“No pienso alzarme y menos tener arranques de conceptista”. Autoentrevista de Daniel Céspedes (Parte I)

Después de interrogar para un libro en preparación a casi cada crítico cubano de cine que a mano tuvo, Daniel Céspedes no tiene quien lo entreviste. Por eso no le quedó otro remedio que recurrir a la autoficción en este diálogo consigo mismo.

Daniel Céspedes

Foto: Cortesía del autor

Su nombre figura no solo en diversas revistas de arte y literatura, sino en páginas web que rebasan el contexto cubano. La radio y la televisión conocen de sus intervenciones y no son pocos los libros que ha presentado. No en balde, sus comentarios sobre libros son abundantes y agradecidos, sobre todo por los autores, por cuanto de promoción suponen. Sin embargo, empezó escribiendo de cine y es hoy una de las voces jóvenes advertidas de la crítica en Cuba.

Alumno de Oscar Morriña, Adelaida de Juan, Luz Merino, María de los Ángeles Pereira, María Elena Jubrías, Yolanda Wood, Rufo Caballero… y aprendiz indirecto –en secreto y a veces declarado– de otros intelectuales en Cuba, Daniel Céspedes Góngora (Isla de la Juventud, 1982) empezó como un asiduo colaborador por encargo y, aunque lo sigue siendo, escribe mucho más hoy de lo que realmente desea.

Además de haber prologado a Rufo Caballero, Alberto Garrandés, Oscar Wilde, Alberto Lezcano… es tan diligente y productivo que…

Daniel Céspedes: Si pudieras dejarlo ahí, te lo agradecería.

Daniel Céspedes: Bueno, intentaba presentarte y que el encabezado me quedara…

Daniel Céspedes: Sí, sí, está bien. Agradezco tus referencias irónicas por aquí y por allá.

DC: No chico, no digas eso… A lo que vamos, ¿crítico de cine, de literatura y de artes plásticas?

DC: Para algunos lectores, tal vez sea todo eso. Aunque he escrito más sobre libros, no me considero crítico literario. Más bien he compartido propuestas de lecturas. En ese sentido, he promocionado algunos autores y libros. Eso sí, me ha resultado interesante, por estos días, contabilizar cómo si bien empecé con la escritura de películas, aún continúo haciéndolo más sobre libros y, en menor medida, de artes plásticas.

DC: ¿No eres historiador del arte?

DC: Sí.

DC: Entonces, te es fácil asumir todo eso.

DC: No, en absoluto. Pudiera parecerlo, pero ha sido “preocupante” escribir de libros, películas y artes plásticas, sobre todo en un contexto donde imperan los reinados de las especializaciones y algunos reyes que pudieran sospechar de la curiosidad y disposición múltiples. Pero ni las especialidades engreídas, y menos los recelos ajenos, me preocupan. Prefiero trabajar con lo que tengo o como pueda.

DC: De ahí lo que se dice.

DC: ¿Qué cosa?

DC: Qué tienes gente escribiéndote algunos textos y luego tú los firmas.

DC: ¿Tengo que permitirte que me digas eso? (RISAS) Al menos se admite que escribo y se reconoce también, de mi autoría, el acto de firmar “algunos textos”. Es como si tuviera un taller renacentista. ¡Qué cosa más grande! ¿Qué más puedo pedir? Bueno, sí, que paguen mejor mis textos y los de los escribas. Lo que me acabas de decir lo considero un elogio.

DC: ¿En serio?

DC: Pues sí. Pero no me asombra. He escuchado algo más simpático: que Daniel Céspedes es un seudónimo. ¿Te imaginas?

DC: Y si le sumamos el Góngora… Céspedes y Góngora

DC: Quítame la conjunción copulativa. No la llevo y, por ahora, no pienso alzarme y menos tener arranques de conceptista.

DC: Son dos apellidos muy fuertes

DC: ¿Te imaginas si alguien tuviera el Góngora y el Quevedo como sus dos apellidos?

DC: ¡Fuera lo último! Y entonces, ¿me vas a responder? ¿Crítico de cine, de literatura y de artes plásticas?

DC: He sido y seguiré siendo un lector y un espectador que intenta escribir bien sobre lo que ha podido. Y eso incluye el cine.

DC: ¿Crítico o ensayista?

DC: Aunque haga textos críticos de caminos cortos, mi propensión casi siempre es a ensayar.

DC: Pero has escrito crítica de cine

DC: Eso dicen.

DC: ¿Cuál puede ser el conflicto habitual de un crítico?

DC: Alternar entre lo que quiere escribir en verdad y lo que le encargan, sin que traicione su ética y la obra, al realizador y a quien lo lee. Lo otro es engañar una subjetividad en favor de alcanzar, supuestamente, mayor objetividad.

DC: ¿Pudieras especificar más sobre lo que acabas de decir?

DC: Mientras más se empeña el crítico en ser objetivo, más descubre su (dis)gusto en relación con la obra que analiza. El hecho de argumentar de seguidas sus razonamientos revela, sin duda alguna, no solo cuán subjetivo puede ser, sino sobre todo sus simpatías y desagrados ante lo que juzga. No obstante, tratar de ejercer un juicio de valor lo más imparcial posible no tiene que ser, para quien critica, una utopía. Debería constituir este acto una apremiante tentación.

DC: ¡Qué zambraniano todo eso!

DC: No lo advierto ahí, pero te agradezco. Sin ser yo un especialista, ni con mucho un conocedor minucioso de su obra, María Zambrano es mi escritora de cabecera. He sido, en todo caso, un relector de los libros que he podido conseguir de ella.

DC: Pero no escribió crítica de cine.

DC: Es verdad. Sin embargo, ensayó alguna que otra vez sobre el cine; por ejemplo, tiene un texto bellísimo que se llama El cine como sueño y puede que en su papelería inédita se halle algo más sobre el séptimo arte.

DC: A propósito, ¿qué piensas de los autores que sin ser, en rigor, críticos de cine, lo hacen de vez en cuando?

DC: Mientras escriban bien y tengan algo interesante que decir, bienvenidos sean. Lo hicieron, entre otros, Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, James Agee, Graham Greene, Susan Sontag… y lo han hecho también Fernando Savater, Julián Marías y dos de sus hijos: Javier y, sobre todo, Miguel, que sí es crítico de cine. De Julián no me gustó en su totalidad Donde todo ha sucedido: al salir del cine, a diferencia de Vidas escritas, pero este último está relacionado más con la literatura.

DC: ¿Cuál sería el crítico más completo y abarcador, el crítico ideal?

DC: Hum…Por supuesto que no sería el que más películas ha visto. Aunque esto influye para comparar y asociar, porque el crítico “más completo y abarcador” es aquel que maneja una cantidad de referentes entre obras del pasado y del presente. No conviene renunciar a los clásicos, pero tampoco quedarte en lo que se cree antiguo o en lo más contemporáneo que se considera —premios mediante — lo más atractivo y, por tanto, mejor. No seamos ingenuos con lo que se mueve en torno y en las interioridades de los reconocimientos.

El crítico tiene que valerse de las disciplinas del saber más diversas, porque la cultura es comunidad de obras humanas y el cine ha tendido siempre a la asociación de todas las artes, aunque no se haya reconocido en algunos periodos de su propio transitar. Ya Ricciotto Canudo presagiaba, en las primeras décadas del siglo veinte, las relaciones promiscuas entre el cine y las demás artes. Más tarde Susan Sontag ensayaría sobre esta cuestión.

Ahora bien, el crítico ideal se me figura inexistente por innecesario, lo que no quiere decir que niegue a los excelentes analistas de cine que ya no están e incluso los que conozco y leo ahora. Si creyera en la posibilidad de un crítico ideal negaría –lo que no pienso hacer– la fundamental pluralidad de criterios. Imagínate, si cuando hablara fulano o escribiera zutano, estuviera casi vedado expresarse porque ya ha opinado el “crítico ideal”.

El crítico “más completo y abarcador”, que más que una exigencia intelectual se me figura como una presunción, es quien intente –y lo consiga muchas veces– analizar una película como la obra que es o no es, al tiempo que la pueda situar en el recorrido cinematográfico al que ha llegado el cine como espectáculo artístico. Porque el crítico tiene que saber de historia, aunque no requiere ser un historiador para ser un buen crítico de cine. No sé si con toda esta palabrería te haya respondido.

DC: ¡Cómo no!… ¿Se te da mejor escribir que hablar?

DC: Depende. La escritura es un tormento cuando no irrumpe aún, pero una vez que la inicias, muestra su costado placentero, una jactancia que no esconde su divertimento. De lo contrario, uno no reincidiera. Por su parte, hablar tiene sus riesgos dentro de las libertades y capacidades de cada cual, incluso cuando estás sereno y el pensamiento sobreviene para sacar las palabras. Ahora, ese acomodo estético que respalda la mejor comunicación requiere de más tiempo, pues el pensamiento necesita pactar con el lenguaje y que este fluya resuelto como si, en apariencia, no hubieras deliberado.

Cuando hablo no me gusta remedar cómo escribo. No porque tema hacer el ridículo, sino porque la expresión escrita merece otro proceso, que incluye más de una exigencia: una mirada de conjunto que se enmascara en tu proceder relacionante, y luego está el intento por alcanzar la calidad de página, donde el qué no se sacrifique por el cómo. Hay que encontrar un equilibrio. Así se escribirán, quizás, folios de interés. Sufro más cuando escribo, pero lo disfruto. En su hermoso y para nada complaciente volumen La noche que llegué al Café Gijón, Francisco Umbral declara con acierto: “Hablando, las ideas y las palabras nos vienen a la boca. Escribiendo hay que ir a buscarlas. No todo el mundo está dispuesto a ese acarreo”.

DC: ¿Flagelación intelectual?

DC: Hazme el favor. Esos son riesgos de esta vocación. Además, algunas cosas se expresan mejor sobre un papel.

DC: ¿Eso no es del director de In the Mood for Love?

DC: Sí, de Wong Kar-wai, pero de Mis noches de arándano.

DC: Si te encargan o te interesa escribir sobre una película, ¿cómo haces?

DC: Si es por encargo, no queda más remedio que hacerlo, y si es porque la propuesta me ha motivado, siento que tengo que hacerlo también. De cualquier forma, es preciso ver la película más de una vez. Con las facilidades tecnológicas que existen ahora puedes hasta ir hacia atrás o parar en una escena para puntualizar cuanto se dice o fijar otro detalle. Como crítico, decido por dónde transitar sin que ello suponga que descuide otros caminos. Aunque, claro, hago mis interpretaciones, que no son las únicas sobre una obra. La crítica se enriquece por la multiplicidad de otras miradas que no tienen por qué ser las de uno. No suelo escribir de todos los elementos o códigos cinematográficos, porque entiendo que eso es para el ensayo. El texto crítico, tanto para un diario o semanario, como para un sitio web e incluso para una revista especializada, suele ser de extensión corta: de tres a cinco cuartillas o menos. A veces hay que lograr un texto crítico en tan solo dos cuartillas. Concretar. He ahí el reto mayor antes de verte publicado.

DC: ¿Quiénes son tus críticos de formación?

DC: En Cuba, todos los que me anteceden por edad y conocimientos: José Alberto Lezcano, Carlos Galiano, Rolando Pérez Betancourt, Frank Padrón, Juan Antonio García Borrero, Rufo Caballero, Joel del Río, Dean Luis Reyes y hasta Antonio Enrique González Rojas, quien solo me lleva un año… Y antes que todos ellos, Guy Pérez Cisneros. Leer Las estrategias de un crítico, una compilación de Luz Merino Acosta, marcó un antes y un después en mí. Pero Pérez Cisneros se centró en las artes plásticas. No era crítico de cine.

DC: Has colocado a José Alberto Lezcano en primera posición

DC: Hay varias razones. Cuando Rufo Caballero impartía clases de apreciación cinematográfica. mandaba a escribir sobre videoclips, telenovelas y televisión en general, aunque el plato fuerte era el cine. No tenía idea en quién apoyarme para guiarme y ser creativo como Rufo exigía siempre. Entonces abrí varios libros de críticos y todo cambió cuando leí La magia del laberinto, de José Alberto Lezcano. Es un compendio de textos cortos que, en su mayoría, habían aparecido en el periódico pinareño El Guerrillero. Con la lectura de La magia…, Lezcano no solo insinúa la extensión de un texto, sino la asociación interartística que no tenía por qué partir siempre de la película. Es algo que aporta el crítico y lo vierte en favor de su escrito, así se centre en el aspecto cinematográfico que quiera. Y el otro añadido fue el de la elegancia del lenguaje. Ahí me percaté de que, cuando se lo propone, el crítico de cine puede ser un escritor. Lezcano te proporciona la vieja escuela en cuanto a apreciación de clásicos no solo de Hollywood, ya que tampoco menosprecia el cine posterior a los sesenta. Él está por encima de Mario Rodríguez Alemán porque es más agudo y escribe mejor y es de la misma estirpe de Guillermo Cabrera Infante. Ese es mi criterio.

Más tarde, cuando Luciano Castillo me prestó Páginas de cine, primer volumen de la compilación sobre cine del notable crítico colombiano Luis Alberto Álvarez, advertí una cantidad de similitudes entre Luis Alberto Álvarez y el pinareño. Y, me consta, Lezcano no ha leído al colombiano. El vivir en Pinar del Río y trabajar en la emisora provincial Radio Guamá me dio la oportunidad de conocer a Lezcano, figura respetable de la crítica de cine en Cuba. Hoy somos grandes amigos. De hecho, es el crítico que más me ha influenciado. Hace poco le prologué El cine tiende sus redes. Relaciones de la pantalla grande con otras artes, libro que ha pasado las de Caín, pero dará de qué hablar y escribir, porque se leerá.

DC: ¿Y Rufo Caballero?

DC: Mi profesor y una presencia inevitable. Lo leía antes de entrar a la universidad. Lo vi en 24 x segundo cuando cubrió por un tiempo a Enrique Colina, y luego en Lucas y en La columna. Rufo fue uno de los mejores profesores que tuve durante mis cinco años en la carrera de Historia del Arte. Y, como sabes, tuve profesores excelentes. Me estimuló desde que fui su alumno. Es verdad que, cuando él impartía el Taller de Crítica Audiovisual en la Facultad de Artes y Letras de la UH, me exigía proyectarme ante los demás, pero yo era muy reservado o más bien tímido y, al percatarse, dejó de preguntarme en el aula. Después, ya estando en Pinar del Río, quería escribir críticas de cine y sentía que desde allí era muy difícil, hasta que vi El caballero oscuro y le mandé un comentario para Cine Cubano. Con elogios excesivos lo aceptó y así comencé a colaborar con la importante revista en la sección “De película”.

DC: Y vendría el prólogo de Nadie es perfecto.

DC: La escritura de ese prólogo surgió a raíz de que participara en un concurso donde, por cierto, no premiaron a ninguno de los que allí estuvimos: casi todos los jóvenes nacidos en los ochenta que empezábamos a escribir sobre cine.

DC: ¿Fue en el apartado de crítica del Caracol?

DC: No. ¡Qué indiscreto eres, por Dios!

DC: ¿Te molestó que no te premiaran?

DC: No fue eso, sino lo que se decía en el acta.

DC: ¿Qué decía el acta?

DC: No te lo voy a decir. Solo que me pareció injusta a mí y a otros. Ya no es relevante hablar sobre ello.

DC: Pero sí determinó.

DC: Pues claro, y tal vez les afectó el ánimo creativo a algunos críticos de cine que empezaban. Yo concursé con un ensayo sobre Papeles secundarios, en esencia sobre las relaciones de poder en Papeles secundarios, un texto que, por cierto, finalizado el concurso se lo mandé a Rufo y acerca de él conversamos un poco.

DC: ¿De qué conversaron?

DC: Eso también me lo reservo. Lo que sí puedo decirte es que fue uno de los motivos para que él quisiera que yo escribiera el prólogo de Nadie es perfecto.

DC: ¿Le gustó el prólogo?

DC: Por alguna razón apareció en el libro. Rufo me mandó, meses antes de fallecer, un correo que no pude conservar. Se me quedó impreso en Pinar del Río. Luego, para sorpresa mía, aparece una variación de mi nombre, aunque con mi apellido, en el cuento que da nombre a su libro póstumo Seduciendo a un extraño. Me emocioné porque no lo esperaba. En el correo perdido me decía, entre otras cosas, que estaba en deuda conmigo. Imagínate. “No −le contesté−, en deuda yo, Rufo, en deuda yo”. Él fue el primero en impulsarme, porque creyó en mis criterios y mis primeros textos con algunas anfibologías que me señalaba. Me dio consejos sobre la importancia y el arte de titular. Me recomendó que firmara con un solo apellido –esto no le ha agradado a mi mamá, como es de esperarse− para que fuera quedando y me recordaran mejor. En los libros que me firmó fue alentador y considerado conmigo.

Aun cuando soy, de sus seguidores, el que menos se le parece o quiere imitarlo, estaré siempre en deuda con un analista abarcador y muy curioso como él: artes plásticas, audiovisual, literatura… Rufo era y es todavía un intelectual fuera de serie. Hay que estudiarlo por sus valiosos aportes culturales. Ahí están sus libros publicados y en su papelería debió haber dejado algunos proyectos inéditos; por ejemplo, yo esperaba su libro sobre videoclip, que aún puede hacerse con lo que expresó en El caballete de Lucas y lo escrito en revistas y periódicos. Por su visión de conjunto, su rigor, su sapiencia, que permitía esa disposición de polígrafo, Rufo Caballero es irremplazable. Un mes después de su muerte, Rubens Riol me preguntó: “¿qué nos haremos sin Rufo?” Yo le respondí: “demostrar que, sin su presencia física, podemos seguir adelante”. Pasado el tiempo, tengo mis dudas, tal vez no escribiera hoy críticas de cine de no haber contado con el magisterio y el impulso que ejerció (y aún ejerce) sobre mí la figura de Rufo Caballero.

DC: ¿Cómo surgió la idea de este libro de entrevistas a críticos de cine?

DC: Estaba en Camagüey, en el evento de crítica cinematográfica, y al conversar con Mario Naito y Ángel Pérez se me ocurrió esta idea de entrevistar a los críticos de cine, porque a veces aparecen entrevistas a críticos de cine, pero aportan solo pinceladas biográficas y no indagan en cómo conciben el propio acto crítico. He intentado reunir diversos criterios sobre la crítica como ejercicio creativo.

DC: ¿Pudiste pensar en un mismo cuestionario para todos?

DC: Hubiera sido no solo un facilismo o una haraganería de mi parte, sino el peor de los procedimientos para llegar a ellos. Aunque todos son cubanos, cada crítico aquí convocado es una persona distinta y está influenciado por desiguales referentes culturales. De manera que cada entrevistado merece un tratamiento particular, según lo que ha visto, lo que ha leído y lo que ha escrito. Considerando lo anterior, pregunté lo que supuse querían responder, sin dejar de indagar en cuanto pudiera interesar no solo a mí como crítico de cine, sino como lector. Tuve que valerme de mi cercanía o de la condición de colega con ellos, para que me dieran tanto al especialista como al sujeto que sigue yendo al cine y está detrás de las películas como otro cinéfilo más. Pues con frecuencia se conocen los argumentos y las interpretaciones de los críticos, pero se olvida que también son espectadores con deleites y disgustos muy particulares. Eso sí, ni frustrados ni resentidos.

Las preguntas que se repiten, como “¿qué es un crítico de cine?”, “¿para qué sirve la crítica?”, “¿qué es el cine?”…, son deliberadas. Así ofrezco un repertorio que expone la diversidad de opiniones de nuestros críticos cinematográficos, con todo el añadido de estilos, gustos y disgustos, sugerencias y recomendaciones, así como un costado psicológico de estas figuras que quisieron o pudieron estar. Creo que será muy útil y placentero este volumen de revelaciones profesionales concernientes al ejercicio de la crítica de cine en Cuba. He pretendido, tal vez, una suerte de guía del crítico de cine. Si lo consigo o no, lo dirán quienes lo lean. Pensé el libro para todos los posibles lectores. (2019)

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