La incesante mirada cinematográfica de Garrandés

A través de un libro que se asoma al territorio del cuerpo sexuado y a su representación en la cultura del cine.

“Yo no soy crítico de cine” –me recordó en una ocasión Alberto Garrandés. “No he mirado, estoy seguro, la cantidad de películas vistas por los analistas. Pero lo importante también radica –y ellos lo saben– en cómo se puede mirar además el cine cuando se dispone de un arsenal de referencias que lo enriquecen y complementan. El arsenal de la vida y la creación humanas que asocia al mundo del arte con la literatura; al presente con el pasado; las realidades con las ficciones. Evoco e invoco intensidades. No quiero saturar con resonancias conceptuales o estilísticas. En principio, pretendo siempre provocar”.

El reconocido narrador y ensayista cubano nos propone en El espejo roto. Morfologías del cuerpo gay-lesbiano/queer en el cine (Ediciones ICAIC, 2016), su cuarto libro centrado en otras de sus pasiones: mirar cine.

No existe una asignatura, en ninguna carrera de Humanidades impartida en Cuba y el resto del mundo, que enseñe una receta para concebir y escribir crítica de cine como Dios manda. Vamos, que con ponerse al día en relación con nuestras angustias y peticiones, ya El Todopoderoso tiene suficiente como para haber decretado el decálogo a la hora de analizarse y valorarse una película. Lo que se nos muestra en una carrera como Historia del Arte, por ejemplo, es, en efecto, esto último, pero en plural; ya que no hay una fórmula única, exacta, impositiva (¡qué felicidad!) de abordar el hecho fílmico. Así, como existen varias maneras de escribir, de tal suerte concurren muchas miradas (que no tantas tampoco) sobre el cine. Eso sí, todas no son atendibles por cuanto ven y cómo lo ven.

No tanto ejerciendo de crítico específico, “especializado”, sino como escritor, me plazco, como les sucede a otros, de releerme una vez publicado. Ahora, trato de no insistir en ese narcisismo intelectual, que puede prolongarse por varios días y se interrumpe, por suerte, en la tentación de mirar las películas que aparecen y, luego, en la posibilidad de escribir los análisis que provocan. Escribo hasta donde puedo, con mis límites intelectuales; eso sí, en la creencia constante de poder agrandar mis prisiones (con el permiso de Altolaguirre), en virtud del pensamiento y la escritura del otro.

De ahí mi encanto por saber lo que piensan y escriben los demás colegas, amigos. La variedad en la crítica de cine expande las demarcaciones espacio/temporales de las películas hasta ir reconformando, no después del final declarado de estas, sino desde la expectativa que pudiera motivar sobre ellas un escrito. Puede que sean, incluso, películas aún no vistas, lo que condiciona tal vez otras imágenes de estas.

El ver se da en un disponerse a ver: hay que mirar y ello determina una detención que el lenguaje usual recoge: “mira a ver si…”, lo que quiere decir: detente y reflexiona, vuelve a mirar y mírate a la par, si es que es posible.

María Zambrano

El crítico se debate entre lo promocional y el análisis. Partir de uno solo de estos dos extremos, por insistencia informacional y ponderación reflexiva, respectivamente, representa un descuido del analista y una desconsideración, cuando no un menosprecio para el cinéfilo entrenado por el cine, que ha visto por iniciativa propia y por ese que le refieren. Que cuente la diversidad estilística, pero bien preparada, en el criterio que se ejerza sobre el séptimo arte. Que se sepa que abundan los críticos de mirada más integradora que, dominando los códigos cinematográficos (¡tarea ardua!), realizan ese tipo de críticas donde pretenden (y logran no pocas veces) referirse a todo. ¿Seguro que a todo?

Sí, están ellos: los críticos que consideran todo y también los partidarios (que no parciales), quienes no tienen por qué desconocer ni menospreciar el conjunto fílmico por detenerse en una zona de este. Ello es preferencial y está bien, mientras no soslaye por miopía o incapacidad analítica un aspecto o elemento harto significativo de la obra cinematográfica. Estos otros críticos, digamos más “cómodos”, y los anteriores, más reflexivos de la obra en su totalidad, coexisten con intelectuales que escriben, o escritores, que no son críticos de cine declarados y, sin embargo, miran y extienden un cuerpo escritural con una insistencia e intensidad imprevistas en torno al mismo cine que casi todos vemos. De estos escritores, figura en primera línea Alberto Garrandés.

Con El espejo roto, el autor continúa legitimando la estetización y estilización del sexo por el cine, caso del voyerista que nos convida –descripción mediante– a mirar una intimidad ajena, pronto a ser pública, ¿familiar?, pues ella se declara en sus reafirmaciones y cuestionamientos, en sus actitudes y aptitudes. Por la individualidad exhibida del otro revisamos en silencio la nuestra. Y en ocasiones especiales tendemos a corresponder, exponiendo acaso solo la naturalidad en entredicho del cuerpo, que encubre los verdaderos afanes del yo.

Ahora, siendo el subtítulo del libro Morfologías del cuerpo gay-lesbiano/queer en el cine, recuerdo que lo queer como teoría que obra en la de-construcción de sexualidades periféricas, representa además (o por lo anterior) extroversión evidente y osada de una representatividad determinada, pues ha venido conformándose, de manera tensa, hacia el fenómeno primero del (re)conocimiento íntimo. A partir de sus lecturas y experiencias audiovisuales, Garrandés define dicha categoría y proyección identitaria en torno a una suma estimable de la cinematografía contemporánea.

El cine queer es un mega-enunciado performativo en tanto acto del habla. Y, de cierta manera, está obligado a la enunciación de sus concepciones (por ejemplo, no hay un cine heterosexual porque eso es lo normal y no hace falta teorizarlo). Pero el cine queer parte (en tanto activismo) de una premisa donde la artisticidad es muy importante pero no es lo esencial, salvo en excepciones que este libro procura destacar.[1]

Ahora, ¿busca el autor de El espejo roto interpretar cómo se reconstituye lo queer en la imagen cinematográfica en tanto redundancia de la resignificación del insulto, o solo quiere revelar un repaso por cuenta de una provechosa mirada de años hacia muchas películas? En “Bulbos/gérmenes/raíces” reconoce: “Para romper con las presunciones —ese conjunto de vanidades pedantes— que arruinan cualquier acercamiento a estos asuntos, he procurado construir, con el auxilio de la polución estructural y de lo intergenérico, una estancia de lectura. Creo que el lector ideal de estas páginas se sentirá mejor allí”.[2]

Con esas palabras preliminares, prepara Garrandés lo que uno puede encontrar en materia de contenido y con ello manifiesta los propósitos de la construcción del libro, lo cual determina, para qué negarlo, que “el lector ideal” marche a interesarse en cuanto ha interpretado el escritor sobre el cuerpo queer en el cine. No se extrañe entonces que, amén de la narración ensayística, atravesada por la contingencia dialógica, la obstinación descriptiva, la conciencia del acto creador y, por tanto, del aporte de su yo autobiográfico, se asista asimismo al encadenamiento argumental y temático a golpe de lo fragmentario y lo discontinuo, tan familiar ya en la obra de Alberto Garrandés. Por si quedara alguna duda en “Soma, construcción cinematográfica e identidad queer”, admite con total desenfado, como quien pretende ganar más adeptos: “(…) pocas cosas más literarias que el examen de la percepción del cuerpo (incluso dentro del cine), y más si dicho examen se ejecuta desde la óptica del mirón infinitamente culturalizado, el mirón que sólo puede entregarse a la escritura con la intención, siempre postergada, de no parecer un hombre de letras”.[3]

Anotaciones, descripciones de escenas o de ciertas imágenes que excita e incita cuanto se ve y cómo se sugiere a raíz de una mirada entrenada, exponen una vez más a un cinéfilo selectivo que dialoga con las películas. ¿Qué hace el escritor/lector en El espejo roto? Exponer desde una prosa exuberante y distinguida cómo el cine ha enriquecido los procederes ya reconocibles, pero cambiantes, del cuerpo no sujeto a los poderes heteronormativos. ¿Qué persigue este hombre? Señalar la posibilidad de una postura de acercamiento, más inclusiva entre todos en el mundo.

¿Resultado? Las películas que, a propósito de lo queer, se han desbordado por las atenciones de un espectador que interpreta y aprovecha: narra, esclarece detalles. El cine no merece quedarse solo en cuanto nos muestra. La imagen cinematográfica se prolonga un tiempo por la memoria del espectador; porque la considera y comenta también el analista, el escritor. La manera de hilvanar Alberto Garrandés este discurso ensayístico, a través de la descripción minuciosa y asociativa, remite, sin dudarlo, a ese su anticipado pensar con la mirada. ¿Parece poco?

Notas:
[1] El espejo roto. Morfologías del cuerpo gay-lesbiano/queer en el cine, Ediciones ICAIC, 2016, p. 18.
[2] Íbíd. p. 12.
[3] Íbíd. p. 32.

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