La historia como asunto cotidiano

Análisis de “1912. Voces para un silencio”, un documental de Gloria Rolando.

En 2012, y como parte de las conmemoraciones por el centenario de la “Guerrita de 1912”, el segundo capítulo de la serie 1912: voces para un silencio, de Gloria Rolando, fue exhibido en la televisión cubana. Ello, dentro de un programa de información y discusión como es la Mesa Redonda de Cubavisión.

Tratándose este de un espacio que habitualmente aborda temas de política exterior y doméstica del país, se trató del reconocimiento de la pertinencia de semejante asunto entre las cuestiones de más alto rango público.

Este hecho resultó una demostración de la necesidad de recuperar un acontecimiento del pasado cubano del cual poco o nada se dice. Si bien impulsado por historiadores cubanos y extranjeros, el estudio de la rebelión de los miembros del Partido de los Independientes de Color, en mayo de 1912, ha cobrado una centralidad decisiva como suceso necesitado de esclarecimiento y difusión.

Justo esa es la tarea de 1912: voces para un silencio. Gloria Rolando ha producido, en alrededor de media década, esta serie de tema histórico y enfoque didáctico con el propósito de documentar la búsqueda de la verdad más compleja acerca de qué ocurrió durante aquel remoto y oscuro momento de la recién creada República burguesa cubana. Sus tres episodios de poco menos de una hora de duración han encontrado su culminación el pasado diciembre, cuando la edición de 2013 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana incluyó en su selección el capítulo final.

Esta tercera pieza se ocupa de los acontecimientos culminantes; o sea, de los enfrentamientos que tuvieron lugar en una zona remota de las provincias de Santiago de Cuba y Guantánamo, durante la primavera de 1912, luego del alzamiento de decenas de miembros del partido político que un grupo de veteranos negros y mulatos de la guerra de independencia contra España quisieron convertir en la voz de los de su clase y raza. La frustración de los intentos de hacer vida política dentro de los cauces republicanos, la posterior ilegalización del grupo y, sobre todo, la segregación que sufrían los de raza negra en la nueva Cuba que habían ayudado a fundar, hizo a Pedro Ivonnet y Evaristo Estenoz, los líderes del movimiento, tomar la decisión de volver a las armas.

La serie de Rolando es prolija. Si bien el tercer capítulo es, en alguna medida, reiterativo y falto de tensión dramática, posee las virtudes en la elaboración de la argumentación que exhibe la serie toda: vasta utilización de material impreso de la época (sobre todo periódicos y fotografías), entrevistas a historiadores e investigadores, además de algunos testimonios de personas que escucharon de sus padres o vivieron de jóvenes los sucesos. La indagación sobre el terreno de los acontecimientos bélicos es un perfil poco explotado en este episodio, como tampoco se aprovecha como pudiera la historia oral depositada en la región de los sucesos.

Como producto audiovisual, 1912. Voces para un silencio hace gala de una argumentación diáfana. El trabajo con la infografía, sencillo y enfático, consigue iluminar fragmentos de los textos “navegados” por la cámara para resaltar el tratamiento mediático de asuntos pertinentes al análisis. Las entrevistas a especialistas suelen componer breves momentos de declaraciones en cámara, que salpican más que gobiernan la evolución del razonamiento.

Pero lo más valioso de la estructura argumental es la calidad de la contextualización de los sucesos climáticos que aquí se relatan. En las entregas uno y dos de la serie, se establecen los antecedentes históricos que trajeo consigo este desenlace de siglos de esclavitud y explotación de la mano de obra esclava traída por la fuerza de África, hasta el inicio de la guerra de independencia contra España en 1868 y la decisiva incorporación a esta de los negros y mestizos.

Esa colocación de la “Guerrita del 12” en una línea de larga duración permite al espectador asomarse a este como apenas un capítulo –terrible, pero casi marginal- de la segregación del negro cubano y de postergación de su articulación como fuerza política con valor intrínseco. Por ello se enfatiza el dato que explica cómo los Independientes de Color no tenían una plataforma excluyente o puramente racial, sino que exigían derechos generales para las clases desfavorecidas, como la enseñanza gratuita o la jornada laboral de ocho horas.

Las refriegas contra los alzados que el tercer capítulo resume hacen surgir la pregunta de si se trató en verdad de una guerrita o de una matanza a mansalva. El conflicto en el Oriente agitó los prejuicios racistas en distintos lugares de la isla, donde se produjeron linchamientos y asesinatos contra negros y mulatos, por el simple hecho de serlo. La prensa del momento fustigó con prejuicios eurocéntricos a los Independientes, tildándolos de salvajes y violentos, azuzando el miedo al negro de la aristocracia criolla del siglo XIX (no se olvide que, incluso, un representante ilustrado de los cubanos progresistas como José Antonio Saco vio con temor la autonomía de la isla respecto de España, debido al balance demográfico negativo que tendrían los blancos en un país libre de la tutela colonial), pero también los estereotipos racistas más bajos y crueles.

1912. Voces para un silencio consigue, no importan sus defectos, poner en evidencia la herida que sobre la nación cubana permaneció hasta hoy, no solo porque al final de la batalla sobrevino el olvido y el largo desconocimiento de los derechos específicos de los de raza negra dentro de la trama sociopolítica nacional, sino porque el rubor ante los crímenes legitimados por la violencia fue convenientemente disimulado en el silencio.

El objetivo de Gloria Rolando es comunicar al presente una historia no contada, o mal dicha; una historia que pone en evidencia un asunto del tejido del proyecto nacional moderno que no ha sido corregido ni siquiera hoy. Preguntarse a partir de sucesos del pasado por qué los cubanos se enfrentaron entre sí apenas a una década de fundada la República que al fin nos dejaba libres de España, es señalar que existen cuestiones que nos desunen, heredadas de nuestro pasado colonial, de la hegemonía de una ideología clasista que se solapa con cuestiones raciales, y que han hecho que un área decisiva de la sociedad cubana no haya tenido las mismas oportunidades que su contraparte de raza blanca.

Dicho de este modo, el de Gloria Rolando es un nuevo mensaje al presente –hace unas semanas calificaba así a la serie documental Cuba roja, de Ismael Perdomo. Si se usara en las escuelas de la enseñanza media y media superior de toda Cuba como material de apoyo a la impartición de la asignatura de Historia de Cuba, ya habría jugado una función trascendental. Pero si se utilizara además como vehículo para debatir por qué los prejuicios raciales siguen lastrando la evolución moral de la sociedad cubana actual, habría encontrado el cénit de su propósito.

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