El crítico de provincia

¿Existe el “fatalismo geográfico”?

Foto: Cine debate en Iglesia William Carrey “Las relaciones de Parejas Inter Raciales en el contexto cubano” , proyección del filem cubano "Irremediablemente juntos", en La Habana , Cuba.28 febrero de 2014. Foto: Jorge Luis Baños_IPS

En estos días he estado revisando algunos cuestionarios que nunca respondí, o cuyas respuestas dejé a medias por falta de tiempo. Uno de ellos es el que me hizo llegar, en su etapa de estudiante, mi querida amiga Leybis Leydis Rosales, hoy flamante Licenciada de Historia del Arte. Hay allí preguntas todavía provocadoras, como esta que trataré de responder brevemente: “¿Cuánto limita o aporta ser un crítico de cine que ejerce el oficio fuera de la capital?”.

Lo del “fatalismo geográfico” en Cuba (es decir, vivir en provincias que están más allá de La Habana) siempre me ha parecido una excusa para justificar la pereza intelectual, o la carencia de metas que aspiren a llegar más allá de lo asumido como la norma. Es cierto que las brechas que se imponen entre los países desarrollados y los subdesarrollados, entre las metrópolis y sus alrededores, condicionan las maneras de producir y acceder a los saberes. Pero en el caso de los críticos de cine, la posibilidad que nos brindan en la actualidad las nuevas tecnologías para borrar algo (no todo, desde luego) de la desventaja de no tener en tus cercanías una biblioteca con los libros y profesores que pueden consultarse en Harvard, en la Universidad Autónoma de Madrid, o en la José Martí, son reales. Lo que sucede es que el cambio de mentalidad en cuanto al uso de estas herramientas puede ser más lento allí donde pareciera que se necesita orientación desde las capitales para impulsar ese giro copernicano.

Hasta los años noventa, obtener bibliografía actualizada era realmente una utopía para los críticos de cine del patio. Los que vivíamos en provincia íbamos a la sala de arte de la localidad y corríamos el riesgo de quedarnos con la sensación de que la Historia del cine había llegado a su fin en los sesenta. Y de los debates en torno al ejercicio de la crítica misma, ni la más mínima idea. Mucho menos nos podíamos poner al día con los presupuestos del feminismo, por mencionar tan solo uno de los ejemplos que hablaría de nuestra indigencia teórica. De allí que, entre los modos de apropiarse del objeto fílmico de Cabrera Infante y Valdés Rodríguez y los que llegaron después, apenas se notaran diferencias de fondo: a la larga, ha seguido siendo el mismo oficio del siglo XX del que hablara Cabrera Infante, pero sin la elegancia literaria de Caín.

Hoy ya no hay ninguna justificación para que un crítico de cine, viva donde viva en Cuba, no esté avisado de lo que se ha estado discutiendo en cuanto al audiovisual y su crítica en los principales centros académicos del planeta. Así que vivir en la capital o fuera de ella no resultaría determinante a los efectos del acceso a esos conocimientos, y sus usos y debates. El drama comenzaría, en cambio, a la hora de fomentar complicidades en el territorio, adhesiones que no necesariamente tienen que ser para estar siempre de acuerdo con lo que el crítico postula. Al menos, en mi caso, yo he logrado reconocerme de un modo impecable en lo que anotaba Canetti: “Mi pesquisa se ha dirigido siempre de un modo especial a aquellos que mantenían despierta en mí la capacidad de réplica”.

Desde luego, hay provincias y provincias. Yo tuve la suerte de ejercer el oficio desde Camagüey, a lo largo de un cuarto de siglo, y siempre encontré el apoyo del Centro de Cine para impulsar eventos como el Taller Nacional de Crítica Cinematográfica o proyectos como el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo. En todos los casos, sea en La Habana o en Camagüey, si quieres tener algún impacto en el seno de la comunidad, se necesita el apoyo de otros y, sobre todo, de quienes mandan.

El Taller, por ejemplo, por excelsa que pareciera la idea a la hora de presentarla, no existiría si en aquel momento no hubiese estado al frente de la institución Armando Pérez Padrón, y Luciano Castillo no trabajara como especialista junto a nosotros. Lo mismo pasa con Nuevo Mundo, que le debe su existencia actual a Disley Orama, actual directora del Centro de Cine. El crítico puede ser brillante, estar muy actualizado en lo teórico, pero si no logra poner de su parte a quienes dirigen, si no logra sensibilizarlos, difícilmente podrá conseguir que aquello que escribe o haga tenga un alcance mayor que el que demarca los predios de su olvidable ego.

Ahora bien, tampoco es demasiado estimulante que el crítico convierta su provincia en carnet de identidad para lo que hace. Suena bastante “provinciano” eso de que lo presenten a uno como “el crítico de Camagüey o de Guantánamo”. El crítico tiene que luchar para que sus inquietudes sean reconocibles por igual, lo mismo en el lugar donde vive que en Barcelona, Nueva York o Buenos Aires, y que cuando se siente a hablar con desconocidos en algún café cualquiera del planeta, a la salida de un cine, los extraños descubran que hay un denominador común en esa búsqueda de sentido de lo que se ha apreciado.

Y eso solo se consigue dejando a un lado el impresionismo de los criticones para asumir como bandera el pensamiento crítico, que no es lo mismo: con el impresionismo no se va más allá de lo que el humor o malhumor, en cada caso, indica, y tendría mucho que ver con aquel psicologismo combatido por Husserl; el pensamiento crítico, en cambio, trata de ir a las esencias, a lo que perdura más allá del vaivén de las modas intelectuales, incluso poniendo bajo sospecha los mecanismos psicológicos que han condicionado ese pensamiento crítico. Es una tarea bastante ardua que ya Chesterton describía con exactitud al apuntar: “La acción y la crítica son fáciles; el pensamiento no”.

Estoy demasiado cerca del Taller de la Crítica Cinematográfica que se celebra en Camagüey como para poder tasar su importancia sin correr el riesgo de incurrir en sospechosos sesgos intelectuales. Creo que la cita ha tenido su indiscutible importancia, pero les corresponde a otros evaluar su legado más puntual a la historia intelectual del país; sin embargo, debo confesar que, como coordinador académico de varias ediciones, he sentido frustración al notar que nunca logramos naturalizar esas revoluciones copernicanas que demandan los nuevos tiempos en el ejercicio de nuestro oficio; y, lo que es peor aún, no hemos logrado sembrar esas inquietudes en los jóvenes que viven en esta ciudad.

Acá en Camagüey tenemos muchos creadores audiovisuales, pero pocos se atreven a expresar por escrito u oralmente lo que podrían ser sus respectivas poéticas. Y ya sabemos que buena parte de la utilidad de la crítica (la de verdad, la que trasciende) está en la capacidad que tiene de des-automatizar la percepción que tenemos de la realidad, obligándonos a mirarla de modo diferente: es en esos momentos cuando se borran las fronteras entre el pensamiento creador y la creación reflexiva.

Lo paradójico estaría en que los Talleres casi siempre se han organizado sobre la base de las intervenciones de aquellos invitados que, por lo general, viajan desde la capital. Lo cual nos confirma que la voluntad de trascender el provincianismo de la crítica de cine nada tiene que ver con la geografía.

 

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