¿Maquillar la pústula o curar el caballo? I

Entrevista con el actor cubano Luis Alberto García.

Fotograma de

Luis no será Nicanor O´Donnell, pero sí un buenazo al servicio de todos, además del sublime actor que siempre ha sido para los criollos de dentro y fuera de la isla. Memorioso y agradecido de haber nacido cubano, ejerce la crítica nacional como el mejor y más leal descendiente, en la múltiple escena del cine y la vida. Lo hace desde el compromiso y también desde la vocación.

Resulta imposible negarme al panegírico y al elogio, cuando tengo ante mí su madurez de 52 años repartida en luminosos episodios y períodos que ya no le pertenecen pecuniariamente, sino que se incrustan al fuero de una nación. Él no es una gota en el mar cinematográfico y tampoco sus aguas, pero sí el poderoso torrente de río que no ha extraviado su caprichosa desembocadura siempre al mar. Quizás convicción de una paternidad cuádruple de hijas que lo ha formado con sensibilidad hacia el ser humano, unida a una inteligencia natural que le confiere valiosos cofrades y remueve, como ninguna, la estereotipada escasa intelección de los actores.

Un cuestionario a Luis generaría un libro, cuando menos, un documento para la Historia. Supone lanzar preguntas a los cientos de personajes que entre/con él discuten presencia discursiva en los predios de esta insuficiente –por limitada- charla, aunque sin sujeciones. Una entrevista con Luis Alberto García Jr. es la cura dolorosa, después de raspado, al caballo. Nunca cosmética de la pústula.

¿Las películas que prefieres son las de menos esfuerzo o las más demandantes, para el establishment o para la gente?

Las más demandantes y para la gente. Preferir hacer las que exigen menos esfuerzo sería acomodarme. Trabajar de cara a complacer al establishment, buscar que me acomodaran de por vida.

Por considerarte un “workaholic” has llegado a una cumbre –de las más altas- en cuanto a aparición de un actor cubano en filmes. Sin embargo, tu naturaleza siempre inconforme optará por desechar un número de cintas baladíes. ¿Cuáles son esos “títulos comestibles”? ¿Por dónde estuvieron las grietas?

Los títulos me los llevo conmigo por ética y porque me avergüenzan. Las grietas se abrieron cada vez que me dije: “este proyecto no me gusta ni me gustará una vez terminado, pero debo hacerlo, porque yo y las mías debemos comer, mantener un techo, vestir y tener salud”. Un actor cubano no recibe habitualmente remuneraciones que le permitan sentarse en casa a esperar solo aquellas “puestas estéticas de alto vuelo artístico y ético” que sueña acumular en su curriculum vitae y si lo hace, no me parece justo que su descendencia sufra carencias de cualquier índole en aras de tal pureza artística. Hay quienes pueden hacerlo, pero yo no. Juro que probé cumplirle a Raquel Revuelta. Hubo una época en que traté de alejar todo lo que no quería hacer. Paré un tiempo y me reconfortaba cantando con Pablo aquello de Benedetti: “uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere”. De eso nada. No hay canciones que puedan con la vida del actor criollo y mis “amigoshermanos” se hartaron de regalarme y prestarme dineros que luego demoraba un siglo en devolver. Tampoco ellos merecían cargar con mis asquitos a la hora de escoger proyectos. Así que me llamé a capítulo y arrimé el hombro. Ahora que tengo un trabajo alternativo en El Sauce como DJ, que es una especie de red de seguridad, vuelvo a escoger con detenimiento mis trabajos como actor. De lo contrario, juro que sería “el patrón de prueba” y estaría hasta en la sopa. Tengo de sobra amigos y amigas de probado talento, que viven en alquileres y sus caseros exigen su pago mensualmente. No digo yo si no van a hacer todas las telenovelas y “teleplays” y bodas, quinces y cumpleaños.

Ante tanta reiteración de temas y discursos en el cine cubano actual, ¿te atreverías a escribir guiones para así evitar dar el sí a lamentables propuestas del séptimo arte?

Ni en la más galopante de las borracheras podría aseverar que guiones de mi autoría llenarían un vacío en el cine cubano. Escribir un notable guion cinematográfico no es coser y cantar. Pergeñar uno excelente ya es tarea de grandes. Suponiendo que asumiera tal intrusismo profesional, aún tendría que seguir actuando los guiones de y los proyectos de otros, con el consecuente balance de buenos y menos buenos. Es el sino de los actores, no puedo escabullirme. Puede que alguna vez me plantee meter las manos en una historia a cuatro o seis manos (de hecho casi estuve a punto de hacerlo con Fernando Pérez y Eduardo del Llano) o ideada solo por mí, pero no aseguro nada. Ni siquiera que tenga calidad suficiente.

¿Cómo es el cine que sueñas? ¿En manos de quién lo ves? ¿De autores productores? ¿De autores? ¿De actores?

Auténtico, valiente, moderno, arriesgado, bien escrito, actuado, dirigido, promovido y vendido. Si no con hinchados presupuestos económicos, cosa que no veré, en parte por “la maldita circunstancia del agua por todas partes” y por haber nacido en un país del tercer mundo, sí que tenga un abultado aliento poético y un compromiso ético con nuestra Historia y con los jodidos de todas las épocas. Casi nada. Y lo veo en manos de toda la gente valiosa que, en este archipiélago y fuera de él, sueña con imágenes en movimiento. Hay mucho talento nacido en Cuba, desperdigado y sediento.

Desde tu eterna juventud con “algo más de experiencia”, ¿contra qué fenómenos previstos en la producción cinematográfica nacional instarías a luchar?

Hay una comisión creada por los cineastas que, acertadamente, está señalando lo que se ha hecho mal y lo que debe hacerse para bien del cine cubano, para que renazca y recupere la senda que, por múltiples razones, en algún trillo extravió. Comulgo con todos los planteamientos que desde allí irradian. En primerísimo lugar con la exigencia de tener una Ley de Cine. Si ese paso fundacional se logra, todo un entramado de conceptos, estrategias y tácticas de producción, distribución y financiamiento será viables y tendrá un manto de legalidad en sus hombros. Mi única preocupación con los postulados de todos esos hermanos y hermanas míos, es que excluyen un poco a los actores y actrices de cine (y los problemas que enfrenta nuestra profesión en ese medio), cuando se refieren a los cineastas, y me entristecería mucho que la nueva manera de hacer y pensar el cine futuro que está ahora mismo en sana discusión con las instancias pertinentes vaya a heredar, en el trato y en los contratos, las manquedades que ahora sufrimos los que damos la cara en pantalla. Así se lo he hecho saber a Kiki Álvarez y a varios más, con la mejor buena onda del mundo. Si Deysi Granados y Eslinda Núñez han sido con toda justicia Premios Nacionales de Cine, significa que unos cuantos actores y actrices cubanos sí somos cineastas. Probablemente yo haya pasado más horas delante de las cámaras que algunos cineastas detrás de ellas y lo digo sin un ápice de arrogancia.

Debo aclarar bien el párrafo anterior para ahorro de neuronas de suspicaces e intérpretes libérrimos: ahora mismo hay directores/productores de cine de ficción que aplicarían a cuanto “pitching” apareciera en el horizonte y batallarían a fondo por conseguir presupuestos, ayudas o dádivas para pagar una buena cámara y un mejor sonido con los cuales rodar su próximo filme y cubrir otros rubros como transporte, combustible, alquiler de luces y comida, sin los cuales no podría filmarse su proyecto. Todavía les quedaría buscar más dinero para postproducción y promoción. Si tienen éxito en tal empeño arranca todo el mecanismo y se destinan 300, 400 o 500 cuc diarios por una cámara, 100 cuc al día por el alquiler de un lente, 200 cuc por un sonidista con sus micrófonos y su grabadora, 100 diarios por cuatro lámparas y otro tanto por una grúa o un dolly. Sí, amigos, el cine es caro y alegre.

Pero entonces descubro con pesar que desde la misma concepción del presupuesto destinaron una miseria para remunerar el trabajo de los actores y actrices que piensan contratar, porque van a la antigua, aplicando las tarifas leoninas con que hasta ahora nos pagaba el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Si esos equipos valen lo que sus dueños aseguran y la máxima autoridad del proyecto en cuestión está dispuesta a pagarlo, si acepta pagar el combustible y la comida a los precios fijados por el Estado, sin que este le rebaje ni un mísero centavo a pesar de que se está haciendo cine para el pueblo, entonces no veo la razón de mal pagar a los actores. Creo, sinceramente, que es un mal de fondo que existió desde la misma creación del ICAIC y con los años se tornó costumbre inveterada. Es parte del legado menos amable de Alfredo Guevara (y créanme que lamento decir algo así).

¿Sabes que, durante muchos años de coproducciones, el ICAIC le cobró el trabajo de los actores a los productores extranjeros a precios elevados y luego nos pagaba cifras irrisorias, sin siquiera consultarnos? ¿Sabes que aún se sigue haciendo? ¿Cómo se llama eso en el mundo entero? ¡Y todavía pretenden que me compre un auto a los precios de última hora! Hay que cambiar muchas cosas.

Discúlpame si me llevé tu entrevista a una asamblea de producción y servicios, pero es que no hay muchos espacios en los cuales airear esas zonas de silencio y ni siquiera estaré en el próximo Congreso de la Unión Nacional de Artistas y Escritores de Cuba (UNEAC).

Cambiando de tercio, instaría por último a juntar lanzas contra una especie de desidia que en los últimos tiempos se esparce por estudios y locaciones, que amenaza con equiparar los bajos presupuestos económicos con bajos presupuestos estéticos. Tiene algo de determinismo geográfico ese San Benito de: “¿para qué esforzarse más si no tenemos el dinero que deberíamos tener y nunca podremos competir como iguales con el poderoso audiovisual del primer mundo?” Error descomunal. Pobreza de recursos no es igual a desierto de ideas. No podremos tener acceso al último grito de la tecnología, pero los mejores efectos especiales siguen siendo una buena historia y un artífice nucleando talentos en todas las manifestaciones para que esa historia llegue a puerto seguro.

Casi al final añadiría que algunos directores en activo y todos los que sueñan con llegar a serlo, deberían esmerarse en aprender a dirigir actores. Eso se estudia. Y se entrena. No está bien que los actores sufran en el set.

Y aunque ya dije algo relacionado con ello un poco antes, me gustaría redondearte esta respuesta con este anhelo: que para filmar tengamos bastante menos censura.

¿Cómo enfoca Luis Alberto García la censura?

Como un mal necesario y un acicate a la creatividad. Un fenómeno que pareciera retardar el arte y siempre termina haciéndole “más mejor”, como decía Santi Feliú. El caldo de cultivo ideal para que en él se refocilen mediocres, temerosos, ortodoxos, convencionales, retrógrados y extremistas compartiendo espacio también con personas buenas, nobles, honradas y revolucionarias de verdad, que creen estar haciendo lo correcto diciendo no y más tarde o más temprano terminan reconociendo que un sí habría traído mejores resultados para todos. He participado en películas, cortometrajes, series y programas humorísticos que han estado vetados temporalmente, o eternamente, por tonterías que indignan o mueven a risa. Hay censores que obran de muy buena fe, con los cuales el artista está obligado a conversar, discutir y analizar si llega el caso y otros que deberían estar censados y censurados. La censura existe en todos los sistemas (incluidos el PAL y el NTSC), no nos engañemos. En una oficina del ICAIC y en otra en la Paramount.

Se ha diseñado un entramado compacto de instancias y escalones que los artistas deben consultar implorando permisos y avales, que está a mi juicio sobredimensionado y que haría bien en desaparecer. He aprendido que el nivel cultural y el grado de sensibilidad emocional de los seres humanos influyen en grado sumo en lo que estos piensan que es censurable y lo que no. Lo que resulta imposible todavía hoy, entre los que deciden qué podemos filmar y qué no, es dilucidar si decir la verdad nos hace grandes o traidores.

La sospecha corroe la cabeza, mi gente,
pero que no nos coma el corazón,
por tantos años de tirar pa´l frente
entre bloqueos y mala administración…

La sospecha corroe la cabeza, mi gente,
en la vidriera, los extremismos
esperan su moda pacientemente
pa´hacernos daño entre nosotros mismos…

Si hay confianza no hay sospecha…
Si hay sospecha no hay confianza…
Si hay confianza no hay sospecha…
Si hay sospecha no hay confianza…

¿Cuál es la mayor conquista y también el peor de los fracasos en tu carrera? ¿Qué sueños como generación viste realizar y cuáles aún aguardas por ver realizados?

La mayor conquista es haber conseguido tener la profesión que siempre soñé tener y para la cual creo poseer talento. Es algo que la mayoría de los humanos desea, pero no consigue. Un regalo de Dios, o lo que sea que exista.

Puedo juntar todos los fracasos relativos a mi profesión en uno bien grande, convertido en un lumínico, de ser posible en mi frente: ¡¡No hice todos los personajes que quise, sintiéndome capacitado para hacerlos!! Por mi culpa en algunas ocasiones (vagancia, estulticia, depresiones, cobardías, inseguridades) y por causas ajenas a mi voluntad (una economía maltrecha, falta de recursos, exilios, decesos, censuras, coyunturas políticas) en todas las demás. Una perla: ¿sabías que en algún momento de inicios de los ochenta se barajó la posibilidad de que Luisa María Jiménez y yo, estudiantes de la Universidad de las Artes (ISA), fuéramos como becarios al Actor Studio y finalmente no pudimos asistir porque en esa época “no podía ser”? Todavía en ciertas ocasiones en que ando volando bajito, pienso en ello y siento vértigo. ¿Alguien podría predecir qué rumbo habría tomado mi vida y mi profesión?

Sé lo que unos cuantos me dirán (“imbécil” será el epíteto menos fuerte), pero yo quería seguir viviendo en Cuba, lo quiero ahora y lo querré con toda seguridad mañana por la mañana.

Para algunos de esos personajes que no hice, ya mi envoltura no vale, pasé de largo por las edades que requerían. Van restando otros. Todavía respiro.

En busca de un sueño, yo también ando todavía.

Y lo que me mantiene en pie y nunca de rodillas, es creer que lo conseguiré.
(Continúa en 2da parte)

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