Una mirada triple a la animación en la 12 Muestra Joven ICAIC

Varias obras de animación presentadas en la pasada Muestra Joven ICAIC toman como punto de referencia la situación de la mujer.

Tomado de Cubacine

De las obras de animación que concursan en la presente Muestra Joven, tres trabajos tienen en común el tomar a “la mujer” como punto de referencia central de la reflexión que proponen; aun cuando cada corto discurse desde una sensibilidad estética propia, guiado por preocupaciones temáticas distintas. Mas, el hecho de que cada obra aborde una arista del universo existencial de la mujer no implica a priori que tengan una vocación feminista; lo que los aúna es el interés por focalizar un breve lapsus del devenir vivencial de un personaje femenino, inmerso en una circunstancia concreta. Con un acento antropológico y trágico, tenemos a La madre, una de las dos propuestas con que participa Ivette Ávila en esta muestra; con un tono más sociológico y costumbrista está Lavando calzoncillos, de Víctor A. Cedeño; y en una tesitura más poética e introspectiva, La luna en el jardín, de Yemelí Cruz y Adanoe Lima.

Ivette Ávila, que ha tenido una participación sostenida en la muestra desde su octava edición, es hoy una artista virtuosa de la técnica de animación stop motion. El alto nivel plástico que posee La madre demuestra la madurez estética y el dominio técnico que ha alcanzado Ivette como animadora. Esta obra versa sobre la agonía de una mujer sumida en la más tétrica pobreza y en la más terrible de las angustias: no tener ni una gota de leche para alimentar a sus dos crías hambrientas. Martirizada por el llanto de los bebés, la madre no encuentra otra salida que tomar un cuchillo e ir hacia la cama para ponerle fin a los gritos de las criaturas, al hambre y a la agonía de la miseria… Es un homenaje a la capacidad ilimitada de sacrificio que poseen las madres. Ese acto de ofrecer su sangre es un símbolo, un gesto que totaliza la esencia antropológica de la maternidad.

Con la técnica del stop motion, Ivette logra una plasticidad visual muy rica en detalles, texturas, colores, volúmenes y, sobre todo, una caracterización física de los personajes llena de matices y sutilezas. La marioneta que da vida al personaje de la madre posee una carga dramática muy fuerte. Su corporeidad maltrecha es la expresión sensible de las secuelas de una vida ahogada en la miseria: el rostro agrietado, el pelo raído, los senos marchitos y secos, los ojos desorbitados, toda ella es la pura expresión de la angustia y la impotencia. Pero además de la atmósfera dramática y trágica que posee el corto, contenida en lo fundamental en la precariedad del hogar y la brillante animación corpórea del personaje de la madre, Ivette Ávila no renuncia a la poesía visual, a la magia de los colores y las formas, a las asociaciones visuales, a la potencia semántica de la imaginación que transmuta un signo en otro, una realidad sensible en otra.

Víctor A. Cedeño, quien desde la novena edición de la Muestra había venido alcanzando popularidad con la saga de Dany y el club de los verracos, nos sorprende en esta ocasión con un corto que se desmarca un tanto de esos trabajos precedentes, pero que conserva sin dudas ese humor sutil, fino, agudo, extraído del manejo ingenioso del registro lingüístico y los estereotipos de la cultura popular. Lavando calzoncillos se centra en las diatribas diarias y rutinarias que sostiene consigo misma una ama de casa de mediana edad, una vez que el esposo y el hijo adolescente salen a vivir su día en el espacio social y ella queda recluida en el interior del hogar, agobiada por la carga del trabajo doméstico y la soledad.

En esta obra, Víctor A. Cedeño asumió un reto un tanto delicado: ponerse en la piel de una mujer ama de casa, drenar su psicología, hacer fluir su drama existencial a través de sus propias palabras, lo cual implica estructurar desde el lenguaje la manera en que ese arquetipo femenino concretiza la realidad que le circunda. Y salió airoso, lo cual es más que meritorio. Este joven realizador cienfueguero, de formación autodidacta, posee esa capacidad de penetrar las complejidades de las relaciones sociales, como un sociólogo empírico que capta las esencias de los fenómenos sin más método teórico que la observación y el sentido común. La representación que logra Víctor de la mujer encargada de las labores domésticas, parte de los estereotipos de género, pero la manera en que construye a su personaje con esas marcas de identidad, tanto icónicas, costumbristas, como psicológicas, tiene el saldo cognoscitivo de descongelar el estereotipo en el mismo acto de su proyección dramática, logrando así una figura popular insuflada de sangre en las venas, con la frescura y la espontaneidad de la vida misma.

Lavando calzoncillos subvierte esa concepción prejuiciada que solemos tener –tanto hombres como mujeres– de la ama de casa como un ser vaciado de conflictos existenciales, de deseos, aspiraciones, frustraciones, expectativas de vida, ambiciones, etc.; porque cargamos con el prejuicio histórico y suponemos, a priori, que la persona que no tiene un rol profesional o social al exterior del hogar; es, en consecuencia, un cero a la izquierda, sin nada que decir o aportar a la sociedad, lo cual constituye un acto de pura violencia simbólica. El personaje protagónico del corto sí habla, sí expone sus frustraciones, su inconformidad, nos demuestra que está viva, que tiene deseos y expectativas, solo que su forma de enunciación es el monólogo interior, el diálogo del yo con el alma; una solución dramática muy efectiva, pues permite poner al descubierto otra problemática medular: la incomunicación que agrieta la convivencia de una familia en apariencia estable, normal; el deterioro de un matrimonio todavía joven, que se ha dejado asfixiar por la rutina y la abulia. Que ella solo sea capaz de descargar el sinsabor de su vida consigo misma, además de ser patológico, por supuesto (paranoia con el marido y las adiestradas), es una evidencia y una consecuencia de la manera en que los esposos y los hijos, como generalidad, suelen ignorar y subestimar a esas mujeres sostenedoras del hogar –posibles motivos de la inseguridad y baja autoestima del personaje. En los escasos momentos en que los cónyuges se dirigen la palabra, son meros balbuceos lo que escuchamos, como sucede en el desabrido encuentro en el centro de trabajo, o cuando él llega en la tarde, jaba de papa en mano, y le dice: ¡Eh y qué, cómo está la cosa!; a lo que ella responde: ¡Ahí! Ese contraste entre la fluida elocuencia del monólogo de ella y las entrecortadas palabras que ambos se dirigen es uno de los principales aciertos dramáticos de este corto.

En relación con el estilo de animación, en esta ocasión Víctor vuelve a recurrir a la programación en Adobe Flash, al trazo lineal y sintético, de ambientes y formas minimalistas; pero al mismo tiempo con un preciosista nivel de detalle, no en términos miméticos, sino de recreación icónica de la realidad social que se intenta representar: la forma de vestir, el entorno arquitectónico, los objetos y los útiles del hogar que conforman la visualidad estándar de cualquier morada cubana, etc. Esta visualidad minimalista y Taif, si se quiere, contrasta con el estilo de interpretación de voces de los actores, que pretende ser el más espontáneo y cercano al registro del habla popular cubana, con lo cual se logra un sugestivo efecto naturalista –una de las razones por las que el público se identifica y se reconoce con mucha facilidad en los cortos de Víctor A. Cedeño.

El diseño de banda sonara también merece ser elogiado. Los dos temas musicales empleados, los efectos de sonido, todo tributa con organicidad al desarrollo dramático de la historia, que oscila entre el dinamismo y la sabrosura que aportan los acordes del tema utilizado para ambientar el comienzo del día y la faena hogareña de la protagonista, y el tono más triste e intimista, nostálgico, con que se carga el atardecer y la noche. Al día siguiente se enciende la espiral de la hornilla eléctrica y, al son del cacharreo del desayuno, volvemos a escuchar los mismos acordes que nos anuncian la misma rutina; en el instante en que despide a los suyos en el portal, se fruncen otra vez los ceños de la dama y se desata el sermón suyo de cada día: “zorro…, siempre soy yo la que tiene que darle forma a esta pocilga de casa…”, etcétera, etcétera, etcétera…

La luna en el jardín llega a la muestra con el aval de haber sido reconocido con la Mención del Jurado en el género de animación, en el pasado Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. El corto está inspirado en la novela Jardín, de la gran poetiza cubana Dulce María Loynaz, específicamente los realizadores recrean lo narrado por Dulce María en el prólogo de su única novela. Este es un animado poético e introspectivo, como lo definía al comienzo; y no podía ser de otra manera, teniendo como punto de partida e inspiración la prosa y el imaginario poético de la Loynaz.

Tanto el mundo del jardín –metáfora de la reclusión espiritual, de ese estado de naturaleza humana que se mantiene puro, no deformado por la vida social–, como el afuera, la vida desparramada en la convulsión, el ruido y el ritmo de la gran ciudad, son representados por estos dos jóvenes realizadores y su equipo de trabajo con un virtuosismo estético impresionante. Yemelí Cruz y Adanoe Lima, que son artistas de formación plástica, lograron congeniar en esta realización tres técnicas de animación: flash, stop motion y 3D; y el saldo estético que aporta cada una de ellas dota al corto de una visualidad sui generis en el panorama del animado cubano actual.

La secuencia inicial de la ciudad fue realizada con el programa Adobe flash, mas la profundidad de campo y la riqueza de volúmenes que observamos no tienen nada que ver con la planimetría que asociamos a ese tipo de animación 2D –o por lo menos a lo que se nos tiene acostumbrados.

Por cierto, el hecho de que la ciudad que contrasta con el jardín–como el afuera caótico–, sea una Habana del futuro, saturada de grandes edificios, trenes elevados, carros, letreros lumínicos, etc., es un gesto conceptual que proyecta la filosofía poética contenida en la novela de Dulce María más allá de nuestro presente, haciendo trascender en el tiempo el presagio de esa angustia humana, esa desvalidez y convalecencia emocional que es patrimonio de los espíritus sensibles, sin importar los tiempos que corran –de ahí que siempre existirá un reducto para lo poético.

Por su parte, el entorno del jardín fue programado en 3D, fondos a los que se integró la animación en stop motion de la marioneta que da vida a la bella y delicada dama de ojos redondos y cristalinos, que son como espejos que refractan todo lo que ven. La visualidad trabajada en 3D, que da al jardín una apariencia fluorescente, no resulta un divorcio con el tono más pálido, de un gris verdoso, que posee la ciudad; más bien este contraste funciona como una demarcación dramática de los espacios desde la propia visualidad: mágico, onírico, lírico, el jardín; más ordinaria, fría e impersonal, la ciudad. Sin dudas, es este un fino trabajo de realización; poesía visual, no exenta de sentido, emoción, lirismo, con el rigor y la fineza estética con que merece ser homenajeada Dulce María Loynaz.  

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