La emboscada: increíble retablo de masculinidades en guerra

Una nueva película cubana revive la guerra de Angola.

Alejandro Gil juntos a actores de la película.

Alejandro Gil juntos a actores de la película.

Foto: Tomado de Cubacine

Corren los tiempos de la guerra de Angola. Dos jóvenes, Javier y Tony, son seleccionados para ir a la contienda y ven en ello la oportunidad de conseguir bienes materiales de los que carecen en Cuba y, sobre todo, agenciarse una morada decente a su regreso, como premio del Estado por la misión cumplida. Por esa misma época, Camilo es expulsado de la universidad por expresar, en una asamblea estudiantil, ideas que discrepan del proceso revolucionario. Poco después se encontrarán en una situación límite Javier, Tony, Calixto (padre de Camilo) y Rigoberto, cuatro sobrevivientes de un inesperado ataque enemigo. Así arranca La emboscada, película de Alejandro Gil, que por estos días tuvo su estreno en las salas de cine capitalinas.

Entre la primeria línea argumental (que arranca en el escenario angolano) y los relatos hipodiegéticos (concernientes a las vidas de Tony, Javier y Calixto antes de enrolarse en la campaña bélica), se introducen adelantamientos narrativos que corresponden al destino posguerra de Rigoberto, en relación con su “hijo”. La historia sigue, como es natural, y al final sabremos quiénes quedan para hacer el cuento. Todavía no he dicho nada, pero advierto que en lo adelante revelaré (inevitablemente) algunos aspectos cruciales de la trama.

Perteneciente al ciclo de películas sobre el tema de la cooperación militar cubana en Angola, conocida como “Operación Carlota”, La emboscada no persigue –en principio– rendir homenaje al valor de los hombres que intervinieron en aquella empresa. Tampoco resulta, en apariencias, una obra que se pliega a la visión triunfalista y apologética de un país que, a partir de 1959, comenzó a construir un proyecto sociopolítico totalmente distanciado de su historia precedente. En La emboscada se juega a presentar visiones marcadas por esencialismos generacionales: padres e hijos, viejos y jóvenes, que no comparten las mismas ideas. Sin embargo, al final todos disfrutan de una gratificante reconciliación. El hijo de Rigoberto regresa a Cuba marcado por una experiencia similar a la de su “padre”; Camilo perdió a su pareja homosexual, mientras huían en balsa a Estados Unidos, y ha sufrido tanto que ahora sí entiende a su padre y lo ama más que nunca; y el impertinente Javier, después de una breve fuga o momento de incertidumbre deambuladora, abraza por fin a Calixto que, a su vez, lo recibe como a un hijo pródigo.

Es una historia de hombres en pugna, donde las mujeres permanecen en la retaguardia, cucharón en ristre, palangana en mano, como dignas amas de casa. Está la madre amantísima, la novia ejemplar y la mujer (no la esposa) a quien no le apetece el bordado, a diferencia de Penélope, y en trance de aliviar su soledad ¡zas! queda embarazada de sabe Dios quién, mientras su noble compañero se juega la vida a miles de kilómetros de su almohada.

En la película de Alejandro Gil las mujeres no alcanzan el rango de personajes, ni siquiera satisfacen una condición actoral concreta, ni ostentan el peso dramático suficiente como para justificar su presencia breve y objetual en pantalla; las medallas que se intercambian Rigoberto y su hijo tuvieron un tratamiento más prolijo. Lo que digo es que, podía haberse prescindido de ellas totalmente reservándoles solo el espacio en las fotos que manosean los soldados en momentos de relativa calma, antes que dedicarles un instante fallido: los textos de María Teresa Pina de trillados se pasan; la novia de Javier me recordó a las Cuquitas de mi infancia, modelos analógicos de papel que inspiraron los modernos videojuegos fashion show. La esposa de Calixto es la perfecta nulidad, y en ese sentido el personaje no puede estar mejor interpretado. Pero, sin dudas, donde gana el muestrario femenino es con la mujer de Rigo, pues desde su ausente representatividad, desde su relegamiento a una foto (no merecía más, dado su “desliz”), dice mucho de lo que se oculta tras un biombo de masculinidades sufridas, conflictuadas, “heroicas”, (in)tolerantes, y sicológicamente cacofónicas: en el fondo, la única contradicción reconocible es la lucha por el poder, por el control de la situación, por la hegemonía y la autoridad, a partir de un sentimiento instintivo de manada en peligro. Por cierto, cuál no sería mi sorpresa al ver que el mando lo recibe Rigo, cuyo pedigrí político-militar no se argumenta, mientras luego sabemos que Calixto fue combatiente de Playa Girón y del Escambray, es militante del Partido y, además, el mayor del grupo.

Precisamente, para mí, de todos los personajes, el más sufrido es Rigo, cuya “evolución” histórica lo llevó de “jefe interino” e internacionalista reincidente a alcohólico. Su ego herido de muerte no le permitió recuperar su matrimonio sin desazón, y disfrutar la alegría de criar a un niño, solo porque este fue el fruto de una ausencia irremediable, de una relación “moralmente” punible. Hubo muchos Rigos que regresaron de la guerra dolidos de su condición de machos traicionados. La película propone una discreta ambigüedad en ese sentido: ¿la dignidad de este hombre es destruida por la conducta “liberal” de su mujer, o por una masculinidad lesiva, o sea, por la incapacidad de Rigo para asumir una actitud flexible, amorosa, desprejuiciada frente a ella? A Tomás Cao se le impuso defender a Rigo, en una misión casi imposible, por no decir fallida; y su hijastro, interpretado por Leonardo Benítez –negro cuya belleza mambisa Tarantino no dejaría escapar–, hubiera merecido mejor escritura, mayor textura, más sutileza, menos prisa, en fin, otra película.

Lo mejor que tiene el filme es su capacidad de mantener la tensión dramática de principio a fin, valiéndose del manual de Syd Field; pero ya que se iban a aplicar lecciones del cine “clásico” estadounidense, ¿por qué no seguirlas al pie de la letra? ¿Por qué liquidar a “Leonardo Di Caprio” en el primer tercio de la historia? ¿Por qué no explotar su potencial histriónico, demostrado ya a todo vapor en Conducta (Ernesto Daranas, 2014)? Allí Armando Miguel Gómez se lució con un Ignacio cuyo poderoso perfil se anclaba a las acciones, más que a la verbalidad; porque en cierto tipo de dramaturgia tradicional, el personaje es lo que hace, no lo que dice.   Claro, permitirle vivir en La emboscada habría implicado manejar de otro modo las motivaciones y los conflictos de aquellos cuatro hombres dentro y fuera de la ratonera, en su pasado, su presente y su futuro.

En el caso de Patricio Wood, estamos ante un actor elegante, al que también le van personajes de cierta vis cómica, como el militarote burocratizado y megalómano que interpretara con mucha suerte en La Isla de Corcho (Carlos Rafael Betancourt, 2014). Pero resulta forzado endilgarle el papel de un padre que se bestializa al saber que su hijo es gay, y arremete a trompadas contra aquel. Toda aquella escena pudo, por lo menos, haberse subsumido en una piadosa elipsis. Por su parte, Caleb Casas se nota más orgánico, más colocado en la piel de un tipo que no le interesa más que salvar el pellejo a toda costa, y cuyo movimiento final es un tanto ambiguo: culmina con su purificación, gracias a un milagroso aguacero bautismal. Aguas medicinales sin duda, las de la selva africana. Lástima que no curen la falocentritis.

Aunque tengo mis dudas…

Por ejemplo, 12 horas después del preestreno de La emboscada, pude ver Timbuktú (Abderrahmane Sissako, 2014). Es también un filme sobre hombres en África, que intentan imponer una dominación absoluta sobre asustadizos pobladores malienses. Armados hasta los dientes en una guerra fratricida e inmoral, aquellos descargan su frustración y su ignorancia en toda clase de prácticas extremistas.

La película franco-mauritana denuncia la interpretación beligerante y exacerbada de un dogma religioso sustentado por una ideología patriarcal y deshumanizada. Durante el período a que hace referencia, en Tombuctú no se permite cantar ni escuchar música, ni jugar futbol, ni fumar. Las mujeres están obligadas a usar guantes, el velo ritual y demás accesorios del vestuario musulmán, y son lapidadas hasta la muerte, al más mínimo desliz. Sin embargo, Abderrahmane Sissako no cae en la tentación de invisibilizar el potencial representativo de la mujer.

Los principales personajes que desafían realmente el voluntarismo demencial de los yidahistas son ellas: la vendedora de pescado, que les replica airadamente, dispuesta a que le corten las manos antes que a usar guantes; la cantante que sigue alzando al cielo su voz melódica mientras la azotan; Satima, que se niega a ocultar su rostro bajo el velo que le exige Abdelkrim; y, finalmente, Fatou la chanteuse, personaje simbólico que se pasea a su antojo con la cabeza descubierta, una sonrisa irónica y un gallo sobre el hombro, cantando a todo pulmón, y maldiciendo sin que nadie se atreva a tocarla. Todas estas variantes son herramientas del discurso que potencian la ruptura del estereotipo sexista, e intentan neutralizar la mirada hegemónica masculina del narrador fantasmático.

Un tratamiento neutral y respetuoso desde todos los ámbitos de la diferencia, en términos de premisa argumental, es lo mínimo que espero de cualquier historia, en Cuba, 2015. Me da igual si solo aparecen hombres; es algo que puedo disfrutar con igual regocijo que un buen partido de béisbol. Lo desafortunado es el tratamiento minimizante, anulatorio, empobrecedor de la mujer, en este caso.

Hasta aquí algunas “dudas”, lo demás me lo callo. Solo añado que La emboscada resulta un escenario donde los presupuestos egofálicos de estos simples peones del destino se exponen mediante un discurso visual y enunciativamente demodé: veo una manada de elefantes balancearse sobre mil telas de araña. Aunque a primera vista hay mucho “apocalipsis”, y uno se angustia esperando a que “salven al soldado”, la cosa podría reducirse a un viejo tema conocido: “Al combate corred bayameses”, y las bayamesas, que esperen, por favor, que esperen.

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