No es fácil ser joven

Una ojeada a la 12 Muestra Joven ICAIC no advierte decadencia, sino un ambiente diverso, rico y en movimiento.

La 12 Muestra Joven ICAIC tiene lugar en La Habana del 2 al 7 de abril.

La Muestra Joven de 2013 me deja sensaciones encontradas. Por vez primera en muchos años, no abrigo una emoción entusiasta al acabar el visionado de sus obras. Ya no ando cargado de exaltaciones, lo confieso. La edad lo es todo en el ser humano. Cada año por esta fecha padezco la impresión de enfrentarme a un panorama audiovisual complejo; abundante en miradas nada adocenadas, renuentes a la domesticación de su punto de vista, acaso torpes o imperfectas, pero arriesgadas. Eso siempre es preferible al páramo formulario y mediocre que tenemos el resto del año. Pero esta vez tengo mis razones para la desazón. 

Para empezar, las ficciones. Hay obras delicadas en esta ocasión. Con buena factura y asuntos de interés, que abordan cuestiones de la realidad cubana difícilmente atendibles en otros ámbitos fuera de la producción independiente. Por ejemplo: Afuera (Vanessa Portieles, Yanelvis González), un ejercicio de memoria histórica a través de la ficción (ubicándose en el contexto del “Maleconazo”, de agosto de 1994), pero centrado en el deseo oculto de un hombre que no encuentra sosiego en ninguna de las urgencias de su entorno. 

Aquí, el personaje interpretado por Isabel Santos acaba siendo mucho más interesante que el protagónico, a cargo de Mario Guerra. La banalidad del desenlace (un final inesperado, que no por ello impredecible) echa por tierra la complejidad de la reconstrucción de época, la que acaba resultando apenas telón de fondo morboso, oportunista.

También por la resolución hace aguas Te estoy viendo (Camila Carballo, Jesús D. Acosta). Esta pieza de cámara, que opera como relato claustrofóbico in crescendo de la historia del acoso de que es víctima una mujer sola, por parte de un psicópata, tiene un final confuso y anticlimático. Varias de las peripecias previas resultan mal aprovechadas para conseguir la acumulación de tensiones, aunque la excepcional fotografía de Lianed Marcoleta, el sonido de Evelio Manfred y la banda sonora de Rubén Valdés sostienen una de las piezas de mejor factura de toda la muestra.

Se notará que los cortos aquí analizados desfallecen por el guión. Las ideas dramáticas son complejas y las sinopsis argumentales evidencian tino para hacerse atender, con puestas en escena que hacen descansar la evolución narrativa en aspectos puramente audiovisuales; pero los tratamientos no resultan sólidos. Tratándose de piezas que trabajan códigos del relato cinematográfico clásico, se nota más astucia para concebir un mundo que para sostenerlo a través de arcos dramáticos solventes.

No es ese el caso de Oslo (Luis Ernesto Doñas), fábula tierna elaborada hasta la médula. Hay un director en Doñas capaz de construir un cosmos casi sin fisuras y de trasladarte a él vía la alusión visual, el manejo del color, la luz y sus texturas consiguientes. Pero la perfección de su maquila es su defecto paradojal: Oslo luce demasiado como el ejercicio escolástico donde se prueba el dominio de un oficio –estamos ante un corto de estudiante de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV). Algunas de las situaciones dramáticas revelan cierto forzado utilitarismo, aunque como espectador uno tiende a hacer de la vista gorda para quedarse con la hechura.

Es que Oslo es una lírica evocación de un mundo imposible, de un paraje de sueño artificialmente construido en un entorno degradado –un poco bajo la influencia de Juan Solanas o Jean Pierre Jeunet. Su preferencia por el tono tierno y la aspiración romántica contrasta con la abundancia de asperezas anecdóticas en esta muestra.

Así, La vida color de rosa (Jesús García Rdguez) y Nani y Tati (Adolfo Mena Cejas) refieren ambientes de marginación rayanos en el realismo sucio. El primero, tratando se suplir con un impostado tratamiento fotográfico y la irregular interpretación de los actores, la carencia de peso argumental (La vida color de rosa es apenas una anécdota o escena de una historia mayor); de ahí que la explotación del ambiente escénico sea dejada de lado para preferir la información dramática suministrada por los diálogos.

Nani y Tati es todo lo contrario: dos soberbias actuaciones (nada menos que Rosa Vasconcelos y Broselianda Hernández) y la imposición de un criterio de puesta en escena excelente. El intercambio verbal tan bien resuelto por las actrices, que sostiene el interés sin otra peripecia dramática, tiene un desenlace (otra vez cómo terminar hace de las suyas) truculento y esperpéntico, de difícil plausibilidad. El paisaje humano agreste, las historias y entornos de degradación y decadencia que abundan en el corto de ficción reciente resultan luego de Nani y Tati apenas tour de force para ganar al espectador por lo tremebundo.

Un término medio consigue Feliz cumpleaños, fulana (Alejandro Arango), un relato donde lo sublime y lo terrible se entrelazan de manera inefable. Evitar la dulzura fácil sin caer en el efectismo de lo abyecto parece ser la difícil alquimia ensayada por Arango. Como un distanciamiento imposible lo que intenta Tiempo de partir (Ana A. Alpízar), cuyos diálogos literarios y desnuda intencionalidad didactista defenestran lo que pudo ser una fábula extraordinaria acerca de la transmisión de legados.

Para la sorpresa queda La isla en peso (Yoelvis Chio, Erick Sacramento, Adael Cendoya), suerte de pieza alegórica, de montaje asociativo, que glosa a través de imágenes documentales y performances –menos logrados los segundos que las primeras- ese estado del ser nacional descrito por Virgilio Piñera en su poema homónimo. He aquí una pieza donde el recurrente uso del blanco y negro se justifica mejor que en varios de los cortos de ficción donde se le echó mano.

Para el final, el riesgo total, la revelación: Koala (Yimit Ramírez, Claudia Claremi). Se trata de un corto escurridizo, que juega a la narrativa lineal para descarrilar las expectativas y acaba por hacer una burla redonda al cine cubano y sus conservadurismos. Yimit vuelve a elaborar –como ya hiciera en Windows XY (2008)- una pieza donde el proceso de construcción textual es el texto mismo. En este caso, a través de la creación de un relato donde el consumo del contenido digital es el eje de la progresión, y un hipotético espectador, el verdadero punto de vista. Koala acaba siendo un pasatiempo nada ingenuo, enigmático pero radical, original –si cabe tan bastardo término.

Con el documental vuelve a ocurrir lo de siempre: es el apartado más interesante. La riqueza del paisaje social cubano es motivo suficiente para que las no ficciones se sostengan solas. Pero en cuanto a los tratamientos, es otro el cantar.

La Muestra de 2013 exhibe un empacho del método observacional que me obliga a recordar mis comentarios publicados a raíz del estreno de La certeza (Armando Capó) –mediometraje presente en esta selección. El documental observacional reina este año y su elección como procedimiento resulta, en la mayoría de los casos, de la mala deglución del criterio de menor intervención, de rodar “mientras pasa la vida”, de dejar ser a los personajes, de estar ahí como “mosca en la pared”. Esa necesidad de no imponer un punto de vista autoritario deja fuera aquello que debió ser clave para decidir la fuerza de la mirada documental: el punto de vista del documentalista.

Títulos como La espera (Fabiana Salgado), Bohemio (David Pérez), Yusniel (Juan Pablo Daranas) exhiben esa necesidad de ausentarse que deja escapar la posibilidad de estar. En todos, el montaje, herramienta determinante en la construcción del “informe acerca de lo real” que acaba haciendo el buen documental observacional, tiende más a compactar el recorrido narrativo y a dotar de unidad espacio temporal el relato, que a sugerir, a construir sentido.

En ciertos casos, la composición del material es ambivalente, demasiado abierta o trabajada en torno a sentidos oblicuos y esquivos: La felicidad (Jorge de León) y Cheli (Juliette Touin). El primero es una suerte de homenaje dialogante a PM (Orlando Jiménez Leal, Sabá Cabrera Infante, 1961) y En un barrio viejo (Nicolás Guillén Landrián, 1963), que tiende a proponer un mapa demasiado abierto del choque clasista de la ciudad capital hoy; el segundo, un documental con un personaje genial, con el que la realizadora no acaba sabiendo qué hacer.

Por su parte, Cierra los ojos (Lázaro Lemus, Alejandro Alonso) es un elegante ejercicio de solidaridad con unos personajes de los cuales se podría haber abusado sin misericordia. En cambio, los realizadores observan largamente la faena que los ocupa –no estoy allí, justo como enseña el direct cinema– y, en un giro de timón final, intervienen en sus vidas –provocar el acontecimiento, como enseña el cinema verité. Su corolario es el compromiso ético con el otro.

Digna Guerra (Marcel Beltrán) también opta por la observación, con ligeros intermezzos de entrevista en off. Beltrán reelabora material de archivo, hace diferentes usos de la puesta fotográfica, trabaja delicadamente el campo sonoro. Su pieza es de un cuidado de orfebre (con esa fotografía de ensueño de Román Lechapelier), para ofrecer la semblanza de una figura de la cultura nacional que está en las antípodas de esos documentales insufribles que dedican a los intelectuales cubanos la televisión nacional y el Instituto Cubano de Arte e Industria cinematográficos (ICAIC). Su fallo es de origen: no logra que su personaje sea interesante, que toque o provoque. Digna Guerra nos deja sin fuste para sentirla. Sabemos quién es, cómo vive y trabaja, pero no acaba de ser un personaje entrañable.

Algo de esa falta de maldad en la proposición del recorrido del personaje es lo que trata de eludir Doble impacto (Alejandro Arango). Esta pieza es el making of de un video clip a un reguetonero que exhibe con sutileza la banalidad del mundo de valores en que subsiste el aspirante a estrella del pop. Pero Arango no hace el énfasis suficiente y se conforma con poco material. Nos enteramos de poca cosa del personaje y menos del verdadero protagonista: el hermanito menor que invade el plano cada vez que puede para gobernar sus tensiones.

Esa poca atención al material, el resolver en poco tiempo una puesta que quiere descansar en el peso de lo mostrado o en la pertinencia del tema tratado lastra no pocos tratamientos. Es el caso de Él eres tu (Diana Montero), una confesión desgarradora en primera persona, al tiempo que la negociación con los demonios personales, que encuentra a una realizadora tímida para arrojarse a la hoguera que ella misma prendió.

El ejemplo más nítido de no saber manejar un asunto, del que queda apenas su superficie, es Quisiera (Adriana A. Mastrapa, Oscar Ernesto Guerra, Rilde Ávila González, Magda G. Sánchez Peña). Este supone la excursión de un grupo de estudiantes a un barrio de condiciones precarias, en la periferia de la ciudad de Holguín. Aparte de solazarse en detalles de la miseria, hacen cine encuesta: ¿con qué sueña; usted a qué aspira? Las respuestas suelen ser parcas y quejosas. El montaje dura una eternidad, sin suponer la evolución hacia una tesis no planteada ya al inicio. Se juega a la denuncia sin ver a la gente que sufre, pero sigue viviendo. En unas horas, sin conocer realmente a ninguno de los sujetos, se firma un documental.

Este registro a mansalva del paisaje social cubano es una de las recurrencias que encuentro en buena parte del documental observacional reciente. Las cámaras registran, desde las miserias públicas de la vida cotidiana hasta los entornos privados, haciendo uso de la buena voluntad del sujeto popular para dejar hacer luego con su imagen. Lástima cuando el resultado elude el pacto ético, tan caro al documentalista, de obrar con responsabilidad sobre la imagen dejada a su cargo. O cuando evalúa los temas de subalternidad social desde un sistema de valores superior, que no es capaz de detectar plenitud humana en entornos materiales precarios. Que impone un criterio donde reinan sus prejuicios etnocéntricos y clasistas.

Esto es resuelto por Marcelo Martín, con robustez, en Elena. Aquí el personaje es un edificio en ruinas del barrio habanero de Cayo Hueso, y las voces, multitud de vecinos afectados. Martín hizo un recorrido que abarcó más de dos años visitando el lugar, documentando amagos de soluciones, cámara en mano. Los sufrientes le ofrecieron sus historias. Martín no solo elaboró un documental testimonial, con su carga pesada de denuncia, que tiende a operar dentro de la modalidad interactiva, sino que decidió transformarse en algo más que mero observador: hizo llamadas telefónicas a autoridades encargadas de responder y puso en evidencia la indolencia. Se transformó, a través del compromiso con su tema, en un activista. Su corto acabó siendo, más que el típico documental sobre un problema social, un testimonio más del esfuerzo por cambiar la realidad haciendo justicia. Es decir: la aspiración del documental cubano de la revolución.

Llama la atención en esta muestra la presencia de una serie de piezas procedentes de Nuevitas, donde un grupo de jóvenes realizadores han organizado un colectivo afín a la intervención pública y la experimentación con formatos híbridos. Bajo la denominación de Prohibiciones Producción y El cuchillo de Macbeth, respectivamente, Néstor Siré Mederos presentó Superación y Tótem, ambos indagaciones en los absurdos de la realidad social cubana que guardan buena conexión con el trabajo de indagación antropológica de los realizadores asociados a la desaparecida Cátedra de Arte Conducta, mientras que Eyder Armas sugiere un diálogo poético con las expresiones de la religiosidad cubana en Plegaria.

Finalmente, la animación propuso un puñado de obras de mucho mayor interés que las de años pasados. Por ejemplo, El maestrico (Isis Chaviano) destaca por su animación y diseño de personajes. El empleo de programas de animación digital no impidió que la puesta contuviese una cualidad vernácula que pareciera reminiscente de la obra de Mario Rivas —sobre todo de su célebre El bohío. La caracterización de voces de los personajes es adecuada y dramáticamente coherente, como natural y justificada la didáctica. Pero falla el desenlace, que se precipita y resulta facilista y de efecto. Otra vez, cuestiones de guión dramático.

Fly (Yolanda Durán, Ermitis Blanco) sirve como video clip para Danay Suárez, en un capricho visual muy próximo al estilo plástico del estudio japonés 4°C –sobre todo a piezas de su serie Genius Party. Ello no compromete su hipnotismo y buen manejo del ritmo plástico, de un tempo atmosférico libre y sugerente, de imágenes contemplativas y dulces, sin ánimo demostrativo alguno.

Los de Cucurucho Producciones hacen con La madre (Ivette Ávila) su pieza más ambiciosa y lograda. La inclinación de Ávila y Ramiro Zardoya por las fábulas morales encuentra aquí un tratamiento rico en matices emocionales y aspiraciones de volumen ético. Los muñecos y el atrezo son el fuerte de esta pieza, que opta por el feísmo para construir un relato cargado hacia el lado de la metáfora visual, donde se emplean diversos materiales y formas de animación stop motion y de pixilación. Algunas estaciones de las peripecias dramáticas pudieron contener un tratamiento más sólido (sobre todo aquella que alegoriza el encuentro del personaje central con la fe religiosa), así como la fotografía pudo ser más precisa, pero es de destacar la superior construcción sonora y la elaboración de maquetas y modelos.

Asimismo, Lavando calzoncillos (Víctor Alfonso Cedeño) es la pieza de madurez de un realizador que, en sus anteriores cortos dedicados al personaje de Danny y su club de los verracos, dependió en demasía de diálogos epatantes y de giros de comicidad dudosa, dejando la expresividad visual consustancial a la animación en un segundo plano. Aquí el poder de la palabra se sostiene en un cuidadoso manejo de los matices de la puesta visual para que opere como una más de las evidencias, no precisamente la determinante.

Lavando calzoncillos elabora una crónica del diario de una ama de casa enroscada entre sus deseos y frustraciones, bajo el apartheid sexista y laboral que la condenan a conducirse como apéndice de una familia regida por hombres. Con un tono realista, casi documental, Cedeño confirma su poderosa capacidad para comentar aspectos de la vida social cubana actual, deteniéndose en las subjetividades marginales o no hegemónicas, en los subalternos –en sus cortos anteriores, los nerds o “pasjuatos” de la secundaria básica; aquí, la mujer ama de casa, cuyo albedrío queda preso de la atención a las necesidades ajenas.

Pero la virtud del diseño de personajes y de su caracterización es superior ahora. Cedeño cuidó el mínimo detalle de su puesta en escena y cada elemento de la dirección de arte, sin por ello buscar diseños naturalistas o el detalle gráfico. Optó por lo simbólico concreto, la expresividad eficiente y parca, para revelar las marcas subjetivas de una fábula de aspiración sociológica.

Quizás sea este un resumen que no advierte decadencia, sino un ambiente diverso, rico y en movimiento. Sin ingenuidades mayúsculas ni golpes de efecto. Un panorama de búsquedas y ensayos, proposiciones. Un espacio audiovisual que parece más atento al rigor formal y el perfeccionismo que a correr el riesgo de equivocarse saltándose las normatividades. Acaso mi desgano responda a no haber encontrado más peligro. Prejuicios míos.

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