Rolando Díaz: “Soy un cineasta cubano” (Parte 2 y final)*

Conversación con el realizador cubano Rolando Díaz, uno de los directores más conocidos de la pasada década de los ochenta y cuya obra ha continuado hasta la actualidad en Estados Unidos, República Dominicana y España.

"Soy un cineasta cubano de Cuba", ha dicho Rolando Díaz.

Foto: Cortesía del autor

Altercine presenta la segunda parte y final de la entrevista realizada al cineasta cubano, Rolando Díaz.

DEAN LUIS REYES: La pasada década de los noventa te encuentra ocupado con tu siguiente película, Melodrama, que fuera censurada. ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Hasta qué punto lo que viviste alrededor de ella definió tu decisión de emigrar?

ROLANDO DÍAZ: Cuando escribí y realicé Melodrama, como parte del proyecto Pronóstico del tiempo, los “tiempos” eran otros. Ya había vivido casi un año en España, contratado por una compañía para realizar parte de la imagen del pabellón de las Islas Canarias a la Expo Mundial de Sevilla. Aquel contrato me permitió vivir otra realidad. Y llegué a Cuba con otros aires. Ten presente que había sido nominado a los Goya por un documental español, El largo viaje de Rústico. Creo que es la única vez que eso ha sucedido en la historia de estos premios, porque no fue nominado como coproducción, ni como película latinoamericana, sino como producción española. Yo era un simple residente temporal y eso, debo reconocer, me abrió caminos que después no supe aprovechar. Estaba con Cuba demasiado metida en el alma.

Rolando Díaz: “Los caminos de Aissa me permitió adentrarme en el dolor de una manera que nunca antes había hecho”.

Pero a mi regreso llevaba un impulso que ni Daniel, sufriendo todavía lo que significó Alicia en el pueblo de Maravillas, ni Fernando, tenían. Estábamos en pleno período especial, era la época en que Carlos Lage hablaba de una posible apertura a pequeñas y medianas empresas. Y yo llegué diciéndole a Fernando y a Daniel que nos planteáramos abrir una compañía entre los tres. La experiencia de rodar en España, aunque fuera un mediometraje, me permitió absorber, como una esponja, cómo funcionaban las cosas en otros mundos, me había animado a concebir la idea de ser independiente. Pero la supuesta apertura anunciada por Lage nunca se llegó a consumar, todo quedó en un sueño.

Pero mi impulso sí se manifestó en animar a mis grandes amigos de siempre a realizar una especie de Historias de Nueva York habaneras. De ahí surge la idea de Pronóstico del tiempo. Yo había escrito varias ideas, que puse a la consideración de ellos. Daniel tomó una que se llamaba Honestidad y la convirtió en Quiéreme y verás, pero Fernando prefirió una historia suya, Madagascar, inspirada en sucesos de su vida personal. El guion lo coescribió con Manolito Rodríguez. Yo escribí Melodrama.

Pero Pronóstico del tiempo, por razones demasiado largas de explicar, no llegó a ser película. Estoy convencido de que, desde el poder, se conspiró, sutilmente, contra ella. Yo le resultaba un tipo muy incómodo a Alfredo, pero también es cierto que cada uno de nosotros rompió lo acordado respecto a la longitud de las historias y otros sucesos menores, de los cuales cada uno de nosotros tiene su particular memoria. Mezclada Melodrama y en proceso de laboratorio, regresé a España por compromisos docentes y de rodaje, mientras ya estaba ideándose Fuera de juego.

Para mi sorpresa, Melodrama se estancó en el laboratorio. Roberto Fernández, el querido Luminito, su director de fotografía, me informaba que le daban largas a las correcciones de color. Él también tuvo que salir del país y el tiraje de copias se empantanó, a pesar de que dejé a otro buen amigo, Raúl Pérez Ureta, al frente de la corrección. Mientras, se ideó algo que para mí fue un golpe muy duro: Madagascar y Quiéreme y verás fueron unidas para un estreno en La Habana, y Melodrama quedó olvidada. Objetivamente así sucedió. No responsabilizo a Daniel ni a Fernando, grandes hermanos de siempre, sino a la dirección del ICAIC, que saboteó arbitrariamente mi relato, dejándolo sin terminar. Pero yo había sacado del país una copia sin corrección en VHS y decidí, con el apoyo del crítico Alejandro Ríos, estrenarla en Miami.

A cine lleno fue aquel estreno en Miami, que precisamente se hizo con Fuera de juego acompañando a Melodrama para completar la hora y media de proyección. Y en cuanto la prensa de Miami me entrevistó, dije que a la película la estaban prohibiendo en La Habana, pero que yo iba a asistir al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano a respaldarla, y si no hacían copias en 35mm, la exhibiría en las salas de video. Inmediatamente Alfredo respondió que la película no se había prohibido y que se estrenaría en el Festival en 35 mm.

Asistí a La Habana y la película se exhibió, por una sola vez, en el Chaplin, en una función diurna a las diez de la mañana, con la evidente intención de sabotear su estreno. Pero no tuvieron en cuenta que la noticia de la exhibición corrió como la pólvora y el Chaplin, a esa hora de la mañana, se repletó. Por poco se rompen los cristales de la entrada. Los aplausos fueron atronadores y recuerdo que en la presentación dije que mi único crimen (no es textual) fue haber hecho una simple película y que yo estaba allí para defenderla. Entre las cosas que nunca olvidaré está que, al estreno, asistió Santiago Alvarez, la única autoridad del ICAIC presente. Y estoy seguro que lo hizo por los tiempos que nos unieron en el Noticiero ICAIC. Aquella acción fue muy importante para mí.

Pero el asunto Melodrama, él solo, da para una larga entrevista y hasta para un libro. En el estreno del Chaplin estaba también el especialista alemán Peter Schumann, un alto cargo del Festival de Cine de Berlín, y al concluir la exhibición, me comunicó que la película quedaba seleccionada para la sección Fórum del Festival. Sintetizando, a Alfredo Guevara le dio un ataque de ira y le comunicó a Peter que Melodrama no iría a Berlín. Pero yo me personé en su célebre oficina del séptimo piso y le dije que la película iría y que si él lo impedía, publicaría, de mi puño y letra, un artículo en el periódico español El País contando los avatares del filme.

La pelea, sin llegar a extremos, fue muy fuerte y salí convencido de que la guerra entre el ICAIC y yo era definitiva, pero para mi sorpresa, un pequeño grupo de cineastas cubanos, con Titón a la cabeza, le escribió una carta a Alfredo diciéndole que no debía prohibir que Melodrama fuera a Berlín. Y Alfredo tuvo que ceder.

Es triste y estimulante recordar aquello. Titón estaba en la fase final de su cáncer de pulmón, algunos amigos propusieron que se le sacara de aquella pequeña batalla, pero Tomás insistió en participar y fue esencial en aquel embrollo. A Titón le gustó mucho Melodrama, tengo muy presente cuando la vimos juntos en la moviola; actuamos como si todavía nuestro grupo de creación, Rocinante, siguiera vivo. Él siempre fue consecuente con su actitud. Era un ser humano muy especial. Daniel y Fernando también estuvieron entre los firmantes de la carta. Y finalmente Melodrama fue a Berlín.

Pero Alfredo la prohibió en Cuba y luchó todo lo que pudo por obstruirle el camino. Incluso supe de primera mano cómo intervino para impedir que fuera premiada por el jurado y llegó a inventarse que el Premio de la Popularidad, que en buena lid y con votos populares había ganado en el Festival, fuera a otra, alegando que los cubanos no podíamos premiarnos nosotros mismos con ese premio, que deberían ser cintas extranjeras las ganadoras.

Muchas personas que han visto Melodrama me preguntan por qué fue prohibida, si la película no es particularmente crítica, ni severa con la Revolución, y yo siempre digo: “Es cierto, pero todos sabemos lo que pasó, pregúntenle a los que la prohibieron, no a mi”.

Yo especulo que tuvo que ver con mi acción de desobediencia, de hacer cine en Cuba viviendo ya fuera del país; cuando terminó todo el proceso de Melodrama, yo vivía en España. Mi desilusión era muy grande. Hay quienes dicen que era un castigo por ser hermano de Jesús Díaz, pero eso lo considero poco probable. Lo que sí pienso que en aquel entonces Alfredo tenía muchos frentes abiertos: era la época de las incomodidades oficiales por Guantanamera, y decidió no buscarse más problemas con el poder real. Además de que considero que a él, francamente, la película no le gustaba nada. Estaba lejísimo de sus gustos, como Guantanamera, pero cogerla conmigo, que ya ni vivía en Cuba, era más fácil y entendible para el poder. Eso especulo.

Recientemente he vuelto a ver Melodrama y me divierte. Su éxito fuera de Cuba fue grande. En Berlín le fue muy bien y ahí inició un camino que la llevó al Lincoln Center de Nueva York y a muchos otros festivales. Hasta un premio de actuación le dieron a Verónica López, del que me vine a enterar recientemente. La película, vista con los años, para mi gana, es una crítica mordaz y aguda contra el machismo a través del sexo, es la historia de una mujer víctima que, pareciendo burlada por los machos alfa que la rodean, termina riéndose de todos. Y aquella Habana del período especial, sombría y turbia, no deja de estar en la película. Es una historia que, curiosamente, le viene como anillo al dedo al movimiento MeToo. Y la música que hizo Pedro Luis Ferrer (otro perseguido del momento) me sigue encantando.

Pero Melodrama fue solo el antecedente de lo que después sucedería con Si me comprendieras… Mis batallas con Alfredo continuaban.

DLR: ¿Qué pasó con Si me comprendieras?

RD: Si me comprendieras es, sin dudas, la primera película independiente cubana, y eso no ha sido reconocido hasta hoy, que yo sepa, por ningún crítico, historiador ni especialista de cine cubano. Su historia es la siguiente: en 1996, muy pegado al éxito de Melodrama en Berlín, yo continuaba un buen camino en la autonomía española de Islas Canarias, donde un reducido grupo de personas insistían, desde finales de los ochenta, en hacer un cine regional que repercutiera en España y en el mundo. Fue la época de la Asociación de Cineastas Yaisa Borges, los Hermanos Ríos (que habían sido nominados a los Goya con su primer largo) y un grupo de jóvenes independientes de mucho talento. Por aquel entonces, en el propio 1997, el corto Esposados, del canario Juan Carlos Fresnadillo, fue nominado al Oscar, y su equipo de realización era básicamente el mismo de mis documentales El largo viaje de Rústico y Fuera de juego. Canarias bullía. En esa corriente, la productora Ríos TV me propone realizar una serie para televisión sobre “Cómo se hace el cine en Cuba”. Y acepto.

No recuerdo los pormenores, pero me dieron permiso en Cuba para dirigir aquella serie, aunque yo llevaba un segundo realizador a mis órdenes: mi amigo Francisco Puñal, que por aquellos años vivía en Canarias. Yo era perfectamente consciente de que, una vez volviera a pisar Cuba, me iba a ver en la necesidad de contar una historia que fuera más allá de la serie de TV. Con esa voluntad regresé. Diseñé, junto a Pancho, los seis capítulos sobre las interioridades de un rodaje. La película modelo fue Hacerse el sueco, de Daniel Díaz Torres, que como siempre me dio todas las facilidades para el rodaje.

Pero lo que hice fue dejar a Puñal al frente del equipo de la serie y yo conformar otro, un supuesto “segundo equipo”, que filmaría lo que terminó siendo Si me comprendieras. Fue una mentira blanca y tengo que decir que, en realidad, no tuve tropiezos para rodar. El director de fotografía, Pepe Riera, se acopló conmigo de manera muy orgánica; mi asistente fue Gloria María Cossío; el sonidista, Jorge Luis Chijona, y mi esposa, Ileana García, la economista y alma de todo aquel mejunje que implicaba la serie de TV y el documental. Como ves, un equipo super reducido. Pido disculpas si olvido algún nombre.

Hice aquella película por impulso. Comienza incluso con un director que no sabe qué película contar y le pregunta a la gente qué tipo de cine quieren ver. Rodé, por supuesto, sin guion, durante 14 intensos días. Sí tenía claro que quería trabajar sobre el tema de la raza y el entorno femenino, muy presente en mi cine, lleno de protagonistas mujeres. Y, por supuesto, La Habana, mi Habana, como escenario. Rodé el grueso en 1997 y se quedaron unos flequitos postmontaje, que dirigí en 1998 como el turco Yilmaz Güney dirigió YOL: desde la distancia, con un eficientísimo Pepe Riera filmando e interpretando mis orientaciones.

Para quedar bien conmigo mismo, le enseñé el material en bruto en 1997, mientras rodaba, a Daniel, Juan Carlos Tabío y Manuel Pérez (Fernando no estaba en Cuba), y les comenté que con eso quería hacer una película.

Hasta las Islas Canarias invité, junto a la productora Ríos TV y mi inseparable amigo y productor canario Aurelio Carnero, a Jorge Abello, que montó conmigo Si me comprendieras, título alegórico sobre lo que yo pensaba que el país debería hacer con su realidad: comprenderla.

A finales de 1998 la envié al Festival de La Habana… y nuevamente se desató el escándalo. Era una película independiente, hecha en España, pero cubana hasta la médula. El Festival, nuevamente Alfredo en mi vida, la aceptó. Esta vez cambiaron, en apariencia, la estrategia. Me prometieron que la pondrían cuatro veces. Hasta participé en una rueda de prensa con Alfredo, pero aquello no se cumplió y la exhibieron en el cine 23 y 12 una sola vez. Era una verdadera humillación, porque el Chaplin era la sede principal del Festival. Creo recordar que se inventaron el pretexto de que era un documental.

El 23 y 12 se repletó. Lo que pasó allí fue verdaderamente emocionante. Recuerdo especialmente que le dediqué la película a mi hijo más joven, que era el único que me quedaba en Cuba. Después se sucedieron cosas raras. Me enteré de verdaderas barbaridades, pues el jurado canadiense del Festival me comunicó a posteriori que habían orientado al jurado para que la película no fuera premiada. Pero la jurado chilena se plantó diciendo que aquel era el mejor documental y había que premiarlo. Finalmente, gracias a las presiones de aquella mujer, se inventaron una especie de Premio Especial del Jurado o Mención Especial, con la advertencia posterior de que yo no podría subir a recibir el reconocimiento al escenario.

Berlín volvió a seleccionar Si me comprendieras, pero esta vez no hubo conflicto: la película no le pertenecía al ICAIC, por ello mi reclamo de reconocerla como primera película cubana independiente. Un par de años después, los hermanos Ríos, productores iniciales, junto a mi, del proyecto, decidieron ceder la película a Luna Llena Producciones, la productora que fundé con mi amigo Aurelio Carnero en Canarias y que aún vive.

El éxito de Si me comprendieras fue notable. La prestigiosa distribuidora de documentales First Run Icarus Films, con sede en Nueva York, se adueñó de sus derechos y la explotó, para mi alegría, durante siete años. Tuvo muy buena crítica y la relación profesional con ellos fue excelente. Recorrió más de 20 festivales internacionales de puntería, obtuvo premios, reconocimientos diversos, pero en Cuba nunca se exhibió. Es cierto que nunca entregué una copia oficialmente al ICAIC para su exhibición nacional… pero, ¿hubiera tenido sentido? Copias aisladas de la película sí sé que hay en Cuba, pero solo eso.

DLR: En Si me comprendieras hay una manera de replantearse la función del documental, en la relación con los personajes, a través de la construcción de un acto de representación compartido. ¿Cómo llegas a esa forma expresiva? ¿Qué demonios buscabas exorcizar en ese filme?

RD: Seguramente había mucho de la necesidad de contar sobre mi país, sobre mi realidad, por ello me puse de “narrador”, para contar, a través de aquellas mujeres, mis impresiones sobre la nación cubana. Lo interesante para mi fue la repercusión internacional, cómo algo tan local llegó a interesar a tantos públicos. Minoritarios, por supuesto, como suelen ser los públicos del documental, pero públicos de muchos rincones diversos.

Un vez más acudí a los Van para armar aquel musical loco que las mujeres pretendían armonizar. Es una película muy metida en el barrio, en sus gentes. Y, a la vez, desde mi punto de vista, muy profunda. Creo que hace una mirada introspectiva del país que todavía, en muchas cosas, está vigente.

En una ocasión coincidí con Fernando Pérez en Canarias, en el Festival Internacional MiradasDoc, y dijo algo bien interesante para mí: que Suite Habana había surgido de intentar contar los sentires de Si me comprendieras, pero en su estilo. Así funciona la lógica poética de Fernando. La mía sigue siendo la palabra, la palabra látigo, la palabra sentimiento. Aprovecho para decir que con Fernando me sigue uniendo una sólida e intensa amistad.

DLR: El proceso de volver a hacer cine fuera de Cuba es siempre la zona álgida de la biografía de los cineastas cubanos emigrados. Por diversas razones. Tú recomenzaste a caballo entre Islas Canarias, Miami, luego República Dominicana, hoy nuevamente España. ¿Cómo defines ese ir y venir?

RD: La vida me lo ha impuesto. En realidad, muchas veces pensé que yo nunca me había ido de Cuba, sino que hacía películas donde pudiera, historias que formaban parte del cine cubano, porque yo me había formado en Cuba y no podía renunciar a mi público, a mis esencias… Pero la actitud intolerante da de bruces con los sueños. He contado lo que sucedió con Melodrama y Si me comprendieras, pero con Cercanía fue peor. Simplemente no la aceptaron en el Festival de la Habana. Incluso admito que pudo haber sido rechazada en competencia, supongamos que incluso es una mala película, pero de malas películas está lleno el camino de muchos festivales. Pudieron haberla admitido en una sección paralela o exhibirla en estreno fuera de competencia; trata un asunto cubano, que atañe a los cubanos… pero no. No la querían allí. Esa es la verdadera esencia del asunto.

En su momento, Cercanía se estrenó en Miami y su éxito de público fue sorprendente. Apenas sin publicidad, compitiendo al duro en las condiciones en que allá se estrena el cine comercial, estuvo tres semanas en tres salas y en una de ellas se mantuvo durante ocho. Las ventas en DVD fueron excelentes, sorprendentes. Se vendió en muchísimos lugares, que iban desde Sudáfrica hasta Japón, y ni qué decirte en Estados Unidos. Al menos los cubanos del exilio la vieron con muchos deseos.

Tengo que decirte que, aunque creo que por derecho propio soy un cineasta cubano, me encanta lo que me ha tocado vivir. Haber rodado en tres de las siete Islas Canarias, en Miami, en República Dominicana, y lo que me queda por vivir, me satisface. El único gran dolor está en que los últimos movimientos de mi vida se debieron a la muerte de mi esposa, Ileana García; un inesperado cáncer cortó su vida a los 57 y dejó la mía en el aire… La amaba. Pero tenía que seguir cumpliendo años y viví más de cuatro, muy interesantes, en Dominicana, junto a otra muy buena mujer. Ahora estoy en Valencia, en medio de un barrio medieval apasionante, intentando rehacer mi vida y la rehago. Soy un sobreviviente.

DLR: Quizás por eso mismo, la experiencia del emigrante se ha convertido en eje de tu cine posterior. Tanto Cercanía, como Actrices, actores, exilio, como Los caminos de Aissa, tienen que ver con esa experiencia. ¿Cómo es reinventarse en otra circunstancia cultural? ¿Y cómo ves el cine que ha salido de esa experiencia?

RD: Así es, es un tema que me obsesiona. Y no me puedo quejar. Con la excepción de Actrices, actores, exilio, que es un documental de testimonios con un aliento muy de televisión (no estoy contento de cómo me salió el personaje-estudiante que investiga; es mi responsabilidad), lo demás sí me ha dejado satisfecho. Cercanía, reconociendo algunas limitaciones, ha funcionado muy bien, y habría que ver qué hubiera sucedido si se hubiera estrenado en Cuba. Y Los caminos de Aissa me permitió adentrarme en el dolor de una manera que nunca antes había hecho. El dolor de esa joven emigrante con su entorno, con su madre, con su vida. Creo que es una película muy válida. La crítica la trató superbien y estuvo a las puertas de Berlín, casi lo consigue, pero por el aquello de los festivales, a última hora le negaron la selección. Así son las cosas, y lo mejor es ser conscientes de ellas, porque si no se sufre mucho.

Vivir en países que no son el tuyo siempre es difícil. Eres extranjero y, aunque obtengas logros y seas reconocido, incluso con la nacionalidad, nunca es igual. No obstante, hay países y países… Pero hay que adaptarse y no la he pasado mal. He conocido personas buenísimas y he ampliado mi punto de miras. En realidad no me puedo quejar, he podido hacer cine en cada país en el que he vivido y he sumado a mi insustituible Habana otras ciudades, como Santa Cruz de Tenerife, Miami, Santo Domingo o Valencia, que es donde vivo ahora.

DLR: Durante el homenaje que te hicieron en el taller de la crítica de Camagüey hace unos años, te referiste a la necesidad de que el cine de los cineastas cubanos que residen en el exterior sea exhibido de forma normal en Cuba, sin sufrir las visiones estrechas en torno a lo nacional que imperan -según lógicas de premio y castigo- a la hora de desconocerlo. ¿Te defines como un cineasta de la diáspora cubana?

RD: Para nada. Soy un cineasta cubano de Cuba. Allá el que me quiera poner cartelitos o hacer de la nación un bastión ideológico. Eso no se corresponde con la realidad. Si algo disfruté en Dominicana fue ver con el inmenso cariño que reciben a la gente que vive fuera del país; en Navidades les retiran los impuestos, pueden ingresar (dentro de la ley) todo lo que quieran a su país. Y los cineastas que viven fuera regresan a filmar sin ningún prejuicio. ¡Eso es admirable! Y si, finalmente, estando en cualquier país de este mundo, te complace regresar al lugar donde naciste, regresas y se acabó. Es un derecho. Oponerse a ello es un disparate de dimensiones trágicas.

Vivir permanentemente en una plaza sitiada enferma. Ventilar la nación es esencial para alcanzar la modernidad. Y la política no me interesa para nada, estoy muy desilusionado de ella. En todas partes cuecen habas, pero encerrarse, estar todo el tiempo viendo enemigos y sombras eternas es terrible. Una nueva mirada se adueñará de la nación, no sé cuándo, quizás yo no lo vea, pero sucederá, y mientras espero que suceda, regresaré a Cuba de cuando en vez, y si es a poner las películas que hice o haré, mejor aún. Me siento cubano hasta la médula. (2018)

*Esta entrevista es una versión de la que será publicada en el dossier dedicado a los cineastas cubanos del exilio por el Anuario Histórico Cubanoamericano.

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