¿Qué ven nuestros espectadores?

Retomar la educación audiovisual y la herencia cinematográfica y televisiva son urgencias de hoy.

Tomado de Cubahora

La respuesta a la interrogante que da título a este trabajo es muy simple: de todo. Hoy, con la comercialización en Cuba de equipos de DVD y computadoras personales, más la legalización de venta de discos compactos con películas, programas de televisión extranjeros, musicales, etcétera, el espectador nacional está expuesto a todo tipo de mercancía de las más variadas calidades, tanto artísticas como técnicas.

¿Y están preparados nuestros espectadores para asimilar esa avalancha de productos audiovisuales, que pululan en muchos portales de nuestros pueblos y ciudades, comercializados por los vendedores particulares o “cuentapropistas”?

Para esta pregunta, la respuesta no es tan simple y me gustaría hacer un poco de historia.

Primero, debo recordar una de las utopías que rodeó la creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC): la posibilidad de cambiar el gusto cinematográfico de la población cubana.

En busca de este sueño –parafraseando a Silvio Rodríguez-, unos años después de creado el ICAIC se fundó el cine móvil, que llevó el séptimo arte a todos los rincones del país.

Todavía hoy, el testimonio más bello de aquel empeño de develar el secreto de las imágenes y el sonido a nuestros pobladores rurales, de alfabetizarlos a través del cinematógrafo, sigue siendo el documental Por primera vez (1967) de Octavio Cortázar.

Con idéntica misión se produjo un cambio significativo en la exhibición cinematográfica nacional, en la cual se fue dejando a un lado un cine considerado más comercialoide y banal, para mostrar, en nuestras pantallas, una buena parte de la filmografía europea, que vivió, durante la década de los sesenta y los setenta, uno de sus momentos florecientes.

La televisión, por su parte, también sufría cambios significativos, desde la creación del Instituto Cubano de Radiodifusión (ICR) en 1962, pues dejaba de ser patrocinada y privada, para convertirse en un medio de comunicación estatal.

Aunque ella no hizo mucho porque su público entendiera su propio lenguaje (todavía es un problema no resuelto), sí se puso en función del objetivo de crear ese nuevo espectador, con espacios cinematográficos que pretendían acercarnos a ese meta.

Por solo citar algunos ejemplos loables, recordemos “Tanda del Domingo”, con Mario Rodríguez Alemán al frente; “24 por segundo”, de gran audiencia, gracias a las cualidades comunicativas de Enrique Colina; o “Historia del cine” (el único que se mantiene en la programación), primero conducido por José Antonio González y, hasta hoy, con las presentaciones a cargo de Carlos Galiano.

Súmese a esto, el movimiento de Cine Clubes que proliferó en las Casas de Cultura y en muchos organismos de nuestro país.

Entonces, ¿se logró ese nuevo espectador?

Más o menos, porque a pesar de que el proceso de formación de ese nuevo público nacional pudo ser dirigido, en cierta medida, durante la década del sesenta e incluso la del setenta, la presencia imperativa de un tipo de programación cinematográfica y televisiva creó también, en una parte de la audiencia, la nostalgia más que la rearticulación de sus preferencias, las cuales permanecieron latentes y hasta reprimidas en su imaginario, pues son otras muchas las mediaciones que influyen en estos procesos de selección a la hora de determinar qué se desea ver.

La década de los ochenta, periodo de cambios sustanciales en la vida cultural, social y económica de Cuba, trajo –aunque con cierto retraso y no de forma masiva- una de las nuevas tecnologías comunicativas que comenzaron a revolucionar el concepto de la recepción en el mundo: las reproductoras de video casete (VCR).

La popularización de este medio en la isla se produjo de forma estatal más que de manera doméstica, y constituyó una forma de tener acceso a cinematografías que habían estado casi ausentes, principalmente, la estadounidense, relegada en las políticas de programación del ICAIC, entre otros motivos, por las restricciones que imponía el bloqueo.

De esta forma, apareció la primera versión de las salas de video en nuestro país, las cuales sobrepasaron la cifra de 250, y se constituyeron en espacios comunitarios importantes en muchas localidades apartadas en el territorio nacional.

Las escasas reproductoras de video casetes en el ámbito doméstico comenzaron, no obstante, a marcar una diferencia importante, tanto desde el punto de vista social como en la conformación de otros gustos, y mostraron los espacios débiles de una política de superación en el ámbito audiovisual, la cual, hasta ese momento, se consideraba bastante sólida.

Debo recordar que el cine cubano, durante los ochenta, estaba en un punto de buena producción, con el estreno de cinco o seis películas promedio por año, casi todas comedias urbanas costumbristas, lo cual garantizaba una satisfactoria recepción a lo largo del país. Sin embargo, la televisión, mantenía dos canales que transmitían unas seis horas diarias, solamente.

La última década del siglo XX, los noventa, no fue provechosa para la construcción del nuevo público; todo lo contrario. La llegada de la crisis económica atentó, tanto desde lo objetivo como desde lo subjetivo, contra esta utopía del espectador activo, inteligente.

La debacle en los medios de comunicación nacionales, especialmente la televisión y el cine, a los que se les redujo al máximo las potencialidades de producción; el deterioro progresivo de las salas de cine, la pobreza de la programación, sucedían en el mismo momento en que se desarrollaba la era digital.

La recuperación económica del país no pudo atender a los medios de comunicación masiva hasta finales de los noventa, aunque las políticas al respecto comenzaron a cambiar a inicios del presente siglo, con la llegada de “La Batalla de ideas”, que se hizo sentir más en la televisión que en el propio cine.

La televisión cubana del nuevo siglo se vio ampliada a cinco canales con cobertura nacional (incluyo aquí Multivisión) y la creación de una red de telecentros provinciales y municipales que rebasa la veintena a lo largo de la isla. Pero esta aparente extensión no está a tono con la capacidad de producción, por lo cual, las parrillas de programación se han nutrido más de espacios tomados de televisoras internacionales (preferentemente estadounidenses) que de la producción nacional.

Por lo tanto, no tiene la capacidad de competir con la variedad de ofertas alternativas que los espectadores encuentran fuera de ella, ni tampoco ha trazado una política que busque la recuperación de una audiencia activa, inteligente, capaz de discernir entre los productos audiovisuales que lo enriquezcan sensiblemente.

El cine, por su parte, ha dejado de ser un medio importante en el propósito de formar el nuevo espectador. Pese a que puede hablarse de un aumento de la producción audiovisual e incluso de una naciente variedad temática y de estilos de creación, gracias a la acogida de las tecnologías digitales, el deterioro de las salas de cine y la contracción del número de tandas, la poca afluencia de espectadores, la carencia de una programación atractiva, que es hoy vetusta en su concepción y su promoción, así como la desaparición de espacios formativos y críticos, no hace mucho a favor al propósito que nos ocupa.

¿Todo está perdido? ¿Hay que renunciar al espectador activo, inteligente, nuevo?

No hay que ser apocalíptico; pero considero que es necesaria la reorientación de los conceptos acerca de qué estamos pensado cuando hablamos de nuevos espectadores hoy, cuando es necesario una reorientación de las políticas culturales para poder adaptarse a un mundo en que –como escribiera García Canclini: “… las mayores inversiones en cultura y los flujos comunicacionales más influyentes, o sea, las industrias culturales, atraviesan fronteras, nos agrupan y conectan en forma globalizada o al menos por regiones geoculturales o lingüísticas”[1].

Por lo tanto, creo que hay que tener una visión menos estrecha sobre qué deben ser nuestros medios de comunicación masiva en esos objetivos de educar, informar y entretener. Hay que cuestionarse el contenido de estos tres verbos y conjugarlos mejor cuando se piensa en la programación diaria, tanto para la televisión como para la industria cinematográfica.

Hay que retomar el concepto de educación audiovisual y ponerlo al mismo nivel o por encima de lo que se ha intentado hacer con la lectura, sobre todo, porque lo audiovisual es el elemento distintivo de este siglo. No podemos seguir manteniendo una niñez desvalida y analfabeta ante el mundo de las imágenes y los sonidos.

Esto incluye una revalorización de nuestra herencia cinematográfica y televisiva. Una verdadera reconsideración de lo legítimo como manifestación estética en lo audiovisual; y la fundación de una verdadera industria de comercialización de productos de esta esfera, no reduccionista, sino mucho más amplia que la que han logrado sustentar los “corsarios” cuentapropistas, donde con verdadera calidad estén, mano a mano, la producción nacional y todo lo que se está produciendo en el mundo, para que cada quien encuentre lo que desee y lo consuma a través del medio que prefiera.

[1] García Canclini, Néstor: “Para un diccionario herético de estudios culturales”. www.fractal.com.mx/F18cancli.html (Consultado el 9 de junio de 2012)

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