Un encuentro con el atormentado de México (Parte II y final)

A propósito del 120 aniversario del nacimiento del director soviético Sergei Eisenstein, Pedro Noa evoca el encuentro entre el cineasta y el crítico cubano José Manuel Valdés-Rodríguez, a propósito de la estancia del primero en México.

El crítico de cine cubano, José Manuel Valdés Rodríguez en sus años de juventud.

Foto: Cortesía del autor

En 1932, Sergei M. Eisenstein regresaba a Moscú después de una ausencia de cuatro años. El tiempo parecía corto, pero en ese lapso su país se había transformado.

La Unión Soviética estaba recogiendo los frutos de la implementación de su primer plan quinquenal (1928-1932) y los inicios de su estabilidad económica se reflejaban en la vida social y política, entre otras muchas formas, mediante la estatalización de las esferas intelectuales, con la intención de comenzar a construir la ideología de una nueva sociedad. El Congreso de Escritores y el de los cineastas, un año después, eran manifestaciones de esos propósitos.

El joven alegre, optimista, que compartió con Alejo Carpentier en París, llegaba ahora a su tierra natal con tres fracasos, al no poder concretar sus planes en Hollywood ni México. En la Meca del cine fue contratado por la Paramount y los dos proyectos a los que se enfrentó no llegaron a realizarse: El oro de Sutter, y la adaptación de la novela Una tragedia americana. Pero ninguno de los dos influyó tanto en su vida futura como el fiasco de ¡Que viva México! No solo por no poder llevar a feliz término su trabajo en la nación mexicana con la edición de lo conseguido artísticamente allá junto a sus fieles colaboradores Edouard Tissé (1897-1961) y Grigori Aleksandrov (1903-1983), sino porque las manipulaciones de lo filmado por parte de Upton Sinclair (1878-1968) se harán presentes a lo largo de los primeros cinco años de esa década como un fantasma que no puede sacudirse.

Por otra parte, Sinclair había impulsado su regreso a la U.R.S.S mediante una carta dirigida al gobierno soviético, criticando la actitud del realizador durante su estancia en la nación azteca y previniéndole sobre la presunta intención de Eisenstein de no regresar al país. Todo esto le valió una reprimenda y, por ende, la pérdida de consideración por parte de las autoridades.

Autógrafo de Eisenstein

Foto: Cortesía del autor

Dentro de su país, este periodo tampoco le fue muy fructífero en cuanto a concretar una producción cinematográfica.  En marzo de 1933 conseguía le fuera aprobado el guion de una comedia excéntrica, la cual tendría como título MMM; pero ni siquiera logró comenzar las filmaciones. Después trabajó en un homenaje a la capital de su país. El filme se llamaría igual que la ciudad: Moscú. No prosperó. Mejor suerte parecía que iba a tener con Los prados de Bezhin; sin embargo, el proceso de guion primero y la producción después, se extendió por varios años hasta que, en 1937, fue suspendido el rodaje por la Dirección General de Cinematografía, y sus negativos confiscados.

Apenas de vuelta en la U.R.S.S., recibe una comunicación de Seymour Stern, coeditor de Experimental Cinema -agosto de 1932-, sobre las negociaciones que Sinclair estaba haciendo con el productor estadounidense Sol Lesser (1890-1980) para editar el material filmado por él (aproximadamente 300.000 pies de película). El mediometraje resultante, Thunder over Mexico (1933), contenía algunos fragmentos del prólogo y epílogo de la estructura original, así como uno de los pasajes concebidos por Eisenstein: “Maguey”. No será la única obra construida desde los negativos. También se estrenaron Eisenstein en México y Death day, ambas en 1934.

La noticia derribó anímicamente a Eisenstein, quien estuvo varias semanas fuera de sí. Por su parte, el mundo del cine y, en especial, los críticos de izquierda, acogieron la mutilación del material y la negativa de Sinclair de devolver los rushes a Eisenstein con desagrado, y emprendieron acciones de solidaridad a través del “Comité Internacional en defensa del film mexicano de Eisenstein”. Se publicaron dos manifiestos en 1933. El primero decía lo siguiente:

“Denunciamos la versión ilegítima de ¡Qué viva México! y lo hacemos porque es una vulgarización de la concepción original de Eisenstein, poniendo al frente su nombre con el objetivo de capitalizarla con un renombrado y creativo artista… Denunciamos la edición de ¡Qué viva México!  por editores profesionales de Hollywood como una burla absoluta de las intenciones de Eisenstein. Denunciamos Thunder over Mexico como una degradación barata de ¡Qué viva México! (…)

¡Amantes del film de arte! ¡Estudiantes de Eisenstein! ¡Amigos de México! ¡Apoyen esta campaña para salvar el negativo de “que viva México!” ¡No se sientan satisfechos con ningún substituto de la visión original de Eisenstein! ¡Hagan de esta campaña un precedente inolvidable que tenga eco a través de la historia del cine, una advertencia a todos los enemigos del cine como el primero de las bellas artes!

Envíen cartas de protesta y apelaciones a Upton Sinclair, 614 North arden drive, Beverly Hills, California, y comuníquense inmediatamente con el comité a favor del film mexicano de Eisenstein, c/o Experimental Cinema, International Film Quaterly, 1625 North vine street, Hollywood, California (…)

¡No permitan este cobarde asesinato del film mexicano de Eisenstein![1]

Las labores del Comité Internacional volvieron a vincular a José Manuel Valdés-Rodríguez con Eisenstein, pues el cubano formó parte del mismo y se encargó de distribuir y promover la proclama en la isla[2].

Este es el ser humano a quien irá a visitar Valdés-Rodríguez en el verano de 1934. Un realizador que no logra encajar en la nueva realidad de su país y que no consigue un éxito importante en la industria fílmica. Su único consuelo creativo lo hallaba en la cátedra de dirección del Instituto Estatal de cine (GIK), asumida desde 1932, y en la escritura de nuevas teorías sobre el montaje, el sonido etc., que serían compilados más tarde en dos cuadernos: El sentido del cine (1942), seleccionados y traducidos al inglés por el estadounidense Jay Leyda (1910-88), uno de sus alumnos, y La forma del cine (1949), con artículos escritos por él entre 1928 y 1945.

Marie Seton (1910-1985), actriz inglesa y una de las mejores biógrafas de Eisenstein, conoció al director en Moscú durante este periodo de los 30 y escribió: “me pareció ser un hombre en el que toda su juventud hubiera sido aplastada”[3].

¿Cómo sucedió el encuentro entre el joven periodista cubano, activista politico, y el “vapuleado” director y profesor cinematográfico?

Según lo escrito por Valdés-Rodríguez en diferentes fechas para su columna “Tablas y pantallas”, no queda claro cuántas veces se reunieron ambos en Moscú. Unas veces alude a más de una reunión, durante la primavera y el verano:

“No fuimos, infortunadamente, alumnos de Eisenstein, pero lo tratamos con frecuencia en la primavera y el verano de 1934. Y en nuestros encuentros yo preguntaba sin término y él nos ofrecía sin fatiga el tesoro de su saber. Y ello con sencillez, sin empaque, sin dejarnos sentir en ocasión alguna la elementalidad de nuestras cuestiones o la indocumentación que acaso lo obligaba a bajar el tono de la exposición”[4].

Otras, se limita al día en que Eisenstein le firmó el autógrafo.

Como la mejor y más detallada descripción está centrada en ese 2 de agosto de 1934, nos vamos a detener en ella.

El crítico de la isla visitó al soviético en su apartamento de Chisti Prudi 23. Esta dirección colocaba a Eisenstein fuera del circuito residencial de los artistas soviéticos en boga en aquel momento. Marie Seton hace una pormenorizada descripción de la vivienda, a través de la cual se puede apreciar las precarias condiciones en que vivía:

“La habitación era cuadrada. Dos ventanas desnudas, sin cortinas, daban a la calle. Las otras paredes estaban forradas con estanterías que llegaban desde el suelo hasta el techo. Los estantes estaban fijados al piso y dejaban muy poco espacio para el movimiento,  había montones de revistas, periódicos y libros. Recortando la habitación a la mitad había otro librero grande. Entre este y los estantes, apoyada contra la pared interior estaba una cama grande enviada por Theodore Dresser cinco años antes. Ahora estaba cubierta por una manta multicolor mexicana. Exprimida al lado izquierdo de la cama había una pequeña mesa desvencijada con una lámpara de lectura”[5].

Narra Valdés-Rodríguez que la plática, durante la visita, tuvo varios momentos. El primero, giró sobre el artículo publicado por el director ruso en Close Up acerca de Una tragedia americana, en el cual abordó cómo era empleada la novela en sus clases de dirección en el Instituto Estatal de cine, a partir de una deconstrucción de los elementos dramatúrgicos del texto literario para incentivar la creatividad de los estudiantes.

En algún momento, el cubano le propuso la idea de hacer un film sobre la figura de Antonio Maceo, de quien “… le emocionó la estampa de audacia, de inteligencia, de sensibilidad que le esbozamos”[6].

Cayendo la tarde, le obsequió a su interlocutor dos libros de poesía: Nosotros (1933), de Regino Pedroso[7], y Bongó. Poemas negros (1934), publicado por Ramón Guirao (1908-49); y escribe que, al entregarle los textos, “… llegué a conseguir que me hablara de ¡Que viva México!… Había comenzado a anochecer. El rostro se le perdía en la semisombra y la voz venía como de lejos, con tal temor de angustia que era como un sollozo contenido… Le dolía la torpeza y la malignidad del hecho, que lo privaba de llevar a término una obra acariciada con afán. Y le dolía que se perdiera el testimonio de devoción a México”[8].

La tragedia de su película, de la cual – como ya hemos escrito- el periodista cubano estaba bien enterado, dio fin al encuentro. La despedida y el momento de dejar constancia de él, fue recordado por Valdés-Rodríguez así:

“Ya junto a la puerta, cuando me tendía la mano con aquel ademán abierto, tan suyo, reparó en la revista Close up, contentiva de un notabílisimo ensayo sobre ‘Una tragedia americana’, en torno al cual había girado la primera parte de nuestra conversación. Lo tomó y fue a la mesa, e inclinado sobre ella, escribió: “Para el amigo Valdés Rodríguez, Sinceramente, Sergei M. Eisenstein.” Y luego, tras un momento, añadió rápido y entre paréntesis, “El atormentado de Mexico”[9].

El 9 de febrero de 1958, publicaba en su columna habitual del periódico El Mundo, un trabajo titulado “Aniversario de la muerte de S. M. Eisenstein”. Leyéndolo se completa la impresión que le causó el realizador, teórico y profesor ruso- soviético: “Nosotros no le olvidaremos nunca la mano ancha y cordial, el ademán amigo, el juicio sobre el arte del cine y, sobre cosas personales y amargas, su aporte a la forma fílmica”[10]. (2018)

Notas:

[1]  En mayúsculas en el original. El primer Manifiesto fue publicado en la revista Close Up Vol X. No.2, junio 1933, pp. 210-211.
[2]  El segundo apareció en la Vol X. No.3, septiembre 1933, pp. 248-254. En la misma revista (pp. 256-7) se publicó una carta de protesta proveniente del Departamento de Bellas Artes de México, firmada por Adolfo Best Maugard (1891-1964), artista plástico y estudioso de las artes visuales, quien fue designado como supervisor del trabajo de Eisenstein en México; y otra de Upton Sinclair, bajo el título “Thunder over Mexico. Mr. Upton Sinclair defends him self”, pp. 361- 63.
[3]  Seton, Marie: Ob cit., p. 250.
[4]  Valdés-Rodríguez, José Manuel: “Lecciones con Eisenstein, por V. Nizhny”, en Tablas y Pantalla. El Mundo, 15 septiembre 1963, p. 6.
[5] Seton, Marie: Ob. cit., p. 252.
[6] Valdés Rodríguez, José Manuel: “Sergei Mijailovich Eisentein”. Recorte de periódico, La Habana 1961, p, 26.
[7] Regino Pedroso Aldama (1896-1983), al igual que Valdés Rodríguez, formó parte del consejo de dirección de la revista Masas, órgano de la Liga Antiimperialista de Cuba.
[8]  Valdés Rodríguez, José Manuel: Ob cit., p. 26.
[9] Idem.
[10] Valdés Rodríguez, José Manuel: “Aniversario de la muerte de S. M. Eisenstein”, en Tablas y Pantalla. El Mundo. 9 de febrero 1958, p. 6.

 

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