mucho abarca y poco aprieta”, el realizador se concentra en sus objetivos desde una seguridad narrativa sustentada más que todo en el preciso guión, y el montaje —acometido por el propio Daranas—, cuya languidez se aleja de la pedantería pseudo-autoral de planos-largos-por-gusto, para desarrollar un relato necesariamente calmo, melancólico y sobre opresivo que, junto con el plano secuencia final, donde los créditos aparecen sobre un amanecer, una ascensión del sol en el firmamento filmada en tiempo real, remite a una posible influencia del mexicano Carlos Reygadas, sobre todo con su cinta Luz silenciosa (Stellet Licht) (2007) y un tanto de Japón (2002), por la atmósfera igualmente pausada, casi inmóvil. La fotografía de Alejandro Menéndez y la dirección de arte de la siempre segura apuesta que es Erick Grass, contribuyen otro tanto a la coherente urdimbre del cosmos donde Alicia y Abelito dialogan desde sus silencios.

Mientras el previo cortometraje de Daranas, Yunaisy (2013), apuesta por un final abierto, ambivalente, Crepúsculo lleva las acciones hasta un clímax mucho más explícito; terrible por lógico y orgánico, que da paso a una conclusión sutil, a una silenciosa anagnórisis de Alicia, signada por la definitiva ascensión del Sol, por este amanecer encarnado de quien toma o tomará una decisión, con que se disuelve definitivamente el crepúsculo como estado de incertidumbre espiritual, de existencia al margen.

 

 

 

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