Vuelos prohibidos o Cuba dice. The movie

La película más reciente del director cubano Rigoberto López deja mucho que desear…

Fotograma de Vuelos Prohibidos

Foto: Tomado de Cuba Debate

Todos los malos presagios y aprensiones (no niego que prejuiciosas y puramente sujetivas) que provocaron en mí el conocer hace un tiempo sobre la producción de un nuevo largometraje cubano protagonizado por el intérprete de música popular Pablo Fernández Gallo –o Pablito FG para los grandes públicos–, fueron vastamente refrendados por la reciente apreciación de Vuelos prohibidos, segunda incursión del documentalista Rigoberto López en la ficción; a más de una década de su debut en tales lides con el melodrama de época Roble de olor (2003).

Recelo personal aparte, Pablito no es a la larga lo peor de esta pieza, en su rol de  Mario, fotorreportero de guerra-habitante de una barbacoa-padre de un emigrante, a pesar de su muy penosa interpretación, marcada desde el primer minuto por las más puras inorganicidad y nulidad dramática. Limitado todo el tiempo a reproducir de labios afuera las parrafadas de ingenua reafirmación patriótica y pseudo(auto)crítica sociopolítica que el director, también co-guionista junto a Julio Carranza, pone en su boca, para que se desborden en atorrante cascada de reflexiones, por demás, muy ingenuas y nada originales. Francamente, son ridículas, en tanto emite a troche y moche estos moderados criterios sobre el consumo voluntario del vino agrio de plátano (¡Martí, tápate los oídos!), que parecen tomados del diario personal del realizador, quizás de alguna intervención suya en cierta asamblea de artistas o de la circunscripción. Justo en medio de un supuesto rejuego de seducción, foreplay y final coito con la coprotagonista Sanâa Alaoui (Monique), para demostrar que, a pesar de todo, “es una película de ficción”.

Grandes víctimas son ambos actores de una no-dirección actoral que parece haber “matado y salado” la cosa a base de primeras tomas, llevando al abismo incluso a figuras como Daisy Granados y Mario Balmaseda, cuyos breves minutos en cámara son poco menos que lamentables sketches, puras autocaricaturas farsescas. Frutos amargos estas “actuaciones especiales” de las palmarias impericias de López en el trabajo con actores tan icónicos del cine cubano como estos dos respetables nombres. El minuto dedicado a Manuel Porto es lo único histriónicamente salvable, pues una vez más se demuestra que él no necesita ser dirigido para actuar bien.

Volvamos al principio…La nueva entrega de ficción del realizador de Yo soy del son a la salsa (1996) avanza par de siglos respecto a su debut de Roble…, hasta una indefinida actualidad, pues se refiere que Monique, nacida en 1969, solo tiene 34 años (la matemática básica remite a 2003), y aunque López persiste en el desarrollo de un romance, se decanta por una perspectiva más intimista minimal…o al menos eso creo que pretendió.

La trama es muy sencilla: una francesita, fruto de un affaire suscitado entre su madre francesa con un cubano, durante su visita a la isla en 1968, decide volar a Cuba décadas después, tras una crisis existencial no clarificada, quizás una pura malcriadez de burguesa primermundista que pudo haberse resuelto con la consulta al consabido psicoanalista —aunque eso es más del american way of life: los europeos no, ellos realizan viajes de autoconocimiento a exóticas tierras del Nuevo mundo. Acotar que la memoria visual de la progenitora en la Cuba de los sesenta consiste en la proyección de archiconocidas imágenes documentales de la época, a varias de las cuales se les agrega una actriz que representa la juventud de la señora, con todas las intenciones (no puedo pensar otra cosa) de que se note a kilómetros la impostura, como si los supervisores de VFX de Vuelos… no hubieran aprendido nada de Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994) y las verosímiles integraciones del homónimo personaje en los materiales de archivo de décadas atrás.

Continuamos…resulta que de la manera más puerilmente embarazosa para Sanâa, Pablito y el breve personaje del camarero francés de aeropuerto que se esfuerza por ser gracioso, Monique se da de bruces en una terminal del Charles de Gaulle (es el Charles de Gaulle ¿no?) con Mario y, acto seguido, pasan a involucrarse en una equívoca relación eroto-política-pedagógica que, favorecida por un retraso del vuelo (nunca una prohibición como reza el equívoco título del filme de marras), resulta mero pretexto para que el director, entre flirteo y flirteo, largue criterio tras criterio sobre las problemáticas cubanas, o más bien flirtee un poquito entre criterio y criterio: que si la situación en Cuba está dura, que si se cometieron muchos errores a lo largo de los años de la Revolución pero que a pesar de todo la nuestra es la sociedad más justa del mundo (paráfrasis casi literal), que si los cubanos emigran mucho y hay más gente que casas, que si la música, el baile, el Caribe, las barbacoas, par de versos de Nicolás Guillén y Fayad Jamís… En fin, catarsis o profesión de fe formulada —desde una voluntad kitsch, reforzada por los desnudos de Sanâa y el sexo en slow motion— en la confortable habitación de un hotel parisino. Todo esto pudo ser mejor y coherentemente canalizado en un artículo que cualquiera de los periódicos oficiales cubanos hubiera publicado con gusto; o resuelto en un documental, al estilo quizás de la bastante digna serie Cuba Roja, gestada por Ismael Perdomo. Quizás una entrevista especial para el segmento Cuba dice, del Noticiero Nacional, hubiera bastado.

Estamos, además, en presencia de un guión fatalmente escrito y asesorado en lo absoluto, lejos de toda idea de lo que es la metáfora, la sugerencia, el símbolo, hasta el más elemental sentido de la verosimilitud, la diégesis y el diseño de personajes: vanos títeres a través de cuyas bocas discursa incontinentemente el director, cual poco sutil ventrílocuo (Pull the strings!, gritaría Bela Lugosi en una cinta de Ed Wood Jr.). Puro ensarte de apuntes e ideas apenas bosquejadas es el libreto, sin pizca de madura elaboración.

Solo salva la honrilla la sobria y precisa fotografía del experimentado Ángel Alderete. Le dedico una oración aparte y todo.

Con Vuelos prohibidos se cierra entonces otro desafortunado episodio de la fílmica nacional, que engrosa un índice nada breve de lo que debería rectificarse en una realidad alternativa.

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