Sobrevolando la 13 Muestra Joven (II): Ficción

Las ficciones de la pasada Muestra Joven Icaic reflejan mayor atención al guión cinematográfico.

Un hombre avanza por el campo, perdido el resuello, fusil al hombro. Nos enteramos de pronto que lleva una cuerda agarrada, larguísima, y al final de un extenso plano secuencia descubrimos que del otro extremo va halando una mujer, con la soga atada al cuello. ¿Momento climático de una historia de pareja, de amores y odios extremos, sobre la cual quiso el realizador hurtarnos todo su desarrollo anterior? ¿Acaso metáfora sobre el yugo doméstico y las interrelaciones (a veces perversas) del par hombre-mujer? ¿O incluso un retrato fílmico de un universo mayor, el de la Dialéctica Amo-Esclavo y sus interdependencias? El final es sobrecogedor. La trama descansa en el poder de la elipsis, de la confianza en el vigor narrativo de la imagen cinematográfica y en la sutileza expresiva de su actores, con un Mario Guerra engrandecido… Hablo de Buey, el cortometraje de Carlos Machado Quintela, que me place ahora aplaudir y enmarcar como lo más sobresaliente de la 13 Muestra en el acápite de Ficción, luego de no haber sido este redactor uno de los más entusiasmados con la oferta anterior (La piscina) del joven cineasta.

Si en Muestras anteriores se percibió un impulso experimental, que muchas veces no levantaba vuelo por debilidades dramatúrgicas y endebleces de guión, esta vez se nota un esfuerzo mayor por recuperar las posibilidades de la “trama” en el discurso cinematográfico.

Una de las vías exploradas es la traslación de obras literarias al cine. Pero en este camino suelen medirse las creaciones fílmicas bajo las varas de Traición vs. Fidelidad al texto literario, y en tal sentido hablarse de “herejías felices” —pienso en Cecilia, no muy estimada en su tiempo, pero alabado a la postre el atrevimiento de Solás de sobrepasar al clásico de Villaverde en la recreación del contexto histórico social de la Cuba decimonónica y en la complejización psicológica de los personajes—; y de desviaciones que fallan en el intento. Aquí inscribiría El espejo quien tuerce el original de partida, un cuento de Antón Chejov, hombre de inclinaciones costumbristas y naturalistas y no romántico-gótico ni romántico. Tal vez en busca de más entretenimiento y espectáculo, Leonardo Luis Blanco Montes trastocó la fábula del clásico ruso sobre la autoestima individual y su sujeción a la imagen física en una endeble historia de suspense y espanto.

Por el contrario, el pecado de literalidad afecta la apropiación de Maryulis Alfonso sobre la narradora Ana Lidia Vega Serova en Las ventanas. Apreciable, en cambio, por sus intérpretes (Leidy Pérez, Verónica Lynn), este corto es lastrado con la superposición de una voz en off que duplica verbalmente la recreación (decorosa) de las fantasías de su protagonista. Otro caso es Moscú Rojo, del cual no conozco el relato de origen firmado por el escritor Denys San Jorge; pero la puesta en pantalla, muy centrada en la voluptuosidad de la actriz (Mónica Alonso) y el apetito que desata en el viejo pintor (Aramís Delgado) atrapado en sus recuerdos y su obsesión con todo “lo ruso”, deja intuir que se perdieron honduras del precedente literario en su metamorfosis a película. Ya sin procedencia literaria, pero con reminiscencias a ese tipo de cine de autor que aspira a colocar por debajo del iceberg de la imagen y la acción cinematográfica cierto bloque de profundidad “novelística”, está Fiodor en el fordo de un Fabián Suárez, a quien siento que se le fue la mano en cuanto a ambiciones.

Parecen los jóvenes realizadores cubanos más inclinados que las generaciones precedentes en explorar los formatos del cine de género. Aunque lo hagan a su manera, con predominio de lo paródico, cual es el caso de La habitación de Ernesto Benítez y los presupuestos del cine de terror. O La isla de corcho, de Carlos Rafael Betancourt, donde la trama política de aventuras acude a la sátira social y mucho de pastiche. En tal dirección se mueven con más donaire, gracias a la dirección de arte y de actores, Miénteme bien, Jackie Chan de Grethel Castillo y Adolfo Mena, con su argumento de psycho killer incluido; y For Dorian de Rodrigo Barriuso, en las aguas del melodrama sobre un padre con hijo Síndrome de Down e inclinaciones homosexuales. Por último, menciono Salvando el General, de Pedro Luis Rodríguez, quien trata de “salvar” la epopeya histórica del lastre de piedra de las construcciones ideológicas, con la ayuda de la agilidad del cine de aventuras; sin embargo, un guión e interpretaciones que parecen de cómic, más las limitaciones de factura por aspectos de producción, dejan este intento en un producto asimilable sólo para espíritus todavía adolescentes.

Un hecho para subrayar como positivo es el mayor interés de algunos jóvenes realizadores por asimilar “caracteres” oscuros, como se aprecia en La trucha (de Luis Ernesto Doñas); o en las intensidades de los conflictos, como en Una tarde para Ramón (de Daniel Chile). Mientras, el aire de vanguardia aún subsiste, tocando puertas nada desdeñables en Noli me Tangere de Alejandro Arango o en La nube de Marcel Beltrán.

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