Toda la libertad en unos zapatos

Este documental es una alegoría a las “pequeñas cosas” dentro de las cuales se encuentra cautiva la libertad.

En un artículo publicado en el Bisiesto[1] el cineasta Juan Carlos Calahorra escribe: “quizá en ningún género como en el documental sea tan íntima la relación entre ética y estética. Contrariamente a lo que aún muchos creen, documentar no es calcar el fenómeno, hecho o sujeto inscritos en una Historia presuntamente objetiva; sino registrar la huella de esa inscripción en nuestra propia subjetividad, con nuestro modo único de entender el mundo, de verlo y oírlo, de emocionarnos ante él. Justo en esa huella se funda lo estético. Si la obra no atrapa una vivencia estética en uno como realizador/persona —y no la promueve en el espectador—, sencillamente no es cine documental”.

Nunca pudo decirlo mejor el autor del Evangelio según Ramiro (2012). Nunca las ha cumplido mejor el realizador Alejandro Alonso.

Ganador en la edición 2014 de la Muestra Joven ICAIC con su documental Velas, Alonso se gradúa de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) con su siguiente audiovisual del mismo género: La partida, que no por ejercicio final carece de los elementos distintivos de lo que es y será su obra: el uso de los elementos audiovisuales en función de una historia matizada por la ética.

La vida del personaje principal de este documental está ligada a sus zapatos, símbolo de una libertad cautiva.

La vida del personaje principal de este documental está ligada a sus zapatos, símbolo de una libertad cautiva.

Este es el segundo material donde el realizador escoge como personaje protagónico un adulto mayor. El riesgo que asume al poner frente a la cámara a personas con historias de vida aparentemente sencillas y cotidianas, se transforma, más que en una victimización de dichos personajes, en una muestra de respeto hacia ellos y sus realidades.

La despedida posee una puesta en escena orgánica y para nada artificiosa en aras de probar una determinada tesis. No fuerza el realizador ninguno de los hechos que sabe ocurrirán de antemano por su investigación, sino más bien los compone.

La cámara logra colocarse en un punto medio donde no es totalmente extraña, pero tampoco intrusiva para con la realidad de los personajes.

Trata de ubicarnos Alonso lo más posible en el entorno habitado por su protagonista. Para eso hace uso superlativo del sonido ambiente, diseñado cuidadosamente para que, junto con el predominio de planos generales y medios, empatizemos con este viejo minero.

Pretende que veamos lo mismo que ve su personaje, pero no de una manera intimista y subjetiva; propone que compartamos realidades con él, ambos en bordes distintos, pero no diferentes, por eso la cámara ya está puesta cuando juntos, minero y públicos, aprehenden la realidad.

El uso del radio para ponerle nombre al lugar donde vive este hombre (Minas de Matahambre, Pinar del Río) no es un recurso novedoso, pero demuestra la habilidad del joven realizador para pensar el audiovisual como un conjunto de elementos que no deben verse desbalanceados a la hora de construir el relato.

Reflejar y articular la historia del cuerpo constituye tabú o estereotipación en la mayoría de los trabajos de ficción o documental, y aunque en este material el director nos muestra un cuerpo sesgado en ocasiones por las piernas, en otras el torso, esto es suficiente para imaginar la historia de vida del personaje. Hablamos de un adulto mayor, trabajador de la minería, uno de los ambientes más hostiles que existen para el cuerpo humano, y que además tiene una mano con dedos inhabilitados.

Todos estos detalles son expuestos en una composición narrativa y fotográfica que rejuega incluso hasta con un poco de suspense. Al principio vemos a este hombre ir a varios lugares con sus zapatos en las manos, solo para comprender, más adentrado el material, que busca la ayuda de alguien para calzárselos.

Los zapatos devienen así, metafórica y literalmente hablando, símbolo de domino, más que de libertad. Tanta información contiene de su vida el hecho de que Pablo Fabelo no salga de su casa sin los zapatos, como cualquier plano de las minas donde habita.

Constituye así La despedida una alegoría a las “pequeñas cosas” dentro de las cuales se encuentra cautiva la libertad.

Notas

[1] Calahorra, Juan Carlos: “Filmar (en) el mundo con el corazón en la boca”, en Bisiesto, n.4, 2014, p. 8.

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