El aporte de Sara Gómez: Unas notas después de 40 años

La cineasta Sara Gómez registró muchos de los conflictos patriarcales que el feminismo ha hecho visible, pero no abundan acercamientos de este tipo a su obra.

Tomado de La Jiribilla

Sara Gómez fue la primera mujer realizadora de un largometraje de ficción en la industria cinematográfica cubana.

Hay caminos que se repiten, o mejor, hay ideas que parecen activarse ad infinitum, son como un círculo al que volvemos siempre porque pareciera que las obras que las enuncian están allí para reafirmarse con el tiempo. Entonces nos percatamos de que lo que se cuestionó y problematizó en un momento, hoy se redimensiona; por eso hay artistas, porque son capaces de detener la mirada allí en lo que es verdaderamente trascendental, en lo mínimo que se vuelve grande. Este es el caso de la cineasta cubana Sara Gómez, cuya agudeza problematizadora se nos revela hoy aterrizada en el siglo XXI, en una eterna provocación de cómo son representados los seres humanos en sus circunstancias, desde un dialogismo ético que la convierte en una directora con voz en primera persona, dentro de los conflictos que aborda.

La obra de Sara ha sido atendida desde dos puntos de vista: el que intenta develar sus múltiples aportes temáticos, ya sea desde lo antropológico, social, las representaciones de género y, por supuesto, la lectura desde el feminismo; el segundo: aquel que obvia la importancia de los temas para centrarse en la articulación del lenguaje cinematográfico. Pocas veces logramos encontrar el diálogo que se impone entre el qué y el cómo en la obra de esta cineasta, que ha sido atendida, además, porque se convierte en la primera mujer que logra realizar un largometraje de ficción, luego de fundado el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), en marzo de 1959. Sin embargo, la tendencia que se impone ha sido leer su cine “fundamentalmente por los valores estéticos de su obra, aquellos que la crítica cubana de cine ha visto como virtudes universales y verdades estéticas en tanto ha eludido, en la mayoría de los casos, la lectura de su cine desde los presupuestos seguidos en este trabajo”[1] y me refiero a su trascendencia como realizadora en tanto anotó muchos de los conflictos que el feminismo ha mostrado como las grandes injusticias que el sistema patriarcal sustenta.

He vuelto a revisar Mi aporte (1972), un documental que, pese a sus años, aún me sorprende por su vigencia. Siento que es de esas piezas poco atendidas y revisadas por la crítica, ha vivido – quizás por ello tanto silencio a su alrededor – el descalabro de la ausencia en las muestras dedicadas a su obra[2] y el hecho de no haber sido entendido en su momento y, por ello, ha quedado relegado al panteón de los olvidados, dígase también de los documentales conflictivos y provocadores.

¿Cuál fue la mirada de Sara en este documental que provocó fuera preterido en su época? ¿Por qué resultó tan cuestionador en su momento? ¿Aporta hoy, después de 40 años, luces sobre el tema que aborda?

En Mi aporte, la cineasta examina el tema de las mujeres y su inserción en el trabajo en el espacio público. Mujeres de diversas profesiones y estratos sociales son entrevistadas acerca de lo complejo que es participar como trabajadora en la nueva sociedad socialista y, a la vez, ocuparse del espacio doméstico, atender a los hijos, entre otras muchas labores atribuidas a lo “típico femenino”. Pero Sara incorpora la duda y desde allí cuestiona cómo, aún en un país que trabaja por la inserción de las mujeres al espacio público, se continúan reproduciendo estigmas machistas.

La mirada incisiva de nuestra cineasta insta a interrogarnos hasta qué punto los roles tradicionales en el mundo privado se mantienen incólumes. Algunas de sus entrevistadas ni siquiera dudan de la carga de hasta 20 horas de trabajo que sostienen día a día, pues la naturalización de los roles domésticos les impide ver la injusticia que ello implica. “En este documental Sara aparece en el grupo de mujeres que se cuestionan lo que significa para ellas integrarse a la Revolución; mientras han conquistado el espacio público, el doméstico mantiene y legitima los roles sexistas que llevan a las mujeres a la doble jornada laboral. (…) su cuestionamiento continuo, hasta dónde el verdadero cambio en el imaginario simbólico con respecto a la posición y la condición de las mujeres en la nueva sociedad que surgía, la convierten en una pionera en estos temas que desarrolla desde varias aristas en otros documentales[3]”. 

Resulta interesante que la directora complejiza el tema y agrega, además, algo que el feminismo contemporáneo se ha cuestionado: el sujeto mujer universal. Las mujeres entrevistadas por Sara pertenecen a estratos sociales diversos, como diversos son sus colores de piel. Así, evita esencialismos -tan típicos todavía en este tipo de análisis- y asume la pluralidad de enfoques que da cuenta de la diversidad de mujeres en sus particulares circunstancias, ante un tema tan universal como la doble jornada laboral.

“¿Estaremos creando las condiciones para la formación de la mujer nueva?”, se pregunta la realizadora en el documental. Y sobre esa interrogante se ubica la tesis que la obra propone. No hay dudas de que, en ese muestreo de historias de mujeres, la directora devela la complejización del tema: los aprendizajes machistas inscritos como huellas en nuestra cultura no cambian tan fácilmente. Sin embargo, su mirada está allí para inquietarnos, para hacernos dudar de la incorporación “plena de la mujer al trabajo”; ella sabe que la conquista del espacio público solo se realiza enteramente si, en el espacio privado, la vida doméstica es compartida y más si se acaba de entender que el trabajo en la casa es también trabajo y, por cierto, no reconocido y por ende no remunerado: el llamado trabajo invisible.

Hablaba de cómo esta obra aún me desconcierta, y es que el feminismo contemporáneo no cesa de luchar porque se reconozcan las labores domésticas, esas que redoblan las horas de trabajo de las mujeres. Me inquieta porque Sara sabe que sus mujeres múltiples, con diversos estratos sociales y formaciones, develan no a la MUJER como ente abstracto, arquetípico. Al mostrarnos tan diversos rostros, ella da cuenta del absurdo del hieratismo de un solo tipo de mujer nueva -en caso de que ese sustantivo y adjetivo hayan tenido sentido en algún momento-, pero sobre todo ella está allí, entre esas mujeres, hablando desde su historia, desde sus mismos conflictos, como mujer negra, de clase media profesional. Es que es absurdo seguir pensando nuestro cine sin ubicarnos desde dónde está situado quien mira: el sujeto que enuncia detrás de cámara posee un aprendizaje en género, una historia de vida, una manera de entender el mundo que nos devuelve a través de sus imágenes.

El cine no es inocente, sus imágenes nunca lo son; llevan la carga de quien las mira, de quien las piensa. Por ello, pretender anular la perspectiva feminista y la mirada de género a nuestro cine es hoy amputarle una zona que está en el proceso de enunciación de cada propuesta fílmica que devela y complejiza mucho de la propia obra. Pero amputarle esa mirada a la obra de Sara Gómez es perder de vista la mitad de los valores de su cine. En ella ese absurdo se nos vuelve en contra, sobre todo porque ella misma, en ese proceso de autorepresentación de tanta lucidez fílmica y conceptual, al referirse al conflicto que ponía en discusión en Mi aporte, decía: “me niego rotundamente a quedarme callada”. Ahora, en 2013, revivo el documental y le agradezco tanta sinceridad, porque yo también, mi querida Sara, prefiero decir y hablar a tiempo y sin titubeos.



[1] Danae C Dieguez: “Cine de mujeres en Cuba. ¿Atisbos de un contracine?, en Conquistando la Utopía. Ediciones ICAIC, diciembre 2010.

[2] En 2006 nos reunimos un grupo de amigas y realizamos el Coloquio “Sara Gómez, imagen múltiple. El audiovisual cubano desde una perspectiva de género”. Con el apoyo de la Universidad de las Artes (ISA) y el ICAIC, sobre todo en la persona de Pablo Pacheco, logramos exhibir el documental Mi aporte, después de muchos años sin ser promovido. Quienes hicimos el coloquio contamos con apoyos incondicionales como el de Inés María Martiatu, entre otras personas, y hemos dedicado nuestros trabajos, investigaciones y activismo a la defensa por la equidad de género desde nuestra condición feminista. Éramos: Sandra del Valle, Sandra Álvarez, Karen Rodríguez López-Nussa, Norma Guillard y quien escribe estas líneas.

[3] Danae C Dieguez: “Cine de mujeres en Cuba. ¿Atisbos de un contracine?”, en Conquistando la Utopía. Ediciones ICAIC, diciembre 2010.

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