Alejandro Saderman: un realizador de muchos tiempos

Hace un par de semanas, en Altercine se publicó un texto que evocaba el medio siglo del documental cubano Hombres de Mal Tiempo (1968). Ahora, el propio autor de aquella reseña dialoga con el realizador de la cincuentenaria película, el argentino Alejandro Saderman.

El realizador argentino, Alejandro Saderman.

Foto: Cortesía del autor

Hasta hace pocos días, el argentino Alejandro Saderman (Buenos Aires, 1937) era solo una referencia lejana para mí. Había visto algunos de sus documentales sin saber que eran de su autoría. Admito además que desconocía sus películas. No fue hasta conversar con mi colega y amigo Dean Luis Reyes, que advertí mejor la figura y obra de Saderman.

Pero reparé por primera vez en Hombres de Mal Tiempo (1968), documental de una poética y deferencia humanística osadas, por inaugurales en nuestro contexto posrepublicano: filmar a mambises vivos y memoriosos junto a reconocidos actores. En consecuencia —y sospecho la inclusión de la espontaneidad—, pretendió el equipo de realización, y lo logró, hilvanar una curva de interés con informaciones verídicas y componenda ficcional. El atrevimiento de esta obra no se localiza únicamente en su inquietante puesta en escena o en su rareza temática, sino en el tono desenfadado y serio a un tiempo, amén de que la propia edición y toda la dramaturgia le conceden un impacto tremendo al enunciado verbal y visual.

Pocas veces amenidad y rigor van de la mano en un documental donde la historia consiente su propio registro, no sin antes hacernos un guiño irónico para la posteridad. En vista de los valores artísticos e históricos de Hombres de Mal Tiempo, me complace conversar con su director, Alejandro Saderman.

DANIEL CÉSPEDES: Por la información a la que he accedido, se dice que entre 1962 y 1971 residiste en Cuba. ¿Qué te motivó a establecerte por un tiempo en esta isla?

ALEJANDREO SADERMAN: Yo me había ido por primera vez de la Argentina en 1959. El plan original era realizar un stage en Polonia, pero por razones que aún hoy no logro comprender, el plan no se pudo concretar. Viajé desde Moscú, donde había participado del primer festival internacional de cine, a Milán, donde vivía y trabajaba David Altschuler como director de fotografía de la RaiTV, la televisión italiana. Altschuler había sido aprendiz y asistente de mi padre, el fotógrafo Anatole Saderman, y posteriormente había sido camarógrafo del cine argentino. Pensé que tal vez podría ayudarme a conseguir un trabajo en la Rai, cosa que no sucedió. Seguí viaje a Roma, donde en casa de un amigo argentino conocí a un guionista italiano, que me presentó a Alberto Chiesa, director de lo que se denominaba “Il cinematografico”, el departamento de producción cinematográfica de la Rai, que realizaba documentales, reportajes y otros materiales. Se trabajaba en 16mm, blanco y negro.

Me presenté, hablando en mi italiano elemental. Chiesa estaba produciendo una serie documental de seis capítulos de una hora titulada Giovani d´oggi, sobre la problemática de la juventud italiana de esa época, y le faltaba filmar algunos segmentos. Decidió ponerme a prueba y me encargó la realización de un reportaje a un joven de un pequeño pueblo de los alrededores de Roma.

En Argentina yo había filmado varios cortos, en 16 y 35mm, documentales y de ficción. Y los había hecho con las uñas, con la ayuda de un par de amigos y ocupándome de la producción, la fotografía y cámara, el montaje y, en algunos casos, hasta del corte de negativo. La primera salida con la Rai fue casi un susto. Yo era la máxima autoridad de un grupo de 25 personas. El director de fotografía, un regordete fascista de unos 60 años, me trataba de “dottore”. El reportaje gustó y seguí trabajando como director en la Rai durante mis cinco años romanos.

Hubo un intento de realizar un largometraje para niños con un amigo que tenía vinculaciones con el cine italiano, pero no se pudo concretar. Sentí que la posibilidad de dirigir largometrajes iba a resultar sumamente difícil, si no imposible. En Italia, el Columbianum, una organización jesuita, organizaba en las cercanías de Génova un festival de cine latinoamericano, al cual yo acudía regularmente, para encontrarme con los colegas argentinos y ponerme al día con el cine que se hacía en la región Debo decir que en Roma sentí por primera vez mi “latinoamericanidad”. De hecho, con otros colegas –brasileños, cubanos, venezolanos, chilenos- habíamos fundado el CLAR, Centro Latinoamericano de Roma. A la edición del festival de 1962 acudió Alfredo Guevara y nos invitó a un grupo de latinoamericanos que estábamos en París y Roma, a conocer la revolución, sospecho que con la idea de que dejáramos de malgastar nuestro tiempo en Europa y regresáramos a nuestros países a incorporarnos a la lucha social.

Mi viaje estaba pautado para octubre de ese año. Renuncié a la Rai, entregué mi apartamento y de pronto me llegó la noticia de que la fecha del viaje se había postergado. La razón: la crisis de los misiles. Terminé llegando a La Habana en febrero de 1963, pero lo que me ocurrió en esos meses perdidos es otra historia. Y una última aclaración: llegué a Cuba en el 63 y me fui en 1970, tras participar en la zafra de los 10 millones.

DC: Tu audiovisual Hombres de Mal Tiempo es un ejemplo de atrevimiento y creatividad, tanto en el tema como en la forma. ¿Consideras que esta obra fue posible gracias al espíritu epocal imperante en aquellos años sesenta?

AS: En 1968 se celebraba el centenario de las guerras de independencia. A raíz de ello, Julio García Espinosa, que coordinaba la actividad de los directores desde su oficina del quinto piso del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), nos propuso la realización de películas —me siento incómodo con la definición de audiovisual— que tuvieran que ver con esa celebración. Ese fue el motivo de que se me ocurriera la idea de realizar Hombres de Mal Tiempo. Que el “espíritu epocal imperante” tuviera que ver con el resultado, seguramente. Pero en algunos de mis documentales me interesó romper fronteras, borrar condicionamientos de género. Creo que Nicolasito Guillén y yo fuimos los únicos documentalistas que utilizamos el humor en nuestros documentales. Como por ejemplo, en Coffea Arábiga y Mangle Rojo.

DC: ¿Cómo surgió la idea de hacer el documental y cómo se conformó el equipo de realización?

AS: A partir de la propuesta de Julio, la idea comenzó a darme vueltas en la cabeza y me enteré —no recuerdo cómo— que en La Habana existía el Asilo de Veteranos, donde aún vivían los protagonistas de Hombres de Mal Tiempo. La conexión con Miguel Barnet fue instantánea, ya que uno de esos veteranos era Esteban Montejo, sobre quien Miguel había escrito Biografía de un Cimarrón.

Con Rodolfo López yo había realizado Oro de Cuba, y además éramos íntimos amigos. Tanto él como mi mujer, la actriz Ada Nocetti (La noche de los asesinos, Grupo Los 12), eran uruguayos y habían sido amigos antes de llegar a Cuba. Las dos cámaras adicionales estuvieron a cargo de Jorge Herrera y Pepe Riera, de probada idoneidad. Hay que pensar que Julio dudó antes de aprobar el proyecto. Se trataba de una propuesta sin garantía de éxito. Era un salto a una piscina que tal vez no tenía agua, o en la que nos podíamos ahogar. Supongo que la presencia de Camilo como productor era un modo de cuidar el proyecto. Y tal vez el montaje fuera una de las incógnitas más preocupantes, que Roberto Bravo resolvió con buena mano, y con el aporte de Jorge Pucheux en la truca. Creo que en el documental cubano pocas veces el resultado había sido tan poco previsible.

DC: Tuviste un apoyo de primera mano en esos veteranos de guerra, quienes fueron más que testigos presenciales, pues participaron en la batalla de Mal Tiempo, ocurrida el 15 de diciembre de 1895, no muy lejos del poblado de Cruces, en la actual provincia de Cienfuegos. Y se propicia esa mezcla fabulosa entre testimonio y ficción, naturalidad y profesionalidad. ¿Te lo planteaste como meta desde el principio? Cuéntame sobre estos especiales binomios.

AS: No fueron testigos presenciales, fueron actores protagónicos. Yo creo que los veteranos se entregaron felices a esta aventura, porque después de años de permanecer olvidados, esperando la muerte en ese asilo, alguien venía a preguntarles, a pedirles que narraran lo que había sido su participación en la guerra de independencia. Además, la batalla de Mal Tiempo fue el comienzo del fin  de la guerra. Por eso no solo contaron su experiencia personal, sino que se prestaron de buena gana al juego que les proponía la película y, en más de una ocasión, impulsaron el episodio. Como, por ejemplo, cuando uno de los veteranos desafía a un duelo con machete al actor Miguel Benavides. O cuando Cayetano Ramírez, el Gallego Mambí, después de descerrajar el tiro de gracia que termina con la vida del traidor interpretado por José Antonio Rodríguez, comenta complacido: “Quedó muy bien”.

A los actores que convoqué los conocía de sobra, constituían un grupo de los mejores del momento. Con algunos había trabajado en la única película de ficción que realicé en Cuba, el mediometraje Asalto al tren central. A otros los conocía como amigos y colegas de mi mujer, integrante de Teatro Estudio. Hombres de Mal Tiempo no contó con un guion y mucho menos con diálogos escritos. Era imprescindible que los actores fueran capaces de improvisar. Luego de la primera jornada dedicada a  filmar los testimonios de los veteranos, detuvimos el rodaje y con Miguel Barnet elegimos los episodios que iríamos a reconstruir en el resto del rodaje. Me ocurrió una cosa simpática. Cuando los actores vieron la película terminada, me confesaron que fue entonces cuando comprendieron 0para qué los había convocado.

DC: La vinculación entre memoria e imaginación bien pudo estar preconcebida en Hombres de Mal Tiempo y, si no fue el caso, de todos modos los protagonistas históricos la propician. ¿Qué me dices al respecto?

AS: El núcleo de la película, la capacidad de reconstruir, fue el punto de partida del proyecto. Lo que no estaba preconcebido era la reacción de los veteranos a la propuesta de la  reconstrucción. Si no hubiesen entrado en el juego, Hombres de Mal Tiempo hubiera terminado siendo un documental más de personajes hablando a cámara, las famosas talking heads. He filmado muchas entrevistas a ancianos de 108 años como Montejo, y a niños de cinco como en el documental Al Agua. Si la entrevista se limita a dar información, sería lo mismo que utilizar un locutor en off. La entrevista debe intentar retratar al personaje entrevistado, trasmitir su calor humano, su personalidad. Y hay que saber elegir a quien se entrevista y crear el clima para ese momento.

DC: ¿Cuáles fueron las referencias ideoestéticas que en aquel entonces influenciaron en la puesta en escena de Hombres…?

AS: Por aquellos años el ICAIC era un hervidero, muy probablemente la vanguardia del pensamiento cultural cubano. Cada vez que se terminaba una película, largo o corto, ficción o documental, se la proyectaba en el microcine del quinto piso con la presencia de directores y técnicos, que debatían acerca de lo que se acababa de proyectar. En una de esas actividades fue que Julio lanzó la consigna del “cine imperfecto”, que luego desarrolló y sistematizó, con consecuencias sensibles en la producción del cine latinoamericano, no todas rescatables.

Asimismo, en el ICAIC se trataba de ver lo más interesante que se producía en el mundo, con las limitaciones debidas al embargo y a dificultades económicas. Se pudo ver lo mejor de las cinematografías de los países del Este: Polonia, Checoslovaquia, Hungría. En relación con lo específico de tu pregunta, creo que la forma de Hombres de Mal Tiempo fue una consecuencia de su contenido. Definitivamente, es mi trabajo más experimental, porque nos lanzamos a realizarla sin saber cuál iba a ser el resultado.

DC: ¿Cuál fue el rasgo más experimental durante la realización?

AS: Sin ninguna duda, la reconstrucción de los episodios narrados por los veteranos. Fue una suerte de happening cuyo registro, con la tecnología actual –las minúsculas cámaras de video– hubiera resultado mucho más sencillo. Se filmó en 35 milímetros y con muy poca cantidad de película virgen. Sobre todo, si se tiene en cuenta que había tres cámaras filmando. Al tercer y último día de rodaje se acabó la película virgen y quedaba por filmar la escena final. Le pedí a Julio una lata más, pero no me la concedió. Es por eso que la escena final se resolvió en montaje.

DC: Una vez que terminaste el documental y se lo mostraste a aquellos mambises vivos, ¿cuáles fueron sus reacciones?

AS: Quedaron muy contentos. Eran como niños felices por haber participado de una fiesta. Fue muy gracioso verlos vestidos con sus mejores galas, tanto para la filmación como cuando vinieron a ver la película. Supe más tarde que el haber calzado zapatos para la ocasión los dejó con los pies doloridos y lastimados. Y Esteban Montejo me hizo una confesión escalofriante: me dijo que había comenzado a morir y que la muerte le subía desde los pies, que según él, ya habían muerto.

DC: ¿Dónde se estrenó Hombres de Mal Tiempo?

AS: Como todas las películas cubanas, sobre todo los documentales, se estrenó en la sala de la Cinemateca, en 23 y 12.

DC: ¿Cómo fue la recepción de los espectadores cubanos cuando vieron el material en un año en que también se filmó Lucía, Memorias del subdesarrollo y se estrenaba Aventuras de Juan Quin Quin?

AS: No puedo hablarte de la recepción de los espectadores cubanos, salvo la del estreno en la Cinemateca. Nunca entendí por qué los documentales cubanos no tenían más difusión. Supongo que con el tiempo fueron difundidos por la televisión, que es el vehículo más apropiado para este tipo de material. Pero recuerdo una frase que le dijo Miguel Barnet a Alfredo Guevara el día del estreno: “Eres consciente de que se trata de un documento fundacional”.

DC: Imagino que has visto esta obra en muchas ocasiones. A 50 años de la concepción y exhibición de Hombres de Mal Tiempo, ¿qué representa para Alejandro Saderman el habernos obsequiado a los cubanos un documental de un mérito temático y una validez antropológica incuestionables?  

AS: A lo largo de mi ya dilatada carrera de cineasta, con más de 40 cortos y medios -documentales y de ficción- y tres largometrajes, Hombres de Mal Tiempo sigue siendo mi trabajo preferido, y muy probablemente, el mejor. Fue una gran satisfacción para mí su inclusión en un programa de cine documental latinoamericano organizado por la American Federation of Arts, estrenado en el MoMA de Nueva York en 1992. Museo al cual regresé en 2007 para presentar El último bandoneón, mi último largometraje, en un evento que celebraba el décimo aniversario de Ibermedia. (2018)

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