La cosa ¿humana?

En este filme subyace una violencia machista solapada, que si bien no hace uso de símbolos visuales tradicionales, sí la eleva a niveles metafóricos.

En este filme “lo humano” no es símbolo de inclusión, sino de hombre como varón.

Foto: Fotograma de la película

Lo real maravilloso que Alejo Carpentier alaba y enfoca en el Reino de este mundo se ha convertido en una frase a la usanza en Cuba. Con este espíritu vemos desfilar varios personajes en La cosa humana, el más reciente filme del director Gerardo Chijona. Un ladrón (Enrique Molina como El Suave) que cita a Martí; un presidiario que escribe (Héctor Medina como Maikel Hernández). En la construcción de ambos personajes y la historia que cuenta la cinta no queda claro si la intención es enaltecer la función de la cultura a lo largo de estos años en Cuba o, más bien, burlarse de ella y de aquellos que la entienden como modo de vida.

Subyace en La cosa… una violencia machista solapada, que si bien no hace uso de símbolos visuales tradicionales, sí la eleva a niveles metafóricos. Tal es el caso de que dentro de la propia ficción se premie un cuento titulado el Palo nacional, donde la figura protagonista es un violador que dice acometer tal “práctica” en defensa de intereses patrios, pues las mujeres cubanas se están casando con extranjeros y eso afecta el problema de la natalidad en la nación.

Este tratamiento de una forma jocosa y que despierta risa en los públicos, tal cual si fuera un chiste más, contiene una mirada no solo machista, sino de respaldo a un sistema patriarcal, el cual hace rato es puesto en dudas y análisis por numerosos investigadoras e investigadores.www.icrt.cu_la-cosa-humana2

La cosa humana no pone tan fijamente su mirada en la acostumbrada objetualización de la mujer, no por marcado interés de que así sea, sino porque su cámara es una simple acompañante de una historia que le interesa ser contada desde los diálogos, en ocasiones pobres y abusivos de citas hasta el cansancio. Es en este plano narratológico donde se intenta desarrollar las tesis de dicho filme, el cual es contado por los hombres y para ellos.

Resulta contradictorio, incluso a nivel verbal, cómo se promueve un falocentrismo y adoración por el pene como símbolo de masculinidad, sin que esto se acompañe a nivel visual. Puede percibirse como pacato o tal vez como ingenuo pensar que decir las cosas y no graficarlas tendrá un menor efecto, lo cierto es que hablar de la castración como elemento de tortura y que esta sea una de las motivaciones para crear literatura por uno de los personajes, es tan reproductor de estereotipos como mostrar y priorizar un pene delante de cámara.

Mujeres: poetizas locas, o informáticas con deseos de ser madres

El personaje interpretado por Miriel Cejas (Shatila) es concebido, originalmente, como una teniente, oficio vinculado al poder y, por ende, a la esfera pública, que no ha sido asociada con las mujeres. Sin embargo, aun así, cuando dicha oficial conoce al escritor Justo Morales (Vladimir Cruz), inmediatamente esta profesión deja de tener sentido en el relato fílmico, pues ella lo único que deseará es convertirse en su musa y, para ello, vestirá encajes rojos y zapatos de puntas, además de hacerle sufrir en aras de encontrar la inspiración. Esto solo perpetúa la idea occidental del sufrimiento en aras de alcanzar el éxito.

En ya la sempiterna “contraparte” tenemos a Yisi (Amarilis Nuñez), la esposa fiel que rompe la relación por la negativa de su pareja a no querer tener hijos y ella no poder realizar su sueño de maternidad, además de ser acusada de mantener la relación por un interés económico. Nada nuevo bajo el panorama audiovisual, que en bastantes ocasiones sigue mirando a la mujer como sinónimo de madre y nada más.

La representación y selección de estos personajes femeninos es tan pobre y estereotipada como simple es La cosa humana en sí misma. Y no es que la simpleza o el relato clásico hayan perdido sus valores, sino que cuando se utiliza sin una idea clara de lo que se quiere decir, pues cae en la inocua intrascendencia.

En una historia donde se pretende ver a la literatura en re-juego y re-presentación de la vida misma se debe tener en cuenta, al menos, una idea más polisémica en la construcción de los personajes.

Tratar de ficcionar la realidad circundante constituye un ejercicio complejo de actualización constante. La colectividad que encierra el cine tiene que ser aprovechada no solo por un equipo técnico, en el que evidentemente necesitan unos de otros para realizar su trabajo, sino por los actores y actrices que no llegan ni a un nivel actoral uniforme, pero tampoco se siente como si estuvieran trabajando para una misma idea.

En este filme “lo humano” no es símbolo de inclusión, sino de hombre como varón. La humanidad de La cosa… no tiene rostros diversos, ni representativos.

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