Una curiosidad académica

El audiovisual cubano contemporáneo se ha convertido en tema de interés entre las investigaciones universitarias.

Archivo IPS Cuba

La Muestra Joven es uno de los pocos espacios para exhibir el cine joven cubano.

Este año me ha tocado hacer más trabajo que el habitual en mi función de entrevistado de estudiantes universitarios. Los meses a partir de febrero-marzo son exigentes en ese sentido, pues buena parte de los alumnos de licenciatura que se gradúan entre mayo y junio deciden salir a la caza de sus fuentes especializadas, cada año en la misma fecha. Algunos con cuestionarios minúsculos, otros con formidables legajos de preguntas y algunos más con la aspiración de obtener la opinión de alguien con quien confrontar sus propios hallazgos investigativos.

 

Decía que 2013 fue intenso. Habitualmente, cada curso converso con un par cuando más de universitarios, que me convocan para esto o aquello. Este año, en cambio, ofrecí ocho entrevistas grabadas y respondí cinco cuestionarios electrónicos. Súmesele a esta cifra la cantidad menor de personas a quienes no pude atender por humanísimas razones de tiempo. Si la tendencia sigue este ritmo, al año próximo deberé tomarme en serio abrir una oficina y contratar secretaria.

Pero más allá de la cuestión cuantitativa, ha llamado mi atención el interés que despiertan entre los temas de las tesis universitarias actuales los problemas del audiovisual cubano. Pero no se trata de enfoques de interés histórico: casi la mayoría de los estudiantes con quienes trabajé tenían como territorio de indagación la obra de los jóvenes realizadores de los pasados diez o más años.

Varios exploraban el documental desde enfoques muy diversos; otros, la producción de artistas específicos; algunos, tendencias ideo-temáticas y estilísticas. En un caso, por ejemplo, se trataba de observar el video clip como medio pertinente para la manifestación de posturas autorales. En otro, de examinar el tratamiento que ha merecido en el cine cubano la obra de artistas de las artes visuales.

Esta situación me hay hecho evocar mis años de estudiante. Como egresado de la licenciatura en Comunicación Social, mi trabajo de tesis defendió temas vinculados al cine, cuando la tendencia de aquel tiempo (mediados de la década de 1990) eran los diagnósticos de imagen corporativa, los estudios de marketing empresariales y las campañas de publicidad.

No es que en la conocida como Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana escasearan los estudios sobre cine en Cuba, pues cada curso de los 90 se producía al menos un trabajo de diploma sobre tales temas. Pero el auge que aprecio hoy reviste un carácter especial.

Hay una clara sintonía generacional tras la significativa convocatoria actual. Se hace manifiesto en los temas de investigación y en los diseños metodológicos la abierta inclinación hacia cuestiones que van desde las estrategias de representación de los sujetos sociales en el documental, hasta las herramientas de lenguaje con que trabaja el audiovisual cubano reciente. En el fondo, es fácil reconocer desde la elección de los temas hasta la ruta crítica para abordarlos académicamente, el ansia por tratar cuestiones elaboradas por los creadores que coinciden con asuntos de interés de los estudiantes universitarios actuales.

Esto obedece a una situación nueva. Por vez primera existe una generación produciendo audiovisual en Cuba que exhibe casi las mismas edades que los universitarios. Sus imaginarios son en general idénticos, así como su experiencia vital. Los jóvenes de la academia hoy utilizan a menudo las mismas herramientas de registro audiovisual que sus pares, ya sea para la investigación de campo o para su propio ejercicio expresivo. Por ejemplo, en la Facultad de Comunicación habanera, los estudiantes ejecutan piezas breves de aspiración documental que complementan su formación como periodistas.

De ahí que, en lo que toca a los trabajos de diploma, para los estudiantes de Comunicación Social sea un territorio cautivador el trabajo que emprende la no ficción cubana hoy para examinar el escenario social. Los alumnos de esta licenciatura han contado habitualmente con mayor libertad para elegir sus temas que, por ejemplo, los de Historia del Arte, quienes deben legitimar su objeto de estudio a través de las categorías de la teoría estética y suelen verse obligados a justificar la pertinencia de los temas que eligen con argumentos más asentados en la autoridad bibliográfica que en la praxis investigativa propia.

Los comunicadores sociales sienten curiosidad, digamos, por el empleo de recursos del reportaje en el documental social que se hace hoy en Cuba. El periodismo es un entorno de herramientas muy presente en parte de la no ficción local que se adentra en temas de alteridad y subalternidad, que registra subjetividades minoritarias o detecta áreas sociales poco enunciadas en el discurso público nacional.

Esto conecta con al ansia de novedad que empuja a la mayoría de los aspirantes a licenciados a traer al escenario académico un descubrimiento, un objeto inédito y afacetado con el cual proponer acaso un nuevo campo de estudio. Las herramientas de estos investigadores coinciden con las del documental fílmico en su ambición antropológica y en sus procedimientos de estudio de campo: la entrevista, la observación, el sondeo de opinión. Podría decirse incluso que los objetos de estudio elegidos ofrecen la coartada ideal para tratar temas que preocupan a la nueva generación de investigadores, sirviéndose del camino desbrozado ya por el desvío simbólico del discurso artístico.

De mi experiencia de este año subrayo la oportunidad de dialogar por vez primera con una estudiante de Sociología. Su tema de investigación era nada menos que la pobreza como asunto refractado por el audiovisual cubano de no ficción independiente producido en años recientes. Las herramientas teóricas con que enfrentaba el tema eran distintas a las que suelo emplear como estudioso del audiovisual, pero todas ellas absolutamente pertinentes. La oblicuidad de su enfoque, su ánimo interdisciplinar, una carencia de los estudios de cine cubanos, demasiado refugiados en al ámbito de lo estético y poco animados al cruce de saberes que estimula la corriente de los estudios culturales.

Está claro que la precariedad social ha sido un tema común de la no ficción cubana y que, desde cortos como Buscándote Habana (Alina Rodríguez, 2006) y Las camas solas (Sandra Gómez, 2006) hasta largos mejor conocidos, como Suite Habana (Fernando Pérez, 2003), la cuestión de los ambientes sociales de pobreza material aparece constantemente en los documentales. Y que la dialéctica de la subsistencia y de la privación no es mero asunto de fondo, pues resulta en general tematizado a través de la puesta en escena y del tratamiento fotográfico, así como desde la proposición del tema y la elección de los personajes.

A menudo, lo anterior ha venido acompañado por un compromiso formal que no se desliga de la responsabilidad ética con los sujetos representados. En menos ocasiones, se ha tratado de pura y dura pornomiseria, que exhibe el dolor ajeno sin preocuparse por la verdad que porta el individuo retratado o por la complejidad de un asunto que, desde la perspectiva de la teoría social de las sociedades socialistas, ha merecido escasa atención y desarrollado pocas herramientas de estudio a las cuales recurrir.

Esta manera de pensar el audiovisual local supone un salto en el esquema de pensamiento que acerca de él ofrece la institución académica. Como mismo indica que las irradiaciones que provoca llegan más allá de lo puramente estilístico o formal. Este panorama también comenta la fragmentación de saberes en circulación, la complejidad de las ideologías de la realidad en acción en la Cuba actual. Incluso cuando los alumnos de Historia del Arte propenden a examinar el corpus creativo de video-artistas o de realizadores de la experimentación, están dando cuenta de esa misma ruptura de ideologías profesionales, de modelos de análisis establecidos y jerárquicos. Pues un trastorno semejante al que experimental el audiovisual actual experimentan las artes visuales en general.

La cultura cinematográfica en Cuba hoy es mucho más vasta y diversa que lo permitido y ejercido hasta la década anterior dentro del modelo Instituto Cubano del Arte e Industira Cinematográficos (ICAIC). La aspiración de nuestro audiovisual actual a indagar en la estructura de lo social provoca que sus piezas a menudo sirvan como mapa de síntomas abierto a la exploración y el estudio más allá del orden clásico. Que la obra de la nueva generación de realizadores cubanos despierte el interés de la universidad, es un indicio de su vitalidad e importancia. Y de que entre nosotros el cine sigue siendo un dispositivo político.

Sigan pidiendo mi ayuda. Mientras observo desde la barrera, disfruto la maduración inevitable de una generación cargada de preguntas y menos dogmática que la mía.

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