Antonio Enrique González Rojas: “No he dejado de ser ese niño omnívoro” (Parte I)

Entrevista a uno de los críticos cubanos más activos y agudos del panorama actual.

Antonio Enrique González Rojas

Foto: Cortesía del autor

Al periodista, narrador y crítico de cine Antonio Enrique González Rojas, Tony, (Cienfuegos, 1981) lo admiré antes de conocerlo personalmente. Tuve acceso a sus comentarios sobre cine gracias a Cine Cubano: La pupila insomne, el sitio web de Juan Antonio García Borrero. Luego lo he ido leyendo en otras plataformas de proyección discursiva, como las revistas culturales, de las que él es un continuo colaborador.

Desde hace unos cinco años, tal vez más, somos muy buenos amigos. De Tony siempre me han impresionado sus muchas lecturas y su conocimiento sobre cine. Asombra que, para su edad, haya visto tantas películas, como si hubiera vivido dos o más vidas. ¿Desde cuándo empezó a ver cine este hombre? Todavía es un misterio. Y si a ello le añadimos su curiosidad por otros géneros, como el documental y el videoclip, el videoarte y las series, estamos, sin dudarlo, ante uno de los críticos de audiovisuales cubanos más entrometidos y considerados. Pues no tiene reparos en ver un clásico cubano o foráneo como en apreciar la obra de un joven creador del patio.

El autor de Voces en la niebla. Un lustro de joven audiovisual cubano (2010-2015), de Claustrofobias Ediciones, primer libro digital de crítica sobre audiovisuales en Cuba, es también, junto a Dean Luis Reyes y Mario Masvidal, una de las voces más autorizadas sobre animación nacional e internacional.

Tony también ha incursionado en el comentario radiofónico y es el guionista y entrevistador del programa televisivo Lente Joven. Asimismo, es atendible su elocuencia que, no pocas veces, emula con la ironía y agudeza de su escritura. Valiente, exuberante y riguroso, Antonio Enrique González Rojas es una de las personas menos pretenciosas que he conocido en la peliaguda faena que es la crítica de cine. Intento, con esta entrevista, ponerlo en aprietos, mas no por mis preguntas, sino por la imposición de un reloj. Desde hace años se sabe: Tony padece de incontinencia verbal. Ello no supone un límite para su desenfado intelectual.

Para salir ya de la duda, Tony, ¿desde cuándo empezaste a ver cine?

Por los testimonios de mi mamá, desde antes de “tener uso de razón”, pero me gusta señalar como el “momento mágico” el sábado que ella me autorizó a ver las películas de la programación televisiva nocturna. Más específicamente, la archiconocida como “Película del sábado”, un espacio verdaderamente antológico en el imaginario cultural cubano de varias generaciones. Yo tenía seis años, si mi recuerdo es preciso. Claro, ciertas escenas de desnudos excesivos o violencia extrema eran debidamente atenuados por las manos oportunas de mi mamá en la cara. A veces yo mismo las solicitaba, ante el miedo excesivo que me provocaban otras tantas cintas. Recuerdo de aquella época haber visto Cat People (Paul Schrader, 1982), Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Scanners (David Cronenberg, 1980), la segunda y tercera versiones de El motín del Bounty, respectivamente protagonizadas por Marlon Brando y por Mel Gibson: Mutiny on the Bounty (Lewis Milestone, 1962) y The Bounty (Roger Donaldson, 1984), Terminator (James Cameron, 1984), Enemy Mine (Wolfgang Petersen, 1985), Aliens (James Cameron, 1985), para mencionar apenas un puñado de las películas que fueron cimentando mi primera cultura fílmica. Con el especial lugar que un programa como Prismas —y su versión veraniega, Prismas bajo el sol— siempre guardará, con su singular exploración en panorámicas audiovisuales muy singulares para los cubanos: desde los seriales de suspenso y terror (Alfred Hitchcock´s Presents, Tales from the Crypt, The Twilight Zone…) hasta la documentalística cubana de sino independiente, y muy importante: la animación para adultos. Cardinal fue también otro programa sabatino extinto ya, titulado En Video, que desplegó para mí una amplísima gama de creaciones audiovisuales de Cuba y el mundo, sobre todo del área latinoamericana. Ya para entonces me aficioné a propuestas habituales como Historia del cine, Tanda del Domingo, un poco más adelante Toma 1 y tantos otros habituales que han ido y venido.

Así, el grueso del consumo de aquella época estaba totalmente condicionado por las perspectivas de una programación televisiva ochentera, donde la imagen en movimiento estadounidense regresaba triunfal y definitivamente al universo audiovisual cubano, tras unas décadas previas en que era mayor la presencia del cine de las naciones socialistas y de otras latitudes en general.

Esta incursión temprana mía en el mundo audiovisual “adulto” iba aparejada a un frenético y casi adicto consumo de toda la programación seriada y de largometraje dedicada a niños y jóvenes, con su legión de personajes que marcaron mi generación: Voltus V, Challenge of the GoBots, Hannah de la selva, Mazinger Z y Gran Mazinger, He-Man, Tecnopolicía en acción, Rui el pequeño Cid, Ulises 31. Y bueno, por qué no, Elpidio Valdés un poco, pero no tanto como estos otros anteriores: no puedo ser hipócrita a favor de la exaltación excesiva del nacionalismo que se espera cuando se habla de este personaje.

Largo estas listas no solo como puro desfogue nostálgico, sino porque son muy importantes para comprender quién puedo ser hoy. Las primeras experiencias culturales de la infancia son definitorias para todos, aunque algunos las desprecien y minimicen, o hasta pretendan olvidarlas. Pero su influencia pervive como una resonancia en eterna expansión a lo largo de todos los estratos de la vida.

También pude asistir a la emergencia de los primeros videoclips cubanos y programas dedicados a su promoción y análisis. Las novelas brasileñas, otro ícono transgeneracional del consumo audiovisual cubano, cobraron, igualmente, su cuota en mi percepción. Así como la “época dorada” de las producciones televisuales cubanas, más o menos enmarcada entre la década de los ochenta y la primera mitad de los noventa.

En fin, para no aburrir a golpe de remembranza, concluyo con que esta etapa fue definitoria para mi vida. Priorizaba la recepción televisiva a muchas actividades fuera del hogar, y nunca resultó un castigo para mí “no salir a jugar”, sino “te quedas sin televisión”. Estas últimas eran las verdaderas palabras mágicas para calmarme. Todo esto te dice que crecí como un consumidor omnívoro de todas las producciones posibles derivadas del cine originario, sin sujeciones rígidas a géneros, estéticas, modos y formatos. Siempre me desplacé y me he desplazado de manera transversal, nunca vertical, a través de este universo.

También determinó que el proceso de diálogo con cualquier obra filmada suceda de manera compleja, mezclándose orgánicamente la emoción, la racionalización, la deconstrucción, el análisis, la decodificación, la contrastación, la contextualización. Por eso soy casi incapaz de determinar mis métodos críticos. Pues no he dejado de ser ese niño omnívoro cuya vida transcurre simultáneamente en las dos dimensiones que separan las pantallas del TV, de la computadora, de la sala de cine, del tablet, del teléfono móvil…

¿De quién recibiste la influencia para hacerte crítico de cine, o nació el día menos pensado y luego te enteraste del terreno que pisabas?

Nació el día menos pensado. Por completo. Desde la infancia sí había querido ser astrónomo, historietista y escritor; en ese orden. Quizás hasta el minuto antes ni sabía que quería ser crítico. Creo que fue la maduración subconsciente de la sedimentación de décadas de lectura y visionaje y también de prestar particular atención a los comentaristas que presentaban o reconstruían las obras audiovisuales, sobre todo en la televisión, ya en programas dedicados al cine, como el inolvidable 24 x segundo, de Enrique Colina, o a la televisión, como el peculiar TV en TV que conducía Vicente González Castro. Gustavo Arcos y Joel del Río en el posterior Arte 7, Rufo Caballero en 24 x segundo, Cáscara de mandarina, Lucas. También en mi adolescencia comencé a leer a algunos críticos en la prensa.

Al finalizar el preuniversitario, ni siquiera sabía qué senda profesional iba a remontar; más bien sabía cuáles no iba a escoger (ciencias, medicina, abogacía). Pero aprobar el examen de aptitud de la carrera de Periodismo —a la que asistí una temprana mañana de sábado, con gran insistencia de mi mamá porque madrugara y no perdiera la oportunidad— fue un allanamiento definitorio del camino. Cuando matriculé en la Universidad de La Habana sí sabía que mi especialización sería en arte. Y me hice devoto de la Sala Caracol de la Uneac, con su programación bastante actualizada del acontecer mundial, así como del Festival de Cine La Habana y sus continuas tandas. Falté muchas veces a clase para ver cine. De hecho, la única asignatura a la que asistí religiosamente fue a una optativa dedicada al cine que impartió (y creo que aún imparte) el crítico Joel del Río. Y fue la que me hizo escribir más también. Aunque mis primeros intentos de escribir críticas fueron lamentablemente terribles.

Luego me gradué, empecé a trabajar en la emisora Radio Ciudad del Mar, en Cienfuegos, donde tuve la suerte de cubrir como redactor-reportero el “sector de la cultura”, y ahí comencé a escribir lo que prefiero llamar “proto-críticas” y hasta tuve secciones especializadas. Y por primera vez fui impugnado por “escribir muy enredado”, algo que no ha dejado de sucederme, pues tampoco he dejado de escribir con la “exuberancia” que me señalas en la introducción de esta entrevista. Pero siempre voy a preferir sobreestimar a los lectores que subestimarlos.

¿Cuál es tu definición de la crítica de cine?

A mí me gusta hablar más de lidiar con nociones que con definiciones rígidas. Es muy arriesgado reducir procesos culturales abiertos, dialécticos y mutables a escasas líneas y palabras, que ya de plano niegan esta dinámica. Para mí la crítica es un acto de creación, simple y llanamente. En lo personal, la veo también como un acto de participación en la construcción de sentidos colectivos plurales que requiere una sociedad. Es mi forma de quizás provocar reacciones entre los públicos, ya para validar, ya para denegar, y hasta para condenar. Pero, como sea, sería una actitud proactiva y no pasiva, recesiva ni indiferente. Pues la crítica, como todo acto de creación, es subjetiva, parcial, emocional, limitada, tendenciosa. Ningún juicio es absoluto y tajante. Ningún texto consigue aprehender globalmente al objeto de análisis.

Atrás quedaron los tiempos de la deificación del crítico como orientador, mediador o iluminador. Nada de eso. Por eso en mi programa televisivo no prologo los materiales que se van a proyectar, sino que prefiero hacer epílogos, para no condicionar previamente lo que se verá. El comentario viene cuando todos los implicados están en igualdad de condiciones para opinar. Estemos o no de acuerdo.

Libre de cualquier “responsabilidad” formativa o más bien de didactismo, encaro todo acto de escritura con libre placer. A veces quedo complacido con los textos. Pero las más de las ocasiones quedo muy insatisfecho, pensando que no alcancé a sajar con suficiente profundidad. No me abandona el terror del principiante, ante la duda de si su material será o no publicable. Y no me faltan razones.

¿Ves más cine de lo que lees sobre él?

Definitivamente. Prefiero el diálogo directo con las obras audiovisuales. Soy obsesivo con la autenticidad de mis juicios. Incluso, cada vez que me propongo escribir de algún estreno, generalmente evito leer todo lo que se haya publicado al respecto. Quizás el texto resultante sea escaso, torpe o frívolo, quizás diga cosas que ya se dijeron, pero tengo la satisfacción muy íntima de que fue fruto de una interacción totalmente virginal con la obra analizada. Sigo siendo un consumidor, un espectador, y me nutro de la recepción. Las críticas que escribo generalmente se basan en referentes audiovisuales o literarios, o históricos, o plásticos, casi nunca teóricos, pues me gusta articular mis propios constructos conceptuales, mis propias categorías. Ya te decía que es un acto de creación. Cada texto va armando su propio entramado metodológico a medida que se redacta. Incluso, lo último que escribí (y con mucha ayuda) de mi tesis de licenciatura fue el capítulo metodológico. Y no quiero hacer más tesis académicas en mi vida.

¿Hay algún libro sobre cine que vuelves a leer?

Cine o sardina, de Guillermo Cabrera Infante, y La pantalla diabólica, de Lotte H. Eisner.

¿Qué crees del incremento de materiales pornográficos en la visualidad contemporánea?

El sexo es la dinámica natural humana más desnaturalizada en la sociedad contemporánea, gracias a la preeminencia del puritanismo conservador de sino judeo-cristiano. Los círculos creativos más radicales y desprejuiciados han ido erosionando este rígido entramado moralista puritano a fuerza de legitimar toda la ritualidad sexual, como parte intrínseca de la existencia. El cuerpo desnudo como principal dispositivo erógeno ha corrido con el mayor estigma representacional, y su abordaje desprejuiciado es una lucha contra la estigmatización de su anatomía, contra su ocultamiento, contra su embozo tras las máscaras culturales que son los indumentos y, sobre todo, contra su negación como dispositivo sensorial.

No tengo nada contra la pornografía, que no es lo mismo que el sexo real en cintas con otros objetivos y conceptos. Este es un recurso válido como cualquier otro y lo mejor es asumirlo desde la naturalización y no desde el escándalo, tanto por parte de los realizadores como de los receptores. Sin negar tampoco la estimulación de la libido que puedan suscitar tales secuencias. Excitarse sexualmente con cuerpo e imágenes de cuerpos no es malo, como se han encargado de inculcarnos durante más de dos mil años. Adelante con eso…

Sé que ves toda suerte de géneros. Pero me encantaría saber cuál prefieres y por qué.

No me decido entre la ciencia ficción y el terror. Ambos los tengo en la misma categoría. Además de que están en la mera génesis de mi cultura audiovisual, reservándose vitaliciamente los principales nichos emotivos, han permanecido en mi preferencia por ser de los más propicios reservorios de elucubración mitológica y de libertad imaginativa. Así como resultan para mí los más expeditos canales hacia la esencia de ese misterio que Einstein dice que está en el corazón del verdadero arte y la verdadera ciencia. La creación artística consiste, en esencia, en generar alegorías y mitopoéticas. Así fue en los inicios de la razón, hace unos milenios, y no ha dejado de serlo. Y estos géneros (se le suma lo fantástico, que tiene de ambos) son los que más orgánicamente dialogan con tales esencias.

Además, me reconozco a plenitud como un nerd. Siento un puro y llano gusto por los monstruos, las naves espaciales, los robots, los horrores innominables de sino lovecraftiano. Así de sencillo.

No olvidar que no pocas de las mejores películas de todos los tiempos están cimentadas en estos géneros. El gabinete del Doctor Caligari, de Robert Wiene, El Golem, de Paul Wegener, los Nosferatu, de F. W. Murnau y Herzog, Metrópolis, de Fritz Lang, Vampyr, de Carl Theodor Dreyer, La carreta fantasma, de Victor Sjöström, Cat People, de Jacques Tourneur, Los ojos sin rostro, de George Franju, Stalker y Solaris, de Tarkovsky, 2001: una odisea espacial, El resplandor y La naranja mecánica, de Kubrick, Blade Runner y Alien, de Ridley Scott, El exorcista, de William Friedkin, La novia de Frankenstein, de James Whale, Kwaidan, de Masaki Kobayashi, La salvaje y azul lejanía, también de Herzog, Ghost in the Shell, de Mamoru Oshii, Akira, de Katsuhiro Otomo, Nausícaa del Valle de los vientos, de Hayao Miyazaki, Gojira (Godzilla), de Hishiro Honda, Suspiria, de Dario Argento, El día que la tierra se detuvo, de Robert Wise, Psicosis, de Hitchcock, La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero, La cosa de otro mundo, de Christian Nyby y La cosa, de John Carpenter… una muy muy larga lista que resulta mi mejor argumento. Estos géneros están vitalmente aferrados a la médula del audiovisual y si se retiran, muere el Séptimo Arte.

Acá tienes otra lista.

Una película que no te cansas de ver.

Bueno, cada fin de año tenemos un ritual familiar: ver de corrido las versiones extendidas de la trilogía fílmica de El señor de los anillos, de Peter Jackson. Más de 10 horas de fantasía, buen cine y rositas de maíz. También he visto muchas veces las tres películas de Monty Python: Monty Python and the Holy Grail (Terry Jones & Terry Gilliam, 1975), Life of Brian (Terry Jones, 1979) y Monty Python’s The Meaning of Life (Terry Jones, 1983). Me recuerdan la relatividad y levedad de todas las construcciones culturales, susceptibles de discutir, desmontar y reformular. Y alimentan la vena sardónica y satírica que puede notarse muchas veces en lo que escribo y lo que hablo. Tú me conoces.

Esta selección personal quizás me haga perder legitimidad ante algunas perspectivas, pero decir que veo Satantango (1994), de Bela Tarr, una vez al año, sería una hipocresía, una petulancia y sobre todo una mentira. (2018)

(Continuará)

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