Un bromista colosal

Wajiros, de Ernesto Piña.

Fotograma de Wajiros, de Ernesto Piña.

Desde inicios de la actual década del 2000, la animación cubana sufrió una renovación ingente. No solamente se introdujeron, para bien de la productividad y del ensanchamiento del espectro de realizadores, las herramientas y lenguajes de la animación digital, sino que se produjo el relanzamiento de los Estudios de Animación ICAIC, con recursos y estrategias productivas nuevas y una generación que debutaba en la creación de animación para niños.

Más allá del ICAIC, durante esos años florecieron toda clase de proyectos de realización colectiva y otros, debido a autores aislados que generaron un escenario de creación independiente de los centros tradicionales (el propio ICAIC y el Instituto Cubano de Radio y Televisión). De este territorio surgió la obra de Ernesto Piña, estudiante de Diseño y Pintura en la Academia de Ballet y Artes Plásticas de Camagüey, que luego fue a parar al Instituto Superior de Arte.

En la primera mitad de la década pasada, Piña realizó cortos llamativos por su minimalismo plástico y por aspirar a construir alegorías nunca distantes de un discurso narrativo clásico, pero con trazas de intentar una estética propia. Piezas como Sentencia subterránea y Alas de libertad (videoclip para la banda Hojarasca) mostraron a un realizador que, sin desligarse del comic y el manga como referentes, ni de la historieta de fondo humorístico, producía un universo figurativo muy cercano a la reelaboración de los imaginarios nacionales que han caracterizado a la animación cubana.

Alejado de la estética disneyana y nada apegado al realismo, más bien acentuando el carácter caricaturesco de sus puestas, Piña se hizo visible a través de las Muestras de Nuevos Realizadores de mediados de la década. Cortos como EME-5 (2005) y Todo por Carlitos (2006) hicieron visible su inclinación por recrear elementos del imaginario de su generación. En el primero, canibalizando la nostalgia cultural por el animado japonés Voltus V (Tadao Nagahama, Yoshiyuki Tomino, Yukihiro Takahashi, 1977), para proponer una sátira futurista del transporte público habanero; en el segundo, apropiándose de las nuevas formas de relación de los adolescentes cubanos para referir una historia de amor.

En ambos se verifica el empleo del humor, de la jerga juvenil actual y de un estilo gráfico cercano al comic y el cartoon contemporáneos, que trabajan óptimamente de conjunto con la ambición intertextual que los recorre. En estas obras, no solo el gag extemporáneo funciona como resorte del divertimento, pues sus relatos, sencillos y fabulares, se asientan en entornos conocidos por el espectador, que Piña desdibuja para transformarlos en territorios abiertos al absurdo, el sainete y los trabajos de la imaginación.

Después de graduarse en el ISA con un corto de animación como tesis –titulado ERPIROMUNDO, donde propone un autorretrato que le posibilita cuestionar la reticencia de la academia a aceptar modos de aproximación no tradicionales a las artes plásticas; ergo, en este caso, la animación narrativa-, nada más lógico que insertarse en el ICAIC para hacer su servicio social. Allí ha permanecido, aportando a la producción de los Estudios de Animación como director, pero sin abandonar sus tareas como realizador independiente.

De entre sus obras allí realizadas destaca la serie Pubertad. Iniciada en 2008 e inspirada en un libro de divulgación científica de la sexóloga Mariela Castro Espín que pretende comunicar temas de sexualidad en la adolescencia, ha sido una de las producciones mejor recibidas entre los espectadores jóvenes, que la han apreciado a través de la televisión nacional.

Con Pubertad, el universo visual de Piña se simplifica en beneficio de la sugerencia y de tratamientos narrativos que aprovechan diversos recursos del lenguaje cinematográfico. Tratándose de temas que tienden a lo gráfico y a manejar temas tabúes (la maduración sexual y su impacto físico; el despertar de las funciones reproductivas de los genitales; los conflictos con el lenguaje que los designa; los problemas de relaciones inter-géneros a partir de la adolescencia), tanto su representación como su exposición al público suponía un riesgo alto.

Si bien ello ha sido resuelto con tino en varios episodios –es el caso de El sueño de Daniel (2008), que propone un relato eficaz acerca de la eyaculación precoz-, donde destaca un tablero de personajes bien elaborado, el resultado de la serie en general tiende a ser irregular y a padecer momentos de verborrea y didactismo excesivo –un reciente episodio pone a los adolescentes a tratarse entre sí con una denominación tan inverosímil como es la de “púberes”.

En 2010, Piña realizó Sin pelos en la lengua, un corto donde volvía a la carga con su inquietud por la mutación de las formas de comunicación interpersonal de los adolescentes del presente, aquí inclinándose por examinar el uso corriente de las “malas palabras”. En razón de su tema y propuesta, los Estudios de Animación ICAIC decidieron no apoyarlo, de ahí que Piña prefirió asumirlo de manera independiente. Según refiere el director, al iniciar su realización “soñé que podía convertirlo en una producción de los Estudios. (…) Es una lástima que la política de concepto de la Industria no esté de acuerdo con muchas de mis ideas, que al final terminan en una producción independiente. Sería muy interesante que el ICAIC valore la posibilidad de hacer obras de este tipo también.” [i]

Y es que los relatos de Piña se alejan del tratamiento estereotipado de los temas “para niños”. Sin salirse de un marco temático que apele a los motivos e intereses de esas edades, Piña suele trabajar sobre personajes menos blandos que los usuales a la hora de enfrentarse a la audiencia infantil, mientras que su idea de “obras con enseñanza” pasa primero por la iconoclasia, el divertimento y el choteo que por la didáctica suave y el criterio demostrativo. En todo caso, ¿qué refieren sus películas? Historias de amor, enfrentamiento fraterno entre opciones vitales, chicos que vencen sus miedos: fábulas de crecimiento personal.

Es el caso de Wajiros (2011), su más reciente cortometraje. Ambientado en un pueblo del campo cubano en 2088, cuenta el enfrentamiento entre los vástagos de dos familias (las Guasasas y los Chipojos) en un torneo de habilidades que acaba en una controversia. Cada año, los contendientes diseñan artefactos tecnológicos que les permitirán exhibir sus pericias. Aquí, en un contexto altamente tecnológico y digitalizado que, no obstante, conserva las marcas de tradiciones campesinas o de las culturas del interior de Cuba –referenciando sin dudas el Oriente de la isla- y el gracejo popular.

Wajiros permite a Piña hacer dos homenajes evidentes: uno, a las tradicionales parrandas del centro y occidente de Cuba, con sus trabajos de calle y rivalidad entre barrios; dos, al mecha japonés, subgénero de la animación de ese país, muy extendido sobre todo durante las pasadas décadas del setenta y ochenta, que se basaban en enfrentamientos de grandes ingenios robóticos y en una ciencia ficción altamente tecnológica –con un nuevo guiño a Voltus V.

Pero todo eso es el telón de fondo para un relato amable donde el héroe positivo se saldrá con la suya tras enfrentar a su rival, nada menos que el hermano de su amada. Ello sirve a Piña para desplegar un benévolo choteo sobre marcas de la cubanidad. Su revisión del territorio de los usos y costumbres locales le permite asentar el humor sobre el reconocimiento del espectador de marcas idiosincráticas que le competen, pero vistas exageradas y con candor.

Acaso el problema mayor del planteo de Piña es cierto esfuerzo por epatar, lo cual lo lleva a confundir por momentos la gracia con un grotesco próximo al mal gusto. Además, la excesiva caricaturización de sus personajes hace perder fuelle a relatos que acaban siendo muy predecibles, y donde, en el plano de los roles de género, las mujeres son subalternos que funcionan como trofeos afectivos en los conflictos de los machos. Tales licencias, que buscan la hilaridad, debilitan lo que pudiera alcanzar a ser algo más que anécdotas graciosas, para actuar como sainetes de varias capas –el mejor ejemplo en nuestra animación sigue siendo ese divertimento con doble sentido que es Vampiros en La Habana (Juan Padrón, 1985).

Dotar de mayor complejidad el desarrollo de sus guiones permitiría a Ernesto Piña convertir ese mundo imaginativo e hilarante que desea traducir en imágenes, en relatos más trascendentes. No se trata de abandonar la ligereza graciosa ni de ponerse profundo. Se trata de pensar mejor las potencias que oculta el humor como mecanismo para desvelar enriquecedoramente un carácter nacional.

En Wajiros hay varios aspectos que demuestran la evolución del realizador. Por un lado, el diseño visual es más fluido y rico, más colorido y menos escueto, sin abandonar la marca de estilo de su obra. La animación digital dialoga sin conflictos mayores con la vocación historietística que funda su grafía. El diseño sonoro es mucho más rico que en trabajos anteriores y la caracterización de personajes consigue un mejor balance entre un diseño de caracteres singular y la hilaridad que sale del trabajo de los actores en el doblaje.

Parece que Piña seguirá por ahora este camino. Propone de inmediato otro corto, La visita del moscón, que él mismo define como “una nueva historia entre humanos e insectos que parte de una leyenda local, donde se cuenta que si alguien ve un moscón en la casa es porque en algún momento viene una visita.”

Además, prepara un largometraje de animación que lleva por título provisional Proyecto Anti-ciclón, “que se ubica en Bulgaria en el 2079, cuando Matías —un cubano genio en la informática-robótica— y su hermano Pedro, también muy inteligente, inventan un aparato para aprovechar la energía de los ciclones en la vida práctica: para la electricidad específicamente.”

Esa traducción cáustica del carácter y las marcas culturales de Cuba es un trabajo que nuestra animación podría emprender sin prejuicios.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.