Diana Montero y sus heroicas mujeres rurales

Entrevista con la joven realizadora del documental “abecé”, recientemente premiado en varios festivales latinoamericanos y caribeños.

Fotograma de abecé, de Diana Montero

Primero fue la noticia: el documental abecé, de la joven realizadora Diana Montero, había sido premiado como mejor película corta en el Festival Internacional de Cine de Trinidad y Tobago, en octubre de 2014. Después, supe que esta obra ha estado recorriendo varios festivales internacionales del orbe . Motivado por estas buenas nuevas, aproveché la presencia de la realizadora en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV), de la cual se graduó como documentalista en su última promoción, para conversar sobre abecé, su formación como directora y su obra más reciente.

La breve filmografía de Diana Montero me llamó la atención desde que debutó en la XII Muestra Joven ICAIC con Él eres tú, un conmovedor documental realizado a partir de una experiencia personal: la enfermedad terminal de su madre, debido al cáncer. El filme está estructurado como un video carta y se apoya en los propios recuerdos de la directora, quien emprende un viaje a sus orígenes mediante meditaciones y confesiones, que hace ella misma como narradora, a partir de la experiencia de haber vivido una relación distanciada, desde lo emocional y físico, con su progenitora .

Lo primero que me llamó la atención, en el diálogo con Diana Montero, fue el empleo de la palabra “heroica” para definir a sus protagonistas femeninas, pues incluyéndola a ella como intérprete principal de su ópera prima, sus otros dos documentales: abecé y Milagrosa, tienen también a mujeres como centro de las historias, con la particularidad de que todas viven en zonas rurales. Al respecto, me dijo:

“Yo tengo cierta empatía con esos personajes porque crecí en un pueblito en el Cotorro, en las afueras de La Habana, y mis abuelos en un momento de sus vidas fueron campesinos, aunque después vinieron para la ciudad. Mi abuela paterna era de Guantánamo y mi abuela materna de Matanzas.

“Hasta los 18 años tuve una vida súper humilde, viví en una casa de madera con toda la situación mobiliaria idéntica a los lugares donde he filmado, por eso me siento muy a gusto en esos sitios y entiendo el modo de vida y toda la cotidianeidad de esas mujeres.

“Por otra parte, en lo que se refiere a las historias, lo que me interesa de ellas es que, debido a compromisos familiares, su vida tiene un destino determinado y, al final, tienen que cargar con el peso de la responsabilidad de todo su contexto familiar”.

Antes de graduarse como documentalista, ella había terminado la Licenciatura en Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Sobre cómo una especialidad la llevó a la otra en su vida, me comentó:

“Antes de entrar a Historia del Arte, yo hacía foto fija, y entré a Historia del Arte por el nivel de exigencia de la carrera. Dejé a un lado la creación y aproveché todo lo que me brindaba la Universidad de La Habana, los profesores, cada asignatura, y tuve una formación increíble, y además, aprendí muchas herramientas para investigar, que es fundamental para enfrentar la creación, pues aprendes a enfrentarla a través de la palabra, la escritura y eso me hacía sentir bien; pero nunca sentí que mi medio de expresión iba a ser ese, ni que mi lugar estaba detrás de un escritorio como una polilla.

“Me gusta el contacto con la gente, el trabajo de campo y reflejar ese tipo de trabajo en los medios, y eso estaba, para mí, en la fotografía o el audiovisual. Lo que hice entonces fue integrar todas las herramientas que había aprendido, tanto en la foto fija como en Historia del Arte, y utilicé el documental como el soporte más idóneo, porque lo mezcla todo: imagen, investigación de campo, y al final puedo dar mi punto de vista”.

Abecé, la segunda obra de Diana Montero, cuenta la historia de Leonedi, una niña de apenas 12 años, convertida en madre y responsable de un hogar en los parajes más intrincados de las zonas rurales cubanas.

Para construir este corto, empleó un punto de vista inquisidor y sus recursos narrativos se limitaron a la entrevista, conducida por ella misma, quien, al mantenerse todo el tiempo fuera de cuadro, marca la distancia entre su objeto de representación y ella como sujeto discursivo.

Acerca de lo que está ocurriendo con esta obra en los Festivales internacionales, la realizadora me confesó:

“Ha sido muy bueno y muy lindo también, porque se ha visto en América Latina, en el Caribe y ahora se está viendo en diversos festivales de Europa, festivales de tradición como el de Bilbao, y eso es bueno, que se pueda socializar el trabajo; y lo lindo es que he tenido el feedback de las personas que lo han visto en los festivales y de los que lo han exhibido, así tuve la recepción del programador del Festival de Trinidad y Tobago, y me escribió uno de los jurados, con el interés de socializarlo entre sus alumnos, porque algunos son también profesores de cine.

“Me llama la atención que la temática del documental puede tener cierta novedad en Cuba, porque sobre ese tópico no se habla aquí, es decir, sobre niñas que tienen hijos a una corta edad, y eso puede ser, de alguna manera, un asunto que está saliendo a la luz; pero en Latinoamérica es un problema todavía, al igual que en el Caribe, y lo que me sorprende es que el documental sea novedoso para las personas que lo ven desde esos otros países, quizás lo que les parece novedoso es la forma en que está hecho, digamos por la cercanía en la entrevista y la manera de filmar. Entonces eso me hace sentir bien, porque es un tema sumamente vigente en Latinoamérica”.

Abecé marca el tema caracterizador, hasta hoy, de la breve filmografía de esta realizadora: el interés de contar historias sobre mujeres y, en especial, las que ocurren en el espacio rural cubano, invisibilizado en los medios de comunicación nacional.

Este interés quedó ratificado en Milagrosa, la obra que le sirvió para graduarse en la EICTV. El texto audiovisual, de poco más de 28 minutos, narra la historia de Dalkys, una mujer madura que vive con su esposo, Evelio, en una pequeña comunidad llamada La Salada, en Santiago de Cuba. Desde hace 21 años, ella oficia como curandera mediante un ritual de sanación basado en la invocación a San Lázaro. Así sana a enfermos que acuden desde todas partes de Cuba. En el interior de su hogar, cuida a Evelio, quien padece una diabetes avanzada; pero la falta de fe de su esposo, unido a su progresivo agravamiento físico, hacen dudar a Dalkys de su don.

Diana Montero se aproxima, mediante el método observacional, a la dicotomía entre creencia y ciencia; pero desde la perspectiva de una mujer en esos terruños apartados, donde el enfrentamiento a las difíciles condiciones de vida encuentran una salida en la fe basada en las supersticiones.

“Ella es una mujer sola y está tan sola en la ceremonia como en su vida privada, porque la relación con este hombre está muy desgastada, están más por el compromiso de mantener la familia que por lo que siente el uno por el otro.

“Dalkys es una mujer heroica, porque es la curandera de la comunidad, sobre todo su método es a nivel emocional, que para mí funciona porque le insufla mucha energía a la gente; pero está sola y no tiene con quién compartirla.

“Lo que pasa ahí -y no sé si en la película queda todo claro, pues uno tiene que conocer cómo funciona-, es que ella no puede curar a Evelio, porque él no cree en ella y esto último es muy importante en este tipo de práctica; es decir, tú sanas si vas con fe y si confías tanto en el santo como en la persona que en nombre del santo te atiende, y como la relación está dañada, esta otra cuestión de compartir la fe y la creencia también está afectada, por eso es que ella no puede hacer nada.

“Evelio siente dañada su representación de macho de la familia porque está enfermo, esa condición la siente afectada y le incomoda mucho, y Dalkys es como la mujer de la casa, típica ama de casa de campo que lo hace todo y esta situación, de cierta manera, la hiere”.

Su próximo proyecto documental tiene como título provisional Nido y regresa a los personajes de abecé. Según Diana me explica: “Es un documental de proceso más largo y abarca el tiempo de vida de esta niña desde los 12 años de edad hasta cuando cumple los 15, por la cuestión simbólica del paso de niña a mujer. Quiero mostrar cómo ella ha violado todas esas etapas.

“Lo que me interesa es ampliar un poco la historia de abecé en lo narrativo, incluir más la relación con el marido, apostar más por la observación en vez de la entrevista, y ver cómo Leonide ha ido creciendo junto a su hijo, a la vez que registrar las modificaciones de su pensamiento, porque la niña que filmé cuando estaba recién parida, no es la misma que cuando su bebé tenía un año, hay un proceso de pérdida de la inocencia, debido a las responsabilidades que ha tenido que asumir de golpe”.

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