¿Quién salvó a James Stewart?

A propósito de Vestido de novia

PREMIER FILME VESTIDO DE NOVIA EN FESTIVAL NUEVO CINE LATINOAMERICANO

PREMIER FILME VESTIDO DE NOVIA EN FESTIVAL NUEVO CINE LATINOAMERICANO

Foto: PREMIER FILME VESTIDO DE NOVIA EN FESTIVAL NUEVO CINE LATINOAMERICANO

En los filmes de Hitchcock, muchas veces las cosas ocurren “por capricho” de su autor. ¿Por qué los pájaros persiguen y matan a picotazos a la gente de aquel pueblo maldito? Jamás lo sabremos. Otro ejemplo: la primera secuencia de Vértigoconcluye cuando, a más de 100 metros de altura, James Stewart se queda colgando de una cornisa, mientras ve el cuerpo de su compañero policía que se precipita al vacío y revienta contra el pavimento. Corte, y en la siguiente escena vemos a Stewart ¡¿convaleciente?! Solo viniendo de entre los muertos, podría estar sentado en aquella sala, bastón a la mano, comentando que padece un vértigo infernal desde la muerte de su colega. Por más forzado que parezca, nadie se lo cuestiona seriamente.

El cine es espectáculo, es una mentira luminosa, sombra de lo que ya no es, luz de lo que ya no está; fantasía, imitación de la vida, simulacro. Por eso, para Hitchcock el principio de verosimilitud no era cosa que pudiera esgrimirse con ortodoxia fundamentalista. No le gustaba perder el tiempo argumentando lo que él consideraba simple gancho, el pretexto, la excusa para desarrollar una trama destinada a transportar al espectador hacia otra dimensión de la realidad. El Rey del Suspense demostró que el pacto de credibilidad es inherente al cine, a todo el arte; de lo contrario, los melocotones de Cézanne habrían caído irremediablemente al piso y Las Señoritas De Avignon no serían más que simples garabatos.

Aun cuando la línea entre lo ridículo y lo sublime de ese pacto es un filo de navaja que puede entrampar al artista, el público tiene la última palabra y ese siempre es un ente heterogéneo, plurívoco, que ha vivido como sujeto colectivo experiencias inimaginables. Por eso, como dice mi vecina, a veces la realidad supera la ficción.

Para conjurar los padecimientos estivales en una guagua de 23 y 12 a Infanta y Carlos III, me puse a meditar sobre algunas de las objeciones reiteradas que he escuchado contra Vestido de novia:

1-Es inverosímil que Ernesto no se percatara de que se había casado con un transexual; a un hombre “cujeado” no le habría pasado algo así.

2- Laura de la Uz no da un transexual.

3-Si la película pretende reivindicar a los gays, ¿por qué presentarlos –otra vez- como gente sórdida, marginal, vinculada a la prostitución e inmersa en malos ambientes?

Está muy naturalizada la idea de que el cubano es sexualmente muy dotado, muy experto, no se le escapa una, no hay quien le haga un cuento porque se las sabe todas.

Sin hablar de su amplio repertorio de peripecias kamasútricas. Los cuentos de Pepito y la ignorancia popular (no siempre es la sabiduría) han contribuido a fijar ese paradigma dudoso. Por eso me temo que, desde una observación prejuiciada, nadie pueda aceptar la sinceridad de Ernesto, que creyó haberse casado con una mujer, en el sentido anatómico de la palabra. Esa candidez es ofensiva para el ego falocéntrico. Un macho no puede ser ingenuo, no puede fallar en el juicio de algo que se supone elemento crucial de su propia entidad bio-psicológica. Es más fácil cuestionar la credulidad de Ernesto, calificando de inverosímil la construcción dramática del personaje, que revisar y ensanchar las fronteras de nuestra propia percepción del mundo. En una entrevista a Marilyn Solaya, ella decía que defiende al hombre sensible que es su protagonista, pues los hombres cubanos han estado expuestos a una castración de esa condición humana durante mucho tiempo.

Cuestionar que un hombre sea capaz o no de adivinar, constatar, percibir si se está acostando con un trans, está para mí fuera de discusión. Si usted no ha sido engañado o engañada con alevosía o sin ella, y solo mucho tiempo después lo ha descubierto, entonces es que todavía no lo ha descubierto.

Por otra parte, muchas películas tienen argumentos que parten de un engaño, y lo importante es el engaño como acto y no la materia del engaño; es uno de los móviles narrativos más explotados. Aquí la mentira de Rosa es solo un leit motivpara desencadenar una historia que quiere denunciar estereotipos de una sociedad sexista, en la que se perpetúan inequidades injustificables, no como política de Estado, pero sí como estado de la política, que a nivel doméstico, social y laboral expone a la mujer a toda clase de vulnerabilidades y violencias flagrantes o sutiles.

Nunca el filme proyecta la imagen de Ernesto como un tipo mujeriego, o de vasta experiencia sexual, sino como un hombre cubano simple, sin hijos, que ha venido a casarse ya maduro y que se dedica a su trabajo con suma seriedad. También se nota muy enamorado de su mujer, pero no se le describe como un Don Juan, ni siquiera como un machista típico, ya que es capaz de asumir las tareas del hogar de manera eventual y “hacerse el sueco” ante una incontestable mentira de su esposa, cuando le dice que ha ido a casa de una amiga, mientras a él le consta que no es así.

Sin embargo, no reacciona con igual aplomo ante una mentira que compromete su hombría, según su catecismo. Pudo ser un acto de infidelidad, pudo ser el ocultamiento de un pasado que la condena como “puta” o como jinetera. ¡Qué se yo! Claro, Marilyn Solaya pone al esposo contra la pared. Quiere provocar a su personaje de modo tal que exorcice todos sus miedos y se enfrente a todos los obstáculos para crecer como individuo.

Porque, para mí, el tema de Vestido de novia no es el transexualismo ni la legitimación gay, sino el machismo. Mi interpretación del filme es que el amor supera todo tipo de barreras e incluso participa de la transformación positiva de los seres humanos, pues engendra la verdadera felicidad, que no consiste en poderlo todo, sino en saber qué se quiere y tener la libertad de luchar por alcanzarlo. Esta tesis está acompañada por otra serie de planteamientos que no pueden solucionarse dentro del filme, porque no es esa la función de una obra de arte.

¿Por qué otra vez la mentira, la manipulación, la trampa asociada al universo homo? ¿Era ese el único camino de Rosa Elena para alcanzar la dicha de vestirse de novia un día? Como valor universal, el camino de la verdad parece imponerse siempre. En teoría, nadie cree que mediante la mentira se obtengan resultados perdurables o genuinos, pero el ser humano sigue mintiendo a mansalva. Por eso, ahora que Vestido de Novia se aleja de las pantallas cubanas, deja tras de sí un sabor desagradable para muchos, un camión de inconformidades, dudas, sospechas.

Es cierto que la designación de Laura de la Uz para el papel de Rosa Elena traía consigo la supuesta inconveniencia de que jamás nos tragaríamos la idea de que había sido un hombre. Esa es Laura de la Uz, y más mujer no puede ser. De tal suerte adquiere una connotación muy impactante y ambivalente su declaración de que “yo siempre he sido una mujer”. Si realmente hay mujeres nacidas en el cuerpo equivocado, al dotarlas de una condición física que, a su juicio, les permite desempeñar el rol que tanto han ansiado, el resultado debiera ser una proyección de femineidad tan elocuente como se espera en esa sociedad y esa cultura, en ese momento. ¿Cuál es la queja entonces?

Por ejemplo, cuando el personaje caracterizado por Mario Guerra viola a Rosa Elena, lo que lo excita es el morbo de saber que alguna vez ella fue un hombre; sin embargo, ella sucumbe a la salvaje embestida del otro porque, en primer lugar, sicológicamente, no ha sido un hombre jamás, por lo que carece de la fuerza física necesaria para enfrentarlo.

Por otra parte, hay en ella una fuerte convicción y confianza en sí misma: al final no hay quien la doblegue, y se queda en su lugar con su coro y su vida a su manera. Pero es también un personaje con una ingenuidad absolutamente genuina y, en el completamiento de su perfil sicológico, ese padre mudo pesa una tonelada. ¿Cuándo se vio en el cine cubano un personaje que no dijera ni pío y tuviera ese peso demoledor? Su momento cumbre llega al escuchar los gritos de su hijo Alejandro, y el instinto lo compulsa a ir en su ayuda; pero, de inmediato, la razón culturalmente moldeada por los prejuicios, lo paraliza en su desprecio contra Rosa Elena.

Tampoco hay que olvidar que Rosa soñaba con ser mujer ahora y en Cuba. No sospechaba la carga monumental del rol que asumía. La mujer cubana hoy está sujeta a compromisos positivos y negativos, estos últimos determinados por diferentes causas, desde las peculiaridades de nuestro precario desarrollo económico, hasta los derivados de la estructura patriarcal de la sociedad.

Fátima o el Parque de la Fraternidad sí es una película sobre gays, o sobre un gay, y sí presenta –otra vez, pues así se muestra por lo menos en Verde Verde– a los homosexuales como gente sórdida, marginal, vinculada a la prostitución e inmersa en malos ambientes. ¿Por qué? Tal vez una respuesta esté en las palabras de Reinaldo Arenas: “El mundo homosexual no es monogámico; casi por naturaleza, por instinto, se tiende a la dispersión, a los amores múltiples, a la promiscuidad muchas veces.” Honestamente, creo que hay mucho más que eso. Investigaciones científicas desde diferentes campos quizás pudieran proveer explicaciones menos festinadas. Pero no forzosamente el cine.

Vayan a ver Fátima.

Al final de Vértigo, al personaje de Kim Novak le toca precipitarse –casi por casualidad- campanario abajo. Tiene que morir, porque se atrevió a engañar a un machazo detective que cometió el error de enamorarse de la rubia peligrosa. El amor del personaje encarnado por James Stewart nunca fue mayor que su varonil prestigio y, aunque pudo descubrir la verdad y no quedar como el tonto de la película, nuca se enteró de que la rubia sí lo amaba y no era tan peligrosa. Esta femme fatale había sido el instrumento de un marido inescrupuloso que, cansado de su esposa, la asesinó y se fue a casa tan campante.

Hoy se avizoran nuevas formas de plantear la masculinidad, liberando al hombre del pesado fardo de entender la hombría como algo inversamente proporcional a la sensibilidad. La lucha contra la violencia en todas sus expresiones debe ser un camino irreversible. Pero no es fácil. Mucho menos cuando hemos estado expuestos a consignas muy bellas, con un mensaje muy claro en la superficie dado el contexto, pero muy complicado en su profundidad: No olvidar que hemos sido un pueblo enérgico y viril que, cuando ha llorado, ha hecho temblar a la injusticia.

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