Fátima, el parque y la espera

¿Cuándo llegará esa película donde travestis, transgéneros u homosexuales logren articular un proyecto de vida sólido en su propio país?

El personaje se va transformando poco a poco en mujer, mientras reniega de su cara de hombre, de la poca barba que tiene, de su tono de voz… Frente a la pantalla, los espectadores ríen, lloran o se estremecen ante los avatares de Manolito/Fátima, un transgénero cubano que, junto a Katiuska y Salmón, hace del antiguo Campo de Marte su base de operaciones.

Por mi parte, repaso la película una y otra vez, y sonrío al recordar escenas de Las noches de Constantinopla (Orlando Rojas, 2001) y La noche de los inocentes (Arturo Sotto, 2007), películas en las que el travestismo y el transformismo contribuyeron decisivamente a la diégesis propia de una comedia de situaciones, o fueron mostrados por primera vez como un espacio lúdico, de libertad y realización personal.

El reciente estreno de Fátima o el Parque de la Fraternidad (Jorge Perugorría, 2014) es una excelente oportunidad para reflexionar sobre los destinos sufridos por los personajes homoeróticos y transgénero en el cine cubano contemporáneo; destinos que, a mi entender, se han distinguido por un fatum trágico o tanatológico donde los sujetos queer han llevado las de perder.

Ad initium está la inexorable Fresa y chocolate (Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, 1993), con aquel amanerado Dieguito que debió abandonar su querida Habana en pos de su libertad intelectual y sexual, marcando así un derrotero seguido por Raulito, de Video de familia (Humberto Padrón, 2000), Esteban, de Casa vieja (Lester Hamlet, 2010) y, más recientemente, Sisi, de Vestido de novia (Marilyn Solaya, 2014); este último, otro transgénero que marcha al exilio travestido de hombre porque no puede sobrevivir dentro del contexto cubano lleno de carencias, represiones e incomprensiones de todo tipo.

Muy pocos son los emigrados que han vuelto para reconciliarse con ese pasado oscuro, inefable, dejado atrás. Una vez aquí, los que regresan descubren, muy a su pesar, que las cosas cambiaron muy poco, o terminan doblegándose ante un orden patriarcal anquilosado que ora tolera al disidente (político y sexual) porque no le queda más remedio, ora baja la cabeza movido por sentimientos personales que no necesariamente implican un cambio en la forma de pensar. No por gusto a Frank Padrón le resulta inverosímil que Esteban, de Casa vieja, «se avergüence de su orientación, casi llore ante el hermano autoritario y dogmático, eche de menos la no tenencia de una familia propia […], y se lamente de no haberle pedido perdón al padre por el nefando secreto» que debió guardar y lo impulsó a abandonar el país.[1]

Y es que, ante la imposibilidad de insertarse como miembro pleno en el cuerpo social de la nación y hacer valer sus derechos en un contexto hermético y homófobo, a la mayoría de nuestros sujetos queer abordados por el cine cubano no les ha quedado más remedio que traspasar las fronteras del país en busca de nuevos horizontes. Ni tan siquiera han podido establecer un proyecto de vida o una relación de pareja en el contexto insular, imposibilidad que vemos anunciada en la separación protagonizada por Mijaíl Mulkay e Hirán Vega en Lista de espera (Juan Carlos Tabío, 2001). «Los sueños, sueños son», pareció recordarnos el director con aquella sorpresiva escena donde los muchachos descubren que se han enamorado, mas los romances que germinan en la esfera de lo onírico no florecen en la realidad y ambos jóvenes toman caminos diferentes al concluir el filme.

Carlos Enrique Almirante en el personaje de Fátima.

Carlos Enrique Almirante en el personaje de Fátima.

En este sentido, el destino de casi todos los gays cubanos «de película» se corresponde con sus circunstancias, con el horizonte de expectativas en el cual operan. La gran mayoría puso mar de por medio. Solo uno ha decidido quedarse y resistir: Germán, de Fresa y chocolate, quien, tal y como ha señalado Frank Padrón, decide sobrevivir in situ a la represión y la censura, convirtiéndose así en un héroe que es poco visibilizado dentro de la película.[2]

No obstante, la emigración ha sido, en la mayoría de los casos, el mejor de todos los males, pues el fatum tanatológico (entiéndase asesinato o muerte en circunstancias trágicas) para los sujetos homoeróticos constituye un sine qua non en la historia del cine cubano.

Cabe notar que, a su tiempo, murieron personajes gays de La bella del Alhambra (Enrique Pineda Barnet, 1989) y Chamaco (Juan Carlos Cremata Malberti, 2010). Por su parte, el juego entre gato y ratón que establecen Carlos y Alfredo en Verde verde (Enrique Pineda Barnet, 2010) también concluye de forma trágica. Carlos ve en el cuerpo deseante del otro la realización de su yo, la encarnación de una verdad inconfesable que él no está dispuesto a asumir y, por consiguiente, lo mata y mutila en una secuencia donde emerge una vez más, de forma cruel y descarnada, la sexista «envidia del pene» descrita por Sigmund Freud. Al final, el gay reprimido se retuerce y agoniza, incapaz de aceptarse y dar rienda suelta a sus «bajos instintos» frente a una enigmática dama (¿posible alegoría de la muerte?) interpretada por Farah María.

Cuatro años después, ¿qué sucede con Fátima? A pesar de todo, ella no muere ni abandona el país, pero al final queda sola, tanto como ese banco en cenital que cierra la película. Esta vez, la siempre riesgosa categoría de emigrado le tocó a Andrés/Vaselina, quien no logra sobrevivir económicamente en el exilio y opta por pedirle ayuda a su ex amante. El filme comienza con una llamada de Vaselina, y termina con la misma escena, recalcando en todo momento la soledad casi congénita que padece Manolito.

Una vez más ha emergido el fatum trágico (ya no tanatológico, afortunadamente), lo cual lleva a preguntarse si acaso los personajes transgénero dentro del cine cubano tampoco tienen derecho a la felicidad. En este sentido, ni tan siquiera Rosa Elena, de Vestido de novia, tiene la dicha asegurada. A pesar de ser el sujeto trans que mejor cumple los patrones físicos y estéticos de lo que debe ser una mujer según la heterosexualidad normativa, ese final abierto no garantiza que Ernesto haya vuelto para retomar su matrimonio, si bien el espectador puede intuirlo gracias a la intensidad de la escena y la carga dramática desplegada por los actores.

Aunque este largometraje de Perugorría marca puntos de giro con respecto al tratamiento de los sujetos homoeróticos y transgénero dentro de la producción cinematográfica cubana más actual (resultan encomiables los esfuerzos del director por erotizar los cuerpos de Manolito, Andrés y Esteban), tanto el guionista como el realizador volvieron sobre un lugar común al dejar a Fátima «esperado por un suspiro» o, mejor dicho, por una llamada de Vaselina. Este particular lo debemos, quizás, al marcado respeto mostrado por el guionista hacia el relato que sirve de base a la película. Sin embargo, la soledad de Manolito, vista en un continuum cinematográfico desde Fresa y chocolate hasta el momento, solo contribuye a reforzar la idea de que sujetos queer y felicidad son excluyentes entre sí.

¿Cuándo llegará esa película donde travestis, transgéneros u homosexuales logren articular un proyecto de vida sólido en su propio país? ¿Acaso son el vacío, el exilio y la muerte los únicos futuros posibles para nuestros gays «de cine»? Espectador implicado al fin, yo (como Fátima) sigo esperando por ese (o esos) filme(s) que, con algo de buena suerte y mucho talento, muestren el lado triste de las cosas (padres intolerantes, homofobia institucionalizada, prostitución, violencia), pero que también brinden espacio a la alegría, el amor y la realización personal sin asesinatos, nostalgias o migraciones de por medio.

Notas

[1] Véase «Fresas no tan salvajes. Buceando en el audiovisual cubano»; en: Frank Padrón, Diferente. Cine y diversidad sexual. Ediciones ICAIC, La Habana, 2014, p. 136.
[2] Véase «Sabor a diversidad: Fresa y chocolate»; en: Frank Padrón, op. cit., p. 158.

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