¿Maquillar la pústula o curar el caballo? II

Segunda parte de la entrevista al actor cubano Luis Alberto García.

¿Qué personajes has disfrutado más, cuál es el que no ha llegado aún a tu carrera como actor y a cuál nunca le darías vida a través de tus actuaciones?

Me ceñiré al cine, porque el teatro anda muy bien y la TV muy mal. He gozado hasta el paroxismo con aquellos personajes que me exigen sacrificios enormes y me obligan a exprimirme (¿o a deprimirme?) para sacar a pasear demonios que incluso pretendo esconder. Arriban muy de vez en vez. Casi a uno por década.

Sufro, por intangibles, con los que les escriben a los actores en otras latitudes. Cunden canas y salvavidas en este envoltorio que mi madre me dio y casi he perdido las esperanzas de chocar con muchos de esos guiones de hierro. Urge en el cine cubano una metástasis de buenos guionistas a los que se les pague lo que vale su trabajo. Al menos Senel Paz, Arturo Arango y Eduardo del Llano insisten y persisten con el huracán en contra. A lo mejor “el futuro promete portarse bien” y me depara sólidos personajes de vejete, si es que mi malsana vida se alarga hasta allá. Están emergiendo guionistas y directores nuevos que, sospecho, harán maravillas.

En lo que se refiere a personajes deseados, ya me habría gustado tener el talante, el talento, la edad y el “tirón comercial” necesarios para interpretar el Ramón Mercader de “El hombre que amaba los perros” y el Mario Conde de Padura a través de toda la saga, los protagonistas de “La fuga de Manuel”, “Caracol Beach” y “Las iniciales de la Tierra” de Jesús Díaz, de una maravilla que ha escrito Eduardo del Llano nombrada “Bonsai”, los de “El Rey de La Habana” y “Trilogía sucia de La Habana” de Pedro Juan Gutiérrez, el de “Tuyo es el reino”, de Abilio Estévez o el de “El libro de la realidad” de Arturo Arango, el de “Hombres sin mujeres” de Carlos Montenegro, los de “El vuelo del gato” y “Los viajes de Miguel Luna” de Abel Prieto y el de “En el cielo con diamantes” de Senel Paz, si todos ellos terminaran en guiones de cine.

Igualmente me encantaría interpretar un personaje que “roba comida y después da la vida” o un policía nada idílico, con los mismos acuciantes problemas que el resto de la población, como sucede en verdad o un militante más racista que un rancheador o un artista que persigue estar en cuanta tribuna abierta aparece por ahí y a escondidas lleva años anotándose en el bombo para envejecer en Hialeah o un hipercrítico que es realmente más revolucionario que los que dicen serlo; un “botero” que es cirujano o un maestro que sea la antítesis de Carmela (Conducta) y se acueste con sus alumnas a cambio de regalarles las pruebas o por dinero, o uno de esos padres que tanto abundan, que han dado todo su tiempo para la Revolución y ninguno a sus hijos para descubrir, ya tarde y malqueridos, que éstos no les conocen y hasta un personaje que siempre dice la verdad, porque le enseñaron todos los días de su infancia que debía ser como Guevara y lo crucifican justamente por eso. Pero ahora mismo, el que mato por hacer es el personaje del que ideó los actuales precios astronómicos de los automóviles. Imagino que lo haría esbozando una leve sonrisa desde una altura mayestática en dirección al ejército de hormigas que somos. Hormigas bravas.

Como ves, me atraen los complejos y riesgosos.

Por último, trato de negarme a aquellos personajes que son la encarnación de la grisura o todo un ejercicio de mendacidad. No me los merezco. El público cubano menos. Y me avergüenzo cada vez que he tenido que bajar la cabeza y aceptar alguno para poner pan en la mesa. Y mantequilla.

¿Sobre qué temas no tratados, escasamente tratados o incorrectamente tratados debiera incidir el cine cubano actual?

Sobre todos aquellos que el “stablishment” gusta de barrer y esconder bajo el sofá, en gesto que se me antoja patético. Seguimos arrastrando el síndrome de fortaleza sitiada. Y está sitiada realmente, no es un invento descabellado. Soy capaz de entender todas las aprehensiones derivadas de un entorno hostil. Pero el temor a no darle armas al enemigo aireando públicamente lo que mal anda, hace que aparezca un mal mayor: una sociedad misteriosa, prohibitiva en exceso, que se fagocita a sí misma, enquistada, comportándose como si todo estuviera genial y negándose a ser mejorada. Escondiendo sus desaciertos. Se defiende la tesis de que si hay un problema y no se hace alusión a él, entonces es como si no existiera. Vivimos en un país que a veces apela al maquillaje de la pústula y no a la cura de caballo. Nuestro país y la Revolución misma están hechos de luces y sombras. Debería poder hablarse y mostrarse todo.

Desafortunadamente, en todos los medios (en el cine menos, pero también) nuestros guiones, en un porcentaje astronómico, no llegan aún a las Grandes Ligas, empecinados como están quienes los escriben, aprueban y dirigen, por censura o su prima hermana la autocensura, en decir medias verdades o mentiras a medias o absolutas falsedades. Estoy hasta el hartazgo de las consabidas y ¿eternas? frases: “no es el momento”, “ni el lugar”, “no podemos hacerle el juego al enemigo”, “no puedo hacer la obra que quiero, sino la que me dejan hacer”, “tienes razón, así suceden las cosas, pero vamos a darle la vuelta o me la engavetan”, “ese tema no puede tocarse” y etc., etc., etc…

Siempre digo que la Cuba en la que me gustaría vivir es esa que me muestran en nuestras series de televisión, en el Noticiero Nacional o en la Mesa Redonda.

Nada es más complejo que la naturaleza humana. Descifrar los móviles que condicionan el comportamiento de un ser humano que pretendes encarnar es tarea que exige del actor compromiso con la verdad y que, inevitablemente, te remite al entorno en el cual esa persona respira. Tener que lidiar con grandes zonas de silencio impuestas ya desde la escritura, que luego son reforzadas por las indicaciones del director y en ocasiones amputadas en la edición, traen manquedades de muy variados signos en el desempeño actoral y en la interacción que los personajes deben establecer con sus destinatarios. Mientras no se pueda hablar sin tapujos, estaremos perdidos. Edulcorar la realidad es, esencialmente, contrarrevolucionario; una invitación a mentir, y terminas consiguiendo en tu interlocutor el efecto contrario al que te propones. Lo alejas y le invitas a disentir. Nuestro público natural termina escabulléndose de la platea o cambiando de canal, para irse en brazos de las series brasileñas o americanas, del paquete semanal bajado de la parabólica y de películas realizadas en cualquier sitio, menos en Cuba.

¿Por qué motivos obras como Fresa y chocolate, Madagascar, Plaff, Adorables mentiras, Lista de espera, Suite Habana, Havanastation, Martí, el ojo del canario y ahora Conducta provocan oleadas de público y debates al corazón mismo de la nación y su proyecto social? Amén del profundo sentido ético y estético que las distingue (me sirven a manera de ejemplos, no son las únicas que han dado en el clavo), desfilan por ellas personajes emocionalmente complejos en grado sumo. ¿Por qué, en cambio, otros muchos audiovisuales pasan sin penas ni gloria por la pantalla chica y la grande?

Envidio a los creadores individuales: escritores, artistas de las artes plásticas, cantautores… No dependen de todo un aparataje técnico para crear. No pertenecen a artes colectivas. Hacen lo suyo a su vera y asumen toda la responsabilidad de sus discursos. Sin pedir permisos, sin esperar autorizaciones. Y aun cuando fueren censuradas algunas de sus obras, estas ya estarán realizadas y pasarán o no a la posteridad. La verdad es que yo lo tengo más difícil. Aunque escriba, dirija y actúe un monólogo; aun cuando haga su música, el diseño de vestuario, escenografía y maquillaje, necesitaré del concurso de no poca gente y de alguna institución para poder mostrarlo.

Temas escabrosos que deberían ser “filmables” tenemos de sobra. ¿Hay racismo en Cuba? Lastimosamente sí, a pesar de leyes que lo combaten y repelen. ¿Tenemos prostitutas que durante años juraron ser como el Che y no lo son? Sí, dolorosamente. ¿Existen personas que no comercian con su cuerpo, pero son más prostitutas que las prostitutas? Por montones. ¿Hay doble moral? Doble no, triple. ¿Un porcentaje preocupante de los jóvenes quiere marcharse definitivamente del país? También. ¿Hay corrupción, desvío de recursos y robo continuado al erario público? Podridamente, sí. ¿Se logró el hombre nuevo? ¿Hay educación formal? ¿Somos de verdad el país más culto del mundo o suele confundirse cultura con nivel de instrucción? ¿Todos los que nos dirigen son ejemplares? ¿Todos los cubanos viven felices y comen perdices? ¿No hay demasiada violencia de género? ¿El machismo está extirpado de raíz? ¿Hay que apalear o llenar de huevos al que piensa diferente? ¿Y amargarle la vida al que tiene una elección sexual diferente a la de la mayoría? ¿Todas las carencias materiales que sufrimos son producto del bloqueo externo o también hay muchas producidas por negligencias y políticas infelices? ¿Nuestra democracia es, verdaderamente, la más perfecta del planeta? ¿El cubano piensa como vive o vive como piensa? ¿No es cierto que mucha gente hace como que trabaja y el Estado hace como que les paga? Algunos aducirán que quien toque alguno de esos temas (que no son los únicos “incómodos”) estará mostrando las manchas del sol y no su luz. Bueno, para empezar, me he sentido intensamente triste mientras ponía en blanco y negro las preguntas anteriores. Y de la luz se habla constantemente y en todas partes y a toda hora. Luz hemos tenido de sobra. Haría falta que nos ocupáramos de las manchas y acabar de lavar el sol. Digo yo. Un guión de cine no se hace con el país que deberíamos tener, sino con el que tenemos.

De todas maneras, los enemigos jurados de la Revolución Cubana y de sus dirigentes saben demasiado bien cuáles son nuestras debilidades e imperfecciones e insisten en desnudarlas en la aldea global y mediatizada en que vivimos, jugando sucio, al duro y sin guante, desde la agresividad más envenenada. Y siempre lo dicen y cuentan con toda crudeza antes que nuestros medios de difusión. Y antes que nuestras películas que, por cierto, cuando tienen un discurso crítico, lo asumen desde la pertenencia más militante.

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