El acompañante o el jardín de los senderos paralelos

Pavel Giroud continúa hurgando en la compleja subjetividad de sujetos al margen, inadaptados y descolocados.

Foto: Tomada de www.americateve.com

Con el largometraje El acompañante (Pavel Giroud, 2015), continúa el audiovisual cubano saldando las incontables deudas que guarda con su contemporaneidad, con sus estratos sociales y con las individualidades desperdigadas en el silencio del no reconocimiento. Desde una consecuencia discursiva y poética, su realizador continúa indagando, más bien hurgando, en los vericuetos psicosociales de sujetos al margen, inadaptados y descolocados; algo ya emprendido en sus cintas previas La edad de la peseta (2006) y sobre todo Omertá (2008), a lo cual se suma su marcada preferencia por el pasado.

Esta vez avanza en su barrido epocal hasta la cubana década de los ochenta (La edad… abarcó los cincuenta y Omertá los sesenta), para diseccionar las primeras estrategias gubernamentales de contención ante el arribo del VIH/sida a la isla. Sobre este contexto desarrolla la amistad entre dos personajes: el portador Daniel (Armando Miguel) y el boxeador castigado Horacio (Yotuel Romero), quienes desde sus senderos vitales muy diferentes, y por razones igualmente diversas, terminan confluyendo en el sanatorio de Los Cocos. Daniel, hijo de alto militar acomodado, que se contagia durante la guerra de Angola; Horacio, campeón internacional de boxeo que sucumbe al dopaje bajo las presiones diversas porque mantenga sus títulos, y termina de “acompañante” celador del primero.

Otro elemento interesante delata el conflicto de Daniel y de todos sus vecinos de enclaustramiento, heterosexuales todos; y es que la cinta enfatiza como de soslayo en las particularidades del fenómeno en Cuba, donde un alto porcentaje de las personas seropositivas iniciales no se adscribían a las preferencias homosexuales, como sucedió en los Estados Unidos. Cuba, años ochenta, sida y masculinidades se entretejen en la urdimbre del panorámico telón de fondo de esta amistad protagónica.

Por otro lado, apenas a un año del estreno de La pared de las palabras (Fernando Pérez, 2014), el audiovisual cubano recurre de nuevo a lo que pudiera catalogarse como cine de enclaustramiento o cine de sanatorio, uno de cuyos grandes exponentes mundiales es Alguien voló sobre el nido del cuco (Miloš Forman, 1975). Esta tendencia ha sido poco explorada en nuestro contexto fílmico, donde la figura del “loco” o el “internado” (desterrado fuera del corpus “sano” de la sociedad) en sentido general, ha sido patrimonio casi exclusivo del documental; que no hablemos del mundo carcelario…

El microcosmos del asilo vuelve a ser idóneo para desarrollar historias sobre la comunicación humana en situaciones extremas, que ponen a dura prueba los verdaderos principios y esencias de los implicados, así como la insularidad claustrofóbica bien pudiera remitir a esa insularidad social, aparentemente más amplia, que pone rígido sitio a sus componentes.

El énfasis que El acompañante pone en el (re)conocimiento, diálogo y final amistad entre estos dos marginados, conduce a la cinta por los caminos del buddy film (al igual que la más quijotesca Omertá). Propósito un tanto frustrado dada la poca o nula organicidad conseguida en la relación de los protagonistas por una dirección actoral que no supo hallar el engarce cabal ni la sincronía exacta entre los registros y estilos de Armando y Yotuel.

Asistimos así al decursar de dos vidas relegadas por azares adversos, sin que logren imbricarse en un tinglado sólido, que cante a la aceptación del otro, a la amistad, la solidaridad, la integridad y la justeza. A fuerza de inorganicidad, cobran más importancia de la cuenta los avatares individuales de Daniel y Horacio, ángeles caídos en la brega por adaptarse individualmente a las circunstancias que los asedian inevitablemente, sobrevivirlas y escapar de ellas en lo posible; además de interactuar con los nuevos recodos que les muestran los senderos recorridos, siempre alejándolos de sus muy cómodas vidas previas.

No es que las interpretaciones revelen una extrema irregularidad redundante en desbalances irreconciliables, aunque el protagonista de Melaza (Carlos Lechuga, 2012) descolla una vez más por la agradable naturalidad y segura eficacia que lo hacen una de las apuestas más seguras del catálogo histriónico para el audiovisual cubano. Daniel/Armando Miguel prevalece, contrario a los propósitos de la propia cinta, a fuerza de carisma y simpatía.

Entretanto, Yotuel asume con bastante decoro al misantrópico y llano boxeador, pero pudo haber cedido la primacía que se le concede desde el propio título y ocupar una jerarquía dramática más discreta, más adecuada con sus posibilidades y las del propio personaje. Otro elemento de la cinta, que sobre exige de Horacio una prevalencia algo empecinada, es el tratamiento fotográfico dado a su figura, desde una marcada y sensual estilización corporal muy contrastante con el recato propio del personaje y su carácter discreto.

Termina deslizándose El acompañante hacia terrenos del cine deportivo —en detrimento de no pocos de los planteamientos articulados previamente—, sobre todo hacia su segunda mitad. Los acontecimientos comienzan a girar alrededor de la redención boxístico-política de Horacio; eso sí, como constructo bilateral y hasta colectivo, dado el involucramiento de varios secundarios y el mismo Daniel. Contribuye todo a una toma de conciencia sobre la otredad en que se sumerge el boxeador y que finalmente ayuda a sanarlo, reivindicándose a su vez en su triunfo.

Un comentario

  1. Marcos Cela

    Para mi lo mejor de la película es la relación de los actores y lo bien hilvanados y dirigidos que están todos. Los críticos cuando no tienen nada interesante que decir… buscan donde no hay. Si un problema no hay en esta película es de actuación.

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